March 4th 2010
Entre tormentas

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Gazebo, en salmantino: templete. Carnegie Library South Side, Pittsburgh

Los inviernos de Pittsburgh no son excesivamente duros, claro que, según con cuales se comparen. En los diez años que llevo viviendo en esta ciudad, los inviernos han sido muy parecidos: fríos “aceptables”, algunas heladas “razonables”, y unas cuantas “nevaditas”, hasta un máximo de siete u ocho centímetros de precipitación. Y así toda la década, hasta hace tres semanas. De repente, se debieron abrir las puertas del Ártico y por ende se escaparon dos impresionantes tormentas de nieve, con un intervalo entre ellas de un “cierzo” helador . Algo que no recordaban los más viejos del lugar, ya que solo aparecían nevadas así en los grabados de la guerra civil, a mediados del siglo XIX.

La primera tormenta que duró unas veinticuatro horas seguidas, del tipo de las que los americanos llaman: blizzard, y nosotros ventisca, se saldó con unos 70 cm. de nieve y un colapso ciudadano de los de “mírame y no me toques”. El nunca bien ponderado silencio sepulcral nos vió amanecer al día siguiente, por supuesto, estábamos sepultados en nieve! Nunca mas precisa la imagen.
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En casa, la ventana grande del salón ofrecía un aspecto desconocido, apenas se veía la balaustrada de la terraza y la nieve lo cubría todo, incluida la vista del valle, totalmente blanco, igual que las ramas de nuestro árbol que aparecían vencidas por el peso. Increíblemente, daban ganas de salir volando sobre el valle.
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Noté, además del silencio, un frío extraño, algo así como “templado”. Al abrir la puerta de la terraza me dí cuenta que no podía salir a ella, aunque la puerta se abre hacia adentro y la mosquitera se corre lateral; una barrera de “chupiteles” de hielo me lo impedia, enormes estalactitas de puntas aguzadas que se habían formado en tan solo unas pocas horas de templanza. Los canalones desbordaban lanzas de hielo a todo lo largo, como las de los cuadros de batallas medievales. Unas lanzas transparentes que anunciaban la batalla que podría llegar a ser el intentar salir de la casa.
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En ruta hacia la puerta principal, y ya pertrechado para intentar la salida, me paré a ojear la terraza de los vecinos y empecé a caer en la cuenta de lo que me esperaba fuera. Esa terraza que recordaba animada y resplandeciente en verano, con hachones ardiendo y gente tomando copas, estaba aterida e hinchada por la nieve, ireconociblemente bella. A pesar de todo, seguía manteniendo la ilusión de lo confortable, daban ganas de sentarse, lo de las copas ya no tanto.
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Abrí la puerta de casa y me encontré un espectáculo dantesco (aunque fuera de nieve y hielo), mi coche había desaparecido “entoñado” en la nieve, y malamente se podían adivinar sus formas. Al fondo de la calle, la iglesia de San Noseque, cubierta a tope, apenas podía verse por entre la cargazón de los toldos y los múltiples cables combados por el peso de la nieve, que se sostenía en ellos milagrosamente. No se porque pensé que estaba en Moscú, sería la cúpula, y tanta nieve solo podía ser en Rusia (?!)

Me apresté a la aventura de ir andando hasta la oficina, una especie de slalom de un kilómetro en bajada, con nieve por encima de las rodillas; proveyéndome de dos bolsas de supermercado, cubriendo mis zapatos de suela gorda de goma antideslizante, atadas a media pierna. Con mi tuque de lana parecía un auténtico clochard parisino arrastrándome sobre la nevada, o un soldado napoleónico en la tundra.
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Desde las ventanas de la oficina, la belleza del paisaje combinaba con las sugerencias de los extraños efectos de acumulación de nieve en la pérgola, sillas y mesas del patio del restaurante colindante. No sé porqué me dió por pensar en un mural de una alucinante y davinciana Última Cena, blanca, fría, y desprovista de personajes.
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La otra imagen, desde la ventana de arriba, era un contraste superlativo entre la posibilidad de una playa nevada con el fondo del mural horrendo, de aguas caribeñas y botecito, con su palmera tropical y unos imaginarios ritmos de calipso. Nada parecido a Da Vinci…Al menos, la lámpara de la pared podía parecer Picassiana, o algo así.
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Volver la vista hacia la izquierda y tropezar con la perspectiva nevada de “mi” Birmingham Bridge, me hizo retornar a la realidad, este puente está presente en todos mis días. Pittsburgh, entre una tormenta que se iba y otra que se volvía. Ventiscas, y más, y más nieve, toda la nieve del mundo. Y así fue, y así continuamos dos semanas después cubiertos de nieves que empiezan a parecer perpetuas. Hoy se anuncian varios días más de nevadas. Donde vamos a poner toda esta nieve? A que planeta se referían con lo del calentamiento global? Y…Ah! Ahora entiendo porqué le pusieron Pingüinos de Pittsburgh al equipo de hockey sobre hielo, no iban tan descaminados!

Luisma, 28 de Febrero del 2010 (Fotos de S. y L.)

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February 23rd 2010
Niágara para dos

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El barco “La Doncella de la Bruma” atacando los vapores de la catarata

Las cataratas del Niágara es un destino turístico pasado de moda, pero, como todas las cosas pasadas de moda, también tiene su encanto. Y más de veinte millones de visitantes al año! En el caso del río Niágara e independientemente de la belleza del accidente geográfico en si, las cataratas realmente son impresionantes, hay otros atractivos ambientales. Es un sitio ideal para pasar un fin de semana tranquilo y relajado, no mucho más tiempo, y desde el siglo XIX esta en la nómina de los lugares americanos favoritos para las lunas de miel y las escapadas amorosas de pareja.

