June 9th 2009
Las cartas italianas, parte IV y final

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— Luigi, Luigi! Que haces?
— Escribo una carta.
— Te pasas el día escribiendo cartas y eso no da de comer! Vas a perder la poca vista que te queda!

…Mi señor Giovanni, perdonad mi atrevimiento al volver a dirigirme a su señoría. Mi nombre es Luigi, de la familia Dorante, a vuestro servicio, asentada en el municipio de Vinci. No me atrevería a dirigirme a vos si no fuera por las crueles circunstancias que me acontecen. De un tiempo a esta parte he venido quedándome casi ciego de los dos ojos y se me hace difícil procurarme mi propio sustento.

Sabed que yo era pintor, artista, estudiante al amparo de nuestro señor el maestro Leonardo, afamado en muchas cortes y que vos recordareis bien pues trabajó para vuesa merced en fausta ocasión, hace ya algún tiempo. Infelizmente, y para mi desgracia, la falta de vista me tiene en un estado de postración económica que se me hace muy difícil sobrellevar, y es por esto por lo que me atrevo a dirigirme a vos.

A la muerte del maestro, mi señor, por motivos familiares que no hacen al caso, recibí alguna de sus pertenencias que me han permitido subsistir hasta este momento. El siglo va entrado, y guerras y hambrunas han ido desapareciendo de nuestros estados. La situación, sin embargo, se me ha vuelto desesperada y tengo dos bocas, a más de la mía, que sustentar. Los dineros se me achican a marchas forzadas y algo me veo abocado a resolver.

Entre las cosas que el maestro me dejó al morir, aparte de algunas pequeñas huertas, se encuentran algunas pinturas y códices llenos de dibujos. Una de esas obras, es un retrato de vuestra muy digna esposa en su juventud, y que Dios conserve muchos años. La pintura es magnífica, es una cabeza y torso con sus manos reposando una sobre otra y todo ello con el fondo de un paisaje que se os hará seguramente familiar. Su estado de conservación es perfecto y por ello os la ofrezco en venta, por un razonable precio que acordaríamos en una próxima visita mía a vuestra honorable casa.

Tengo a un mercader francés, a mis alcances, interesado en la pintura, pero su precio y sus maneras no me convencen. Aunque sé que el cuadro ya fue apreciado, en su día en aquella corte, más prefiero saber de vos y vuestro interés antes de caer en sus manos. No quiero molestaros en demasía, señor, y de no mediar una comunicación vuestra, me propongo visitaros lo antes que me permita el delicado estado de salud en que se encuentra uno de mis hijos. Dios guarde a vuesa merced muchos años y os conceda la felicidad…

(Fin de las “cartas italianas”. Extracto de los borradores de unas cartas encontradas en mis últimas vacaciones, el año pasado en Italia. Me saltaron a los ojos, revolviendo papeles en un viejo baúl. Hacia calor, era la hora de la siesta y estabamos en el ático de una casa de labor, a las afueras de Montecatini Terme, no muy lejos de Florencia)

Luisma, 8 de Junio del 2009

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June 6th 2009
Las cartas italianas, parte III

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— La cena estará lista pronto, ve acabando lo que estás haciendo!
— Ya sé, ya sé! Un poco de paciencia, por favor!

…Luigi, Luigi, no es nadie, es simplemente la esposa de Giovanni Giocondo, un comerciante…Aunque he de reconocer que tiene algo, algo especial, no sé el qué…recuerdo que usé dos modelos para esa pintura; ella misma y un jovencito que me servía y que, desgraciadamente, murió a poco de unas fiebres malignas, lo recuerdo bien. Quizás debería conservar este retrato. Le vendí a su marido otra pintura de ella, de cuerpo entero y este retrato, que estaba a medio hacer, no pareció interesarle.

