Yearly Archives: 2009

Gandhi y la catedral (Historias de Pittsburgh)

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Cathedral of Learning, Pittsburgh

Pittsburgh es una ciudad singular. Por muchas razones, la mayoría históricas, esta ciudad en la que vivo es original y única. Pocas como ella, en este país, con tantas vicisitudes históricas. Aunque muchas veces haya oído referirse a ella como: la pequeña Nueva York. Posiblemente por el trazado urbanístico de su centro de negocios. Moderadamente grande, su área contiene dos o tres millones de habitantes; diseminados o, mas bien, desperdigados en una geografía montañosa aglutinada por tres ríos que, extrañamente, se juntan en el vértice del corazón urbano (Point Park). El mismo punto en el que, hace trescientos años, sus colonos fundadores establecieron un fuerte (Fort Pitt) que más tarde daría origen a la propia ciudad. Los tres ríos, Ohio, Mononghaela y Allegheny, llevan los nombres de tres tribus indias que se asentaban en estos territorios.

Pittsburgh es una ciudad venida a menos de su pasado esplendor. El resultado de este pasado de riqueza y polución por poco acaba con ella y se puede decir que el hundimiento de su industria, la producción de aceros, fue al mismo tiempo la salvación de una ciudad que resurge de sus cenizas, literalmente. Resurge, así mismo, de una pléyade de enfermedades y una monstruosa polución por gases y humos de carbón de sus altos hornos, hoy desaparecidos. Millones de emigrantes europeos dejaron su vida en la dureza de estos trabajos y aquella vida. También dejaron a sus descendientes en esta ciudad que no se parece en nada, por su limpieza y salubridad, a la que fue. Aún se pueden ver, en algunos viejos muros y piedras, las huellas de aquel pasado tenebroso y brillante. En cierta ocasión, una noche sorprendente, observé un espectáculo semejante a una pequeña aurora boreal. A la luz de la luna se podía ver el brillo tremendo, casi como si fuera luz de día, producido por los residuos de carbón en una enorme meseta de terreno echadizo, sobre la que se estaba construyendo un centro comercial. Al parecer, este brillo se podía observar desde los vuelos espaciales.

Pittsburgh es una ciudad que ha significado el carácter emprendedor y luchador del pueblo americano. Por el contrario a otras ciudades de la costa este, su cosmopolitismo era su propia composición étnica. Estaba a casi un día de tren desde la capital, Washington (D.C.) y los visitantes famosos de otros países, preferían subir por la amenidad de la costa hasta Filadelfia y Nueva York, evitando así acercarse a una ciudad conflictiva por lo sindical, sucia, proletaria y carente de los atractivos de las otras. Ni siquiera los grandes capitalistas vivian aquí, todos lo hacían en Nueva York, y aún sigue siendo así. Empero, Pittsburgh sigue siendo la ciudad, de este pais, con más millonarios por metro cuadrado. El único personaje que honró a esta clase trabajadora con su visita a principios del siglo XX fue Mahatma Gandhi, quizas haciendo honor a la inscripción “Give me your poor” (Dadme vuestra pobreza) que debió ver en la Estatua de la Libertad. Seguramente vendría buscando apoyo y dinero para su causa. Fue recibido, a bombo y platillo, en la estación del tren y una placa conmemorativa se puede ver, semiescondida, en un edificio ferroviario victoriano, y que ya no funciona como tal. Ahora es un restaurante y los trenes pasan cerca, pero ya no se detienen allí. Tampoco consta si recibió la ayuda que esperaba.

Pittsburgh es una ciudad que tiene su propia personalidad. Más que edificios singulares tiene tres ríos y 117 puentes, algunos de ellos impresionantes de belleza y de obra. El mismo número de puentes que de campos de golf se encuentran en su área. A pesar de todo, tiene algunos edificios magníficos : El U.S. Steel, que fue durante muchos años el rascacielos comercial mas alto del mundo. El conjunto constructivo del PPG Place, increíble festival de muros de cortina arquitectónicos, todo cristal y metal, que siempre me ha dado mucho juego fotográfico y del que te hablaré en otra ocasión; una obra maestra del postmodernismo (Philip Johnson y J. Burgee, 1984) cuya inspiración viene de otro edificio singular, en el centro del campus de la Universidad de Pittsburgh: una catedral.

Cathedral of Learning” (Catedral del Aprendizaje) es un rascacielos de inspiración gótica y un edificio en ningún modo religioso, a pesar de su nombre y su título. Todo el mundo lo conoce como la catedral y todo visitante se sorprende cuando entra en él. Su interior recuerda perfectamente una catedral gótica, eso si, sin ninguna imagineria, sin olor a incienso y sin el rumor de los rezos, aunque su propia arquitectura impone silencio. Una vez sobrepasada la altura de una catedral típica, todavía quedan unos cuantos pisos, más de treinta, que es como si la catedral soportara sobre sus “hombros” una de esas cargas que vemos en los grabados de los clásicos porteadores chinos. Todos esos pisos están ocupados por clases y despachos de la universidad. En un nivel intermedio se encuentran una serie de habitaciones únicas, clases diseñadas y decoradas al estilo de cada nacionalidad del mundo que las ha donado. Se usan como tales clases, normalmente para estudios relacionados con la nacionalidad dedicada.

