Monthly Archives: November 2009

Las ratas de Paris

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(Foto: S. y Luis Jimenez-Ridruejo) Julien Aurouze and Co. Exterminators,
Rue des Halles, Paris, France.

Hace un rato estaba leyendo unos comentarios en un blog (Shakesville) sobre el asunto Polanski, con todo el revuelo que ha producido su persecución por la justicia de E.E.U.U. Por alguna razón, no me preguntéis cual, me vino a la memoria la tienda de venenos para combatir ratas, la de la “rue des Halles” en Paris, no muy lejos del museo Pompidou. Un escaparate delicioso, si es que el adjetivo es aplicable en este caso.

Mi “affaire” con las ratas francesas, especialmente con las parisinas, viene de antiguo, de los años sesenta del pasado siglo, y tengo varias historias con ellas. En aquellos años pasé una buena temporada viviendo en Paris, teóricamente estudiando Bellas Artes y seguramente aprendiendo un montón de vida y pasando una de las mejores épocas de mi existencia. Lo nuevo, lo excitante, en la más absoluta libertad, y todo ello con solo veinte años de edad y ningún problema físico, ni mental. Aquellos fueron días movidos y noches ajetreadas para mi. Viviendo a tope, todo lo que no se podía vivir en aquella España de los sesenta. Una vida que algún día contaré con más pormenor. Con todo y con eso, allí empezó mi afición a los museos, Louvre, Jeu de Paume, Picasso, Museo del Hombre… Fui, y soy, lo que se dice un ratón, no de biblioteca (que también) sino de museo.

En aquel tiempo el museo Pompidou no existía, por supuesto. En su lugar había uno de los mercados más antiguos y más acreditados de Paris, un mercado clásico y un sitio perfecto para rodar cualquier versión de Los Tres Mosqueteros. Un sitio de película, este mercado de Les Halles, que me dio tiempo a conocer y disfrutar. Todo esto antes de asistir a su última noche y a su voladura en la madrugada siguiente. Lo más famoso del mercado eran un par de casas de comidas que servían, con nocturnidad, alevosía y toda la premeditación posible, la mejor sopa de cebolla que uno pudiera encontrar en el mundo; si excluimos la inimitable de Paul Bocusse.

La gente de la noche parisina, gentes del más variado pelaje, solía terminar sus salidas nocturnas en aquellos dos agujeros, con aquella sopa asentando los estómagos llenos de alcohol, tabaco y drogas. Allí tuve la oportunidad de coincidir alguna vez con tipos como John Lennon, la Bardot e incluso John Wayne, a más de una florida galería de personajes y personajillos de todos los colores y plumajes. Pájaros de la noche, y alguna que otra rata que debían considerar aquel lugar perfecto de necesidad. La noche antes de la voladura del mercado me fue dado asistir a un espectáculo único en los días de mi vida. La empresa encargada de montar los explosivos, para la destrucción controlada de aquel enorme conjunto, hizo una prueba explosionando una pequeña sección, unas pocas horas antes de la gran voladura.

Era noche cerrada y salíamos de la última sopa, servida en estaribeles y tenduchos en la calle. De repente sonó la explosión de prueba y, cientos, miles de ratas enormes salieron despavoridas por las calles aledañas al mercado, como si supieran lo que iba a pasar, como un sexto sentido que les previniera de la voladura. Ni siquiera pararon por la presencia humana, ni siquiera gruñían o gritaban. Solo corrían. Como vulgarmente se dice, les olía el culo a pólvora. Un espectáculo increíble, inusitado.

Más de treinta años después de aquello, lo recordaba en la última visita a Paris. Frente a ese escaparate en el que, disecadas y colgadas, están un montón de sus congéneres. Algunas de ellas fechadas en 1925 y otras que posiblemente corrieran la noche de la voladura del mercado. Ah! Paris de la France, que país, que paisaje, que paisanaje! Y que ratas! Y yo que sigo pensando en Polanski, porqué será?