Si te gusta de esa manera lo terminaré en honor a ti. Otro tanto, nunca se sabe que ojos estarán interesados en contemplarla. A los franceses seguro que les gustaría, ellos y los españoles divinizan a la mujer. Me dicen que su rey gusta de mis pinturas y quiere verme, aunque yo estoy cansado, muy cansado…Me gustaría no tener que ir y quedarme aquí, en Vinci, con vosotros, con la gente que no me dá problemas. Iré, no queda más remedio, Paris es muy atractivo y tiene una gran colección de pinturas en ese maravilloso palacio real. Es una gran oportunidad de contemplar las cosas de los maestros antiguos, se aprende mucho de ello.

Lo que menos me agrada de la idea es tener que aguantar a ese rey Francisco, ya tuve ocasión de conocerle cuando visitó al duque, nuestro señor; y no me gustan ni su mirada, ni su sonrisa falsa. Me molesta grandemente su ironía hacia nosotros, y estando aquí en nuestro país. Mira como no lo hace con los españoles, que lo derrotaron dos veces y lo tuvieron preso! Pero, te estoy aburriendo con mi verborrea, mi querido Luigi…Y siguió tan buen hablador como siempre…

Ah! Tienes que mostrarme alguno de esos dibujos y pinturas que haces. Tengo entendido, me lo dice tu hermana, que tienes afición y se te da bien. Si alguna vez decides abrazar este difícil oficio, siempre tendrás mi mejor ayuda, mi cariñosa y sin embargo, aguda crítica; con todo lo que hagas y lo que no hagas. Sobre todo, querido, nunca olvides que el oficio y la técnica pictórica son, siempre y en el mayor grado, necesarias, aunque no suficientes. Hay algo que debe primar por encima de todo.

Lo verdaderamente importante es tener algo que decir y decirlo con tu arte. Trasmitir la belleza, toda la que seas capaz, con naturalidad, simplicidad y honestidad. Procurar excitar el gozo de las personas que admiran tu arte. Pinta con justeza y sin desvaríos, rechaza lo espectacular y lo que premia los bajos sentidos y busca siempre lo auténtico, lo verdadero. Recuerda que a la primera y principal persona que debes convencer con tu arte es a ti mismo. Sé tu más feroz crítico y a los otros, escúchalos y siempre haz lo que te plazca. Y ya termino y te dejo en paz, realmente sospecho y creo que te estoy aburriendo y molestando y…Nada mas lejos de mi intención!

Que poco se da cuenta, el maestro, de lo mucho que me place escucharle!

Luisma, 4 de Junio del 2009

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June 1st 2009
Las cartas italianas, parte II

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— Luigi! Ese niño! No me gusta ese silencio, vigila a tu hijo!
— Estoy en ello, estoy en ello!

…La he visto, la he visto! Y valía la pena verla, a fe mía! Hoy, con la excusa de entregarle un correo que llegó muy en la tarde, he subido hasta la casa y el criado me ha invitado a esperar a su señor en el salón contiguo a la entrada. Siempre he sentido curiosidad por las cosas de este hombre raro y, sin embargo, atractivo. Encima de la mesa había un montón de rollos y papeles con dibujos, a más de un reloj de arena, de cristal y sin máculas, con un interior increíblemente nítido de arena azul, que solo Dios sabe de donde vendrá! Todo ello, rollos, papeles, reloj, me atraía enormemente pero no osé tocarlo.

De repente, en la alcoba contigua alcancé a ver un pequeño caballete, de los que se utilizan para viaje o para pintar al aire libre de los jardines. Estaba arrinconado y cubierto por un lienzo, aunque se notaba que debajo había un cuadro, no muy grande. Me acerqué con cuidado y allí estaba ponderando si atreverme a tocar el lienzo cuando, al pronto, mi señor Leonardo entró en la estancia y, con sus agradables maneras de siempre, me saludó afectuosamente. Turbado, le alcancé el correo que ya casi había olvidado; me lo agradeció y ni siquiera se paró a romper el sellado, abandonándolo encima de la pila de papeles que cubrían la mesa.