La cuestión es que la propaganda y el cine nos vendieron las cataratas como algo norteamericano, y sí, existen dos saltos en territorio USA (la catarata americana y la del “velo de novia”), pero la visión de la catarata grande, la famosa de las vistas y las fotos, llamada la “herradura”, solamente se puede admirar desde territorio del Canadá. Y esto es parte del encanto de la cosa, hay que pasar la frontera y eso concede sentido de la privacidad y de la aventura; algo que los canadienses promocionan y alientan a la hora de no poner ninguna presión, ningún problema, en la frontera y en las reservas de hotel. Es legendaria la discreción en este sitio y legendarias, también, las historias de encuentros en este lugar, por otro lado, muy turístico.

Niagara Falls fue “descubierta”, tiene más de doce mil años, aparentemente por una serie de exploradores franceses, a principios del siglo XVII. Su origen fue en la Edad del Hielo, en la llamada glaciación Wisconsin. El nombre de Niágara le viene de la tribu india que vivía originalmente en aquellos parajes. Por ellas pasa el vertido del agua de los grandes lagos al Ontario y posteriormente al río San Lorenzo y al océano Atlántico, más del veinte por ciento del las aguas dulces del planeta. Poco a poco, se fueron haciendo famosas en el país y su celebridad saltó a Europa a raíz del viaje de luna de miel de Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón. Quizá fuera este hito el que inició la costumbre americana de ir a las cataratas en luna de miel, antes de que se popularizase el ir a Las Vegas.

Hoy por hoy, la mayor atracción, aparte de la caída de las aguas, es el juego. Un casino, relativamente famoso, cuyos propietarios son la tribu india Seneca (!), frecuentado por un turismo de serie B, como las películas que se ruedan allí. Exceptuando tres: “Niagara” de Marilyn Monroe y Joseph Cotten, una película de culto; “Superman II” y “Piratas del Caribe: El Fin Del Mundo”. El punto álgido de la visita es un “viaje” en una embarcación llamada “The Maid of the Mist”(La Doncella de la Bruma) que navega la continuación de la cascada hasta su base, penetrando incluso entre los vapores de la caída; lo que garantiza una buena mojadura, parcialmente evitada con el uso de unos chubasqueros de colores que la gente conserva después como recuerdo. En ese “viaje” se consiguen unas fotografías pintorescas y en algunos casos impresionantes; la altura de la cascada es de 99 metros y el ruido es brutal.
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A 99 metros de altura, unos veinte pisos

Pero lo verdaderamente sorprendente de Niágara es el “vestuario” de la zona de las cataratas: el sitio no ha cambiado desde los años cincuenta del pasado siglo. Incluso el turista se comporta con la lentitud de aquella época, como si fueran parte de una película. Uno tiene la sensación de que en cualquier momento van a aparecer Frank Sinatra o Dean Martin, en el bar del hotel. Los colores, los luminosos, la publicidad…todo te lleva, en mi caso te retrotrae, a aquel tiempo. La iluminación de las cataratas en la noche recuerda la decoración de las tartas de boda, muy sentimental. Este monumento al más dudoso gusto americano se ha asentado allí para los restos. J.D. Salinger cita a H.R.Blyth, definiéndolo perfectamente: sentimentalismo es dar a una cosa mas ternura que la que Dios le dio.

Visitar esta zona tiene otros puntos de interés: pasar al Canadá, Toronto es una ciudad interesante a la que se llega bordeando el lago Ontario, cuyo nombre significa en lengua india “lago maravilloso”. Escapar hasta las cataratas en una visita a Nueva York, desde Europa, te da la oportunidad de contrastar las bellezas geográficas y la “otra” América, la rural, tantas veces descrita en multitud de películas. A mi me gusta, particularmente, esta América. Y Niágara, en “pareja de dos”, o de “tres”…si se tratase de Marilyn Monroe, o de su fantasma.

Luisma, 30 de Enero del 2010 (Fotos de Luisma)

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February 3rd 2010
Veinte Años

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Veinte años! Quien lo iba a decir! Ya llevo veinte años viviendo en América. A veces, ni yo mismo me lo creo. Yo que vine a pasar una temporada, por ver si el sitio y la cosa me gustaban! Vine con un pasaje abierto de avión, ida y vuelta, que nunca se cerró. Incluso creo recordar que lo devolví, recuperando parte de su costo. Decidí quedarme, sine die, en una de las pocas decisiones perfectas de mi vida.

Puestos a recordar…Recuerdo la tarde que llegué a América, como si fuera hoy, nunca podré olvidarla: tarde de calor húmedo atosigante y luz dorada. En aquel momento, en el “gusano” de salida del avión, pensé, entonces no sabía que tenía razón, que así debería ser el olor tropical. Incluso pensé que iba a durar poco en aquel tipo de clima. El clima de Houston, Galveston, el golfo de México en Texas. Fueron diez años y un matrimonio fallido. De aquello me quedan los contínuos sueños de la playa de cristal, ningún remordimiento, un par de amigos que siguen allí y otro que se fue, sin que pudiera despedirme de él.

Y–que remedio–“tuve” que aprender inglés, yo que era tan francófilo! Aprender el nuevo idioma, un desafio a mis cuarenta, fue parte importante de la razón de quedarme aquí. Me fue cayendo encima la cultura anglosajona y me fue interesando más y más, conforme el estro me daba para saborear las delicuescencias idiomáticas y culturales (toma castaña!). Principalmente, el mundo del cine que, queramos o no, es en inglés y ademas, en inglés americano. Leer a Steinbeck en su idioma y escuchar la voz de Jimmy Stewart, o la de George Clooney, entre los muchos otros placeres inéditos, conseguidos a través de la nueva lengua.

