Monthly Archives: April 2010

Once Upon a Time…

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Érase una vez….Un grupo de piratas. Unos piratas muy originales. Piratas que mascaban chicle, en vez de mascar tabaco. Vestían unos trajes muy poco clásicos, para ser piratas. Nada de pantalones raídos, ni chalecos con pechos peludos al aire; algunos pelos largos si que había. No eran la inveterada imágen del pirata que uno guarda en la imaginación, desde los tiempos infantiles. Nada de Barbarroja, Barbanegra, Morgan, o los Hermanos de la Costa, nada del —“Ni Patria, ni Dios, ni Rey”—, nada de anarquía! Ni siquiera iban como los tradicionales, descalzos. Antes bien, llevaban zapatillas deportivas de diseño.

En suma, unos piratas muy propios, y muy suyos. Aparentemente, como salidos de un paquete con envoltorio de papel de celofán y cintas de colores.Todos limpitos, brillantes y sin mácula; “se veían muy bien” pues ninguno necesitaba de parche en el ojo. Iban oliendo a perfume caro y palomitas de maiz, y marchando, elástica y olímpicamente, con sus armas bajo el brazo; intercambiando entre sí unas pelotas que, eso sí, parecían menos pesadas que las de arcabuz. De vez en cuando, las golpeaban con sus armas; que eran unas curiosas estacas redondeadas, de madera.

Cuando estos piratas le sacudían un buen estacazo a las bolas,— cosa ésta, que no ocurría a menudo—, éstas pelotas, que eran del grosor de una bala de bombarda pequeña o de falconete, salían disparadas hacia el cielo, a gran velocidad; y ellos soltaban, o más bien tiraban, su arma al suelo y rompían a correr, tal que si estuvieran asustados ante el gran griterío de la comparsa pública: multitud de gentes, confortablemente sentadas en las murallas de unas extrañas fortalezas. Construcciones éstas, de altos muros inclinados y desde donde, amigos y enemigos, se dedicaban a jalear y corear sus nombres, y a vociferar estentóreamente. Para mejor reconocimiento, cada pirata llevaba inscrito su nombre, en la espalda. El gentío, mientras, comían y bebían asaz, viéndo como los piratas iban y venían a bolazos con sus enemigos; corriéndo, unos detrás de otros, por los fosos verdes del castillo.

Increíblemente, iban vestidos con un cierto grado de uniformidad que los hacía muy visibles, justo lo contrario que, en otros tiempos, ocurriría con los secuaces del Olonés. Así, de lejos, uno podía captar que eran de voz británica, o lo parecían. Aunque su inglés era diferente; yo diría que del norte del Caribe, o de la Florida, de eso que llaman los Estados Unidos. Incluso, muchos de ellos, hablaban castellano de las Indias; posiblemente, fueran renegados, o antiguos prisioneros, en busca de redención. Con los piratas uno nunca sabe cuales puedan ser las razones.

Estos Piratas no necesitaban del robo y el pillaje, pues estaban muy bien pagados por los propios dueños de los castillos. A la vista de lo cual, me figuro el cálculo, los motivos de la pelea debían ser económicos, como siempre. Que si me gustaría ganar más que aquel…que si la vida no es un juego…Todas las excusas son buenas para pelear. Malas lenguas hablaban de ser una competencia deportiva, pero todos sabemos que tal cosa es un imposible.
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PNC Park. Pittsburgh. Foto de Ian Manka.

Y así estuvieron, por luengas horas, corriéndose unos tras los otros y lanzándose bolazos, hasta que se les echó la noche encima y decidieron dar por sentada la competencia, sin bajas ni victimas. En lo alto del castillo, junto a las banderas que ondeaban al viento, alguien había puesto unos signos iluminados por muy raras luces, y que rezaban asi: Piratas de Pittsburgh, 6—Yankees de Nueva York, 4. Abajo, el jardin tan verde por el que se perseguían todos ellos, estaba vacio. Algún condestable habría decidido posponer la batalla hasta un siguiente día. Cosas de la vida!

Luisma, 18 de Abril del 2010

Jean Renoir en Chicago

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Cada vez que voy a Chicago, indefectiblemente, tengo que ir al Art Institute, el museo. Al igual que la ciudad, es uno de mis museos favoritos en el mundo; y a partir de este viaje, uno de mis lugares soñados para pasar el tiempo, un verdadero jardín mental. En los últimos años el AIC ha estado de obras, creando una parte nueva: The Modern Wing. Esto, en un museo que ya, de por si, era una maravilla y ahora se ha convertido en un lugar mágico. Y me dan igual las críticas, no muy benevolentes, de algunos “especialistas”; esos que siempre tienen que “encontrar” algo para, quizás, justificar su existencia. Los mismos que nunca han creado nada, al menos nada bueno.

