Pittsburgh, South Side

pghsouthside.jpg
Las escaleras, los peldaños, apenas se ven pero están ahí, en medio de la floresta.
(Foto por Sarah.)

Una serie de escaleras casi tan complicadas y largas como cadenas de DNA. Miles y miles de peldaños que permiten discurrir por estas colinas de Pittsburgh, una Roma nueva con tres ríos y sin palacios. Bueno, algún palacio queda, o su equivalente americano, alguna mansión de aquellos magnates del acero que forjaron sus fortunas en esta ciudad durante las segunda mitad del siglo XIX. Grandes personajes que se lucraron del trabajo tremendo de otros emigrantes de primera hora y menos luces.

Estoy escribiendo esto porque hoy se me ha “muerto” Andrew Carnegie, es decir, he terminado de leer su biografía (magníficamente escrita por David Nasaw) que me estaba durando desde hace casi un año. Así me pasa con algunos libros, unos me los devoro y otros me gusta hincarles el diente poco a poco. El nombre de Carnegie está continuamente presente aquí en Pittsburgh, ahora me doy cuenta de lo poco que conocía al personaje, su vida y milagros. Y por ende la de los otros “robber barons”—barones ladrones—aquellos magnates (o mangantes?) industriales que edificaron este país y cuyas riquezas parecían no tener fin.

Siempre he pensado que conscientes de su explotación del obrero, en la forma de capitalismo mas exacerbada, es por lo que en su mayoría “devolvieron” al final de sus vidas parte de esas riquezas en dotación de fundaciones, entregas y regalos a la comunidad. Posiblemente ellos fueron los creadores del moderno complejo de culpabilidad que dejaron instaurado en lo mas hondo de la conciencia americana.

Llevo ya varios años viviendo en una de estas colinas, de calles empinadas y escaleras que comunican unas calles con otras para lo peatonal. Algunas de ellas son solo escaleras que comunican con otras y las entradas de las casas. Esta zona de Pittsburgh, llamada South Side, era un barrio pobre, proletario, de inmigrantes griegos, polacos, rusos y otros. Se nota en la decoración de la arquitectura y, fundamentalmente, en las iglesias. Nunca había visto tantas iglesias y de tan diferentes confesiones en una misma zona de una ciudad, en ninguna otra parte del mundo. Ahora los que viven aquí son los hijos y nietos de aquellos primeros moradores y los que alquilamos estas viviendas.

Así era al principio del siglo XX, la época de los barones metalúrgicos. La gente que vivía en mi barrio eran trabajadores que se dejaron la vida persiguiendo el famoso, y nunca bien ponderado, “sueño americano”. Trabajadores en las minas de carbón y en los altos hornos, industrias hoy día desaparecidas y engullidas por la modernidad. Curraron, literalmente, como bestias para dejar ricos a unos hijos y herederos que lo primero que hicieron fue huir de este barrio y muchos de ellos vivir de las rentas de aquel dinero y de los alquileres de estas casas. Huir del mundo de los trabajadores al de los rentistas. Una amarga manera de acabar con aquel sueño de sus antecesores.

Descubrí esta casa, en la que vivo, buscando algo que tuviera una buena vista de la ciudad y un espacio habitable y diferente de los habituales pisos y apartamentos. Y encontré esta “cosa”, una antigua fábrica de helados adaptada a vivienda, de techos altos, suficiente espacio para dos, con una terraza de magnífica vista y con la famosa ventana trapezoidal, la de los atardeceres maravillosos. Que fantástico concepto, vivir en una fabrica de helados, después de haber nacido encima de una confitería que ahora es una heladería. Todos mis vicios favoritos!

Esta ciudad ya se ha convertido en algo mío, aunque no tenga muy claro porque sigo viviendo aquí; costumbre, facilidad de comunicaciones, tamaño de la ciudad, atmósfera, clima, y supongo que determinadas presencias. De marfil o no, esta torre me gusta, o me he acostumbrado a ella y como se pregunta mi querida Ámbar, parece que me voy a quedar a morir aquí. Veremos (es un decir!)

Luisma, Septiembre de 2008

Post a Comment

Your email is never published nor shared.