Luego, en la segunda década de mi estadía, cambié de “país”, el sur por el norte, el dixie por el yankee, todo tan igual y tan diferente. Me vine a Pennsylvania, donde todavía sigo. Cambié aquel dichoso calor, casi contínuo, por la recuperación de las cuatro estaciones y la floresta de los bosques precanadienses. Una decisión que, me gusta creer, fue buena para mi salud. Han sido muchos años y muchas cosas, pero, me quedo con lo fundamental: las personas. Y sobre todas las personas, algunas magníficas; una…ella, con la que llevo ya unos cuantos años, y que parecen haberse ido en un suspiro.

Pennsylvania me permitió estar más cerca de Nueva York, ciudad clave en la cultura anglosajona y la mundial. Todo pasa en esta monstruosa metrópoli antes que en ningún otro sitio, se empeñen o no los gurus europeos en tratar de arrebatarle esa prioridad. Los reflejos nos llegan a Pittsburgh aceptablemente rápido, seis horas de coche y no en vano se le llama la pequeña Nueva York. Como siempre digo: necesito ir a la Gran Manzana, pero no podria vivir alli; demasiado espesa, solo estar cerca. Más cerca, también, de Washington, la capital y la ciudad americana más europea; en algunos de sus rincones, uno puede llegar a pensar que está en Viena. Más cerca de Chicago, la Reina del Oeste, ciudad también predilecta. Más cerca, en resumen, de mi mismo.

Hay que estar próximos a las cosas, palparlas. El Internet es solamente el espejo de todos los avatares del mundo de hoy. Hay que hacer las cosas. En la red hay muchos detalles que se pierden. La propia percepción de la realidad no puede ser igualada. Al Internet le faltan los olores, los sabores y, fundamentalmente, el tacto. Otros veinte años. Tantas cosas que faltan por venir. Tantas cosas me quedan por hacer! Eso sí, estoy haciéndolo todo mejor que nunca: pensar, pintar, soñar, escribir, querer, elucubrar, decidir, sentir, mirar, ver, comprender y sobre todas las cosas, aprender a morir. Que diablos! Quien me lo iba a decir, América!

Luisma, 20 de Enero del 2010

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January 24th 2010
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Así estaba mi ventana, esta mañana…a saber porqué?

Un número, una serie de ellos, cifras, códigos, eso es lo que somos o para lo que hemos quedado, ni más ni menos que un número.Cada vez hay más gente y cada vez hay más números. En una humanidad donde la individualidad se está yendo al carajo, envuelta en cifras y todas ellas metidas en unas cajitas, cada vez más pequeñas y cada vez más complicadas. El ordenador, o computador, o como quiera que lo queramos llamar, se está adueñando de nuestro mundo. Poco a poco,o mucho a mucho, todo es según la color…Y no sería tan grave, si no fuera la última manera que se ha encontrado para perfeccionar el control, el de unos pocos (los de siempre) sobre la mayoria.

Escribir con la mano––Oh! Supremo placer!— Se está acabando…Las plumas, objeto de museo. Los bolígrafos, camino del suicidio. Los lápices, eso que es? Yo, que siempre tuve muy buena letra, y unos pocos más–-supongo–- todavía nos resistimos a escribir directamente en el ordenador y, desde luego, de momento, me niego a escribir con los dos dedos pulgares en un paquete de tabaco. Los de “a mano” hacemos ejercicios de pendolismo, que a estas alturas parecen más ejercicios sobre una cuerda y que, tambien sea dicho de paso, es algo destinado a una rápida desaparición.

Estamos haciendo funambulismo, equilibrios en la cuerda floja. No hace tanto— bueno, ya treinta años!— admiraba a un chalado francés, en el acto de cruzar el espacio en la cúspide entre mis Torres Gemelas ( R.I.P.) en Nueva York, caminando sobre una cuerda. Funanbulismo del bueno, en el mejor escenario posible; perfecto, sin previo anuncio (muera la publicidad!), o como diría la llorada revista humorística “La Codorniz” ( nunca supe el porqué del título): “Donde no hay publicidad, resplandece la verdad”. El colmo, de momento, es el ‘texting’, ahí si que me planto (por cuanto tiempo?)…Esos “gilis” afanándose con los dedos sobre una más de esas cajitas, en plena calle, absortos y casi fuera de la realidad, mandando importantes mensajes a otros “gilis” que están, quién sabe dónde, para recibirlos.

Y uno se pregunta: a que tanto mensaje? Y tanta llamadita de teléfono? Para decirse qué? De repente, todo el mundo tiene algo que decirse y no pueden esperar ni un minuto para decirlo. Muchos de ellos son los mismos que, hace menos de diez años, no tenían esos aparatitos y, por lo tanto, no tenían nada que decir. Y la publicidad–-supongo–- pagando, o cobrando por todo, es decir, dinero tirado inútilmente al éter. Aún puedo recordar, con una sonrisa sarcástica, como la del gato Garfield (quien le iba a decir al Presidente Garfield que iban a poner su nombre a un gato de tiras cómicas) que yo tuve uno de los primeros “beeper” que salieron al mercado, un antiguo socio me lo dió para controlarme. Al dia siguiente, sonaba demasiado, lo tiré al rio en un descuido por mi parte, que pena!

