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El misterio del Monasterio


“ Pueden decir que soy un soñador, pero no soy el único”

Cuando no estoy jugando al fútbol, que son tres veces a la semana y ya empieza a ser más de la cuenta, me gusta correr al trote corto y marranero por las colinas de South Side Pittsburgh. Arriba y abajo, para mantener una condición fisica que me haga olvidar de todas las goteras que me acontecen, cada vez más frecuentes: estómago, presión arterial, próstata, musculares, y últimamente hasta la visión me da la taba; como dicen, o decían, en mi pueblo.

El caso es que tengo un recorrido, con algunas variantes, más o menos fijo y que aúna el ejercicio con las vistas pintorescas de la ciudad desde lo alto. No solo son calles en subida, también hay multitud de escaleras para salvar los grandes desniveles cuyos rellanos aprovecho, a veces, para recuperar el resuello, cuando se tercia. El final, o la mitad de este envite, antes de “destrotar” hacia abajo, es en la explanada de un monasterio emplazado allá en lo alto.

El sitio, St.Paul of the Cross, es un monasterio “moderno”; por comparación a nuestros viejos monasterios románicos, que son la idea evocativa de la palabra monasterio para un europeo. Ciento cuarenta años de vejez, relativa, en su iglesia de estilo inglés, basto, de dudoso gusto y, a día de hoy, nulo interés artístico. Un templo con su casa de retiro adosada que data de los años veinte del siglo pasado. Regentado por los Pasionistas, es tope cimero de una de las alargadas colinas que dominan el centro de Pittsburgh. Un paisaje estremecedor en día de tormenta o nevada, imagino.

Se llega hasta sus puertas a través de una complicada madeja de calles estrechas y empinadas. Un barrio nada medieval pues cada casa tiene su propio jardín, abierto, sin vallas, puro estilo americano. Jardines, en muchos casos, inverosímilmente colgados o sostenidos por entramados de madera. El monasterio esta rodeado de tapias de piedra y muros de ladrillo rojo. Al alcance, en uno de los laterales, hay un esbozo de mini-claustro, abierto a extramuros, un poco italianizante, oculto y escondido en un rincón, parece el decorado de una pelicula en la oscuridad, sin los focos. Porque solo voy a ese lugar por la noche, que es cuando corro. Nunca he estado en el sitio a la luz del día.

Una de esas noches, hace ya un par de años, pasadas las doce, estaba descansando de la mitad de mi carrera, en las sombras del claustro, y ví llegar dos vehículos que, rápidamente, se introdujeron tapias adentro del monasterio. Con esa velocidad y decisión producidas por la curiosidad, me encaramé a la tapia. Eran dos SUV negros de lunas teñidas y de uno de ellos salió apresuradamente, para perderse puertas adentro, una figura menuda de mujer, toda de negro y con grandes gafas oscuras. Los dos coches arrancaron y salieron velozmente, perdiéndose en la noche.

Esta misma escena la ví, siempre en horas nocturnas, varias veces en diferentes épocas del año. Picado por la curiosidad, abordé al único personaje que conocía en ese lugar solitario; una suerte de mandadera conventual, mexicana, que a menudo veía haciendo labores de limpieza en las escalinatas de la iglesia. La cosa del idioma facilitó la apertura confidencial. Aunque ella no sabía mucho de la historia y tampoco ninguno de los nombres…Ah! Se refiere a la señora que visita al señor extranjero impedido. El no puede hablar, ni moverse, pero sonrie siempre y escucha música contínuamente…ella es japonesa, sabe usted?

A partir de aquel día, miraba siempre la luz de la habitación encendida, allí arriba, en la que se me antojaba vivía (!?) el personaje en cuestión. Nunca pude saber nada de aquel misterio del monasterio. No he vuelto a ver los coches negros, ni la luz en aquella esquina, ni a la mexicana….Y aún recuerdo, como si fuera hoy, las notas y la canción que sonaban el último día que la ventana estaba abierta y el viento era favorable:

Imagine there’s no heaven, it’s easy if you try
No hell below us, above us only sky…
Imagine there’s no countries, it isn’t hard to do
Nothing to kill or die for, and no religion too…
You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one… …

Luisma, 8 de Diciembre del 2010 ( Treinta años después…)

Requiem por Gettysburg

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Yo hubiera hecho esta foto. Gettysburg, 1863

Heinz Hall es lo menos parecido a un campo que imaginarse pueda, de hecho es una sala de conciertos. La sede de la Sinfónica de Pittsburgh. Esta noche, un sábado a primeros de Diciembre del 2010, la imaginación en Heinz Hall me jugó una pasada. El poder evocador de la música me transportó unos años atrás, primero, y muchos años más atrás, después. Todo ello dentro del espacio y tiempo de un concierto.

