Yearly Archives: 2011

446 puentes

overhead photo of pittsburgh downtown and bridges

Pittsburgh, “las tres hermanas” y muchos otros puentes.

Los puentes son una especial fijación a lo largo de mi vida, quizás porque vengo de una ciudad, Salamanca, en España, que tiene puente romano. Esas viejas piedras tan denostadas y tan queridas que ya solo soportan tráfico humano y animal. Todo eran animales antes de los automóviles. El puente, o la puente, así en femenino también se le decía, mantiene en pie toda su belleza intemporal. A su alrededor transcurrió mucho de lo que fue mi vida primera, sueños y sucesos que devinieron en mi afición a la aventura; esa realidad que acabó llevándome a otros puentes lejos de él.

Ahora, sesenta años después, vivo en una ciudad de puentes y ellos materializan en gran manera su ritmo y su vida. Tres ríos convergen en su centro. A la hora de pensar en una ciudad así, siempre se piensa en Venecia—bien—Pittsburgh tiene tres puentes más que la italiana, 446 exactamente (!), entre los cuales no se si cuenta uno especial: un puente, recuerdo del veneciano de los Suspiros y que al igual que este une la antigua prisión del condado y el “palacio” de los juzgados. Dos construcciones de “época” siglo XIX, perpetradas por un tal Richardson. En vez de agua pasan por debajo ríos de coches. Una americanada de tamaño natural.

photo of the bridge of sighs, Pittsburgh.El “Suspiros” del centro de Pittsburgh, un sitio singular.

Hoy algo peculiar en el concepto de puente o en el propio hecho de ser punto de unión entre dos territorios; y durante su entidad no pertenecer a uno ni a otro. Ser por si mismo, algo que lo hace atractivo y al mismo tiempo temeroso, misterioso, aunque claro y concreto. Raramente he cruzado un puente sin volver la vista atrás durante el recorrido. Siempre la idea de lo desconocido, unida a la ansiedad de notar lo que ha quedado atrás. Aunque la imaginación siempre está ahí, jugando con nosotros y a veces manipulándonos.

Se pueden imaginar mil asuntos alrededor de un puente y así ha sido en historia, literatura e imagen. Tantas películas girando, protagonizadas por ellos o simplemente siendo presencia física y estética. Puentes a los que había que llegar, o cruzar, admirar, ponderar, construir o derribar. Puentes no de tres si no de mil formas o estilos. Puentes sobre corrientes de agua, lagos, mares, islas, valles, carreteras y…gentes.

Me doy cuenta de que cada puente inscrito en mi imaginación esta unido al recuerdo de alguna persona especial, única, alguien que ha tocado mi vida diferente a los otros. El puente romano de Salamanca, recuerdo de una fotografía contínua, de la persona que me enseñó a ver. El puente de Alma, en el Sena parisino, donde quedó anclada mi juventud. El viaducto de Madrid, puente para mirar de abajo arriba o de atrás adelante; imágenes que ya se vuelven nebulosas…años después de aquellos puentes salté el océano al encuentro de otros.

Han pasado tiempos pero todavía aparecen en mis sueños americanos: el Causeway del lago Pontchartrain, Nueva Orleans, el puente mas largo del mundo, casi cuarenta kilómetros a ras del agua, lo que produce la sensación de ir en coche bajo el nivel del lago. Algo así debió de ser, si fue, la sensación de los judíos al paso del Mar Rojo. En aquel tiempo yo también estuve quizá por debajo de mi nivel. El puente colgante de Wheeling (West Virginia) siempre en la noche, sobre la negrura de las aguas del Ohio. Nunca pensé que iba a seguir el curso de ese rio hasta Pittsburgh.

Tantos años viviendo en esta ciudad no me hacen olvidar otros puentes y los rostros de otras gentes, aquellos neoyorkinos escapando de Manhattan por el puente de Brooklyn, el día que se me fueron las Torres. Siempre será el puente y la puerta de América; el Golden Gate de San Francisco, puente de ciencia ficción, ella no dejo rastro ninguno en mi memoria. Serán antes otros, los tres puentes hermanos (en inglés, las tres hermanas), amarillos puentes de Pittsburgh. El Roberto Clemente (beisbol), el Andy Warhol (pintura), y el Rachel Carson (medio ambiente). Mi puente de Birmingham, South Side, el puente para llegar hasta ella…la vida es cruzar puentes contínuamente y eso aquí es cosa de todos los días. Otra jornada te hablaré de otros pasos y otros cruces.