De aquella fausta manera, perdí una inmejorable ocasión de uncirme al carro triunfal de la electrónica. Sin embargo, no es “odio” todo lo que reluce(!?) Y, posiblemente, he sido uno de los primeros españoles conectados al Internet. Lo que se va por lo que se viene, mis manias son todas muy selectivas. Eso si, al teléfono…que le den por el auricular. El simple sonido de tono y llamada tiene la virtud de ponerme del “yeyuno” y hasta creo que me cambia el humor. En cualquier caso, números, cifras, códigos…estamos invadidos. Ah! Para los curiosos, que siempre los hay (y que no falten) los números, las cifras y las letras del título de este escrito son…el número de serie e identificacion de la botella de Coca-Cola que me estoy bebiendo. Ay, Señor!

Luisma, 6 de Enero del 2010

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January 10th 2010
El Balón de Lapislázuli

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El Balón de Lapislázuli (un trofeo personal)

En estos dias de fin de año, que es cuando se acostumbra a conceder los premios a los mejores futbolistas de la temporada, he pensado en otorgar mi balón particular y privado. Como ya existen el balón de oro y de otros metales, he decidido crear el mio propio: el balón de lapislázuli, simplemente, para separarlo de los otros. Un balón único y especial que concedo por una sola vez, y sin que sirva de precedente, un balón histórico con el que premio al mejor jugador de fútbol que he visto nunca.

Despué de pensarlo un rato, y mirar lo que hay y lo que hubo, llegué a una conclusión de lo más personal. De modo que, me va a perdonar Di Stéfano, que sería el mejor profesional; y también Puskas (q.e.p.d.) con el que llegué a dar unas patadas en la hierba de Central Park, en una mañana neoyorkina que recuerdo con deleite, gracias a una común amiga húngara. Que lección me dió de como “matar” el balón! No sería tampoco Pelé, aquí en los USA idolatrado por razones que no tengo muy claras. Casi ni menciono a Maradona, al que los argentinos se preocupan de vendernos contínuamente. Tampoco Zidane y ni siquiera Guti, artista de mi devoción y paradigma de lo que el jugador de mi Real Madrid debe ser.

El que yo considero ganador de este trofeo ideal, mi premio único, era como una mezcla de Messi, pequeñito pero mas habilidoso que él, con más potencia y gambeteo que Cristiano Ronaldo y con la misma inteligencia futbolistica que Guti. Un jugador casi perfecto, que dominó mi fútbol colegial del bachillerato. El “terror” de los patios de los Maristas de Salamanca. Eran aquellos recreos de media hora, con veintinueve minutos de fútbol aperreado, en los que disputabamos el preciado tesoro de goma, aquel balón indestructible y la sonrisa del vencedor, que duraba hasta el siguiente recreo. El minuto en que no se jugaba al fútbol era el primero, el que se tardaba en escoger “campo” y los jugadores correspondientes a cada equipo. Allí surgía la figura de mi Balón de Lapislázuli: Angel Caballero Briz, alias “Angelito”, alias “Caba”.

El mejor, así de claro, el jugador genial y perfecto. Siempre el primero en ser escogido, y así durante todos los años del colegio, porque tenerle a él en el equipo garantizaba la victoria. Sus pases, sus tiros, sus infalibles regates, su visión de la jugada, su coraje y determinación. En fin, el jugador ideal, a pesar de ser bajito y de poco cuerpo, se convertía en un coloso en el rectángulo de juego.Nunca supe más de él, despues de salir del colegio. Nunca más supe de aquel héroe juvenil. Angelito, no sé si estás vivo, donde andas y si, como yo, aún sigues jugando al fútbol. No importa. Hoy solo quiero mandarte mi balón de lapislázuli y mi reconocimiento al mejor futbolista de la historia. Al fútbol se juega como tú, como los ángeles, como el Angel Caballero.

Naturalmente en este premio tendría que coincidir con alguien, algo que signifique aclamación para que el reconocimiento sea plural. Serìa aquella legión de chicos, todos los que coincidieron con nosotros en aquel colegio. No harìa falta una votacion, estoy seguro. Aunque en este caso el plural no es importante. Voy a pasar. Me importa un bledo. Yo no soy una democracia y no tengo abrazada la religión del moderno periodismo estúpido, es decir, no necesito votaciones de opinión de otros para formar o dar la mìa. Estoy hasta los émbolos de ver como el periodismo llena páginas, sobre todo “on line”, con votaciones imbéciles e inútiles sobre cualquier asunto, banal o no.

Si esa es la dirección en la que va la profesión que solìa ser tan atractiva, que me bajen de ese autobús que no huele bien. Demasiados incultos junta-letras y demasiada afición a la dictadura de gente que anda “creando” información, en vez de estar informando. Esta vez, los imitamonos de lo americano se han pasado, y…más de cuatro pueblos! Quien lo dirìa! Que iba a ser tan fácil entender lo que pasa en España, tan lejos, simplemente viviendo previamente lo que pasa aquì.

Luisma, 26 de Diciembre del 2009

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December 19th 2009
Gandhi y la catedral (Historias de Pittsburgh)

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Cathedral of Learning, Pittsburgh

Pittsburgh es una ciudad singular. Por muchas razones, la mayoría históricas, esta ciudad en la que vivo es original y única. Pocas como ella, en este país, con tantas vicisitudes históricas. Aunque muchas veces haya oído referirse a ella como: la pequeña Nueva York. Posiblemente por el trazado urbanístico de su centro de negocios. Moderadamente grande, su área contiene dos o tres millones de habitantes; diseminados o, mas bien, desperdigados en una geografía montañosa aglutinada por tres ríos que, extrañamente, se juntan en el vértice del corazón urbano (Point Park). El mismo punto en el que, hace trescientos años, sus colonos fundadores establecieron un fuerte (Fort Pitt) que más tarde daría origen a la propia ciudad. Los tres ríos, Ohio, Mononghaela y Allegheny, llevan los nombres de tres tribus indias que se asentaban en estos territorios.

