Once Upon a Time…

pirates-400.jpg
Érase una vez….Un grupo de piratas. Unos piratas muy originales. Piratas que mascaban chicle, en vez de mascar tabaco. Vestían unos trajes muy poco clásicos, para ser piratas. Nada de pantalones raídos, ni chalecos con pechos peludos al aire; algunos pelos largos si que había. No eran la inveterada imágen del pirata que uno guarda en la imaginación, desde los tiempos infantiles. Nada de Barbarroja, Barbanegra, Morgan, o los Hermanos de la Costa, nada del —“Ni Patria, ni Dios, ni Rey”—, nada de anarquía! Ni siquiera iban como los tradicionales, descalzos. Antes bien, llevaban zapatillas deportivas de diseño.

En suma, unos piratas muy propios, y muy suyos. Aparentemente, como salidos de un paquete con envoltorio de papel de celofán y cintas de colores.Todos limpitos, brillantes y sin mácula; “se veían muy bien” pues ninguno necesitaba de parche en el ojo. Iban oliendo a perfume caro y palomitas de maiz, y marchando, elástica y olímpicamente, con sus armas bajo el brazo; intercambiando entre sí unas pelotas que, eso sí, parecían menos pesadas que las de arcabuz. De vez en cuando, las golpeaban con sus armas; que eran unas curiosas estacas redondeadas, de madera.

Cuando estos piratas le sacudían un buen estacazo a las bolas,— cosa ésta, que no ocurría a menudo—, éstas pelotas, que eran del grosor de una bala de bombarda pequeña o de falconete, salían disparadas hacia el cielo, a gran velocidad; y ellos soltaban, o más bien tiraban, su arma al suelo y rompían a correr, tal que si estuvieran asustados ante el gran griterío de la comparsa pública: multitud de gentes, confortablemente sentadas en las murallas de unas extrañas fortalezas. Construcciones éstas, de altos muros inclinados y desde donde, amigos y enemigos, se dedicaban a jalear y corear sus nombres, y a vociferar estentóreamente. Para mejor reconocimiento, cada pirata llevaba inscrito su nombre, en la espalda. El gentío, mientras, comían y bebían asaz, viéndo como los piratas iban y venían a bolazos con sus enemigos; corriéndo, unos detrás de otros, por los fosos verdes del castillo.

Increíblemente, iban vestidos con un cierto grado de uniformidad que los hacía muy visibles, justo lo contrario que, en otros tiempos, ocurriría con los secuaces del Olonés. Así, de lejos, uno podía captar que eran de voz británica, o lo parecían. Aunque su inglés era diferente; yo diría que del norte del Caribe, o de la Florida, de eso que llaman los Estados Unidos. Incluso, muchos de ellos, hablaban castellano de las Indias; posiblemente, fueran renegados, o antiguos prisioneros, en busca de redención. Con los piratas uno nunca sabe cuales puedan ser las razones.

Estos Piratas no necesitaban del robo y el pillaje, pues estaban muy bien pagados por los propios dueños de los castillos. A la vista de lo cual, me figuro el cálculo, los motivos de la pelea debían ser económicos, como siempre. Que si me gustaría ganar más que aquel…que si la vida no es un juego…Todas las excusas son buenas para pelear. Malas lenguas hablaban de ser una competencia deportiva, pero todos sabemos que tal cosa es un imposible.
pnc-crop-1.jpg
PNC Park. Pittsburgh. Foto de Ian Manka.

Y así estuvieron, por luengas horas, corriéndose unos tras los otros y lanzándose bolazos, hasta que se les echó la noche encima y decidieron dar por sentada la competencia, sin bajas ni victimas. En lo alto del castillo, junto a las banderas que ondeaban al viento, alguien había puesto unos signos iluminados por muy raras luces, y que rezaban asi: Piratas de Pittsburgh, 6—Yankees de Nueva York, 4. Abajo, el jardin tan verde por el que se perseguían todos ellos, estaba vacio. Algún condestable habría decidido posponer la batalla hasta un siguiente día. Cosas de la vida!

Luisma, 18 de Abril del 2010