En vano busqué una clase de España, ni siquiera de alguna herencia hispánica. Parece que a ningún gobierno español, desde 1937 que fuera inaugurado el edificio, le ha interesado patrocinar una de ellas. Lo cierto es que solo en los últimos años ha aumentado la presencia hispana en esta parte del país; en este histórico revuelto de nacionalidades nunca se incluyó la hispanidad. En esta catedral hay dos mil habitaciones y dos mil quinientas veintinueve ventanas, desde ninguna de ellas se ve España.

Otro día te contaré mas historias de Pittsburgh.

Luisma, 18 de Diciembre del 2009

Misterio en Wheeling, parte II y final

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“La identidad ha sido ocultada para proteger la inocencia, o la culpabilidad”

Vivir en Wheeling, durante seis meses, fue como volver por una temporada a un siglo anterior, sin precisar cual. Mucha lectura y mucho aire libre. La única conexión con la realidad del presente era la televisión apagada, salvo honrosas excepciones, y las gasolineras, con sus subidas de precio. El resto era un continuo descubrimiento del pasado de Norteamérica, una continua situación de duda entre si cualquier tiempo pasado fue mejor, o no. Esta duda raramente se disipa, tanto ayer como hoy, aparece y desaparece como los otrora famosos Ojos del Guadiana; esos ojos que tarde o temprano, un día de estos, con los extraños cambios de clima actuales, no van a volver. Como tantas otras cosas.

No divagues, Luisma…que fue del famoso misterio del título? —Bien, aquí va. Durante estos seis meses de Wheeling, viví en una casa americana típica, clásica. Una de las llamadas: “shootgun” (escopeta), por su forma alargada y estrecha. El ancho de una habitación y el largo de cuatro o cinco, una detrás de otra, con ventanas solo a un lateral, el otro un grueso muro de separación común a la casa siguiente. Una casa de unos ciento cincuenta años de edad, o quizá más, y de claras reminiscencias victorianas, no solo en su diseño sino también en su decoración. Chimeneas o salamandras en todas las habitaciones y la duda corrosiva de que el frío, de todas maneras, se va a colar por cualquier rendija. Pisos de madera, tremendamente sonoros, que invocaban por la noche la idea de seguros fantasmas. Entubajes y registros enrejillados que traían voces difícilmente inteligibles y que parecían lamentos. Extrañas luces y reflejos en las ventanas abatibles, al caer la noche y en la madrugada. “Poltergeist”, o la seguridad de que lo único que produce miedo es aquello que se ignora.

No tengo ni idea y aunque inquirí, nadie supo decirme quien había vivido en aquella casa, años antes de que se convirtiera en un ir y venir de gente en alquiler. Yo ocupaba una buhardilla en el tercer nivel de la casa. Un par de habitaciones pequeñas al final de una empinada escalera, en la que se podían contar los pasos de quien subía. A veces se oían los pasos y no llegaba nadie. Eso era todo, un espacio mínimo pero agradable. Una noche, con poco que hacer y falta de sueño, me dió por destornillar el fondillo de uno de los armarios empotrados; no me correspondían las distancias en las paredes, y encontré un doble fondo. De allí salieron un par de mantas raídas, unas botas de montaña y una pequeña maleta de lona marrón, atada con un correaje militar.

Al cabo, la abrí, con harta curiosidad y encontré un jersey anticuado y una caja conteniendo un abanico de caña y papel, algunos calcetines anudados en mogollón,
varias balas de fusil Mauser, tres gargantillas de San Blas, una roja, otra amarilla y otra morada…y un sobre con un sello de tinta azul que decía: Penal del Dueso, Santander. Dentro había una cartilla de racionamiento del gobierno español, sin ningún signo, ni nombre que permitiera saber de su dueño. Eso si, estaba fechada en 1945, el año de mi nacimiento. Año famoso en los anales porque, en su agosto, los americanos tiraron la bomba atómica, la primera, en Hiroshima.

Pero eso no era todo. Debajo encontré una caja de color rojo, que al darle la vuelta—Oh, maravilla! Eran los Juegos Reunidos Geyper, la caja de quince juegos! Aún había más…La gran sorpresa apareció detrás de los juegos, todavía recuerdo la cara que se me quedó…Un retrato de Franco! En Wheeling, West Virginia! Un Franco joven, de los años cuarenta, el mismo retrato de los sellos de Correos. Montado sobre un panel de madera, daba la impresión de haber estado en algún momento colgado en una pared. También tenia múltiples picaduras, concentradas en el rostro y el torso y que más tarde interpreté como huellas de haber sido lanzados dardos contra él.

Mi sorpresa fue todo lo grande que se pueda imaginar y pese a haberlo intentado, con algunas investigaciones, nunca he podido saber nada de quien podía estar detrás de todo aquello. Un español? Un americano? Quizás un miembro de aquella brigada West-Virginiana? Algún tiempo más tarde, visitando un viejo cementerio que domina la colina sobre aquella casa, un lugar donde los muertos disfrutan de unas vistas maravillosas, encontré una tumba que rezaba: C. Santaengracia, 1919-1963…una simple tumba, una lápida llena de verdín y sin ningún signo religioso. Sería este mi personaje? Y si lo fue, que historia había detrás? Fue su vida tan simple como su simple tumba?

Todavía conservo ese retrato del ínclito caudillo (!?) Lleva unos cuantos años como el arpa de Bécquer. Del rincón en el ángulo oscuro, silencioso y cubierto de polvo…detrás de la puerta, siempre abierta, de mi estudio. Nunca he sabido que hacer con él.
Me da grima.

