Monthly Archives: April 2009

Una noche de ensueño

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Por primera vez, en mucho tiempo, una noche con un sueño maravilloso, delicioso, fantástico…todos los adjetivos que se le ponga son pocos. Usualmente, la cosa no discurre así, mis sueños son difíciles o frustrantes o terroríficos o incluso simplemente inocuos. Esta vez me cayó el premio, me tocó la lotería, me bajaron las nubes para poder subirme en ellas. Que bien!

Una noche de sueños de los de estrellitas, de borreguitos, de pastelerías, de los que te curan, mismo, la acidez de estómago. Hasta incluso, mientras estoy escribiendo esto, silbo una alegre cancioncilla intranscendente; solo de la felicidad que me produce el recuerdo de esa noche, de ese sueño. La misma sensación que cuando juego un buen partido de fútbol, ahora que cada vez se me hace mas complicado que eso ocurra por la edad y por los crecientes detrimentos físicos.

Bueno, va…nos vas a contar el sueño, si o no? Bien, pues la cosa va de pintura, de mi pintura. Soñé que estaba conforme con mi pintura (lo que nunca ha sido así), que me gustaba lo que había pintado y que era bueno. Y que había pintado mucho, una exposición completa y que todo el mundo decía que era una buena pintura, tirios y troyanos, amigos y la “cofradía de la elegancia”, todos.

Aquí no me va a quedar más remedio que explicar lo de la cofradía de la elegancia, es decir la “critica especializada” (más o menos especializada, según se mire). Esos cuya mejor manera de definir laudatoriamente mi pintura ha sido siempre acusarla de “elegante”, lo que dicho sea de paso todavía no he podido comprender bien que quiere decir y en que se basa dicha definición.

Esta vez la palabra elegante no se veía por ningún lado, ni afloraba siquiera en las típicas lenguas de doble filo, los envidiosos…no envidiosos de mi (pobre!), los envidiosos por real decreto, los de siempre, que habitan cualquier país y cualquier hemisferio. Los que viven vidas únicamente de espectadores, esos que se dedican a mirar (en blanco y negro, desvaído) como los demás viven sus vidas, en vez de vivir las suyas propias (colores a tutiplen).

En pocas palabras, fue una noche, un sueño de plenitud, un sueño que era un sueño. Ni siquiera cuando me desperté la sensación fue mala o infeliz por el término de dicha felicidad. El solo recuerdo del sueño era una felicidad en si mismo. Firmaría, ahora mismo, tener más sueños como el del otro día, o la otra noche, o tenerlos a menudo, más a menudo. Esta vida, con sus más y sus menos, necesita estas pequeñas inyecciones de optimismo, aunque sean imaginarias.

Luisma, 27 de Abril del 2009

Una noche en la fábrica

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Fotograma movido de una película de serie B

Abro los ojos. Me había quedado dormido, anortado en el sofá y con mi moleskine y mi pluma en las manos. La fábrica de helados es, en la noche y en la oscuridad, un paisaje de luces pequeñas…un paisaje de LED (diodos emisores de luz), mis relajantes luces favoritas. Botoncitos luminosos, lucecitas electrónicas, números brillantes en una oscuridad iluminada tenuemente por ellos mismos. Y son legión!

Colores verdes, como de semáforo antiguo. Rojos, color capote de luces. Rosas desvaídos, color “risa de sordo”, o media de banderillero. Azules y blancos como alamares sin movimiento. Oros reflejados en las ventanas, en el espejo, en las mesas de cristal, en los vasos y las copas no recogidas de la velada anterior. El teléfono, con sus mensajes antiguos parpadeando continuamente. Los testigos del televisor, el video, el DVD, el equipo de música, los cascos del sonido estéreo con sus dos puntitos cilíndricos verdes, uno en cada orejera, todavía encendidos; señal inequívoca de nocturnidad con ausencia de alevosía, premeditación siempre hay. Enfrente de mi, en la mesa, “ronca” suavemente el diodo amarillento-verdoso del laptop adormilado. A pesar de su acompasado latir, no parece peligroso.

Vuelvo la cabeza y me topo con el cordón de luces miniatura de la escalera, las que me señalan los pasos nocturnos al frigorífico. Con su ruido sordo, este no luce pero refleja el reloj del horno, con sus dimes y diretes en los cambios de temperatura y sus números blancos, color panel de bordo de Cadillac, aunque solo sea un microondas. El otro horno, el del pan, solo da luminosamente la hora, y gracias. Y de nuevo al piso de arriba, la intermitencia del luminoso de neón exterior de la calle. Con su efecto sincopado de película policíaca americana de serie B; reflejo traducido solo en los perfiles de las mini-persianas plástico-metálicas. Perfecto, según Sol, yo vivo en una película americana de este tipo.

Hay una legión de miles de diminutos puntos de luz, al otro lado de las cristaleras-ventanas, medio valle de Allegheny reluciendo y borboteando como un cielo al revés. Un cielo estrellado en la tierra, multiplicando la relación arriba y abajo, y creando fantásticos puntos de luz imaginaria. Luz virtual, con la virtud de no existir aunque la veamos. Paranormal, en el mas estricto sentido de la palabra. Y al fondo del salón las miríadas de luces alineadas de los rascacielos, a través de la ventana trapezoidal.

Me quedo mirando fijamente un rebaño de pálidos diodos, al sesgo de la habitación, son las luces verdes, hospitalarias, del humidificador y las de la manta eléctrica (que gran invento!). A su lado, agazapado al acecho, el hijo de…del despertador, luces rojizas sin piedad…

Es muy tarde, o muy pronto, según se mire. Luz de día incipiente, los diodos se descartan en su brillar, aunque siguen ahí en su encendido perpetuo. Se me ha olvidado de qué estaba escribiendo, o de qué iba escribir. Otro día será, o mejor dicho, otra noche será. Siempre en la noche.

Luisma, 7 de Abril del 2009