Veinte Años


Veinte años! Quien lo iba a decir! Ya llevo veinte años viviendo en América. A veces, ni yo mismo me lo creo. Yo que vine a pasar una temporada, por ver si el sitio y la cosa me gustaban! Vine con un pasaje abierto de avión, ida y vuelta, que nunca se cerró. Incluso creo recordar que lo devolví, recuperando parte de su costo. Decidí quedarme, sine die, en una de las pocas decisiones perfectas de mi vida.

Puestos a recordar…Recuerdo la tarde que llegué a América, como si fuera hoy, nunca podré olvidarla: tarde de calor húmedo atosigante y luz dorada. En aquel momento, en el “gusano” de salida del avión, pensé, entonces no sabía que tenía razón, que así debería ser el olor tropical. Incluso pensé que iba a durar poco en aquel tipo de clima. El clima de Houston, Galveston, el golfo de México en Texas. Fueron diez años y un matrimonio fallido. De aquello me quedan los contínuos sueños de la playa de cristal, ningún remordimiento, un par de amigos que siguen allí y otro que se fue, sin que pudiera despedirme de él.

Y-–que remedio-–“tuve” que aprender inglés, yo que era tan francófilo! Aprender el nuevo idioma, un desafio a mis cuarenta, fue parte importante de la razón de quedarme aquí. Me fue cayendo encima la cultura anglosajona y me fue interesando más y más, conforme el estro me daba para saborear las delicuescencias idiomáticas y culturales (toma castaña!). Principalmente, el mundo del cine que, queramos o no, es en inglés y ademas, en inglés americano. Leer a Steinbeck en su idioma y escuchar la voz de Jimmy Stewart, o la de George Clooney, entre los muchos otros placeres inéditos, conseguidos a través de la nueva lengua.

Luego, en la segunda década de mi estadía, cambié de “país”, el sur por el norte, el dixie por el yankee, todo tan igual y tan diferente. Me vine a Pennsylvania, donde todavía sigo. Cambié aquel dichoso calor, casi contínuo, por la recuperación de las cuatro estaciones y la floresta de los bosques precanadienses. Una decisión que, me gusta creer, fue buena para mi salud. Han sido muchos años y muchas cosas, pero, me quedo con lo fundamental: las personas. Y sobre todas las personas, algunas magníficas; una…ella, con la que llevo ya unos cuantos años, y que parecen haberse ido en un suspiro.

Pennsylvania me permitió estar más cerca de Nueva York, ciudad clave en la cultura anglosajona y la mundial. Todo pasa en esta monstruosa metrópoli antes que en ningún otro sitio, se empeñen o no los gurus europeos en tratar de arrebatarle esa prioridad. Los reflejos nos llegan a Pittsburgh aceptablemente rápido, seis horas de coche y no en vano se le llama la pequeña Nueva York. Como siempre digo: necesito ir a la Gran Manzana, pero no podria vivir alli; demasiado espesa, solo estar cerca. Más cerca, también, de Washington, la capital y la ciudad americana más europea; en algunos de sus rincones, uno puede llegar a pensar que está en Viena. Más cerca de Chicago, la Reina del Oeste, ciudad también predilecta. Más cerca, en resumen, de mi mismo.

Hay que estar próximos a las cosas, palparlas. El Internet es solamente el espejo de todos los avatares del mundo de hoy. Hay que hacer las cosas. En la red hay muchos detalles que se pierden. La propia percepción de la realidad no puede ser igualada. Al Internet le faltan los olores, los sabores y, fundamentalmente, el tacto. Otros veinte años. Tantas cosas que faltan por venir. Tantas cosas me quedan por hacer! Eso sí, estoy haciéndolo todo mejor que nunca: pensar, pintar, soñar, escribir, querer, elucubrar, decidir, sentir, mirar, ver, comprender y sobre todas las cosas, aprender a morir. Que diablos! Quien me lo iba a decir, América!

Luisma, 20 de Enero del 2010

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