Luisma, el 12 de Diciembre de 2011

Buero en el baño (parte II y final)

Black and white photo of CLark Gable

William Clark Gable (1901-1960)

Ni Velázquez, ni “Las Meninas”, ni la temperatura del agua. Nada de todo esto me importaba hoy en el baño. La atención se me quedó prendida en la solapa del librito, en la fotografía del autor. Una de esas imágenes típicas de los años 50 del siglo pasado, en blanco y negro, semiposada al estilo periodístico de entonces. Allí estaba el escritor, la mirada inteligente aunque algo triste, como cansado de escribir… y aquel bigotillo a lo Clark Gable, con el pelo engominado y brillante que tantos hombres de aquel tiempo gustaban de cuidar y exhibir. Era la imagen de Buero Vallejo y también la de mi padre. Y dí en pensar.

Con aquel estilo físico se unían dos tipos muy diferentes, la izquierda y la derecha. Buero, la izquierda. Mi padre, la derecha. Hoy sería harto difícil hacer una distinción entre ambos tipos de personaje. Entre otras cosas porque actualmente ya casi no hay gente de izquierdas, y si se me apura, ni de derechas. Solo ultra-derecha y el resto todos juntos, o en filas. Juntos y revueltos en un centro desdibujado e impersonal, que algunos llaman “indignados”. Cual sería el retrato físico del indignado?

photo of a man wearing  a t-shirt showing Che Guevara wearing a Che Guevara t-shirt
Hablando de físicos y ropajes políticos: está por ver el “uniforme” del supuesto centrista actual, la gran masa; y ando mirando y rebuscando en las fotografías y videos de los 15-M, a ver si detecto el estilo de la indignación. Como es cosa sabida que imitamos todo lo de aquí, también hago pesquisiciones en las imágenes de Wall Street, el movimiento Occupy. Tarde o temprano, los que aprovechan estas situaciones para hacer dinero, nos venderán el look de “indignados” que, naturalmente, tendrá el tufillo americano (para variar). Y, por supuesto unas etiquetas Made in China. Algún listo mirará hacia atrás y nos descubrirá algo “nuevo”. A mí solo me produce tristeza, una vez más.

A lo mejor hasta retorna el bigotillo Clark Gable y el pelo rechinando brillos. Y si la imagen de Buero Vallejo, o de mi padre y tantos otros, se vuelve a poner de moda…Pero, calla! Yo he visto esta pinta antes? Quizás esta mañana en el espejo de mi baño con el bigotillo cambiado por mi impenitente barbita de chivo…que todo cambie para que nada se mueva. Siempre un poco más de lo mismo. A ver si va a resultar que soy un “indignado”! Uno más de ese 99 por ciento.

Luisma, 5 de Noviembre del 2011

Buero en el baño (parte I)

photo pf luisma with sculpture of a menina

[Lista para salir al escenario]

Soy un lector inveterado y empedernido. Leo mucho, sobre todo de noche, en vez de dormir, ya habrá tiempo de dormir “después”. Mis ojos, hinchados y atomatados, van diciendo ya que leo demasiado. Hay montoncitos, o pilas, de libros por todas partes; a más del chorro de letras que sale por la pantalla de ordenador, la otra librería. Un rato clásico de mi día es en la bañera. Tengo la manía de leer sumergido en un baño de agua caliente, baño de asiento que se decía, con espuma y una bebida no alcohólica; siempre la ínclita Coca-Cola y, a veces, en los últimos tiempos, ginger ale, mi americanización es solo en pequeños detalles.

En esa media hora, o tres cuartos de hora, leo “a barullo”, lo que encuentro a mano en los estantes, o en los libros regados por los más impensables lugares de la casa. En una ocasión apareció un libro en el frigorífico, como llegaría allí? En ese rato leo de todo: artículos, cuentos cortos, lecciones magistrales, extractos de conferencias, piezas cobradas a bocajarro, en ocasiones algún capítulo especial de alguna novela, actual o pasada. Raramente obras de teatro, las cuales no leo usualmente; pues salvo los más acendrados clásicos españoles y algún Shakespeare, más que nada por tratar de entender el inglés de aquellos tiempos, apenas leo teatro.