—Gracias, querido Luigi, lo veré después…Que grande estás! Tienes que saludarme a tu madre, fue una de mis mejores modelos, siempre me han gustado las modelos como ella era entonces: núbil, joven, preciosa! Que puedo hacer por ti, mi Luigi? Dijo, observando mi rostro interesado. Sabes que te considero como a un hijo.

—Señor…Maestro! Me gustaría ver, admirar, ese retrato del que me han hablado los chicos, el que tenéis casi terminado, el de la mujer pensativa. Por favor, maestro!

—Esta bien, Luigi…Aunque no me convence demasiado, estoy pensando seriamente en destruirlo, como tantos otros, no consigo darle la vida que quiero, la realidad…Despacio, con su media sonrisa irónica, le quitó el lienzo y…Allí estaba, la vi, aquella mujer, aquel ángel!

—Maestro, no podéis, no debéis destruir esta pintura, es celeste, es terrenal, nunca había visto nada parecido! No puedo dejar de mirarla…Quien es, señor?

Luisma, 30 de Mayo del 2009

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May 25th 2009
Las cartas italianas, parte I

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— Luigi! Luigi! Que haces?
— Ya voy, un poco de paz, estoy escribiendo una carta.

…En el pueblo la humedad de este verano está siendo mayor, mucho más que otros agostos. El tiempo esta loco. Y hace ya años que esto dejó de ser un misterio. Ya nadie habla del cambio de clima. Estos días solo se habla del arte o del oficio de pintar, ese complicado asunto en el que un hijo del lugar destaca, lo suficiente para hacerse un nombre en la corte y que la gente hable de sus obras.

Ayer llegó de nuevo, hacía tiempo que no venía y menos para pasar una larga temporada entre nosotros. Dicen en la ciudad que ha estado enfermo de cuidado y que las fiebres le acompañan. Aunque no está muy claro que puede haber sido, la palidez de su cara es acusada y ya no se mueve con la misma agilidad con que solía. Parece ensimismado y pasa el tiempo observando a los muchachos jóvenes que juegan al calcio en la plaza. Con la espalda encorvada y el mentón hundido entre sus manos, su silencio es acongojante. También, acaricia a los animales, algo que antes no hacía tan ostensiblemente. Aunque siempre lleva consigo las tablillas y los crayones, no pasa tanto tiempo dibujándolo todo, como siempre hizo.

Los dos chicos que le ayudaron a bajar sus cosas de las dos carretas, hablan de un cuadro a medio componer, casi terminado y que él, después de desembalarlo y contemplarlo durante más de una hora, como si no lo conociese o hiciera tiempo que no lo viera, dio en cubrirlo con una sábana de hilo y arrinconarlo lejos de los efectos de la chimenea. A estas alturas, verano entrado, las noches todavía son frías y la casa ha estado vacía más de dos años y tiene humedades retrasadas, por falta de ventilación.

Tengo ansiedad y ganas de ver ese retrato del que me hablan Piero y Nicola. Dicen que es una extraña joven, con un peinado lacio y cuidado como el de otros retratos que he visto de jóvenes de la corte ducal. Probablemente será una señorita de la ciudad, hija de algún prohombre, o una dama joven de posibles. No todo el mundo puede permitirse el lujo de pagar al maestro. Me come la curiosidad porque según ellos, que lo vieron, la mirada era de ternura e incluso creyeron ver alguna lágrima que brotaba de sus ojos. Quien será?

Luisma, 21 de Mayo del 2009

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May 8th 2009
De los Maristas

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Quizá porque la verdadera patria de un hombre es su niñez…

–A. y C. Perez-Reverte, El Capitán Alatriste

Es una foto intrigante, esta de la clase del colegio de los Maristas. Curioso, ninguno teniamos gafas,todavia. La foto fue hecha en el más viejo de ellos, el de S. Juan de Barbalos, antes de irnos al de S. Bernardo y mucho antes de inaugurar el Champagnat del camino del cementerio. Era Salamanca, Castilla, eran aquellos años del cuplé. Bueno no, no eran, ya habían pasado, pero queda muy bonito decirlo así. Vaya pandilla de gente!