Pittsburgh es una ciudad venida a menos de su pasado esplendor. El resultado de este pasado de riqueza y polución por poco acaba con ella y se puede decir que el hundimiento de su industria, la producción de aceros, fue al mismo tiempo la salvación de una ciudad que resurge de sus cenizas, literalmente. Resurge, así mismo, de una pléyade de enfermedades y una monstruosa polución por gases y humos de carbón de sus altos hornos, hoy desaparecidos. Millones de emigrantes europeos dejaron su vida en la dureza de estos trabajos y aquella vida. También dejaron a sus descendientes en esta ciudad que no se parece en nada, por su limpieza y salubridad, a la que fue. Aún se pueden ver, en algunos viejos muros y piedras, las huellas de aquel pasado tenebroso y brillante. En cierta ocasión, una noche sorprendente, observé un espectáculo semejante a una pequeña aurora boreal. A la luz de la luna se podía ver el brillo tremendo, casi como si fuera luz de día, producido por los residuos de carbón en una enorme meseta de terreno echadizo, sobre la que se estaba construyendo un centro comercial. Al parecer, este brillo se podía observar desde los vuelos espaciales.

Pittsburgh es una ciudad que ha significado el carácter emprendedor y luchador del pueblo americano. Por el contrario a otras ciudades de la costa este, su cosmopolitismo era su propia composición étnica. Estaba a casi un día de tren desde la capital, Washington (D.C.) y los visitantes famosos de otros países, preferían subir por la amenidad de la costa hasta Filadelfia y Nueva York, evitando así acercarse a una ciudad conflictiva por lo sindical, sucia, proletaria y carente de los atractivos de las otras. Ni siquiera los grandes capitalistas vivian aquí, todos lo hacían en Nueva York, y aún sigue siendo así. Empero, Pittsburgh sigue siendo la ciudad, de este pais, con más millonarios por metro cuadrado. El único personaje que honró a esta clase trabajadora con su visita a principios del siglo XX fue Mahatma Gandhi, quizas haciendo honor a la inscripción “Give me your poor” (Dadme vuestra pobreza) que debió ver en la Estatua de la Libertad. Seguramente vendría buscando apoyo y dinero para su causa. Fue recibido, a bombo y platillo, en la estación del tren y una placa conmemorativa se puede ver, semiescondida, en un edificio ferroviario victoriano, y que ya no funciona como tal. Ahora es un restaurante y los trenes pasan cerca, pero ya no se detienen allí. Tampoco consta si recibió la ayuda que esperaba.

Pittsburgh es una ciudad que tiene su propia personalidad. Más que edificios singulares tiene tres ríos y 117 puentes, algunos de ellos impresionantes de belleza y de obra. El mismo número de puentes que de campos de golf se encuentran en su área. A pesar de todo, tiene algunos edificios magníficos : El U.S. Steel, que fue durante muchos años el rascacielos comercial mas alto del mundo. El conjunto constructivo del PPG Place, increíble festival de muros de cortina arquitectónicos, todo cristal y metal, que siempre me ha dado mucho juego fotográfico y del que te hablaré en otra ocasión; una obra maestra del postmodernismo (Philip Johnson y J. Burgee, 1984) cuya inspiración viene de otro edificio singular, en el centro del campus de la Universidad de Pittsburgh: una catedral.

Cathedral of Learning” (Catedral del Aprendizaje) es un rascacielos de inspiración gótica y un edificio en ningún modo religioso, a pesar de su nombre y su título. Todo el mundo lo conoce como la catedral y todo visitante se sorprende cuando entra en él. Su interior recuerda perfectamente una catedral gótica, eso si, sin ninguna imagineria, sin olor a incienso y sin el rumor de los rezos, aunque su propia arquitectura impone silencio. Una vez sobrepasada la altura de una catedral típica, todavía quedan unos cuantos pisos, más de treinta, que es como si la catedral soportara sobre sus “hombros” una de esas cargas que vemos en los grabados de los clásicos porteadores chinos. Todos esos pisos están ocupados por clases y despachos de la universidad. En un nivel intermedio se encuentran una serie de habitaciones únicas, clases diseñadas y decoradas al estilo de cada nacionalidad del mundo que las ha donado. Se usan como tales clases, normalmente para estudios relacionados con la nacionalidad dedicada.

En vano busqué una clase de España, ni siquiera de alguna herencia hispánica. Parece que a ningún gobierno español, desde 1937 que fuera inaugurado el edificio, le ha interesado patrocinar una de ellas. Lo cierto es que solo en los últimos años ha aumentado la presencia hispana en esta parte del país; en este histórico revuelto de nacionalidades nunca se incluyó la hispanidad. En esta catedral hay dos mil habitaciones y dos mil quinientas veintinueve ventanas, desde ninguna de ellas se ve España.

Otro día te contaré mas historias de Pittsburgh.

Luisma, 18 de Diciembre del 2009

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December 14th 2009
Misterio en Wheeling, parte II y final

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“La identidad ha sido ocultada para proteger la inocencia, o la culpabilidad”

Vivir en Wheeling, durante seis meses, fue como volver por una temporada a un siglo anterior, sin precisar cual. Mucha lectura y mucho aire libre. La única conexión con la realidad del presente era la televisión apagada, salvo honrosas excepciones, y las gasolineras, con sus subidas de precio. El resto era un continuo descubrimiento del pasado de Norteamérica, una continua situación de duda entre si cualquier tiempo pasado fue mejor, o no. Esta duda raramente se disipa, tanto ayer como hoy, aparece y desaparece como los otrora famosos Ojos del Guadiana; esos ojos que tarde o temprano, un día de estos, con los extraños cambios de clima actuales, no van a volver. Como tantas otras cosas.