Nunca fue santo de mi devoción y nunca he colegido porqué. El teatro me gusta, leerlo no tanto. Hoy, pillé un librito con dos obras de teatro de Antonio Buero Vallejo: “Las Meninas” e “Historia de una Escalera”, juntas pero no revueltas, que se dice en mi pueblo. El gran Buero, quizá el mejor autor teatral del siglo XX español. Mi punto de interés, cuando me hice con el libro, era: “Las Meninas”, una magnífica pieza usando el cuadro como referente. Es mi gran obsesión todo lo relacionado con esa pintura, y por ende con Velázquez.

Dificilmente se puede estar más de acuerdo con algo escrito por otra persona que lo mío con esta obra de Buero. El retrato en ella, fuera como fuera la realidad del pintor me parece digno de que así hubiera sido. Algo que ya nunca podremos saber. Buero entiende, perfectamente, lo que era y es un artista. Eso no cambia mucho con los siglos. No hay mucho más que saber del pintor que lo que el escritor “pinta” en esta obra teatral. Velázquez, el más grande, o uno de los que más; batalla contínuamente con la técnica por más que crea dominarla, y lucha consigo mismo y sus circunstancias.

Buero en el baño, con Velázquez y unas cuantas Meninas…un programa singular para un rato de lectura pasada por agua. Cualquier cosa menos revistas y periódicos; y todavía no se ha inventado el ordenador anfibio, aunque todo pasa y todo llega.

(continuará)

Luisma, 4 de Noviembre del 2011

Otoño

color photo of autumn trees above a calm lake

Otoño en Pennsylvania, mi tiempo favorito del año. Lejos de las llanuras del sur y del oeste que tambien me gustan, aunque de otra forma. Estos bosques de media montaña, que vieron la vida y los avatares de la colonización, son de lo mas bello que se puede encontrar en nuestro mundo. Estos paisajes eran en los que se movían aquellos indios y aquellos cazadores, tramperos y buscavidas que atravesaron el Atlántico en busca de una vida mejor, algunos simplemente en busca de una vida. Eran los protagonistas de aquellas novelas que nos emocionaban de niños.

Hoy, todavía es refugio de especies y lugar de delectación para el moderno aventurero de fin de semana. Ciervos, corzos, zorros, pavos silvestres, urogallos, patos, cercetas…y miríadas de otros bichos y bichitos de todo tipo que tienen cabida en estos parques naturales, excepcionalmente conservados. Algunas veces comparo las modernas cámaras digitales de fotografía con las ostras, por el tamaño y porque las “abres” y de vez en cuando te sale una perla. La de la excursión de ayer es la foto que encabeza este “post“. Beautiful land.

Luisma, 31 de Octubre del 2011 (Halloween)

Nostalgia for the Sea

Here is a translation of prose poem “Añoranza del mar”, by luisma. Translation by Sarah.

Añoranza del mar

Quien necesita estar al lado del mar cuando la brisa que corre a lo largo del valle, mece los arboles que suben adosados a la terraza y los palos de la veranda parencen defensas de cubierta o balconaje a malecon de esta bahia inexistente, con barcos que no son barcos sino arboles con ritmo y balanceo.

Quien necesita un celaje de mar reflejado cuando el bosque continuo y la vegetación exhuberante reflejan en verde la floja nube baja y el alto cumulo-nimbo que se tiñe de los ultimos rojos de la tarde.

Quien necesita las voces y los gritos de los niños que juegan abajo en la playa cuando estos otros niños suenan exactamente igual aunque jueguen en inglés entre maderas viejas y derribos, y la brisa que deshace sus gritos es de la misma tonalidad.

Who needs to be by the sea when the sea breeze runs along the valley, cradling the trees that climb, pressed to the deck and its balusters as to a bulwark, or to a balcony above a breakwater on this nonexistent bay, whose boats are not boats but rhythmic balancing trees.

Who needs a sea-painted sky when the continuous forest and exuberant vegetation reflect green upon the sagging cloud, while the high cumulonimbus are tinged by the last reds of evening.

Who needs the voices and shouts of the children who play down on the beach when these others sound exactly the same; although they play in English among old wood and debris, the sea breeze that dissolves their cries is of the same tonality.

