Septiembre

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Primeros de septiembre. Deben estar ya las ferias en Salamanca. Me preguntan muchas veces, aquí, que si echo de menos España, Salamanca. Yo contesto siempre lo mismo: algunas veces si, pocas. Las más de las veces (salmantinismo!) me acuerdo para alegrarme de no estar allí. Entiéndaseme, es mi pueblo y siempre lo será. Aquí los días van como la seda, suaves, sin rompe-pies que diría un francés. Todo esto es América y es en “americano”, por tanto, difícilmente te viene a la mente lo salmantino.

Pero, es septiembre y de pronto se producen sonidos identificables. Sonidos de otra época, de otros lugares; y uno pierde la conciencia del momento, de la realidad, de lo actual. Hace un rato sonó un silbato de tren en la lejanía y caí en un pequeño delirio de ensimismamiento; algo que me pasa, a veces. Y, zás! La cabeza se me va a otro tiempo, a otro lugar, a unas remembranzas juveniles. De repente me ví, y me sentí, parado delante de la vía del tren, en Salamanca, en el paso al nivel del parque de la Alamedilla, sintiendo el bufido de un mercancías al pasar. El mismo calor seco de septiembre y diferentes olores. La musiquilla de las ferias, de los tiovivos. La sensación de que iba a llegar retrasado a casa, como tantas otras veces, después de haber “perdido” la tarde en la sesión continua de cine Taramona, como tantas otras veces.

En otros momentos, la memoria me golpea como aquellos percutidos de los balinazos de aire comprimido en las chapas de las casetas de “tiro al blanco”, evocados por la acción de una maquina de grapar, en alguna construcción cercana. Suenan lo mismo que aquellos tiros al “blanco”; nunca he sabido el porqué de tales blancos, pues siempre eran rojos o negros. O aquellos disparos a las tiras de papel de serpentina, que había que romper completamente para conseguir el premio. La figurita de cerámica, los sobres sorpresa, el botellín de Anís del Mono…

Sin embargo, nada puede sustituir a los aromas de una churrería de feria, ni los estragos de la fritanga en un estomago que ahora se resiente, tantos años después, de aquellas agresiones. Churros pringosos pero riquísimos y horchata, de La Valenciana en Maria Auxiliadora, la mejor. Y carreras, calle Toro abajo, entonces Generalísimo, para llegar veloz a casa, por la puerta de atrás, antes que los padres volvieran del Gran Hotel, de tomarse las copas consuetudinarias con la pandilla de amigos. Que has estado haciendo toda la tarde? He estado estudiando en casa de un amigo…

Se me está viniendo la vida, aquella, a trozos…igual que se me va, a chorros, esta que es la única que me queda. A tope ando viviendo, sin aguantar idiotas ni estupideces, la perfección es un grado. Este es el país de la libertad, mi libertad, si es que entendéis a que me refiero. Creo que P.-Reverte lo entendió cuando dijo lo de: “…o mandarlo todo a tomar por saco, emigrando a cualquier sitio donde no haya necesidad de aguantar a nadie…” (El Semanal, “El último que apague la luz”, 1997)

Y este es un sitio como otro cualquiera. O mejor que otros. En estas condiciones podría seguir un montón de años más. Veremos si me “respetan las lesiones” y puedo seguir “jugando” en el Real Madrid de los países. Sursum corda!

Luisma, 8 de Septiembre del 2009

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