Luisma, 11 de Diciembre del 2009

Misterio en Wheeling, parte I

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El puente colgante de Wheeling (West Virginia)

El reparto de mi tiempo en E.E.U.U. ha sido muy claro: una década en Houston (Texas) y otra en Pittsburgh (Pennsylvania). Sin embargo, hay una temporada corta, de transición entre ambas ciudades, en la que viví en Wheeling (WV). Una ciudad, o más bien un poblachón de unos treinta mil habitantes, no exenta de interés y en la que no viviría más allá de los seis meses que allí estuve.

Vivir en Wheeling, en el estado de West Virginia fue mi contacto más directo con la América profunda, rural y desasistida de toda clase de fortunas. Es el estado más pobre de la Unión. Una verdadera revelación de esa otra nación, a la que no estamos acostumbrados ni siquiera los que vivimos en este país. Tradicionalmente, se refieren a West Virginia, y su gente, los chistes de paletos y gente ineducada. Como todos los estereotipos hay gran parte de falsedad en ello y en mi experiencia en esa ciudad he encontrado lo auténtico del país y gente culta y educada; probablemente, de lo mejor de la América clásica, tradicional y hoy a punto de perderse. Casi igual que en nuestra España; signo de los tiempos—supongo. No hay muchos atractivos en la vida diaria de Wheeling, aunque tiene un poquito de todo, como todos los museos americanos. Un poco de aquí, un poco de allá y—Alehop! El prodigio se ha realizado! No hay nada más parecido a una ciudad americana que…otra ciudad americana!

La oferta cultural de Wheeling es muy limitada, pero, sobresale la existencia de una curtida y decente orquesta sinfónica, con no mucha programación y de la que uno se pregunta: en que se ocuparan sus profesores el resto del tiempo, después de ensayos y conciertos? Una vez, encontré un violinista en el supermercado, trabajaba de cajero y…no ví que se le cayeran los anillos. En aquel tiempo, hace diez años, estaba dirigida por una mujer pequeña de cuerpo, pero de muchos arreos y gran carácter. Vivía un par de casas mas allá de la mía, en la misma calle, y después de los conciertos pasaba andando por delante de mi casa, lo que yo aprovechaba para “aplaudir” o criticar. Es el único director de orquesta al que he visto detener la interpretación, y dando una sonora patada en el podio, conceder un respiro a los ejecutantes, entre un silencio espeso y expectante,
y seguir el concierto. Como si no hubiera pasado nada.

Wheeling tiene algún misterio y unos cuantos hitos históricos. Por ejemplo: un puente colgante, uno de los primeros del mundo. Una de esas obras, puro arte ingenieril que, de no ser lo que es, estaría en un museo. Tal “museo” debería ser, al menos, del tamaño de dos estadios de fútbol. El puente data de 1849, es decir, es anterior a la guerra civil americana (1861) y anterior, también, a la invención del automóvil. De hecho, además de su belleza estética y de obra civil, tiene una serie de consideraciones especiales y probablemente únicas: esta pintado de color blanco rechamante, contiene un montón de invenciones en tornilleria y cableado (ingenieros de todo el mundo suelen visitarlo y estudiarlo), el silbido del aire entre sus cables tiene una música especial, no admite el paso de camiones y gradúa el numero de coches que pueden estar en él al mismo tiempo; la cosa se consigue por una ingeniosa combinación de semáforos y distancia entre los vehículos. Todo esto más de cuarenta años antes de la inauguración del puente colgante sobre la ría de Bilbao y en el estado más deprimido y pobre de los Estados Unidos!

Tiene, también, una famosa emisora de radio especializada en música country-western, lo que no es extraño dado que la mayoría de sus habitantes son gente del campo. Una visita a los estudios de esta emisora es como un viaje al pasado, cuando esta parte del país (Wheeling está a una hora de Pittsburgh, por carretera) era la frontera del Oeste. Todo el equipo técnico, mesas de mezclas, micrófonos, etc. sigue siendo el antiguo, aunque tiene incorporada toda la técnica digital y más moderna. El caso es que les gusta lo clásico y lo mantienen, aunque sea pura fachada. Se dice que España es un país de contrastes,—bién, si alguien quiere ver contrastes, que vaya a West Virginia!

Parte del misterio de este sitio es la enormidad de esos contrastes. La historia de este estado es la de grandes innovadores emergiendo de un caldo de cultivo de lo más retrógrado. Gente que ha participado en acontecimientos mundiales, en su momento signos de modernidad, saliendo prácticamente del interior de los bosques, fuera de grandes núcleos de población. Por ejemplo: como llegó a participar en la guerra civil española, en el bando republicano, un batallón de voluntarios west-virginianos? Un verdadero misterio, difícil de entender y de investigar, a estas alturas. Nada como visitar West Virginia para comprender o intentar comprender los misterios de este país.

(continuará)

Luisma, 9 de Diciembre de 2009

Las vueltas del mundo

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“Grupo salvaje” Burgo de Osma, 1919

Son las tres de la mañana de un sábado cualquiera en noviembre del año 2009, año de nuestro señor, que así se le decía antes. Como no tengo nada mejor que hacer, cierro el libro que estaba leyendo y al poner la marca en la página, la sostengo en la mano, por un momento, y me quedo un rato pensando en la gente que aparece en ella. Es una foto, una de las varias de esa misma época, fotos de mi niñez y de la de mis antepasados, que utilizo para marcar libros. Es la misma que encabeza e ilustra esta croniquilla que estáis leyendo.