“El campo de los sueños”


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“El Hombre Herido”, Hans von Gersdorff, Feldtbuch der Wundartzney (Estrasburgo,1519)

Ahora que estoy lesionado y con aires de curación, he empezado la rehabilitación de una pierna izquierda desquiciada por los nervios y me voy dando cuenta de lo viejo que se ha hecho uno. No hace tanto que podía jugar al futbol, tres veces a la semana, sin mayores problemas que algún golpe o algún estirón muscular. Hoy día tengo que añadir los esguinces crónicos, los dolores articulares y los de la pérdida de velocidad, que son mentales y por tanto mucho más agudos. A ello se han unido, últimamente, los pinzamientos nerviosos, esos dolores cuasi dentales, que precisan rehabilitación muscular. Jugar al fútbol se ha puesto caro, parece. Una delicia.

Voy a acabar arrastrándome por la hierba, artificial, como un gusano. El fuelle anda bien, dejé de fumar en el 2006, pero mis piernas y yo moriremos con las botas puestas, y doloridas; hasta en la foto de mi último carnet de identidad tengo un rictus de sufrimiento. La rehabilitación progresiva la hago en el mismo césped del campo universitario donde jugamos y a la misma hora que mis compañeros usuales de juego, muchos de ellos fenomenales atletas africanos, y jóvenes. Solo verlos correr produce un envidia cochina. Eso si, se les notan lagunas en conceptos de técnica futbolística, son jugadores “modernos”, exageradamente físicos, duros, e individualistas, hijos del nuevo “circo”. A balón parado, o malabares, no lo hacen mal; con el balón rodando disparan a la grada o a los postes de la luz. No le pasan la pelota ni a su madre…–Juego asociativo?— Ya lo aprenderán con el tiempo y una caña.

Hoy, sin embargo, había alguien inusual en la zona de prácticas, haciendo también rehabilitación, con su inequívoco uniforme de béisbol: pantalón arquetípico, camisa de cuello chino y gorra calada; un lanzador, pitcher, del equipo oficial de la universidad. Aunque ignoraba al resto de los jugadores de soccer, me observaba curiosamente, algo que yo achaqué al aspecto de mi edad y condiciones. Pronto advertí que se acercaba remoloneando y con aire de “pegar la hebra”—que clase de ejercicios estás haciendo con esa pierna que parece un poco fastidiada?—era mi habitual tabla sueca de gimnasia.

Ví que se tocaba el codo del brazo derecho como evocando un viejo dolor, seguramente su brazo de lanzamiento. A partir de ahí se estableció un intercambio de información sobre usos y mecánicas de movimiento muscular comparadas, entre brazo y pierna, béisbol y fútbol. Había sufrido una cirugía de codo un mes antes y estaba empezando la rehabilitación, con más pena que gloria. Nos contamos nuestra vida y milagros deportivos, con las inevitables diferencias entre veinte años y más de sesenta.

No es que yo sea un especialista en béisbol, pero lo conozco bastante bien, con sus miles de reglas solo comparables, en cantidad, a las del mal llamado fútbol americano. He presenciado en el estadio muchos partidos, algunos incluso célebres en la historia del deporte de la pelota cosida, y en varios sitios diferentes de Estados Unidos. En Wrigley Field de Chicago que sería como un San Mamés del béisbol; en el viejo Yankee Stadium sentí las mismas sensaciones que en el Bernabéu; mi primer partido de béisbol fue en el Astrodome de Houston, los Astros contra Los Angeles Dodgers, histórico partido por su duración, el segundo más largo de siempre, 27 “entradas” y más de 8 horas de duración. Solo se me ocurrió preguntar, hacia la sexta cerveza– y todos los partidos de béisbol son tan largos? Risas. Una delicia de intercambio conversacional, deporte es deporte cualquiera que sea la disciplina. Lo que se desprendió de ello fue que ambos amábamos nuestro deporte favorito y parecíamos dispuestos a hacerlo por los siglos de los siglos. Amén.

Los americanos dicen: For the love of the game—Por amor al juego. En realidad es el vicio que nos corroe, el relajamiento del fin de semana y ya, incluso, el de media semana. Cada vez más fútbol y en su caso más béisbol. Juegan más de 160 partidos oficiales, a lo largo de la temporada, sin contar las finales. Los “chicos del verano”, como se les llama a los beisbolistas, empiezan en primavera y terminan su liga en octubre. Nuestro fútbol se ha multiplicado también y algunos piensan que se juegan demasiados partidos, principalmente los propios jugadores que a duras penas pueden evitar lesiones en la forma de contínuas contracturas y frecuentes fracturas por estrés. Sin contar con el otro estrés: el de jugar por “obligación”. Que cosas!

