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Así estaba mi ventana, esta mañana…a saber porqué?

Un número, una serie de ellos, cifras, códigos, eso es lo que somos o para lo que hemos quedado, ni más ni menos que un número.Cada vez hay más gente y cada vez hay más números. En una humanidad donde la individualidad se está yendo al carajo, envuelta en cifras y todas ellas metidas en unas cajitas, cada vez más pequeñas y cada vez más complicadas. El ordenador, o computador, o como quiera que lo queramos llamar, se está adueñando de nuestro mundo. Poco a poco,o mucho a mucho, todo es según la color…Y no sería tan grave, si no fuera la última manera que se ha encontrado para perfeccionar el control, el de unos pocos (los de siempre) sobre la mayoria.

Escribir con la mano––Oh! Supremo placer!— Se está acabando…Las plumas, objeto de museo. Los bolígrafos, camino del suicidio. Los lápices, eso que es? Yo, que siempre tuve muy buena letra, y unos pocos más—supongo— todavía nos resistimos a escribir directamente en el ordenador y, desde luego, de momento, me niego a escribir con los dos dedos pulgares en un paquete de tabaco. Los de “a mano” hacemos ejercicios de pendolismo, que a estas alturas parecen más ejercicios sobre una cuerda y que, tambien sea dicho de paso, es algo destinado a una rápida desaparición.

Estamos haciendo funambulismo, equilibrios en la cuerda floja. No hace tanto— bueno, ya treinta años!— admiraba a un chalado francés, en el acto de cruzar el espacio en la cúspide entre mis Torres Gemelas ( R.I.P.) en Nueva York, caminando sobre una cuerda. Funanbulismo del bueno, en el mejor escenario posible; perfecto, sin previo anuncio (muera la publicidad!), o como diría la llorada revista humorística “La Codorniz” ( nunca supe el porqué del título): “Donde no hay publicidad, resplandece la verdad”. El colmo, de momento, es el ‘texting’, ahí si que me planto (por cuanto tiempo?)…Esos “gilis” afanándose con los dedos sobre una más de esas cajitas, en plena calle, absortos y casi fuera de la realidad, mandando importantes mensajes a otros “gilis” que están, quién sabe dónde, para recibirlos.

Y uno se pregunta: a que tanto mensaje? Y tanta llamadita de teléfono? Para decirse qué? De repente, todo el mundo tiene algo que decirse y no pueden esperar ni un minuto para decirlo. Muchos de ellos son los mismos que, hace menos de diez años, no tenían esos aparatitos y, por lo tanto, no tenían nada que decir. Y la publicidad–-supongo–- pagando, o cobrando por todo, es decir, dinero tirado inútilmente al éter. Aún puedo recordar, con una sonrisa sarcástica, como la del gato Garfield (quien le iba a decir al Presidente Garfield que iban a poner su nombre a un gato de tiras cómicas) que yo tuve uno de los primeros “beeper” que salieron al mercado, un antiguo socio me lo dió para controlarme. Al dia siguiente, sonaba demasiado, lo tiré al rio en un descuido por mi parte, que pena!

De aquella fausta manera, perdí una inmejorable ocasión de uncirme al carro triunfal de la electrónica. Sin embargo, no es “odio” todo lo que reluce(!?) Y, posiblemente, he sido uno de los primeros españoles conectados al Internet. Lo que se va por lo que se viene, mis manias son todas muy selectivas. Eso si, al teléfono…que le den por el auricular. El simple sonido de tono y llamada tiene la virtud de ponerme del “yeyuno” y hasta creo que me cambia el humor. En cualquier caso, números, cifras, códigos…estamos invadidos. Ah! Para los curiosos, que siempre los hay (y que no falten) los números, las cifras y las letras del título de este escrito son…el número de serie e identificacion de la botella de Coca-Cola que me estoy bebiendo. Ay, Señor!

Luisma, 6 de Enero del 2010

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