Y el tiempo de esta foto, no tiene pérdida porque está situada y fechada, y esto es lo primero que me da que pensar: Burgo de Osma (Soria, España, por si acaso alguien…) Quince de septiembre de 1919 (!) Anteayer, que le dicen! Dentro de poco esta foto será centenaria y, la verdad, me parece increíble tenerla en mis manos. Que poco sabían, hace noventa años, que un hijo de uno de ellos iba estar escribiendo en memoria suya, mientras contemplaba sus rostros y sus hechuras, más allá del año 2000. Y admirarme, en ellos, en los de la foto, de la certeza del molde de lo que yo, y entre otros, mis hijos y mi nieta, somos la huella. La familia.

Y como ha llegado todo a ser como es? Las vueltas que ha dado el mundo! Para empezar, ninguno de ellos está vivo, supongo. Alguno, de los de la foto, no tengo ni idea de quiénes puedan ser, posiblemente tíos mios. Los otros, los que sé, o los que adivino, me consta quién son o quiénes eran. Como ejemplo, el niño de la derecha abajo, el de los pololos y la camisita con esclavina, el que arrastra la rodilla a la John Wayne, el más guapo de todos, mi padre. Los autores no se ponen de acuerdo sobre quién era más guapo de niño, él o yo. Tengo fotos mías, a esa misma edad, que pueden apoyar convenientemente mi candidatura. Desde luego, me parecía mucho a él. Según algunas autoras, parece que demasiado!

La niña más mayorcita, la inmarcesible Tía Trini, a la que siempre echo de menos, y que en esta fotografía me descubre los rastros y el porte de mi hija y, sobre todo de mi nieta. Que gran misterio los parecidos y las herencias biológicas! La otra niña, la que soporta al niño más pequeño (El Tío Susete? Otro guapo más tarde) debe ser la Tía Marita, hermana de ella y que por esas cosas de las familias, y las vueltas que da el mundo, solo pude ver durante un par de minutos a lo largo y ancho de una vida entera; siendo tan hermana como los demás, aunque más despareja en los rasgos físicos. Los otros dos chicos tienen el aire familiar, pero ni idea de quién puedan ser. La foto indica por detrás que se trata de una colección de sobrinos.

Todas estos fotos, que uso para marcar páginas de los muchos libros que siempre tengo al retortero, me traen indefectiblemente el mismo pensamiento, recurrente una y otra vez, valga la redundancia. Dentro de cien años, cuando ya estemos, todos los de ahora, tiesos y calvos, habrá alguien que diga, en una noche cualquiera de noviembre del 2109, y a lo mejor leyendo esto mismo—mira, este Luisma que escribe, y estos de la foto, eran mi familia.Y puede que le entre un escalofrio de emoción, como a mi sosteniendo esta foto. Cuanto me gustaría ver a ese alguien y saber de él, o de ella! Como me gustaría ver y saber de las vueltas que haya dado el mundo!

Sirva este escrito a modo de mensaje en una botella para ese personaje nonato del futuro al que ya, desde hoy, considero uno más de la familia. Ese que, quizá para entonces, ya habrá “visto cosas que [nosotros] no creeríamos, incluidos los Rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser y todos estos momentos que se perderán en el tiempo…como… lágrimas… en la lluvia.”*
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*I’ve seen things you people wouldn’t believe…I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All these moments will be lost in time… like… tears… in rain.

Roy Batty, Blade Runner

Luisma, 30 de noviembre del 2009

Las ratas de Paris

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(Foto: S. y Luis Jimenez-Ridruejo) Julien Aurouze and Co. Exterminators,
Rue des Halles, Paris, France.

Hace un rato estaba leyendo unos comentarios en un blog (Shakesville) sobre el asunto Polanski, con todo el revuelo que ha producido su persecución por la justicia de E.E.U.U. Por alguna razón, no me preguntéis cual, me vino a la memoria la tienda de venenos para combatir ratas, la de la “rue des Halles” en Paris, no muy lejos del museo Pompidou. Un escaparate delicioso, si es que el adjetivo es aplicable en este caso.

Mi “affaire” con las ratas francesas, especialmente con las parisinas, viene de antiguo, de los años sesenta del pasado siglo, y tengo varias historias con ellas. En aquellos años pasé una buena temporada viviendo en Paris, teóricamente estudiando Bellas Artes y seguramente aprendiendo un montón de vida y pasando una de las mejores épocas de mi existencia. Lo nuevo, lo excitante, en la más absoluta libertad, y todo ello con solo veinte años de edad y ningún problema físico, ni mental. Aquellos fueron días movidos y noches ajetreadas para mi. Viviendo a tope, todo lo que no se podía vivir en aquella España de los sesenta. Una vida que algún día contaré con más pormenor. Con todo y con eso, allí empezó mi afición a los museos, Louvre, Jeu de Paume, Picasso, Museo del Hombre… Fui, y soy, lo que se dice un ratón, no de biblioteca (que también) sino de museo.