Ni a mi, ni al susodicho pitcher parecía afectarnos lo de la obligación de jugar y por tanto todo era devoción. En su caso a San Babe Ruth y toda una cohorte de peloteros que en el béisbol han sido. Por mi parte, a pesar de los iconos actuales, ningún altar está completo sin nuestro señor Di Stefano, San Puskas y San Gento. Hála Madrid, claro! Quedamos en vernos en cualquier “campo de los sueños”, que no es solo como se le llama al estadio del Manchester United, sino también a cualquier campo de béisbol americano. Todos soñamos. Además, heridos o no, soñar es gratis.

Luisma, 3 de octubre de 2011

Llorar por las Torres Gemelas

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Manhattan, hacia primeros de siglo. Esta foto ha sido “bajada” de un sueño. Sorprende que en sueños soy peor fotografo que despierto

publicado originalmente el dia 12/9/2007

No perdono a los diecinueve que me destruyeron mis Torres Gemelas. Fue un atentado contra mi y me lo tomo personalmente. Eran mi visita obligada cada vez que iba a Nueva York, subir a una de las torres y a veces hasta a las dos. No eran bonitas, como puede ser el Empire State Building, pero tenían algo especial además de la fantástica vista. Desde las torres se veía América, o por lo menos yo la veía. La mejor manera de no ver una torre es estar subido a ella, pero si te hacen dos torres gemelas ahí ya tienes la vista de la vista y la vista de la torre. Mirar una torre desde la otra tenia algo revelador, te descubría el sentido del espacio, de la medida, el valor del vacío y de la proximidad inalcanzable. Era el mejor estudio de perspectiva posible, una auténtico tratado técnico en un solo golpe de vista. Te procuraba una medida interior más que necesaria, el sentido de tu propia pequeñez, que también te produce el vuelo en avión. Pero lo de las Torres Gemelas era una sensación más sólida, a falta del movimiento del vuelo y estando cerca del cristal de las ventanas, una sensación absolutamente vertiginosa, mareante y hasta flipante, te hacían sentir como deben sentirse las hormigas cuando se suben a un humano. Y tenían movimiento, casi imperceptible pero lo tenían, se cimbreaban, en días de mucho viento es como si tuvieran cierta vida.

Y se veía América, en ellas y desde ellas, se le tomaba el pulso al país y a la circulación de Nueva York, a sus humos, a sus alrededores y todo en medio de un silencio ensordecedor. Desde el mirador del ultimo piso, arriba, interior, se “veían” los ruidos que no se oían, solo el rumor del aire acondicionado y ninguna música ambiental. Ambiente cuidadosamente diseñado para no eliminar aquella sensación del propio empequeñecimiento. Algo similar, aunque no tan fuerte, había sentido en la Transco Tower de Houston (mi primera torre) o en la Torre Sears de Chicago (la torre más alta del mundo durante muchos años). El caso del Empire State es bastante diferente, en primer lugar es mucho más antigua, es la torre rascacielos por antonomasia y una fuente de leyendas de todo tipo y en segundo lugar su mirador es exterior y ahí los ruidos, el viento y otras sensaciones participan del influjo que te produce, incluidos unos pensamientos que al parecer son comunes a todo aquel que sube y se asoma a sus barandillas: los pensamientos suicidas.

Ahora, cada vez que voy a Nueva York, ciudad que por otro lado me encanta pero en la que nunca viviría de quieto, echo de menos mis Torres Gemelas que un mal día de septiembre en el primer año del siglo XXI se vinieron abajo dejándome compuesto y sin novias. Cuando me acerco a la gran ciudad en coche siempre tengo la horrible sensación de que le falta algo, de que me falta algo. Nunca pude definirlas muy bien pero para mi eran absolutamente necesarias. Que lástima!
Requiescat In Pace!

Luisma 11 de Setiembre del 2007.

(Foto de Luisma)

Retrato de Pintor (V)

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Andy Wharhol, tramando algo.

La verdad es que estar muerto da una clarividencia especial, se ve todo mucho más claro, nítido. Tantas tonterías que en vida nos parecían tan importantes, han dejado de ocupar plaza en un cerebro que ya no tengo. Yo que era todo cerebro! Ya sé, ya sé, estoy hablando por Andy—como si no lo supiera—ese deporte que, desde hace algunos años, practico con un montón de ellos. Pintores.

