Entre tormentas

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Gazebo, en salmantino: templete. Carnegie Library South Side, Pittsburgh

Los inviernos de Pittsburgh no son excesivamente duros, claro que, según con cuales se comparen. En los diez años que llevo viviendo en esta ciudad, los inviernos han sido muy parecidos: fríos “aceptables”, algunas heladas “razonables”, y unas cuantas “nevaditas”, hasta un máximo de siete u ocho centímetros de precipitación. Y así toda la década, hasta hace tres semanas. De repente, se debieron abrir las puertas del Ártico y por ende se escaparon dos impresionantes tormentas de nieve, con un intervalo entre ellas de un “cierzo” helador . Algo que no recordaban los más viejos del lugar, ya que solo aparecían nevadas así en los grabados de la guerra civil, a mediados del siglo XIX.

La primera tormenta que duró unas veinticuatro horas seguidas, del tipo de las que los americanos llaman: blizzard, y nosotros ventisca, se saldó con unos 70 cm. de nieve y un colapso ciudadano de los de “mírame y no me toques”. El nunca bien ponderado silencio sepulcral nos vió amanecer al día siguiente, por supuesto, estábamos sepultados en nieve! Nunca mas precisa la imagen.
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En casa, la ventana grande del salón ofrecía un aspecto desconocido, apenas se veía la balaustrada de la terraza y la nieve lo cubría todo, incluida la vista del valle, totalmente blanco, igual que las ramas de nuestro árbol que aparecían vencidas por el peso. Increíblemente, daban ganas de salir volando sobre el valle.
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Noté, además del silencio, un frío extraño, algo así como “templado”. Al abrir la puerta de la terraza me dí cuenta que no podía salir a ella, aunque la puerta se abre hacia adentro y la mosquitera se corre lateral; una barrera de “chupiteles” de hielo me lo impedia, enormes estalactitas de puntas aguzadas que se habían formado en tan solo unas pocas horas de templanza. Los canalones desbordaban lanzas de hielo a todo lo largo, como las de los cuadros de batallas medievales. Unas lanzas transparentes que anunciaban la batalla que podría llegar a ser el intentar salir de la casa.
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En ruta hacia la puerta principal, y ya pertrechado para intentar la salida, me paré a ojear la terraza de los vecinos y empecé a caer en la cuenta de lo que me esperaba fuera. Esa terraza que recordaba animada y resplandeciente en verano, con hachones ardiendo y gente tomando copas, estaba aterida e hinchada por la nieve, ireconociblemente bella. A pesar de todo, seguía manteniendo la ilusión de lo confortable, daban ganas de sentarse, lo de las copas ya no tanto.
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Abrí la puerta de casa y me encontré un espectáculo dantesco (aunque fuera de nieve y hielo), mi coche había desaparecido “entoñado” en la nieve, y malamente se podían adivinar sus formas. Al fondo de la calle, la iglesia de San Nosequé, cubierta a tope, apenas podía verse por entre la cargazón de los toldos y los múltiples cables combados por el peso de la nieve, que se sostenía en ellos milagrosamente. No se porque pensé que estaba en Moscú, sería la cúpula, y tanta nieve solo podía ser en Rusia (?!)

Me apresté a la aventura de ir andando hasta la oficina, una especie de slalom de un kilómetro en bajada, con nieve por encima de las rodillas; proveyéndome de dos bolsas de supermercado, cubriendo mis zapatos de suela gorda de goma antideslizante, atadas a media pierna. Con mi tuque de lana parecía un auténtico clochard parisino arrastrándome sobre la nevada, o un soldado napoleónico en la tundra.
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Desde las ventanas de la oficina, la belleza del paisaje combinaba con las sugerencias de los extraños efectos de acumulación de nieve en la pérgola, sillas y mesas del patio del restaurante colindante. No sé porqué me dió por pensar en un mural de una alucinante y davinciana Última Cena, blanca, fría, y desprovista de personajes.
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La otra imagen, desde la ventana de arriba, era un contraste superlativo entre la posibilidad de una playa nevada con el fondo del mural horrendo, de aguas caribeñas y botecito, con su palmera tropical y unos imaginarios ritmos de calipso. Nada parecido a Da Vinci…Al menos, la lámpara de la pared podía parecer Picassiana, o algo así.
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Volver la vista hacia la izquierda y tropezar con la perspectiva nevada de “mi” Birmingham Bridge, me hizo retornar a la realidad, este puente está presente en todos mis días. Pittsburgh, entre una tormenta que se iba y otra que se volvía. Ventiscas, y más, y más nieve, toda la nieve del mundo. Y así fue, y así continuamos dos semanas después cubiertos de nieves que empiezan a parecer perpetuas. Hoy se anuncian varios días más de nevadas. Donde vamos a poner toda esta nieve? A que planeta se referían con lo del calentamiento global? Y…Ah! Ahora entiendo porqué le pusieron Pingüinos de Pittsburgh al equipo de hockey sobre hielo, no iban tan descaminados!

Luisma, 28 de Febrero del 2010 (Fotos de S. y L.)

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