En aquel tiempo el museo Pompidou no existía, por supuesto. En su lugar había uno de los mercados más antiguos y más acreditados de Paris, un mercado clásico y un sitio perfecto para rodar cualquier versión de Los Tres Mosqueteros. Un sitio de película, este mercado de Les Halles, que me dio tiempo a conocer y disfrutar. Todo esto antes de asistir a su última noche y a su voladura en la madrugada siguiente. Lo más famoso del mercado eran un par de casas de comidas que servían, con nocturnidad, alevosía y toda la premeditación posible, la mejor sopa de cebolla que uno pudiera encontrar en el mundo; si excluimos la inimitable de Paul Bocusse.

La gente de la noche parisina, gentes del más variado pelaje, solía terminar sus salidas nocturnas en aquellos dos agujeros, con aquella sopa asentando los estómagos llenos de alcohol, tabaco y drogas. Allí tuve la oportunidad de coincidir alguna vez con tipos como John Lennon, la Bardot e incluso John Wayne, a más de una florida galería de personajes y personajillos de todos los colores y plumajes. Pájaros de la noche, y alguna que otra rata que debían considerar aquel lugar perfecto de necesidad. La noche antes de la voladura del mercado me fue dado asistir a un espectáculo único en los días de mi vida. La empresa encargada de montar los explosivos, para la destrucción controlada de aquel enorme conjunto, hizo una prueba explosionando una pequeña sección, unas pocas horas antes de la gran voladura.

Era noche cerrada y salíamos de la última sopa, servida en estaribeles y tenduchos en la calle. De repente sonó la explosión de prueba y, cientos, miles de ratas enormes salieron despavoridas por las calles aledañas al mercado, como si supieran lo que iba a pasar, como un sexto sentido que les previniera de la voladura. Ni siquiera pararon por la presencia humana, ni siquiera gruñían o gritaban. Solo corrían. Como vulgarmente se dice, les olía el culo a pólvora. Un espectáculo increíble, inusitado.

Más de treinta años después de aquello, lo recordaba en la última visita a Paris. Frente a ese escaparate en el que, disecadas y colgadas, están un montón de sus congéneres. Algunas de ellas fechadas en 1925 y otras que posiblemente corrieran la noche de la voladura del mercado. Ah! Paris de la France, que país, que paisaje, que paisanaje! Y que ratas! Y yo que sigo pensando en Polanski, porqué será?

Luisma, 20 de Noviembre del 2009

Una de americanos

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Downtown Pittsburgh desde South Side

Siempre me pasé la vida, antes de venir a este país, creyendo que los americanos existían; tenía una idea muy particular de lo que un habitante de este país era. Craso error. Los americanos no existen, al menos aquellos que yo siempre pensé.

Recuerdo el personaje, aunque no el nombre, podría ser Dan, o quizás John, mi padre nos lo presentó como “mi amigo americano”. Tengo una vaga idea de él, lo que si recuerdo es que decíamos que era un espía. En aquellos tiempos de mi niñez, un espía americano era un imposible con patas. Era el período, entonces pensábamos que todo era eterno, de la Unión Soviética, Rusia para nosotros. Los espías serían todos rusos, o eso es lo que creíamos, o nos hacian creer.

Nunca conocí a ninguno, de hecho nunca conocí a un ruso, espía o no, hasta que no llegué a América. Acostumbrado a la situación de la famosa guerra fría, me sorprendía encontrar tantos rusos en este país. Pittsburgh está lleno de ellos y sus descendientes. Los hay de todas sus nacionalidades: Rusos de Rusia, bielorrusos, latvios, ucranianos… Ellos, sus festividades, sus iglesias con sus doradas cúpulas. Hay signos de su cultura por todas partes. Incluso, el equipo de los Pittsburgh Penguins (Pingüinos), de hockey sobre hielo, tiene un montón de rusos en la alineación: Fedotenko, Gonchar, Malkin…

Dan-John podía ser uno de la CIA, o un informador, o simplemente un contratista; figura que se ha hecho célebre a raíz de las guerras actuales en el Oriente Medio. Y seguramente lo único que debió ser: Un militar de paisano supervisando la venta de los viejos aeroplanos Texan E-16, que nosotros llamábamos T-6; restos de la segunda guerra mundial y que pintados de amarillo-anaranjado sirvieron tantos años de avión-escuela en España. De hecho, eran los únicos aparatos voladores que veíamos en los cielos de Salamanca. Los vuelos comerciales eran un mito, apenas dejaban sus estelas allá en lo alto del firmamento.

Para sorpresa y confusión nuestra, Dan o John, o como fuera su nombre, era de origen familiar ruso aunque americano hasta las cachas, incluido su pelo rapado a cepillo, que a nosotros nos parecía tan típico y tan de película. En aquella época, los americanos que veíamos en nuestro país, eran blancos y seguramente adinerados, o el cambio del dólar les favorecía. También había estudiantes aunque eran, poco más o menos, del mismo tipo. De vez en cuando se veía algún alumno negro en aquellos celebérrimos cursos de verano de la universidad salmantina. Posiblemente, por el idioma y las actitudes que los unificaba, nunca pensamos que existiera una tal variedad de americanos.

Tantas y tantas extracciones raciales y grupales como, luego que vives aquí, te das cuenta que conforman este país. Variaciones que difícilmente pueden pergeñar un retrato-robot, o incluso un arquetipo, aunque sea tan falso como el del español que todo el mundo espera. Con arreglo a la famosa, consabida y vieja definición: “Un español es un señor moreno, bajito y con cara de mala leche porque cree que ha hecho poco el amor”. Pues bien, tampoco se puede decir que el americano típico sea: blanco, alto, musculoso, arrogante, despistado, con pinta de acabar de bajarse del caballo y con una sonrisa amplia, aunque de expresión lela.