Andy lleva ya unos cuantos años muerto y parece que está por encima de todas las filias y fóbias que le marcaron en vida. Un caballero americano, muy americano. Eso si, con la conciencia muy clara de su origen eslavo; su familia Warhola, a los que no perdona aunque pasen los siglos que no siguieran sus instrucciones escritas. Mira lo que me hicieron! Yo que quería una lápida simple, lisa, en blanco. Sin nombre, sin fechas, sin cruces, sin “erreipes”. Nada, la nada, lo que tiene ahora y lo que le queda de todo aquello. Si por lo menos hubieran puesto tan solo: “un invento”.

Aquello era la celebridad, la publicidad sublimada; nadie ha sido capaz de manejarla como él, ni siquiera alguien tan apegado a ello como aquel español del que tanto aprendió: Salvador Dalí, que se multiplicaba y se reinventaba como la hidra de las siete cabezas. Muchas cosas tuvieron en común el uno y el otro. La sexualidad y la ambición de notoriedad y celebridad y la avidez por el dinero. La celebridad no era, por supuesto, los quince minutos vitales de cada cual (según Andy); ambos eran más afectos a una gloria sempiterna y forrada de billete.

Nada importa ahora. Estar muerto aclara muchas cosas. Pensándolo bien, y en clara contradicción, la muerte es el summun de la perfección para un hipocondriaco, como Andy.Todo empezó con aquella escarlatina que le dio en primaria y que le produjo corea; esa enfermedad que los españoles llaman, tan gráficamente, el Baile de San Vito. Un mártir, eso es lo que él siempre fue, un mártir de la modernidad. Nadie entendió nunca el porqué de mear convulsivamente, salpicando sobre lienzos metalizados, buscando oxidación como solución pictórica. Olé!

Media infancia se la pasó en la cama, donde aprendió a dibujar y coleccionar fotos de artistas de cine. Eso y oír interminables horas de radio. Cualquier cosa menos ver hospitales y doctores. Ese miedo le quedó para siempre, y aún ahora que está muerto, no quiere ver un médico o un hospital ni en pintura.

Cuando, por fin, aceptó la imagen de si mismo que el espejo le devolvía, incluidos los múltiples granos, aceptó también ir al colegio. Tuvo que sufrir frecuentes disgustos y hasta discriminación. Se sobrepuso a todo, incluso a ser el último de la clase y a su propia particularidad. Debajo de su fotografía en el libro del año dice: “tan genuino como una huella digital”. Su especial singularidad le seguiría toda su vida colegial. El profesor de su clase de Individuo y Sociedad dejó dicho, profecía fallida: “si alguien me hubiera preguntado quien era el que menos posibilidades tenía de triunfar, yo hubiera dicho que Andy Warhola”

Lo que siguió después es la parte mas conocida de su vida…diseño artístico en el Carnegie, Gropius, Moholy-Nagy, el ballet, la danza, el dibujo a borrones, publicidad incipiente, Nueva York, bohemia, licenciatura en Bellas Artes, Glamour = Warhol(a), escaparates, libros, el vicio de los dulces, novios/amantes, viajes por el mundo, Elvis, Garland, Gabor, Life, escenografías de operas, las sopas Campbell, serigrafías de Marilyn y de todo el mundo, mil retratos de celebridades, Mao, Polaroid, Hollywood, The Factory, nubes plateadas…Valerie Solanas le dispara, son los sesenta; todavía seguirá en lo alto de la celebridad hasta su muerte, veinte años después.

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Tumba de A.W. en Bethel Park, Pittsburgh

Lo dicho: si hubieran puesto en su lápida, al menos eso, un invento, una quimera, una alucinación, una fantasía…cualquier cosa en vez de su nombre; incluso: un fantasma, ahora que no le queda mas remedio que serlo. Solo se regodea con el detalle de esos visitantes de su tumba, en Bethel Park, a pocos minutos de mi casa. Esos peregrinos de la fama, que dejan latas vacias, claro, de sopas Campbell; y ese otro tipo, al que nunca ha visto, que invariablemente deja algunas monedas cada vez, que detallazo! Así da gusto estar muerto!

