El Zoo

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Vosotros…nuestros dioses?…Nooooo!!!

El móvil estaba “descansando” en el fondo del estanque de las tortugas. Abierto y en posición, como si a alguien se le hubiera caído mientras hablaba; aunque me gustaría más pensar que alguno, o alguna, lo hubiera tirado al agua en un momento de ofuscación, después de una de esas conversaciones insulsas que se acostumbran. A lo mejor sonó demasiado. Y supongo que, visitando un zoo, como en tantas situaciones diarias, lo que menos necesitas es hablar por teléfono.

Ni por un momento se me ha ocurrido pensar que las tortugas, también ellas, tengan teléfono. Después de todo, los animales se han lanzado últimamente a la modernidad. Hasta un pulpo se ha hecho famoso…acertando resultados futbolísticos. Porqué no iba a poder comunicarse con sus agentes y avisados representantes? Cosas más raras se han visto.

Hacía ya bastante tiempo que no giraba una visita al zoo de Washington D.C., el Zoo Nacional, dependiente del grupo de los Smithsonian. Al igual que el “Air and Space” y el “Museo Rojo” (el original Smithsonian), el zoo me produjo una sensación de antigualla y decaimiento, que no había sentido en ocasiones anteriores. Algo así como si se hubieran quedado estancados en el tiempo de una museística deslustrada y polvorienta. El imperio se desconcha y las primeras cosas que pierden la cara son las ofertas culturales.

Desde mi punto de vista un zoo, independientemente del concepto de cautividad y vida en ese estado, debe tener una serie de animales al alcance del visitante, suficiente para que la exhibición pueda disfrutar, incluso, de dicho nombre. Era tristísimo, por ejemplo, ver la zona, abierta y enorme, dedicada a los tigres de Bengala. Por todo haber, un solo tigre de aspecto enfermizo y cansado (la excusa del calor ambiente no me acaba de convencer); asediado a silbidos y palmas por la clientela, que a juzgar por los comentarios esperaba más una situación circense que aquella vagancia sin apenas movimiento.

Jaulas y cajas desportilladas y con reparaciones evidentes, redes y vallas remendadas, pasarelas de metal sueltas y deslucidas. Animales, pocos y con el aspecto de ser ellos quienes eran entretenidos por la masa de público gesticulante. Impertérritos ellos, los bichos, podía “leerles el pensamiento” —que hacen estos idiotas? Más les valía estar a cubierto, con esta solanera, y dejar de darnos la lata!—

No soy zoólogo, ni un especialista en animales, excepto en racionales…a los que entiendo bastante bien, sobre todo a la “subespecie americana”. A pesar de ello, me pareció que los animales exhibidos eran viejos, en general, y en no muy buena conservación. Asi que lo más interesante de la visita, fue el disfrutar de las duchas de agua vaporizada y fresquita—buena idea—, porque el zoo es maratoniano y con “la calor” se agradecían las sucesivas pasadas por las duchas. Cien niños y yo las usamos.

El visitar un zoo siempre me produce el mismo tipo de reflexión, enfermiza. Una y otra vez pienso: y si fuéramos nosotros los animales de un zoológico interplanetario, en una especie de exhibición museística de súper avanzado diseño. Podríamos ser el entretenimiento de una especie de “dioses” (!?), que quiero suponer mucho más evolucionados que nosotros.

Ah! Y espero que ellos sean un poco menos indolentes con “sus animales”, por la cuenta que nos tiene. Nuestra proverbial incuria en estos asuntos, podría reflejarse en la forma de actuar de nuestros “dioses”, en cuyo caso, como diría un castellano viejo: estaríamos apañados. Que yo no lo vea y el que venga detrás, que arree!

Luisma, 11 de Septiembre del 2010 (vaya día!)