Eso es lo que creíamos hace medio siglo. Cincuenta años más tarde, de los cuales he pasado veinte en este país, viendo americanos todos los días, he llegado a esta conclusión peregrina: No puedo definir al norteamericano y, por lo tanto, esta especie no debe existir. De todas las maneras, cuando estoy en Europa puedo distinguir, y sin ningún género de duda, a todo americano que me encuentre por la calle, y más si son dos o muchos, más fácil me lo ponéis. Probablemente, yo mismo empiece a parecer uno de ellos.
Tiene bemoles la cosa!

Luisma, 20 de Octubre del 2009

Siestas en el museo

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You don’t need a band to be a rock star Warhol Museum. Pittsburgh

Nunca he hecho secreto de mi afición a los museos. Toda clase de museos y principalmente los de arte. La pintura es el santo de mi devoción; la escultura siempre me ha interesado menos y, la verdad, nunca he sabido porqué, quizá sea frustración personal con el tema.

Este museo del que te hablo hoy es algo más que de pintura; lo que hizo Andy Warhol fue más que pintar, o grabar, o fotografiar, o las ciento y una actividades artísticas que acometió. Warhol fue un monstruo, uno de esos que nacen una vez cada muchos años, como Miguel Ángel, como Picasso; y digo esto a sabiendas de que alguno va a estar en desacuerdo conmigo. Tanto peor, que diría un francés. Son artistas de los que hacen época, de los que marcan la diferencia y el arte por si mismos. El concepto por encima de la técnica y del oficio, y si todo viene conjunto, mejor que mejor. El paquete completo, que diría un americano. Llevo más de una década en buena relación con este museo, lo visito cada vez que hay una exposición temporal interesante y, fundamentalmente, lo que hago es ir a dormir siestas en alguna de sus salas.

Todo empezó, años ha, con una gran siesta en la sala en que se exhibía una instalación, o perfomance, del propio Warhol. En ella se presentaban unas cuantas docenas de globos plateados, de un material usado en los vuelos espaciales, en los forrados de los módulos de alunizaje. Globos que en forma de nubes, y rellenos de helio, flotaban en el aire y se movían por toda la sala a impulso de las caricias de los visitantes. Una siesta memorable y el descubrimiento de que nadie te molestaba por dormir allí. Museo libre y así lo ha sido durante años. Hace poco volví a darme otra gran siesta, en un banco lateral de una sala en la que se exponían cien cascos-cabezas de Darth Vader, cada una realizada por un artista diferente. Estos tipos de perfomances llevan algunos años en boga y aunque discutibles en su mayoría, algunas dan origen a propuestas muy interesantes.

Este museo de Pittsburgh, siete pisos dedicados enteramente a Warhol, es el más grande del mundo para un solo artista. Guarda y exhibe una gran colección del autor y unos cuantos cientos de cajas datadas, numeradas y perfectamente clasificadas. Contienen papeles, recuerdos, propuestas, dibujos previos comentados, bibelots, fotos personales, proyectos escritos, ideas y todo lo que tenia en sus bolsillos cada día. Y así, caja por caja, durante años, toda clase de detalles personales de su vida, incluido correspondencia con otros artistas y gente famosa. Hoy día, un verdadero tesoro para sus estudiosos y un auténtico catálogo y compendio de sus actividades, del devenir de su tiempo y circunstancias, y sus relaciones con personajes de todo tipo y de todo calado.

En una de las cajas, en cierta ocasión, vi un boceto de uno de sus mas famosos diseños dibujado en un ticket de aparcamiento. Tesoros así hay pocos en el mundo del arte. El museo exhibe el contenido de estas cajas, regularmente y una por una, ofreciendo un fantástico panorama de la vida pasada, según Warhol. El las llamaba Cajas del Tiempo (exactamente, Time Capsules) y tal concepto ha sido siempre enormemente atractivo. A.W. vivió una vida trepidante, incluido un final violento. Tiroteado por una de sus asistentes, nunca se recupero del todo y murió de las complicaciones de una cirugía menor.

Las vibraciones de este museo son, a pesar de todo, buenas, inmejorables, por eso me gusta visitarlo a menudo. Perfectos asientos y perfecto aire acondicionado. Sueños artísticos y unas tardes deliciosas en un edificio singular. Ojalá vivieran todavía los hermanos Marx! De ellos aprendí lo de dormir en los museos.

Luisma, 22 de Septiembre del 2009

Septiembre

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Primeros de septiembre. Deben estar ya las ferias en Salamanca. Me preguntan muchas veces, aquí, que si echo de menos España, Salamanca. Yo contesto siempre lo mismo: algunas veces si, pocas. Las más de las veces (salmantinismo!) me acuerdo para alegrarme de no estar allí. Entiéndaseme, es mi pueblo y siempre lo será. Aquí los días van como la seda, suaves, sin rompe-pies que diría un francés. Todo esto es América y es en “americano”, por tanto, difícilmente te viene a la mente lo salmantino.