Luisma, 20 de Julio de 2011

“La leche que me dieron”

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San Vicente de la Barquera, Santander. Junio del 2011

Ir a Cantábria, después de cincuenta años de no pisarla, es un punto alucinante. Miento, pisarla la pisé, o mejor dicho: la rodé. Hace diez años fui de Oviedo a Bilbao, y no precisamente por toda la orilla, usando la entonces incipiente Autovía del Cantábrico; con lo cual fui rápido, cómodo y cegato, pues “era de noche y sin embargo llovía”. Excuso decir que no me enteré de nada, ni del país, ni del paisaje, ni del paisanaje, y la cornisa cantábrica se me quedó a oscuras y en agua de borrajas. Esta vez fue diferente: nueve días de soles, de montaña y playas; en azules, verdes, arenas ocres, oros y platas…sin olvidar el blanco, el blanco de la leche. Pero, esa es otra historia.

Cantabria es colorida de cien mil tonos y esto hace que cada día sea diferente al anterior, y a cual mejor. El objetivo primero era San Vicente de la Barquera, pueblo precioso, aunque todos allí lo son. Este tiene algo que otros no tienen: un fantástico telón de fondo de una gran profundidad de campo, en la que los verdes gradualmente se funden con los azules de los Picos de Europa. Desde la subida hacia Oyambre, la sucesión playa-pueblo-verde-montaña-cielo pierde la categoría de postalita para ganar la de visión que se queda en los ojos, para los restos. La Gerruca se llama el punto a situarse para tener esa visión incomparable.

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“Veo esos crepúsculos en sueños sabiendo que son un sueño…”

Dos playas, por aquellos andurriales son de lo mejor que he visto, no solo allí sino en cualquier otra parte del mundo. Veo esos crepúsculos en sueños sabiendo que son un sueño. Siguiendo la costa hacia la capital tropezamos con sitios como La Rabia; paisaje sorprendente y extrañamente bello, como singular es su nombre y donde se han rodado multitud de películas. Son las afueras de Comillas, lugar de veraneo a la antigua, por no decirlo de otra manera, y donde se me dio presenciar una imagen del pasado, de incluso dos siglos atrás: una “doncella” en la playa, de uniforme, cofia y delantal incluidos, cuidando a dos niños de los de gorrito marinero y sandalias de cuero teñidas de blanco. Alucinante, en el 2011, siglo XXI…

Pero, dejemos playas y pueblitos marineros para otro escrito y volvamos a San Vicente y su proximidad a las montañas. Montaña, que en Santander significa verde pasto, y por tanto, vacas y su producto natural: la leche. Estábamos en el paraíso de los productos lácteos, es decir, para mi, en el paraíso. Batidos, cuajadas, quesos, helados, nata, arroz con leche, leche frita, flanes, tocinillos de cielo; lo dicho: el paraíso. Un sitio donde la leche, una leche estupenda, se vende en la propia calle, no por las clásicas mozas del cántaro sino por unas maquinas expendedoras electrónicas. Cosas del siglo.

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“Ahora, la mejor leche, más cerca de ti.”

En busca de un litro, necesario para la confección por S. de un arroz con leche casero, afronté la máquina con la misma actitud con la que antiguamente echaba monedas en las de cigarrillos o, modernamente, en las de aparcamientos. La leche que me dieron! Mejor dicho: la que no me dieron…La maquinita se tragó mis monedas, dejándome en blanco y sin leche. Muy americanizado yo, busqué el teléfono de atención al cliente en una esquina del aparato y llamé. Nada, el mensaje. Deje un exabrupto, por el recuso del pataleo, y me olvidé del asunto. Al menos, eso creí.

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Vacas libres, felices y curiosas.

Una hora más tarde, mi móvil repiqueteó, con voz cantante: soy Eloy, el de la leche! Un rato después, y tras varias explicaciones, me ví invitado a buscar “mi” leche directamente en la granja y visitar la supermoderna explotación ganadera que suplía la máquina del paseo del puerto. Decidimos que quizá la cosa valiera la pena y los dieciséis kilómetros de excursión por la montana en busca de Lely Astronaut, el robot de ordeño por laser de la Leche Cudaña, “Entre nosotros, solo auténtica leche”. Todo esto nos llevó a un delicioso paseo vespertino hasta Labarces, a veces interrumpido o ralentizado por la presencia, anunciada por letreros, de ganado en libertad. La verdad, si parecían libres aquellas vacas.

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Los Lely Astronaut en acción.

