Retales de verano

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“Con diez cañones por banda…”

Hay algunas cosas que no se mueven, casi nunca, a lo largo de toda una vida. Son fijaciones, costumbres, pruritos, colletillas, maneras, dichos personales repetidos, una y mil veces, hasta la saciedad. Cosas de Luisma, que le dicen en mi caso, y que son celebradas o denostadas según la apreciación que de cada uno tenga el personal.

Cada vez que pienso en un poema, en poesía o algo relacionado con ella, lo primero que me viene a la mente es recitar, a veces en alta voz, la Canción del Pirata de Espronceda: “Con diez cañones por banda…” y declamar llegando hasta el nombre Estambul, donde me detengo en seco. Extraña costumbre para alguien que escribe poesía, admira a Salinas por encima de Lorca, y lo único que se reconoce a si mismo es una gran vena romántica.

A la hora de beber y como no me muero ni por los licores, ni por el vino, ni por la cerveza, a no ser que sean muy, muy buenos…la única palabra que va a salir de mí, son dos: Coca-Cola. Soy un cocacolómano declarado, variedad de dieta y sin cafeína. Los años no perdonan y los médicos tampoco. Desde siempre, en mi recuerdo, al reclamo de —que quieres beber?— Solo hay una respuesta y aunque considere beber otra cosa, siempre acabo pidiendo lo mismo. Hay quien dice que mi movida diagonal, de alfil, a este país fue para estar mas cerca de las fuentes de la Coca-Cola.

Si estuviera a punto de morir y se me garantizara un último deseo, o una última cena, el menú estaría más que claro, para mí, sin dudarlo: arroz blanco con tomate y huevos fritos; desde hace veinte años he añadido las “hash browns”, unas populares patatas fritas americanas. Esa sería mi postrera petición y “con eso y un bizcocho, hasta mañana a las ocho”. Es mi comida confortable, la única que jamás ha hecho daño a mi siniestro estómago; fácil de pedir y hacer en cualquier idioma y muy agradecida.

“No somos nadie, y algunos menos que nadie.” Yo, desde luego no soy nadie sin mi siesta de Don Z., es decir, no menos de veinte minutos, ni más de treinta, sentado o mejor reclinado en el sofá y con el estómago cubierto. Sin ese amago de ella, luego “a la noche” (un salmantinismo) no sería capaz de dedicar, como siempre, unas horas a la lectura. Terminaré acostumbrándome a leer en el ordenador? Tendría que ser a punta de pistola. Y lo de anotar en los márgenes, qué?!

Otro punto es el fútbol y no solo el verlo, también el jugarlo. No sé lo que sería de mi sin poder ver fútbol y su ambiente, aunque solo sea por la televisión. Es la parte más grande de mi relajamiento y descanso semanal. Tampoco quiero pensar que vaya a pasar cuando ya no pueda jugar, como ahora, tres veces a la semana. A pesar de los múltiples dolores del día siguiente, es el ejercicio físico que me mantiene, más o menos, en forma. Moriré con las botas puestas, espero.

No voy a caer en la tentación grandilocuente de dictar, aquí, un epitafio; entre otras cosas porque espero no tener nunca una tumba a mi nombre. Que me quemen como a una falla valenciana, que es la mejor y más rápida manera de ser olvidado; cenizas al viento y a otra cosa, mariposa. Para los amantes de vidas después de la vida, eternidades y esas cosas: con su pan se lo coman. Solo se me ocurre decirles: “Ay! que risa, Tía Marisa”…

Dejaos en paz de chorradas, después de este calor viene el frío y después de la tierra…la nada, el polvo, mientras no me demuestren lo contrario. Lo dicho: No somos nadie… Ah! Y que te recuerden, incluso en vida, no sirve de nada, tampoco. “El muerto al hoyo, y el vivo al bollo”…—Luisma! La cena se te va a quedar fría!—

Luisma, 30 de Setiembre del 2010.