El colegio de S. Juan de Barbalos, para llegar allí, desde la famosa calle Toro (antes Generalísimo, antes Toro), había un camino que hacer y era cuatro veces diarias. Se trataba solamente de un par de calles y hoy me parece una distancia cortísima. Entonces era casi una aventura. Salir por la puerta de atrás de mi casa, bordear el murete-tapia del jardín de la Farmacia Militar; el “estadio” donde jugábamos por las noches al fútbol a la luz de unas pobres bombillas, tan solo protegidas por una caperuza de cazuela de china blanca y que alguna vez rompimos a balonazos. Subir la calle hasta la esquina del Banco de España, donde había siempre policía armada, los “grises”, para desembocar en la Plaza de los Bandos, refugio nuestro y “frontera” para los chicos de otros barrios en nuestras persecuciones y pedreas.

A partir de esta plaza y la de la Libertad, llamadas plazuelas, empezaban los barrios no céntricos y por tanto “peligrosos”. La verdadera aventura, casi novelesca, era en la calle Horno de Sta.Teresa, uno de cuyos puntos más señalados era una funeraria, con sus ataúdes y sus sepelios. Un paso más adelante un matadero de cerdos, con su olor característico a piel y pelo quemados y la vista, a veces, de un patio interior lleno de guiñapos sanguinolentos colgados en tendederos de cuerdas. Nada de esto era tan asustante como la visión de los matarifes con sus delantales sangrientos y sus enormes cuchillos a la cintura.

Todo esto en el camino diario al colegio que estaba solo unos pasos más adelante en la corrala trasera de una vieja iglesia y con un patio pequeño en el que nos apiñábamos los niños, los de la foto y muchos más. Los olores a saín, cocina pobre, suciedad húmeda y desinfectante de letrinas son poco menos que inolvidables. A veces se mezclaban con los del matadero cercano y con los incensarios de la iglesia colindante. Todo ello adobado con los olores corporales de todos nosotros, niños de los años cincuenta, de la posguerra; algunos solo se bañaban y cambiaban la ropa los sábados, para estar listos y limpios el domingo por la mañana, a la hora de la misa.

De los niños de esa foto sé muy poco, algunos hace cien años que no los veo y por tanto, ya lo dice el dicho, deben estar ya todos calvos. De pocos sé detalles de sus vidas y de alguno de ellos de sus muertes. Una década de nuestra juventud la pasamos juntos y eso da, cuando menos, para recordar los nombres de casi todos ellos. Muchos años repitiendo el—presente!—todas las mañanas, a la convocatoria de nuestros nombres y apellidos.

Esta foto, de la clase del colegio, me ha acompañado siempre a lo largo de toda mi vida, o de todas mis vidas, y realmente no sé porque va en esa carpeta (baúl de los recuerdos) que me sigue a todas partes. Quizá sea una más de mis señales de identidad, reflejo de una parte del pasado y pasaporte a un futuro no muy a halagüeño. No hay más que mirarse al espejo y comparar con el de la foto. Para los curiosos: soy el niño tan guapo, en el medio de la segunda fila, rodeado por un trazo rojo, el del jerseicito de rayas. Hecho de menos lo que éramos, niños más o menos felices. La felicidad tonta del buen salvaje.

Ah! Y el hechizo de Salamanca sobre mi voluntad de volver a vivir en ella, a pesar de los recuerdos y mal que le pese a Cervantes y a Vidriera, está más que capitidisminuido (por decirlo sin faltar). Ni la de hoy, ni la de ayer. Si acaso hecho de menos el perfume de las acacias de la plazuela de la Libertad, algún amigo, y el olor a polvo, sudor y hierro de la estepa castellana. De cualquier manera… A que diablo hay que vender el alma para volver a ser el de la foto?