No divagues, Luisma…que fue del famoso misterio del título? —Bien, aquí va. Durante estos seis meses de Wheeling, viví en una casa americana típica, clásica. Una de las llamadas: “shootgun” (escopeta), por su forma alargada y estrecha. El ancho de una habitación y el largo de cuatro o cinco, una detrás de otra, con ventanas solo a un lateral, el otro un grueso muro de separación común a la casa siguiente. Una casa de unos ciento cincuenta años de edad, o quizá más, y de claras reminiscencias victorianas, no solo en su diseño sino también en su decoración. Chimeneas o salamandras en todas las habitaciones y la duda corrosiva de que el frío, de todas maneras, se va a colar por cualquier rendija. Pisos de madera, tremendamente sonoros, que invocaban por la noche la idea de seguros fantasmas. Entubajes y registros enrejillados que traían voces difícilmente inteligibles y que parecían lamentos. Extrañas luces y reflejos en las ventanas abatibles, al caer la noche y en la madrugada. “Poltergeist”, o la seguridad de que lo único que produce miedo es aquello que se ignora.

No tengo ni idea y aunque inquirí, nadie supo decirme quien había vivido en aquella casa, años antes de que se convirtiera en un ir y venir de gente en alquiler. Yo ocupaba una buhardilla en el tercer nivel de la casa. Un par de habitaciones pequeñas al final de una empinada escalera, en la que se podían contar los pasos de quien subía. A veces se oían los pasos y no llegaba nadie. Eso era todo, un espacio mínimo pero agradable. Una noche, con poco que hacer y falta de sueño, me dió por destornillar el fondillo de uno de los armarios empotrados; no me correspondían las distancias en las paredes, y encontré un doble fondo. De allí salieron un par de mantas raídas, unas botas de montaña y una pequeña maleta de lona marrón, atada con un correaje militar.

Al cabo, la abrí, con harta curiosidad y encontré un jersey anticuado y una caja conteniendo un abanico de caña y papel, algunos calcetines anudados en mogollón,
varias balas de fusil Mauser, tres gargantillas de San Blas, una roja, otra amarilla y otra morada…y un sobre con un sello de tinta azul que decía: Penal del Dueso, Santander. Dentro había una cartilla de racionamiento del gobierno español, sin ningún signo, ni nombre que permitiera saber de su dueño. Eso si, estaba fechada en 1945, el año de mi nacimiento. Año famoso en los anales porque, en su agosto, los americanos tiraron la bomba atómica, la primera, en Hiroshima.

Pero eso no era todo. Debajo encontré una caja de color rojo, que al darle la vuelta—Oh, maravilla! Eran los Juegos Reunidos Geyper, la caja de quince juegos! Aún había más…La gran sorpresa apareció detrás de los juegos, todavía recuerdo la cara que se me quedó…Un retrato de Franco! En Wheeling, West Virginia! Un Franco joven, de los años cuarenta, el mismo retrato de los sellos de Correos. Montado sobre un panel de madera, daba la impresión de haber estado en algún momento colgado en una pared. También tenia múltiples picaduras, concentradas en el rostro y el torso y que más tarde interpreté como huellas de haber sido lanzados dardos contra él.

Mi sorpresa fue todo lo grande que se pueda imaginar y pese a haberlo intentado, con algunas investigaciones, nunca he podido saber nada de quien podía estar detrás de todo aquello. Un español? Un americano? Quizás un miembro de aquella brigada West-Virginiana? Algún tiempo más tarde, visitando un viejo cementerio que domina la colina sobre aquella casa, un lugar donde los muertos disfrutan de unas vistas maravillosas, encontré una tumba que rezaba: C. SantaEngracia, 1917-1963…una simple tumba, una lápida llena de verdín y sin ningún signo religioso. Sería este mi personaje? Y si lo fue, que historia había detrás? Fue su vida tan simple como su simple tumba?

Todavía conservo ese retrato del ínclito caudillo (!?) Lleva unos cuantos años como el arpa de Bécquer. Del rincón en el ángulo oscuro, silencioso y cubierto de polvo…detrás de la puerta, siempre abierta, de mi estudio. Nunca he sabido que hacer con él.
Me da grima.

Luisma, 11 de Diciembre del 2009

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December 10th 2009
Misterio en Wheeling, parte I

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El puente colgante de Wheeling (West Virginia)

El reparto de mi tiempo en E.E.U.U. ha sido muy claro: una década en Houston (Texas) y otra en Pittsburgh (Pennsylvania). Sin embargo, hay una temporada corta, de transición entre ambas ciudades, en la que viví en Wheeling (WV). Una ciudad, o más bien un poblachón de unos treinta mil habitantes, no exenta de interés y en la que no viviría más allá de los seis meses que allí estuve.

Vivir en Wheeling, en el estado de West Virginia fue mi contacto más directo con la América profunda, rural y desasistida de toda clase de fortunas. Es el estado más pobre de la Unión. Una verdadera revelación de esa otra nación, a la que no estamos acostumbrados ni siquiera los que vivimos en este país. Tradicionalmente, se refieren a West Virginia, y su gente, los chistes de paletos y gente ineducada. Como todos los estereotipos hay gran parte de falsedad en ello y en mi experiencia en esa ciudad he encontrado lo auténtico del país y gente culta y educada; probablemente, de lo mejor de la América clásica, tradicional y hoy a punto de perderse. Casi igual que en nuestra España; signo de los tiempos—supongo. No hay muchos atractivos en la vida diaria de Wheeling, aunque tiene un poquito de todo, como todos los museos americanos. Un poco de aquí, un poco de allá y—Alehop! El prodigio se ha realizado! No hay nada más parecido a una ciudad americana que…otra ciudad americana!