Luisma, 20 de Noviembre del 2009

Una de americanos

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Downtown Pittsburgh desde South Side

Siempre me pasé la vida, antes de venir a este país, creyendo que los americanos existían; tenía una idea muy particular de lo que un habitante de este país era. Craso error. Los americanos no existen, al menos aquellos que yo siempre pensé.

Recuerdo el personaje, aunque no el nombre, podría ser Dan, o quizás John, mi padre nos lo presentó como “mi amigo americano”. Tengo una vaga idea de él, lo que si recuerdo es que decíamos que era un espía. En aquellos tiempos de mi niñez, un espía americano era un imposible con patas. Era el período, entonces pensábamos que todo era eterno, de la Unión Soviética, Rusia para nosotros. Los espías serían todos rusos, o eso es lo que creíamos, o nos hacian creer.

Nunca conocí a ninguno, de hecho nunca conocí a un ruso, espía o no, hasta que no llegué a América. Acostumbrado a la situación de la famosa guerra fría, me sorprendía encontrar tantos rusos en este país. Pittsburgh está lleno de ellos y sus descendientes. Los hay de todas sus nacionalidades: Rusos de Rusia, bielorrusos, latvios, ucranianos… Ellos, sus festividades, sus iglesias con sus doradas cúpulas. Hay signos de su cultura por todas partes. Incluso, el equipo de los Pittsburgh Penguins (Pingüinos), de hockey sobre hielo, tiene un montón de rusos en la alineación: Fedotenko, Gonchar, Malkin…

Dan-John podía ser uno de la CIA, o un informador, o simplemente un contratista; figura que se ha hecho célebre a raíz de las guerras actuales en el Oriente Medio. Y seguramente lo único que debió ser: Un militar de paisano supervisando la venta de los viejos aeroplanos Texan E-16, que nosotros llamábamos T-6; restos de la segunda guerra mundial y que pintados de amarillo-anaranjado sirvieron tantos años de avión-escuela en España. De hecho, eran los únicos aparatos voladores que veíamos en los cielos de Salamanca. Los vuelos comerciales eran un mito, apenas dejaban sus estelas allá en lo alto del firmamento.

Para sorpresa y confusión nuestra, Dan o John, o como fuera su nombre, era de origen familiar ruso aunque americano hasta las cachas, incluido su pelo rapado a cepillo, que a nosotros nos parecía tan típico y tan de película. En aquella época, los americanos que veíamos en nuestro país, eran blancos y seguramente adinerados, o el cambio del dólar les favorecía. También había estudiantes aunque eran, poco más o menos, del mismo tipo. De vez en cuando se veía algún alumno negro en aquellos celebérrimos cursos de verano de la universidad salmantina. Posiblemente, por el idioma y las actitudes que los unificaba, nunca pensamos que existiera una tal variedad de americanos.

Tantas y tantas extracciones raciales y grupales como, luego que vives aquí, te das cuenta que conforman este país. Variaciones que difícilmente pueden pergeñar un retrato-robot, o incluso un arquetipo, aunque sea tan falso como el del español que todo el mundo espera. Con arreglo a la famosa, consabida y vieja definición: “Un español es un señor moreno, bajito y con cara de mala leche porque cree que ha hecho poco el amor”. Pues bien, tampoco se puede decir que el americano típico sea: blanco, alto, musculoso, arrogante, despistado, con pinta de acabar de bajarse del caballo y con una sonrisa amplia, aunque de expresión lela.

Eso es lo que creíamos hace medio siglo. Cincuenta años más tarde, de los cuales he pasado veinte en este país, viendo americanos todos los días, he llegado a esta conclusión peregrina: No puedo definir al norteamericano y, por lo tanto, esta especie no debe existir. De todas las maneras, cuando estoy en Europa puedo distinguir, y sin ningún género de duda, a todo americano que me encuentre por la calle, y más si son dos o muchos, más fácil me lo ponéis. Probablemente, yo mismo empiece a parecer uno de ellos.
Tiene bemoles la cosa!

Luisma, 20 de Octubre del 2009