Una de americanos

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Downtown Pittsburgh desde South Side

Siempre me pasé la vida, antes de venir a este país, creyendo que los americanos existían; tenía una idea muy particular de lo que un habitante de este país era. Craso error. Los americanos no existen, al menos aquellos que yo siempre pensé.

Recuerdo el personaje, aunque no el nombre, podría ser Dan, o quizás John, mi padre nos lo presentó como “mi amigo americano”. Tengo una vaga idea de él, lo que si recuerdo es que decíamos que era un espía. En aquellos tiempos de mi niñez, un espía americano era un imposible con patas. Era el período, entonces pensábamos que todo era eterno, de la Unión Soviética, Rusia para nosotros. Los espías serían todos rusos, o eso es lo que creíamos, o nos hacian creer.

Nunca conocí a ninguno, de hecho nunca conocí a un ruso, espía o no, hasta que no llegué a América. Acostumbrado a la situación de la famosa guerra fría, me sorprendía encontrar tantos rusos en este país. Pittsburgh está lleno de ellos y sus descendientes. Los hay de todas sus nacionalidades: Rusos de Rusia, bielorrusos, latvios, ucranianos… Ellos, sus festividades, sus iglesias con sus doradas cúpulas. Hay signos de su cultura por todas partes. Incluso, el equipo de los Pittsburgh Penguins (Pingüinos), de hockey sobre hielo, tiene un montón de rusos en la alineación: Fedotenko, Gonchar, Malkin…

Dan-John podía ser uno de la CIA, o un informador, o simplemente un contratista; figura que se ha hecho célebre a raíz de las guerras actuales en el Oriente Medio. Y seguramente lo único que debió ser: Un militar de paisano supervisando la venta de los viejos aeroplanos Texan E-16, que nosotros llamábamos T-6; restos de la segunda guerra mundial y que pintados de amarillo-anaranjado sirvieron tantos años de avión-escuela en España. De hecho, eran los únicos aparatos voladores que veíamos en los cielos de Salamanca. Los vuelos comerciales eran un mito, apenas dejaban sus estelas allá en lo alto del firmamento.

Para sorpresa y confusión nuestra, Dan o John, o como fuera su nombre, era de origen familiar ruso aunque americano hasta las cachas, incluido su pelo rapado a cepillo, que a nosotros nos parecía tan típico y tan de película. En aquella época, los americanos que veíamos en nuestro país, eran blancos y seguramente adinerados, o el cambio del dólar les favorecía. También había estudiantes aunque eran, poco más o menos, del mismo tipo. De vez en cuando se veía algún alumno negro en aquellos celebérrimos cursos de verano de la universidad salmantina. Posiblemente, por el idioma y las actitudes que los unificaba, nunca pensamos que existiera una tal variedad de americanos.

Tantas y tantas extracciones raciales y grupales como, luego que vives aquí, te das cuenta que conforman este país. Variaciones que difícilmente pueden pergeñar un retrato-robot, o incluso un arquetipo, aunque sea tan falso como el del español que todo el mundo espera. Con arreglo a la famosa, consabida y vieja definición: “Un español es un señor moreno, bajito y con cara de mala leche porque cree que ha hecho poco el amor”. Pues bien, tampoco se puede decir que el americano típico sea: blanco, alto, musculoso, arrogante, despistado, con pinta de acabar de bajarse del caballo y con una sonrisa amplia, aunque de expresión lela.

Eso es lo que creíamos hace medio siglo. Cincuenta años más tarde, de los cuales he pasado veinte en este país, viendo americanos todos los días, he llegado a esta conclusión peregrina: No puedo definir al norteamericano y, por lo tanto, esta especie no debe existir. De todas las maneras, cuando estoy en Europa puedo distinguir, y sin ningún género de duda, a todo americano que me encuentre por la calle, y más si son dos o muchos, más fácil me lo ponéis. Probablemente, yo mismo empiece a parecer uno de ellos.
Tiene bemoles la cosa!

Luisma, 20 de Octubre del 2009

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