El síndrome de la hoja en blanco

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Ponerme delante de la hoja en blanco, con la mente en blanco, también. Un ejercicio que, de vez en cuando, me gusta hacer y que representa, en mi, el mismo interés que un niño con su video-juego. Dispararle a la imaginación, de esta manera, es probablemente uno de los pocos retos que me van quedando. Como haber, habría muchos más retos que atender, de todos los colores y de todos los lunares, pero, el tiempo, el famoso juez que me (nos) corroe, se ha encargado de volverlos inasequibles. Así que uno va y, sin paracaídas, se tira desde las alturas del cerebro hasta la dichosa hoja en blanco y le empieza a administrar verborrea, línea por línea, teniendo cuidado de que no se le rebrinque lo blanco y que todo, al final, no termine como el “rosario de la aurora”, es decir, a palos; y no con otros, sino consigo mismo.

Lo mismo pasa con el lienzo en blanco, incluso aunque tengas unos cuantos bocetos preparados. Enfrentarse con el cuadro en blanco y “meterle mano” es casi tan peligroso como atacar una pintura que se ha quedado a medias por una temporada larga. Un recuerdo, aquí, a Lucio Fontana que solucionaba este problema, muchas veces, por “las bravas”, rajándole el “alma” a sus lienzos; a falta de otra cosa mejor que hacer. Y, ahí está en los museos! No solo por eso, claro.

Sin embargo, no me ocurre igual con la fotografía. No tengo síndrome del fotograma en blanco, nunca lo he tenido. A la hora de mirar por el ocular, y en las modernas cámaras de afrontar la pantallita, siempre hay una imágen previa a cualquiera de las intenciones que puedas tener. Una imágen que, casi siempre, solo hay que pelar; como si de pelar una naranja se tratase. Encuadrar algo que ya está en la vista y manipularlo. Componerlo. Jugar a hacer bidimensional lo tridimensional. Ver la foto en lo que los demás solo ven una escena. Una decisión rápida y pendiente de las mecánicas que ya están establecidas en el cerebro.

No hay, la mayoría de las veces, tiempo para pensar mucho. La pereza, o la vagancia mental, alimentan el síndrome de la hoja y el lienzo en blanco. En cualquier caso se trata de tener algo que decir y, luego, decirlo bien. Por eso me llaman la atención, y hasta me maravillan muchas veces, los escritores de blogs, más que nada los comentaristas de blogs en tiempo real. Parece que tengan un sentido especial del escribir y, casi siempre, las cosas muy claras para comentar con tanta rapidez. Incluida la velocidad de tecleo, algo en lo que tengo la categoría de tortuga de cuatro dedos.

Un mundo que ha heredado la velocidad de los tiempos primeros del chat y el messenger; que hoy se están recuperando e implementando con el Facebook y sobre todo el Twitter, gracias a la portabilidad de los aparatos. Toda esta gente, de pronto empeñada en comunicarse con otros y, las más de las veces, sin razón o con razones no muy válidas, parece haber esquivado el síndrome de la hoja en blanco. Siempre me asalta esta pregunta: tanta comunicación y tan contínua, para decirse, qué? Algo huele mal en Dinamarca! El buitre carroñero de la banalidad nos sobrevuela, me temo.

Al final, el síndrome se reduce a lo que uno tiene que decir, si es que uno tiene, realmente, algo que decir. El qué, el como, y el cuando; ah! Ese es otro cantar! Ni siquiera me planteo el porqué; aunque ya P. Reverte me lo dejó muy claro, en El Club Dumas — “[…] y a fin de cuentas, la gente escribe por diversión, para vivir más, para quererse a si misma o para que la quieran otros”.

Luisma, 10 de Abril del 2010.