Renzo Piano, ha conseguido algo bueno, o mejor que bueno: único y mágico. Blanco, como un lienzo imprimado en gesso, una de las mejores maneras de colgar arte pictórico y de rodear de fondos los espacios para escultura. Blancos sujetos por suaves grises, pisos de maderas rubias y ventanas de hueco completo, enmarcando la obra de arte exterior e incluyendo esa arquitectura en la propia exhibición. Sin abusar de ella, sin ser demasiado obvio, matizando la visión con unas delicadas cortinas-pantallas que dejan admirar pero no hacen “sombra” al arte del interior. Y esta nueva ala que encara los rascacielos de downtown y el “guguengemiano” Gehry del Milenio, tiene unos bancos de asiento, a la distancia adecuada de los velados ventanales; un sitial magnifico para pasar las horas muertas, hoy en día, más bien los minutos muertos. Viendo y absorbiendo belleza.

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Cada museo que conozco, tiene unas “piezas” que lo hacen singular y especial, para mi. Son las obras de arte que más fijan mi atención y me hacen volver a ellos, una y otra vez, como el que visita a viejos amigos. En el AIC, durante muchos años, ha habido una obra de arte de mi especial atracción. Algo extraño en mi, porque no hablamos de una pintura, ni una escultura, ni siquiera de una fotografía. Se trata de unas vidrieras, una obra de Marc Chagall. Su titulo: America Windows (Las Ventanas de América). Un trabajo fantástico y original, dominando los azules, en tres piezas (ventanas) estupendas.
Desgraciadamente, en las dos ultimas visitas, brillaban por su ausencia. Están en restauración, y una buena mujer, del servicio de vigilancia, me comunicó que volverán a la caída de la hoja, este mismo otoño. Albrícias!

Esta vez, decidí buscar “sustitutos” a mis vidrieras y los fui a encontrar en donde menos me iba a figurar: Renoir y Morisot. De vez en cuando, me gusta volver a beber en las fuentes del Impresionismo. Que gran época, para haber vivido en ella! Siempre mi indisimulado romanticismo! En un rincón, separados por el ángulo, descubrí dos nuevos atractivos para mi colección.

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Era una mujer de espaldas, desnuda espalda y pelo recogido, que me hizo pensar inmediatamente en la actriz Meryl Streep. Obviamente, Berthe Morisot—la autora de la pintura—no pudo conocer, ni soñar, a la actriz americana. Pero, estoy seguro que, de haberla conocido, la hubiese pintado de esa manera: una rutilante espalda, en el acto de maquillarse para cualquier película. Una espalda de museo!
Sea esto un modesto homenaje a la primera, y única original, pintora impresionista. Infravalorada durante mas de 100 años, seguramente por ser mujer y, hoy, reputada y apreciada a la altura de cualquiera de los santones impresionistas. A los veinte años de edad, Berthe era ya, de pleno derecho, una más entre ellos. Participando, incluso, en la exposición inaugural del movimiento.

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Ese retrato de Renoir, hecho a su hijo Jean en su más tierna infancia, con el pelo largo como una muchacha, y cosiendo. Le hizo varias pinturas vestido de niña, una obsesión del padre. Jean, más tarde, llegó a ser uno de los más famosos directores del cine. Idolatrado en Francia, su película “El Río” es una de mis diez mejores obras del cine de siempre. El asunto de esta pintura me recuerda los problemas de algunos amigos con sus hijos, justamente por lo contrario. Los chicos dejándose el pelo larguísimo y los padres intentando cortárselo. Viviendo en Paris, a mis veinte años, mi padre intentó, y consiguió, “comprarme” el corte de un pelo que ya me llegaba a los hombros. La vida en Paris siempre fue cara!

Otro día sacaré a colación algo más sobre el AIC,—Que gran museo! Hoy, solo evocar que,—Por fin! El “Ala Moderna” ya se puede ver, es fruta madura, y la “cáscara” y la “pulpa” merecen el viaje y la visita. Grande, Renzo Piano! Magnífico!