Luisma, 7 de Mayo del 2009

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April 28th 2009
Una noche de ensueño

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Por primera vez, en mucho tiempo, una noche con un sueño maravilloso, delicioso, fantástico…todos los adjetivos que se le ponga son pocos. Usualmente, la cosa no discurre así, mis sueños son difíciles o frustrantes o terroríficos o incluso simplemente inocuos. Esta vez me cayó el premio, me tocó la lotería, me bajaron las nubes para poder subirme en ellas. Que bien!

Una noche de sueños de los de estrellitas, de borreguitos, de pastelerías, de los que te curan, mismo, la acidez de estómago. Hasta incluso, mientras estoy escribiendo esto, silbo una alegre cancioncilla intranscendente; solo de la felicidad que me produce el recuerdo de esa noche, de ese sueño. La misma sensación que cuando juego un buen partido de fútbol, ahora que cada vez se me hace mas complicado que eso ocurra por la edad y por los crecientes detrimentos físicos.

Bueno, va…nos vas a contar el sueño, si o no? Bien, pues la cosa va de pintura, de mi pintura. Soñé que estaba conforme con mi pintura (lo que nunca ha sido así), que me gustaba lo que había pintado y que era bueno. Y que había pintado mucho, una exposición completa y que todo el mundo decía que era una buena pintura, tirios y troyanos, amigos y la “cofradía de la elegancia”, todos.

Aquí no me va a quedar más remedio que explicar lo de la cofradía de la elegancia, es decir la “critica especializada” (más o menos especializada, según se mire). Esos cuya mejor manera de definir laudatoriamente mi pintura ha sido siempre acusarla de “elegante”, lo que dicho sea de paso todavía no he podido comprender bien que quiere decir y en que se basa dicha definición.

Esta vez la palabra elegante no se veía por ningún lado, ni afloraba siquiera en las típicas lenguas de doble filo, los envidiosos…no envidiosos de mi (pobre!), los envidiosos por real decreto, los de siempre, que habitan cualquier país y cualquier hemisferio. Los que viven vidas únicamente de espectadores, esos que se dedican a mirar (en blanco y negro, desvaído) como los demás viven sus vidas, en vez de vivir las suyas propias (colores a tutiplen).

En pocas palabras, fue una noche, un sueño de plenitud, un sueño que era un sueño. Ni siquiera cuando me desperté la sensación fue mala o infeliz por el término de dicha felicidad. El solo recuerdo del sueño era una felicidad en si mismo. Firmaría, ahora mismo, tener más sueños como el del otro día, o la otra noche, o tenerlos a menudo, más a menudo. Esta vida, con sus más y sus menos, necesita estas pequeñas inyecciones de optimismo, aunque sean imaginarias.

Luisma, 27 de Abril del 2009

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April 12th 2009
Una noche en la fábrica

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Fotograma movido de una película de serie B

Abro los ojos. Me había quedado dormido, anortado en el sofá y con mi moleskine y mi pluma en las manos. La fábrica de helados es, en la noche y en la oscuridad, un paisaje de luces pequeñas…un paisaje de LED (diodos emisores de luz), mis relajantes luces favoritas. Botoncitos luminosos, lucecitas electrónicas, números brillantes en una oscuridad iluminada tenuemente por ellos mismos. Y son legión!

Colores verdes, como de semáforo antiguo. Rojos, color capote de luces. Rosas desvaídos, color “risa de sordo”, o media de banderillero. Azules y blancos como alamares sin movimiento. Oros reflejados en las ventanas, en el espejo, en las mesas de cristal, en los vasos y las copas no recogidas de la velada anterior. El teléfono, con sus mensajes antiguos parpadeando continuamente. Los testigos del televisor, el video, el DVD, el equipo de música, los cascos del sonido estéreo con sus dos puntitos cilíndricos verdes, uno en cada orejera, todavía encendidos; señal inequívoca de nocturnidad con ausencia de alevosía, premeditación siempre hay. Enfrente de mi, en la mesa, “ronca” suavemente el diodo amarillento-verdoso del laptop adormilado. A pesar de su acompasado latir, no parece peligroso.

