Las cartas italianas, parte IV y final

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— Luigi, Luigi! Que haces?
— Escribo una carta.
— Te pasas el día escribiendo cartas y eso no da de comer! Vas a perder la poca vista que te queda!

…Mi señor Giovanni, perdonad mi atrevimiento al volver a dirigirme a su señoría. Mi nombre es Luigi, de la familia Dorante, a vuestro servicio, asentada en el municipio de Vinci. No me atrevería a dirigirme a vos si no fuera por las crueles circunstancias que me acontecen. De un tiempo a esta parte he venido quedándome casi ciego de los dos ojos y se me hace difícil procurarme mi propio sustento.

Sabed que yo era pintor, artista, estudiante al amparo de nuestro señor el maestro Leonardo, afamado en muchas cortes y que vos recordareis bien pues trabajó para vuesa merced en fausta ocasión, hace ya algún tiempo. Infelizmente, y para mi desgracia, la falta de vista me tiene en un estado de postración económica que se me hace muy difícil sobrellevar, y es por esto por lo que me atrevo a dirigirme a vos.

A la muerte del maestro, mi señor, por motivos familiares que no hacen al caso, recibí alguna de sus pertenencias que me han permitido subsistir hasta este momento. El siglo va entrado, y guerras y hambrunas han ido desapareciendo de nuestros estados. La situación, sin embargo, se me ha vuelto desesperada y tengo dos bocas, a más de la mía, que sustentar. Los dineros se me achican a marchas forzadas y algo me veo abocado a resolver.

Entre las cosas que el maestro me dejó al morir, aparte de algunas pequeñas huertas, se encuentran algunas pinturas y códices llenos de dibujos. Una de esas obras, es un retrato de vuestra muy digna esposa en su juventud, y que Dios conserve muchos años. La pintura es magnífica, es una cabeza y torso con sus manos reposando una sobre otra y todo ello con el fondo de un paisaje que se os hará seguramente familiar. Su estado de conservación es perfecto y por ello os la ofrezco en venta, por un razonable precio que acordaríamos en una próxima visita mía a vuestra honorable casa.

Tengo a un mercader francés, a mis alcances, interesado en la pintura, pero su precio y sus maneras no me convencen. Aunque sé que el cuadro ya fue apreciado, en su día en aquella corte, más prefiero saber de vos y vuestro interés antes de caer en sus manos. No quiero molestaros en demasía, señor, y de no mediar una comunicación vuestra, me propongo visitaros lo antes que me permita el delicado estado de salud en que se encuentra uno de mis hijos. Dios guarde a vuesa merced muchos años y os conceda la felicidad…

(Fin de las “cartas italianas”. Extracto de los borradores de unas cartas encontradas en mis últimas vacaciones, el año pasado en Italia. Me saltaron a los ojos, revolviendo papeles en un viejo baúl. Hacia calor, era la hora de la siesta y estabamos en el ático de una casa de labor, a las afueras de Montecatini Terme, no muy lejos de Florencia)

Luisma, 8 de Junio del 2009

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