Luisma, 14 de Abril del 2010 (Fotos y reproducciones de S. y Luis Jimenez-Ridruejo)

El síndrome de la hoja en blanco

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Ponerme delante de la hoja en blanco, con la mente en blanco, también. Un ejercicio que, de vez en cuando, me gusta hacer y que representa, en mi, el mismo interés que un niño con su video-juego. Dispararle a la imaginación, de esta manera, es probablemente uno de los pocos retos que me van quedando. Como haber, habría muchos más retos que atender, de todos los colores y de todos los lunares, pero, el tiempo, el famoso juez que me (nos) corroe, se ha encargado de volverlos inasequibles. Así que uno va y, sin paracaídas, se tira desde las alturas del cerebro hasta la dichosa hoja en blanco y le empieza a administrar verborrea, línea por línea, teniendo cuidado de que no se le rebrinque lo blanco y que todo, al final, no termine como el “rosario de la aurora”, es decir, a palos; y no con otros, sino consigo mismo.

Lo mismo pasa con el lienzo en blanco, incluso aunque tengas unos cuantos bocetos preparados. Enfrentarse con el cuadro en blanco y “meterle mano” es casi tan peligroso como atacar una pintura que se ha quedado a medias por una temporada larga. Un recuerdo, aquí, a Lucio Fontana que solucionaba este problema, muchas veces, por “las bravas”, rajándole el “alma” a sus lienzos; a falta de otra cosa mejor que hacer. Y, ahí está en los museos! No solo por eso, claro.

Sin embargo, no me ocurre igual con la fotografía. No tengo síndrome del fotograma en blanco, nunca lo he tenido. A la hora de mirar por el ocular, y en las modernas cámaras de afrontar la pantallita, siempre hay una imágen previa a cualquiera de las intenciones que puedas tener. Una imágen que, casi siempre, solo hay que pelar; como si de pelar una naranja se tratase. Encuadrar algo que ya está en la vista y manipularlo. Componerlo. Jugar a hacer bidimensional lo tridimensional. Ver la foto en lo que los demás solo ven una escena. Una decisión rápida y pendiente de las mecánicas que ya están establecidas en el cerebro.

No hay, la mayoría de las veces, tiempo para pensar mucho. La pereza, o la vagancia mental, alimentan el síndrome de la hoja y el lienzo en blanco. En cualquier caso se trata de tener algo que decir y, luego, decirlo bien. Por eso me llaman la atención, y hasta me maravillan muchas veces, los escritores de blogs, más que nada los comentaristas de blogs en tiempo real. Parece que tengan un sentido especial del escribir y, casi siempre, las cosas muy claras para comentar con tanta rapidez. Incluida la velocidad de tecleo, algo en lo que tengo la categoría de tortuga de cuatro dedos.

Un mundo que ha heredado la velocidad de los tiempos primeros del chat y el messenger; que hoy se están recuperando e implementando con el Facebook y sobre todo el Twitter, gracias a la portabilidad de los aparatos. Toda esta gente, de pronto empeñada en comunicarse con otros y, las más de las veces, sin razón o con razones no muy válidas, parece haber esquivado el síndrome de la hoja en blanco. Siempre me asalta esta pregunta: tanta comunicación y tan contínua, para decirse, qué? Algo huele mal en Dinamarca! El buitre carroñero de la banalidad nos sobrevuela, me temo.

Al final, el síndrome se reduce a lo que uno tiene que decir, si es que uno tiene, realmente, algo que decir. El qué, el como, y el cuando; ah! Ese es otro cantar! Ni siquiera me planteo el porqué; aunque ya P. Reverte me lo dejó muy claro, en El Club Dumas — “[…] y a fin de cuentas, la gente escribe por diversión, para vivir más, para quererse a si misma o para que la quieran otros”.

Luisma, 10 de Abril del 2010.

Las dunas de Chesterton

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Puede que sea difícil de imaginar, o puede que yo no sea capaz de transmitir las imágenes. Hace años, Julián Marías me dijo: escribe lo que no puedas pintar y pinta, fotografía en otros casos, lo que no puedas escribir. Lo intentaré, porque las impensables escenas que presencio, muchas de ellas conmigo dentro, son el pan de cada día de mis aventuras en este país.

Estoy en Chicago, una de mis ciudades favoritas en el mundo. Llegamos hoy, y ya estoy frente a mi ventana en la habitación del hotel Congress Plaza, con vistas al lago Michigan que, como siempre, más parece un mar, un mar de acero gris azulado. La sangre luminosa de los coches fluye abajo, once pisos más abajo; chorros de glóbulos rojos y blancos entremezclados, desde la avenida Michigan hasta la Lake Shore y las calles cruzadas del Parque del Milenio. Las primeras luces de la noche, desde esta ventana, un espectáculo que siempre tiene la virtud de hipnotizarme; puedo estar mirándolo durante largo tiempo, embobado en cualquier pensamiento o remembranza.