Vuelvo la cabeza y me topo con el cordón de luces miniatura de la escalera, las que me señalan los pasos nocturnos al frigorífico. Con su ruido sordo, este no luce pero refleja el reloj del horno, con sus dimes y diretes en los cambios de temperatura y sus números blancos, color panel de bordo de Cadillac, aunque solo sea un microondas. El otro horno, el del pan, solo da luminosamente la hora, y gracias. Y de nuevo al piso de arriba, la intermitencia del luminoso de neón exterior de la calle. Con su efecto sincopado de película policíaca americana de serie B; reflejo traducido solo en los perfiles de las mini-persianas plástico-metálicas. Perfecto, según Sol, yo vivo en una película americana de este tipo.

Hay una legión de miles de diminutos puntos de luz, al otro lado de las cristaleras-ventanas, medio valle de Allegheny reluciendo y borboteando como un cielo al revés. Un cielo estrellado en la tierra, multiplicando la relación arriba y abajo, y creando fantásticos puntos de luz imaginaria. Luz virtual, con la virtud de no existir aunque la veamos. Paranormal, en el mas estricto sentido de la palabra. Y al fondo del salón las miríadas de luces alineadas de los rascacielos, a través de la ventana trapezoidal.

Me quedo mirando fijamente un rebaño de pálidos diodos, al sesgo de la habitación, son las luces verdes, hospitalarias, del humidificador y las de la manta eléctrica (que gran invento!). A su lado, agazapado al acecho, el hijo de…del despertador, luces rojizas sin piedad…

Es muy tarde, o muy pronto, según se mire. Luz de día incipiente, los diodos se descartan en su brillar, aunque siguen ahí en su encendido perpetuo. Se me ha olvidado de qué estaba escribiendo, o de qué iba escribir. Otro día será, o mejor dicho, otra noche será. Siempre en la noche.

Luisma, 7 de Abril del 2009

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March 31st 2009
Biba LLo!

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Un deseo de cumpleaños para todos

Se prohíbe fijar carteles. Responsable la empresa anunciadora.

Parece como si fuese ayer. Mientras barruntaba una idea, me víno este famoso y casi olvidado letrero a la memoria. Eran aquellos años juveniles de carreras, pegada de pasquines y vuelta a las carreras. Me permití el lujo de hacerlo hasta en Paris. Como en España se hacía entonces difícil y peligroso; me esmeré saliendo a los saltos nocturnos cada noche con distintas facciones políticas, en aquella Francia, que no ha cambiado tanto. Al fin y al cabo todos éramos amigos en la Maison des Jeunes y las divergencias políticas se dirimían en los bares, en los foros juveniles o en el campo de fútbol.

La pegada de carteles se convirtió, para mi, en una especie de deporte-diversión nocturnal. Ya por entonces empecé a fraguar esa maquiavélica habilidad, que me ha acompañado hasta hoy, para no dejar saber cuales son mis reales preferencias políticas. Los comunistas me decían espía franquista y los derechistas de la Quinta República me acusaban de comunistoide.

Eso si, eran carteles, el graffiti víno mucho después. De siempre se escribió en las paredes y vallas, pero era con tiza o carbón y se respetaban mucho los edificios cuando era pintura. El graffiti, la pintada, llegó un poco antes de trasladarme a América y aquí la he vivido en su máxima expresión, incluyendo la diatriba de elevarla a los altares artísticos. No niego que se requiere una técnica bastante consumada, pero como método expresivo a mi me deja bastante que desear.

Y aunque he seguido y admirado grafiteros muy famosos en Pittsburgh, Chicago y Nueva York, con todo y con ello me sigue pareciendo más un deporte que otra cosa. El caso es que recordando lo de pegar carteles me vino la idea de celebrar, hoy, mi cumpleaños de una manera original, una de esas cosas que la gente llama “cosas de Luís”. Ayer tarde me pinte cinco carteles de tamaño medio-póster y esta noche he salido a pegarlos en cinco diferentes sitios de la ciudad.