La oferta cultural de Wheeling es muy limitada, pero, sobresale la existencia de una curtida y decente orquesta sinfónica, con no mucha programación y de la que uno se pregunta: en que se ocuparan sus profesores el resto del tiempo, después de ensayos y conciertos? Una vez, encontré un violinista en el supermercado, trabajaba de cajero y…no ví que se le cayeran los anillos. En aquel tiempo, hace diez años, estaba dirigida por una mujer pequeña de cuerpo, pero de muchos arreos y gran carácter. Vivía un par de casas mas allá de la mía, en la misma calle, y después de los conciertos pasaba andando por delante de mi casa, lo que yo aprovechaba para “aplaudir” o criticar. Es el único director de orquesta al que he visto detener la interpretación, y dando una sonora patada en el podio, conceder un respiro a los ejecutantes, entre un silencio espeso y expectante,
y seguir el concierto. Como si no hubiera pasado nada.

Wheeling tiene algún misterio y unos cuantos hitos históricos. Por ejemplo: un puente colgante, uno de los primeros del mundo. Una de esas obras, puro arte ingenieril que, de no ser lo que es, estaría en un museo. Tal “museo” debería ser, al menos, del tamaño de dos estadios de fútbol. El puente data de 1849, es decir, es anterior a la guerra civil americana (1861) y anterior, también, a la invención del automóvil. De hecho, además de su belleza estética y de obra civil, tiene una serie de consideraciones especiales y probablemente únicas: esta pintado de color blanco rechamante, contiene un montón de invenciones en tornilleria y cableado (ingenieros de todo el mundo suelen visitarlo y estudiarlo), el silbido del aire entre sus cables tiene una música especial, no admite el paso de camiones y gradúa el numero de coches que pueden estar en él al mismo tiempo; la cosa se consigue por una ingeniosa combinación de semáforos y distancia entre los vehículos. Todo esto más de cuarenta años antes de la inauguración del puente colgante sobre la ría de Bilbao y en el estado más deprimido y pobre de los Estados Unidos!

Tiene, también, una famosa emisora de radio especializada en música country-western, lo que no es extraño dado que la mayoría de sus habitantes son gente del campo. Una visita a los estudios de esta emisora es como un viaje al pasado, cuando esta parte del país (Wheeling está a una hora de Pittsburgh, por carretera) era la frontera del Oeste. Todo el equipo técnico, mesas de mezclas, micrófonos, etc. sigue siendo el antiguo, aunque tiene incorporada toda la técnica digital y más moderna. El caso es que les gusta lo clásico y lo mantienen, aunque sea pura fachada. Se dice que España es un país de contrastes,—bién, si alguien quiere ver contrastes, que vaya a West Virginia!

Parte del misterio de este sitio es la enormidad de esos contrastes. La historia de este estado es la de grandes innovadores emergiendo de un caldo de cultivo de lo más retrógrado. Gente que ha participado en acontecimientos mundiales, en su momento signos de modernidad, saliendo prácticamente del interior de los bosques, fuera de grandes núcleos de población. Por ejemplo: como llegó a participar en la guerra civil española, en el bando republicano, un batallón de voluntarios west-virginianos? Un verdadero misterio, difícil de entender y de investigar, a estas alturas. Nada como visitar West Virginia para comprender o intentar comprender los misterios de este país.

(continuará)

Luisma, 9 de Diciembre de 2009

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December 1st 2009
Las vueltas del mundo

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“Grupo salvaje” Burgo de Osma, 1919

Son las tres de la mañana de un sábado cualquiera en noviembre del año 2009, año de nuestro señor, que así se le decía antes. Como no tengo nada mejor que hacer, cierro el libro que estaba leyendo y al poner la marca en la página, la sostengo en la mano, por un momento, y me quedo un rato pensando en la gente que aparece en ella. Es una foto, una de las varias de esa misma época, fotos de mi niñez y de la de mis antepasados, que utilizo para marcar libros. Es la misma que encabeza e ilustra esta croniquilla que estáis leyendo.

Y el tiempo de esta foto, no tiene pérdida porque está situada y fechada, y esto es lo primero que me da que pensar: Burgo de Osma (Soria, España, por si acaso alguien…) Quince de septiembre de 1919 (!) Anteayer, que le dicen! Dentro de poco esta foto será centenaria y, la verdad, me parece increíble tenerla en mis manos. Que poco sabían, hace noventa años, que un hijo de uno de ellos iba estar escribiendo en memoria suya, mientras contemplaba sus rostros y sus hechuras, más allá del año 2000. Y admirarme, en ellos, en los de la foto, de la certeza del molde de lo que yo, y entre otros, mis hijos y mi nieta, somos la huella. La familia.

Y como ha llegado todo a ser como es? Las vueltas que ha dado el mundo! Para empezar, ninguno de ellos está vivo, supongo. Alguno, de los de la foto, no tengo ni idea de quiénes puedan ser, posiblemente tíos mios. Los otros, los que sé, o los que adivino, me consta quién son o quiénes eran. Como ejemplo, el niño de la derecha abajo, el de los pololos y la camisita con esclavina, el que arrastra la rodilla a la John Wayne, el más guapo de todos, mi padre. Los autores no se ponen de acuerdo sobre quién era más guapo de niño, él o yo. Tengo fotos mías, a esa misma edad, que pueden apoyar convenientemente mi candidatura. Desde luego, me parecía mucho a él. Según algunas autoras, parece que demasiado!