Pero, es septiembre y de pronto se producen sonidos identificables. Sonidos de otra época, de otros lugares; y uno pierde la conciencia del momento, de la realidad, de lo actual. Hace un rato sonó un silbato de tren en la lejanía y caí en un pequeño delirio de ensimismamiento; algo que me pasa, a veces. Y, zás! La cabeza se me va a otro tiempo, a otro lugar, a unas remembranzas juveniles. De repente me ví, y me sentí, parado delante de la vía del tren, en Salamanca, en el paso al nivel del parque de la Alamedilla, sintiendo el bufido de un mercancías al pasar. El mismo calor seco de septiembre y diferentes olores. La musiquilla de las ferias, de los tiovivos. La sensación de que iba a llegar retrasado a casa, como tantas otras veces, después de haber “perdido” la tarde en la sesión continua de cine Taramona, como tantas otras veces.

En otros momentos, la memoria me golpea como aquellos percutidos de los balinazos de aire comprimido en las chapas de las casetas de “tiro al blanco”, evocados por la acción de una maquina de grapar, en alguna construcción cercana. Suenan lo mismo que aquellos tiros al “blanco”; nunca he sabido el porqué de tales blancos, pues siempre eran rojos o negros. O aquellos disparos a las tiras de papel de serpentina, que había que romper completamente para conseguir el premio. La figurita de cerámica, los sobres sorpresa, el botellín de Anís del Mono…

Sin embargo, nada puede sustituir a los aromas de una churrería de feria, ni los estragos de la fritanga en un estomago que ahora se resiente, tantos años después, de aquellas agresiones. Churros pringosos pero riquísimos y horchata, de La Valenciana en Maria Auxiliadora, la mejor. Y carreras, calle Toro abajo, entonces Generalísimo, para llegar veloz a casa, por la puerta de atrás, antes que los padres volvieran del Gran Hotel, de tomarse las copas consuetudinarias con la pandilla de amigos. Que has estado haciendo toda la tarde? He estado estudiando en casa de un amigo…

Se me está viniendo la vida, aquella, a trozos…igual que se me va, a chorros, esta que es la única que me queda. A tope ando viviendo, sin aguantar idiotas ni estupideces, la perfección es un grado. Este es el país de la libertad, mi libertad, si es que entendéis a que me refiero. Creo que P.-Reverte lo entendió cuando dijo lo de: “…o mandarlo todo a tomar por saco, emigrando a cualquier sitio donde no haya necesidad de aguantar a nadie…” (El Semanal, “El último que apague la luz”, 1997)

Y este es un sitio como otro cualquiera. O mejor que otros. En estas condiciones podría seguir un montón de años más. Veremos si me “respetan las lesiones” y puedo seguir “jugando” en el Real Madrid de los países. Sursum corda!

Luisma, 8 de Septiembre del 2009

New Madrid (MO)

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Hace no muchos años, todavía me pegaba unas palizas enormes de coche por las carreteras americanas. No era polvo, sudor y hierro pero se le parecía mucho. Mi rocinante en aquella época era un Mazda MX-6 que me duró diez años, tras dos cambios de motor. Era una buena cabalgadura y corrimos muchas aventuras juntos.

En una de estas íbamos desde Houston a Chicago, algo así como ir desde Málaga hasta Estocolmo, cargados hasta los topes de las piezas de arte español que vendíamos, cuando podíamos; después de largas, muy largas, jornadas de camino y visitas a clientes. Otro día hablaré de algunos de estos clientes, incluso famosos tuvimos entre ellos. Houston a Dallas y Texarkana, de allí a Little Rock, Arkansas, pasando por Hope (patria chica del presidente Clinton). Un pequeño pueblo con un nombre bonito: Esperanza. Después Memphis (lugar de residencia de Elvis Presley) y Nashville en Tennessee, paraíso de la música country. Luego St. Louis y sus blues, para tras llegar a la “meta” de Indianápolis, por fin, acabar en Chicago. Miles de eternas millas, la mayoría de ellas en línea recta.

Estos viajes duraban varios días y a veces había que entretenerlos con aventuras inopinadas que surgían en las propias carreteras. No todo iba a ser el ver pasar árboles y mas árboles en sentido contrario, entre puente y puente y coca-cola y coca-cola. Y que carreteras! El sistema de autopistas americanas es impresionante, grandioso, entreteje y une todo el país. Tiene más o menos mi edad y se debe a la administración del presidente Eisenhower, un militar de carrera con gran visión civil, aunque se le recuerde más como el vencedor de la II Guerra Mundial.

Pues esto era en medio de la campiña del estado de Missouri, montones de kilómetros en línea recta, cuando al pronto vi uno de los típicos carteles, verdes y blancos, salida de autopista. Después de tantos nombres indios y anglos, allí estaba: New Madrid, 15 millas. Pegué un volantazo decidido y me salí en aquella dirección. Enseguida llegué a Nuevo Madrid, un típico pueblo del medio oeste, medio verde, medio desertico, medio vacio…Population:3.350 habitantes rezaba el cartel a la entrada, en el que me hice la pertinente foto. Siempre me he preguntado: Como y cada cuanto tiempo actualizan los números de población en esos carteles? Que cosas se ven! Aquel día, por extraña casualidad, iba vestido con una vieja camiseta de la selección nacional de fútbol. Manías que uno tiene: la Selección y el Real. Viva! y Hala!