Uno, en las puertas de cristal del museo de Andy Warhol, el museo más grande del mundo dedicado a un solo artista. Otro, a la puerta de vestuarios del estadio de los Steelers, no hay miedo…están “de vacaciones”. Otro de los carteles lo fijé a la entrada de la Cathedral of Learning (Catedral del Aprendizaje) edificio insignia de la Universidad. El cuarto lo puse en un lugar ilógico, la vitrina de anuncios de la Sinfónica de Pittsburgh, aunque lógicamente lo pegué por fuera. El último, reforzado con cartulina doble, lo colgué en la reja exterior de la comisaría de policía de mi barrio, aunque haya quedado grabado en el video, sé que no se me reconocerá. Llevaba calada la gorra y el chándal del Real Madrid, con el cuello subido. Y a mis ya pasados sesenta, no se me supone andar en tamaña actividad. Que engañados los tengo!

Además, los cinco carteles no llevan ninguna leyenda subversiva, o acaso si, según se mire. Los cinco rezan: “Biba LLo”. Y a eso es a lo que uno aspira en tal día como hoy.

Luisma, 15 de Marzo del 2009!

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March 25th 2009
Neferyuyu y la reina egipcia

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Museo del Louvre, Paris

Donde hicimos esta foto? Si, fue en el museo del Louvre, ese sitio mágico donde todo es posible. Paris siempre vale su famosa misa. Para ti por primera vez, para mi cuarenta años después. No tanto tiempo si pensamos en la edad de la reina egipcia. Aquella fotografía fue, una vez más, un momento suspendido en el tiempo. Algo para recordar.

Se pueden tener recuerdos. Se deben tener. Cuantos mas recuerdos, mejor, señal de una vida mas plena. Y para recordarlos es mejor tener una ayuda. La imagen, esa que dicen vale mas que mil palabras: la fotografía. Aunque solo fuera por eso, por la capacidad de hacer recordar, ya merecería la categoría de arte. Nos hemos pasado, años ha, malgastando tanto tiempo en la fútil discusión de si la fotografía era un arte, o no. El vano intento de los reaccionarios de turno, de los que mantendrían el mundo estático, sin mover el más mínimo dedo y sus atrofiadas neuronas, no ha podido con la fuerza de la fotografía.

La fotografía, el arte de siglo XX, y sus hijos putativos: el cine y la televisión, hermanos bien avenidos que nos darán en este siglo descendientes de la misma imagen genética, nietos digitales y los que vendrán, que todavía no conocemos, por supuesto. Quien pudiera llegar a conocerlos antes de difundirse uno mismo en el éter!

Supongo que de esta misma manera sería como se sentirían algunos artistas-grabadores egipcios cuando veían y comprobaban la acción de ciertos ácidos y químicas sobre las tablillas y los metales. El ver aparecer imágenes previamente imaginadas y la realización de pensar hasta donde aquellas técnicas podían llegar en el futuro. Ellos tendrían sus ambiciones estéticas y adorarían a sus reinas y las bellezas cercanas a su tiempo y proximidad geográfica. Tendrían su Paris y sus colecciones de arte igual que las tenemos ahora y tuvieron su manera de representar y perpetuar su cariño y admiración por ellas.

Igual que nosotros nos maravillamos de aquel arte y aquellas bellezas, comprendiendo aquel mundo de entonces, más o menos. Ya me gustaría tener la facultad de anticipar como verán nuestras cosas, nuestro arte y nuestras admiradas reinas egipcias, la gente que nos siga en mil o dos mil años!