La niña más mayorcita, la inmarcesible Tía Trini, a la que siempre echo de menos, y que en esta fotografía me descubre los rastros y el porte de mi hija y, sobre todo de mi nieta. Que gran misterio los parecidos y las herencias biológicas! La otra niña, la que soporta al niño más pequeño (El Tío Susete? Otro guapo más tarde) debe ser la Tía Marita, hermana de ella y que por esas cosas de las familias, y las vueltas que da el mundo, solo pude ver durante un par de minutos a lo largo y ancho de una vida entera; siendo tan hermana como los demás, aunque más despareja en los rasgos físicos. Los otros dos chicos tienen el aire familiar, pero ni idea de quién puedan ser. La foto indica por detrás que se trata de una colección de sobrinos.

Todas estos fotos, que uso para marcar páginas de los muchos libros que siempre tengo al retortero, me traen indefectiblemente el mismo pensamiento, recurrente una y otra vez, valga la redundancia. Dentro de cien años, cuando ya estemos, todos los de ahora, tiesos y calvos, habrá alguien que diga, en una noche cualquiera de noviembre del 2109, y a lo mejor leyendo esto mismo—mira, este Luisma que escribe, y estos de la foto, eran mi familia.Y puede que le entre un escalofrio de emoción, como a mi sosteniendo esta foto. Cuanto me gustaría ver a ese alguien y saber de él, o de ella! Como me gustaría ver y saber de las vueltas que haya dado el mundo!

Sirva este escrito a modo de mensaje en una botella para ese personaje nonato del futuro al que ya, desde hoy, considero uno más de la familia. Ese que, quizá para entonces, ya habrá “visto cosas que [nosotros] no creeríamos, incluidos los Rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser y todos estos momentos que se perderán en el tiempo…como… lágrimas… en la lluvia.”*
_____

*I’ve seen things you people wouldn’t believe…I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All these moments will be lost in time… like… tears… in rain.

Roy Batty, Blade Runner

Luisma, 30 de noviembre del 2009

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November 26th 2009
Las ratas de Paris

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Julien Aurouze and Co. Exterminators, Rue des Halles, Paris, France.

Hace un rato estaba leyendo unos comentarios en un blog (Shakesville) sobre el asunto Polanski, con todo el revuelo que ha producido su persecución por la justicia de E.E.U.U. Por alguna razón, no me preguntéis cual, me vino a la memoria la tienda de venenos para combatir ratas, la de la “rue des Halles” en Paris, no muy lejos del museo Pompidou. Un escaparate delicioso, si es que el adjetivo es aplicable en este caso.

Mi “affaire” con las ratas francesas, especialmente con las parisinas, viene de antiguo, de los años sesenta del pasado siglo, y tengo varias historias con ellas. En aquellos años pasé una buena temporada viviendo en Paris, teóricamente estudiando Bellas Artes y seguramente aprendiendo un montón de vida y pasando una de las mejores épocas de mi existencia. Lo nuevo, lo excitante, en la más absoluta libertad, y todo ello con solo veinte años de edad y ningún problema físico, ni mental. Aquellos fueron días movidos y noches ajetreadas para mi. Viviendo a tope, todo lo que no se podía vivir en aquella España de los sesenta. Una vida que algún día contaré con más pormenor. Con todo y con eso, allí empezó mi afición a los museos, Louvre, Jeu de Paume, Picasso, Museo del Hombre… Fui, y soy, lo que se dice un ratón, no de biblioteca (que también) sino de museo.

En aquel tiempo el museo Pompidou no existía, por supuesto. En su lugar había uno de los mercados más antiguos y más acreditados de Paris, un mercado clásico y un sitio perfecto para rodar cualquier versión de Los Tres Mosqueteros. Un sitio de película, este mercado de Les Halles, que me dio tiempo a conocer y disfrutar. Todo esto antes de asistir a su última noche y a su voladura en la madrugada siguiente. Lo más famoso del mercado eran un par de casas de comidas que servían, con nocturnidad, alevosía y toda la premeditación posibles, la mejor sopa de cebolla que uno pudiera encontrar en el mundo; si excluimos la inimitable de Paul Bocusse.

La gente de la noche parisina, gentes del más variado pelaje, solía terminar sus salidas nocturnas en aquellos dos agujeros, con aquella sopa asentando los estómagos llenos de alcohol, tabaco y drogas. Allí tuve la oportunidad de coincidir alguna vez con tipos como John Lennon, la Bardot e incluso John Wayne, a más de una florida galería de personajes y personajillos de todos los colores y plumajes. Pájaros de la noche, y alguna que otra rata que debían considerar aquel lugar perfecto de necesidad. La noche antes de la voladura del mercado me fue dado asistir a un espectáculo único en los días de mi vida. La empresa encargada de montar los explosivos, para la destrucción controlada de aquel enorme conjunto, hizo una prueba explosionando una pequeña sección, unas pocas horas antes de la gran voladura.

Era noche cerrada y salíamos de la última sopa, servida en estaribeles y tenduchos en la calle. De repente sonó la explosión de prueba y, cientos, miles de ratas enormes salieron despavoridas por las calles aledañas al mercado, como si supieran lo que iba a pasar, como un sexto sentido que les previniera de la voladura. Ni siquiera pararon por la presencia humana, ni siquiera gruñían o gritaban. Solo corrían. Como vulgarmente se dice, les olía el culo a pólvora. Un espectáculo increíble, inusitado.

Más de treinta años después de aquello, lo recordaba en la última visita a Paris. Frente a ese escaparate en el que, disecadas y colgadas, están un montón de sus congéneres. Algunas de ellas fechadas en 1.925 y otras que posiblemente corrieran la noche de la voladura del mercado. Ah! Paris de la France, que país, que paisaje, que paisanaje! Y que ratas! Y yo que sigo pensando en Polanski, porqué será?

Luisma, 20 de Noviembre del 2009

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