Notas de viaje

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Estaba necesitado de movimiento, me lo pedía el cuerpo, las alergias y la sangre.
Y me fui a Castilla, que ya dolía. Y Castilla, tantas veces denigrada y tantas otras recordada y echada de menos, estaba ahí con sus cantos rodados, su arbol solitario y sus trigos menguados. Esa Castilla, la vieja, avistada y fijada en la retina y en las fotos.

Desde el Castillo de Gormaz, cortando la atmosfera en hipotenusas vertiginosas, que anoche leyendo a Unamuno encontraba mejor definición: “¡Ancha es Castilla! Y ¡Que hermosa la tristeza reposada de ese mar petrificado y lleno de cielo!”

Me he pasado todo el viaje atisbando tierras desde las alturas. Primero desde los aviones, aunque esa forma no cuenta por falta de reposado mirar; no se que tiene el movimiento desde lo alto, o es vertigo, que no te deja concitar bien las ideas. Mire tierras y campos de Segovia desde Somosierra y la belleza serena de El Escorial desde la Cruz Verde. Me asome a la Ventana Del Diablo, a los pies de la Ciudad Encantada, para ver la sangre verde de esos arroyos espumosos. Y no solo Castilla… “Hay quien dice de Jaén que no es tierra andaluza!…” Tambien conté miles de olivos en hileras interminables desde las murallas pasmosas del castillo de Jaén, ni las aves de presa querían volar tan alto.

Nada como las sensaciones desde el castillo de Gormaz, rodeado de la familia, pensando en su historia y la nuestra. Cortando con la vista un derredor tan fantastico, sintiendo el calor y el viento de la meseta.

“Esta es mi España, un corazón desnudo, de viva roca, del granito mas duro, que con sus crestas en el cielo toca, buscando al sol en mutua soledad” (M. de Unamuno).

Estoy contando las alturas de la misma forma que me cuento los nudillos de las manos, cada vez mas acusados, cada vez mas secos y sarmentosos de venas…! Sangre castellana, que diablos!
Porque uno no se da cuenta de lo castellano que es hasta que no se mira las manos y hasta que no se mira esos campos desde arriba, desde los castillos. Llevamos esa sequedad y esos ocres y amarillos tatuados en los adentros. Estemos donde estemos y hagamos la vida que hagamos, nunca dejaremos de ser castellanos. Quizá por eso me he pasado este viaje llenándome los ojos de los planos de la meseta, y siempre con el mismo punto de vista, desde lo alto.

Necesito venir a Castilla, cada cierto tiempo, para darme cuenta de que sigue ahí, y que mi corazón sigue colgado de un pino albar en cualquier sierra, reflejando las luces de los soles que la calientan. Necesito venir a Castilla para recorrer otros caminos que los que todos los días ando. Es el animo de cambio, es la voluntad de movimiento.

“El espacio que recorras será tu camino; no te hagas, como planeta en su orbita, siervo de una trayectoria” (M. de U.).

–Luisma

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