A la vista de la foto que encabeza este escrito no me cuesta prever que, en dos mil años, alguien pudiera pensar que no había gran diferencia entre ellas, igual que yo lo pienso ahora. Para aquellos de cuatro mil años después de nosotros solo tengo un pensamiento y un deseo: que todo cambie tanto como deba cambiar y que siempre haya artistas, cualquiera que sea el medio o la técnica, capaces de representar la belleza y la admiración por ella.

Luisma, 13 de Marzo del 2009

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March 4th 2009
Se te va a caer el pelo!

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Probablemente no sea ninguno de los dos
(Fotos de Sarah y Pepe Nuñez)

Esto lo he tenido que oír, unas cuantas veces, en mi vida. Desde pequeñito y en adelante, en múltiples ocasiones, y por las más variadas razones. Siempre pensé que había sido, que era, un mal niño, un mal chico, un mal hombre, en resumen: una mala persona. Capaz de todo lo malo, lo atravesado, lo prohibido, lo pecaminoso, en una palabra: la reencarnación del mal…El diablo, alguien me llamó alguna vez.

Solo ahora que me estoy volviendo viejo, se me han abierto los ojos y he llegado a la conclusión de que nada de esto era cierto, de no ser nada especial…y que no soy, ni mucho menos, un malo de solemnidad, ni de película, ni nada parecido. Que todo ha sido un espejismo, una mala fotografía o, lo que es peor, un engaño manifiesto.

Ha sido la manera que ha tenido todo el mundo de controlarme o, por lo menos, de intentarlo. Políticos y religiosos como abanderados del control. Hasta hace unos años, algunos, lo consiguieron con mucho éxito. Hoy en día, cada vez resulta mas difícil “hacer vida de mi”. Acostumbrarse a admitir, mismo públicamente, tal culpabilidad (creando complejo, incluso) era condición, sine qua non, de una cierta convivencia. Vaya Ud. a contarle esto a la última generación. Se me han reído hasta en las barbas! Y con razón.

El galápago se cambió al otro lado del estanque. Pensamiento: que pena no haberlo hecho antes! Ese fue mi “trippy” (“viaje”),las drogas siempre me han sentado mal al estómago y eso no me compensa. Una gran idea, la mejor, sin duda, de mi vida y ello sea dicho a pesar de todos los pesares. Que fueron muchos. Ahora tengo una concha espesa y dura, una verdadera coraza. A prueba de políticas, religiones y toda otra clase de zarandajas.

También me ha crecido, con el paso de los años, una clarividencia de tamaño natural. Las veo, los veo, os veo venir desde muy lejos (y tanto!) y con una claridad que ya hubiera yo querido tener en otros tiempos. Ya hasta ni confundo lo sentimental con lo romántico. Ya hasta me empieza a sobrar casi todo; lo que no esta nada mal porque nunca he servido para amasar casi nada, que no sea en mi cabeza.

Con toda seguridad me voy a ir tal como vine, con una mano por delante y otra por detrás. Y no me refiero a América. No vine por el célebre, y nunca bien ponderado, sueño americano. Pero, aunque hubiera sido así, hay tantos sueños…El mío se ha cumplido y no era precisamente el sueño de los americanos, ni la riqueza a la que tanto adoran. Aunque no hubiera estado demás, siempre que el precio hubiese sido aceptable.

Mi sueño era encontrar al otro Luís, a mi mismo, aunque tampoco estoy seguro de que sea el auténtico. Cual de los dos, la suma de los dos o ninguno de los dos? Posiblemente el único verdadero es el que se ha instalado en mi, en los últimos cinco años. Y al que, por cierto, nunca han amenazado con la caída de nada; si acaso con la caída del imperio, el de ahora, que se va perjudicando a ojos vista.

A ver si resulta que uno no era tan problemático como se pensaba!? Tendré que preguntarle a alguien que, presumiblemente, tiene la culpa del “nuevo-viejo Luís”. El que conserva todo su pelo y al que parece que la única amenaza de caída capilar le viene del viejo dicho: “Después de cien años…todos calvos!”…Donde hay que firmar para llegar hasta allí?

Luisma, 2 de Marzo del 2009

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