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Venir hasta aquí, en coche, es ya una manía. Estados Unidos hay que viajarlo en coche, a pesar de las monstruosas distancias. Y cada viaje a Chicago ( unas siete horas, desde Pittsburgh, rodando rápido) es una fuente de nuevas aventuras. Por más que se miren las predicciones de los hombres del tiempo, siempre hay una sorpresa, sobre todo en recorridos largos. Esta vez, con la primavera ya oficialmente entrada, después de dos horas de camino, nos empezó a caer nieve; que siendo de noche era cegadora, mareante, y dificultaba la conducción. Total, que paramos a dormir, y continuar al día siguiente, ya sin prisas, lo que produjo el avatar de turno y la aventura significativa del viaje.

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A la mañana siguiente, sol y viento, enfilamos hacia Chicago. Tras un tiempo de rodaje tranquilo, se estropeó un sensor de temperatura y para cambiarlo tuve que salirme de la autopista, y eso fue en un pueblo con un nombre muy literario: Chesterton, en el estado de Indiana. Después de varios intentos, el asunto nos lo arregló un “currito” con taller personal y aspecto de orondo bien comido, y bien bebido. Mientras esperábamos la reparación, en su sala de espera—oficina—salón de té, reparamos en unas fotos colgadas en la pared de algo que se anunciaba como Parque Nacional de las Dunas de Indiana. El tipo insistió que fuéramos a conocerlas—oiga, solo cuatro millas y son una delicia! Echada ya la tarde a perros y con el sol cayendo, y muy fotográfico, nos fuimos a ellas armados de cámaras y protegidos del frío viento, y—Oh, maravilla! La cosa valía la pena, y mucho!

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Pasamos unas buenas dos horas recorriendo el sitio y pisando, fotográficamente, la arena suave de las dunas. Quien iba a pensarlo! A cuatro millas de la dura y pura carretera, unas dunas increíbles, a orillas del lago y tan solo un “tiro de piedra” de Chicago, que se apercibía en lontananza, al otro lado de las aguas. Será un lago, que lo es, pero a mi siempre me ha parecido un mar. Son famosas las historias de tormentas brutales en este lago-mar, hundiendo barcos. Una de estas historias se me quedo grabada, la zozobra y naufragio de un velero, a finales del siglo XIX, que transportaba el abastecimiento de árboles de navidad para Chicago. Nunca ha sido encontrado.

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Volviendo a las dunas. Al punto me informé del paraje y su historia. Otra vez la glaciación Wisconsin, la misma que produjo las cataratas del Niágara y la recesión de los glaciares de los grandes lagos; al retirarse produjeron estas dunas que, además, son unas de las pocas, treinta y cinco en todo el mundo, “dunas cantantes” o “silbantes”. Buscando información sobre dunas, aprendí que también existen dunas que “ladran”, tal que si fueran perros. Que cosas!

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Las dunas, pequeñas pero magnificas, eran un coto fotográfico de primerísimo orden. Las arenas de un color caramelo-rojizo, de increíble suavidad a la pisada, al tacto y al ojo, nos rodeaban por todas partes. Contenían, incluso, pequeños estanques de aguas trasparentes y matas de juncos.Una vida reflejada en otra. Los espejos de la naturaleza.

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Un verdadero coto de caza. Un ciento de “cartuchos” se nos fueron entre los dos “tiradores” y el símil cazador me trajo el recuerdo de mi nunca olvidado Pepe Núñez Larraz que, aquí, hubiera gozado como un “marrano con paperas”. Así sucedió con Sarah, que sacó y cobró las mejores piezas. Algunas de las fotos de aquella tarde inolvidable son las que ilustran este “posting”. Aunque bien mirado, cualquier tarde con S. es siempre inolvidable.

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Dunas, agua, viento frío, olor a agua dulce de lago, vallas de madera sosteniendo la integridad del fenómeno…Ni las palabras, ni las imágenes, ni la feérica música de Vaughn Williams, allí en Chesterton (Indiana), quedan esas dunas esperando que alguien visite su delicada existencia. Antes, quizás, de que un mal viento se las lleve.

Luisma, 30 de Marzo del 2010 ( Fotos S. y L.)