Mucho menos libres estaban las vacas estabulizadas y ordeñadas contínuamente por los dos robots holandeses (como no!), de los cuales lo único que recuerdo obsesivamente es la despiadada eficacia con que perseguían y atrapaban los pezones de las vacas, usando unas puntuales trazadoras de luz roja laser. Se me quedaron grabadas en la imaginación. Todo muy electrónico y muy aséptico y sorprendente. ”Arte diabólica es…” La sorpresa del ignorante. Uno tiene la idea preconcebida del laser para otros menesteres, y un gran desconocimiento de las modernas labores pecuarias. Al fin y a la postre, con la leche que me dieron, pasteurizada, tuve un suculento arroz con leche cantábrico. Un clásico.

Luisma, 14 de Julio del 2011

Fotos de S.

“Mis niñas”

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“…volar con su pomo de esencias, rolando el vertiginoso círculo rojo de la composición.”

El ir a ver a “mis niñas” es una de las razones de todos y cada uno de mis viajes a España. Y no me refiero a mi niña natural y fundamental, la Ene, que ella es razón primera. Son esas otras niñas que viven, desde hace años, en el Paseo de la Castellana. Habitan en un segundo piso de una casona grande, cada vez más grande, un verdadero museo; en gran compañía y sin pagar alquiler. Muy al contrario, todo el mundo paga por verlas a ellas. Allí viven, hechas unas princesonas, entre la admiración de tirios y troyanos, entre miradas de miríadas de asiáticos y otros circunstantes de las más variadas etnias y nacionalidades.

Mis niñas son un espectáculo por si mismas. No son una atracción circense; aunque de circo es, las más de las veces, la barahúnda que se monta a su alrededor en la sala donde ellas residen eternamente. Hoy, sin ir más lejos, les rendían pleitesía varias docenas de japoneses, un piquete de alemanes, un grupito de africanos francófonos, una familia de hindúes, dos altísimos hermanos gemelos nórdicos y un puñado de españoles desperdigados. Además de S. y yo, que soy casi un familiar de ellas; todos con la pretensión de acercarnos lo mas posible, como si fuéramos a decirles algo.

Decir, lo que se dice decir…son ellas las que nos hablan y nos trasmiten, además de su propia belleza, un montón de sensaciones y sugerencias. Nos hablan de la historia de su momento, de tantas cosas que pasaron en su tiempo, aunque este también lo sea, al menos para sus veras efigies. Nos hablan de la calidad del hombre, casi divino, que las conformó…o debería decir creó; y que pervive con ellas, para todos los siglos, y para ludibrio de todas mis visitas. Me regalan y me renuevan, con sus cantos de sirenas estéticos, la pasión por la pintura, la gran pintura, la eterna; que no tiene principio ni fin y pertenece a todas las épocas y todos los estilos que en el mundo hayan sido y serán.

El verdadero propósito de mis continuas visitas; año tras año antes, de cuatro en cuatro cuando no se puede más; es vigilar su crecimiento . Cada vez están más “altas”, en la apreciación del mundo, y cada vez más bellas. Envejecen de tal suerte que no se les nota nada el paso de los siglos. Deberían ser ya unas ancianitas y, sin embargo, están como el primer día. El día que Diego, su progenitor, decidió no emperifollarlas más y las mostró al mundo, para que tuvieran vida y, fundamentalmente, luz propia.

Son “mis niñas”…María Sarmiento, solícita y dispuesta a todo, emprendedora y morena de verde luna, si las hubiere. Margarita, bruja rubita, elegante y flotante, dispuesta a volar con su pomo de esencias, rolando el vertiginoso círculo rojo de la composición. Isabel de Velasco, dura y recta como una flecha, guapa. Bárbola, radiante en su fealdad y bella para siempre. Hasta Nicolasito Pertusato, esa miniatura, cuenta como una de ellas. Quien sabe si, a lo mejor, lo fuese. Cosas más raras se han visto! Mujeres barbadas, donceles femeninos, fenómenos de toda suerte.

Esto es lo que hay, y es mucho. El verdadero prodigio es, aquí, todo el cuadro. Mis niñas, mis “Meninas”. Para definir el aire y la luz hay que hablar de ellas. Para definir el arte de pintar hay que estar frente a ellas. Para el arte de vivir, hoy, una vez más, estuve allí.

Luisma, 6 de Julio del 2011