Era una misa, una misa cantada. El Requiem de Verdi, con toda su bombástica orquestación, más propia de una ópera que de una celebración religiosa. Verdi, un agnóstico total, componiendo música sacra. O precisamente por ello, igualmente maravillosa. Por supuesto, la Iglesia desaprobó y criticó, en su momento, faltaría más! El público lo acogió entusiásticamente y aún lo sigue haciendo. Y en esas estaba cuando el Requiem, su música, sus extraordinarios silencios y sus pasajes sotto voce me llevaron al recuerdo de un campo, un campo de batalla, aqui, en Pennsylvania. Era Gettysburg, la batalla que decidió la Guerra Civil americana. La música de Verdi tuvo el poder de hacerme rememorar aquella visita inopinada, hace pocos años, propiciada por mi típica atracción por los letreros de carretera.

Ya, al abandonar la autopista empecé a sentir algo especial, atravesando aquellos campos: silencio. Un silencio grande, enorme, ominoso; cargado de ruidos de batalla, disparos de mosquetón y explosiones de artilleria, que sonaban solo en mi cabeza. A mi alrededor, vacio, ni pajaros, ni viento. Estaba sólo; solitario en el sitio donde, hace casi siglo y medio, se libró una de las batallas mas famosas de la historia y, seguramente, la más célebre de este pais.

Los acompasados golpes de timbal del Requiem me traían los números y las cifras de aquellos tres dias. En aquel campo de batalla, más de 90.000 soldados del Norte chocaron con unos 70.000 del Sur. Resultado: aproximádamente, el mismo número de muertos, bajas, heridos, desaparecidos y capturados o prisioneros, por ambos bandos. Total: unos 23.000 por cada lado. Siete mil ochocientos muertos y veintisiete mil heridos. Cincuenta mil bajas entre ambos ejércitos. No era de extrañar aquel tremendo silencio.

Dies irae, dies illa…El dia de la ira, ese dia…el mundo se reducirá a cenizas. Tantos muertos en tres dias! Confutatis maledictis, flammis acribus addictis…Cuando los condenados sean confundidos y arrojados a las cicatrizantes llamas…No puedo ni imaginar esos miles de muertos y lo que debió ser aquel olor. Ese no sería hedor fácil de retirar. In die illa tremenda, requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis…Descanso eterno y luz perpetua. Verdi consiguió sacar a la luz y a la belleza los dos temas: miedo y esperanza. Iguales para norteños o sureños…iguales para creyentes o agnósticos.

He estado en muchos campos de batalla de diferentes guerras, de diferentes siglos o épocas de la humanidad. Siempre ese silencio. En los campos de La Marne, tan cerca de Paris, casi podía escuchar el ruido de los taxis de la ciudad, más de 600, requisados para transportar soldados a la batalla. Ir a la guerra en taxi…Ah! Muy francés! Y, alrededor de medio millón de bajas por cada lado. Mortandad sin cuento, no se sabe exactamente. Y repetir la batalla solo tres años después. Terrible estupidez. Se me hace dificil pensar en una música para describir algo así.

Hace dos décadas, en un viaje a Africa, pude sentir casi la misma impresión que en Gettysburg. Fue en Túnez, en una mañana extrañamente fría. Las llanuras de Zama, en silencio, sin pájaros, sin viento, me llenaron la imaginación de gritos cartagineses y romanos. Esta vez los timbales del Requiem estaban en la batalla, a lomos de elefantes. Y la música era otra, de diferente época, de una batalla más reciente y con otra clase de elefantes y caballería. Los tanques de Patton y Rommel peleaban en el mismo lugar que las huestes de Escipión y Aníbal. Tan solo dos mil años después, y los mismos muertos.

Decidídamente, no aprenderemos nunca. Ciclos, ciclos! Siempre la misma historia y los mismos muertos. Ni una batalla más en Gettysburg, ni en La Marne, ni en Zama! Que el Requiem se eleve siempre en celebración de la vida, de la estética y de un mundo nuevo. Mucho más nuevo que este. Sin miedo y con esperanza. Viva Verdi!

Luisma, 4 de Diciembre del 2010