New Madrid, a pesar del nombre, no podía ser más típicamente americano, ni más pequeño, solamente un par de calles abocadas a la enormidad del río Mississippi. Pregunté a algunas personas, en la calle, si sabían el porqué del nombre del pueblo; nadie supo decirme que era Madrid. El americano profundo es malísimo para los datos históricos y la geografía. Me indicaron que preguntase en el ayuntamiento, o en la oficina del sheriff. En la casa-museo del pueblo, parte del edicifio del ayuntamiento, encontré la única referencia a España. Por allí había llegado y posiblemente puso el nombre al pueblo, Diego de Gardoqui y Arriquibar (un negociante y explorador bilbaíno), río Mississippi arriba, quien sabe lo que le movió a parar allí. Luego me he enterado que el pueblo es relativamente famoso en los anales del pais, en 1812 fue el epicentro del mayor terremoto en la historia de los Estados Unidos.

Las dos viejitas que haciendo voluntariado cuidaban del museo, y seguramente del ayuntamiento, se mostraron muy excitadas con mi presencia: Madrid es la capital de España, sabe Vd.? Me dijeron, y nunca hemos tenido visitantes de esa ciudad que tiene nuestro mismo nombre! Nos va a permitir Vd. que avisemos al sheriff de su presencia, nuestro alcalde no está. Resumiendo, el sheriff decidió celebrar la presencia del turista español procediendo a izar la bandera de las barras y estrellas, y la de mi país. Diez minutos después, al volver de un corto paseo por las dos calles del pueblo, encontré en el mástil la bandera de Castilla, la antigua, la contracuartelada con los dos castillos y los dos leoncitos, una de las banderas más antiguas del mundo. Naturalmente no puse ningún reparo, ni corregí la situación. Ancha es Castilla…y vieja!

Dos años más tarde, por esas casualidades de la vida, encontré a las dos señorinas en el aeropuerto de Barajas. Se ve que les di las ganas, con mi cháchara, de visitar el viejo Madrid. No me reconocieron y decidí dejarlas en la ignorancia. Yo me acordaba perfectamente de ellas y de New Madrid (Missouri).

Luisma, 18 de Agosto del 2009

Mi día libre

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Hoy, ya entrada la mañana, sonó el teléfono, dejé que el mensaje continuara y se grabase la llamada; como siempre, con el ánimo de filtrar si la atendía, o no. Hoy es mi día libre de mitad de semana y prefería no ser molestado y vaguear hasta la hora de ir a hacer algunos encargos de S. Por alguna razón me atrajo el tema de la llamada y la contesté, con lo cual lo que hice fue cañonear mi día libre en la mismísima línea de flotación.

Tengo un par de empresas de lenguas, traducciones e interpretaciones, ambas radicadas en Florida, que me encargan trabajos, de esos tipos, ocasionalmente y siempre que pueda atenderlos. Es buen dinero y a veces se trata de cosas interesantes. La última vez había sido interpretar, español-inglés y viceversa, para un juzgado de Bedford (Pennsylvania) en un caso de asesinato de un mejicano contra otro mejicano. Aquello duró varios días y no sé si resulta frívolo categorizar la cosa como un encargo “divertido”, o mejor debo llamarlo: entretenido, interesante, atractivo.

Atractivo por el hecho de bucear, de repente y sin escafandra, en el sistema judicial americano, que yo solo conocía, claro, por las películas y las series de televisión. Me tocó lidiar con el “defendant”, el “defendido”, nuestro acusado, los abogados, los testigos, el juez y hasta el jurado, en una especie de funambulismo lingüístico que, a veces, tuvo tintes trágico-cómicos. Al final la cosa se saldó con unos cuantos años de cárcel para el interfecto y una citación pública del juez por méritos en el arte de la interpretación. Los jueces actúan como si pudieran juzgarlo todo. Y pensar que cuando llegué a este país no tenia ni puñetera idea del idioma!

Lo de hoy no prometía ser tan interesante como lo del asesinato. Se trataba de interpretar entre el cirujano, los ayudantes, las enfermeras y toda la basca hospitalaria y “mi” enfermo (mejicano, claro) en la preparación y posterior recuperación de un caso de cirugía traumática en el Allegheny General Hospital, un típico hospital como el de las películas y las series de televisión; la americanización empieza en América, como su propio nombre indica.

Al pobre hombre, trabajador de una granja, le había pasado una rueda de carreta de madera sobre una pierna, dejándosela espachurrada para los restos y ahí estuvieron durante varias horas intentando salvársela. Parece ser, me dicen, que todo va a terminar bien; como en toda película que se precie de serlo. Es curioso como el hecho de tener un intérprete en tu trabajo normal puede afectar a la manera de producirse de las personas, hoy todo el mundo quería ver sus chistes y su humorismo traducido. Parecía leerles el pensamiento: A ver como suenan mis palabras en otro idioma! Me miraban a mi como el que mira a la cámara en una película, disimulando. Traducir el humorismo no es muy difícil, interpretarlo si lo es.

A mi solo me quedó impresa la soledad y la tristeza del paciente, aislado e indefenso en país extranjero, extraño al idioma y preocupado por su suerte. El “que va a ser de mi?” que se leía en sus ojos y que me retrotraía a la expresividad de un grabado goyesco. Y eso fue mi día libre, hoy, un miércoles cualquiera de agosto. Naturalmente, no todos mis días libres son así. Faltaría más!

Luisma. 10 de Agosto del 2009