Retrato de Pintor (II)

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D.R. de S. y V. (Autorretrato)

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla….” Debería escribir esto que piensa ahora, aquí, en la soledad de sus aposentos, en una Roma lluviosa. A alguien podrían servirle estas cosas suyas, recuerdos, más adelante. Ha sido instado varias veces, incluso por Su Majestad, a escribir sus memorias. Hoy en día, con menos méritos, la gente lo hace en esta Corte de tantas ínfulas, por supuesto, usando servicios de escribidor. Aunque de él no se espera eso, de él se espera la virtud de sus pinceles.

Pinturas. Desde hace ya mucho tiempo, le llueven las peticiones de retratos y cada vez tiene menos tiempo para dedicarse a ello. Se le hace difícil contentar a todo el mundo. Su salud se resiente. Está mirando sus manos, antes tan firmes y siempre seguras; últimamente le tiemblan, a veces ostensiblemente, y tiene que sujetarlas para que no se haga aparente. El cargo que se le viene encima, aposentador real, le va a comer todas sus horas y más que tuviera. Escribir sus recuerdos, le gustaría, aunque lo que más escriba sean memorándums, informes, montones de papeles; tanto papeleo, que ni siquiera con la ayuda de Juan Pareja, su criado, lo tiene al punto. Maldice la ambición que le introdujo en estos derroteros. Mil veces se repite cada día: Diego, tú a tus pinceles!

Este tiempo que está pasando en Italia, en este segundo viaje, tan deseado, le sirve al menos para pintar más, olvidarse de la Corte y hacer lo que le apetece. Como estaba perdiendo la mano, casi un año sin pintar, no hay excusas, decide hacer un retrato a Pareja. Por cierto, algo tiene que hacer con este hombre, este esclavo que tan bien le ha servido y que ya merece la libertad. Aunque le da miedo que lo abandone para proseguir su carrera de pintor. Que lo es, y no malo! Pinta a hurtadillas; aquel chico que empezó mezclando sus colores, preparando sus pinturas, se ha convertido en un pintor hecho y derecho.

El retrato que hace de Juan ha sido muy bien ponderado en el Vaticano y algunos príncipes de la Iglesia quieren posar para él. Una cosa es saber que es el pintor del Rey de España y otra es ver y admirar este magnifico retrato. A Inocencio X, el Papa, le ha entrado la curiosidad por el artista español y aunque ha oído mucho y bueno de él, no está convencido de ponerse en sus manos. Pintar al Papa es un reto y Diego, que ha escuchado de sus reticencias, decide asaltar ese castillo usando el mejor ariete…pintar a alguien de su entorno familiar. Pareja le ha conseguido un buen modelo: Augurio, ese es el apellido del barbero de Su Santidad. Un hombre bonachón, que tiene todo el tiempo del mundo…y además, se llama Miguel Ángel! Que buen augurio!

Este retrato acaba por ser uno de los que más le han satisfecho y tiene la virtud de inclinar al Papa en su favor. Giambattista Pamphili, Inocencio X, es un hombre mayor, 75 años, irresoluto y desconfiado. Decide retratarse sentado, revestido del rojo papal. Desprovisto de afectación y sin hieratismo. Diego dispone un fondo del mismo tono, algo novedoso en retratos. Carne mortal, rojo y oro. Tremendo efecto. Desde hace ya varios años ha estado pintando de manera abreviada, veladuras, menos materia y más efectos. Tiempo que gana para pensar, imaginar una nueva manera de pintar, ideas que le bullen para el futuro. Siempre algo más.

El Papa es un príncipe poco común. En los pocos ratos que le concede para el posado, se establece una comunicación estrecha con el pintor. Todo lo estrecha que puede ser con un Papa, acostumbrado a abrirse solo con su familia y allegados. Le inquiere sobre Sevilla, sus calles, sus olores. Conoce la ciudad desde sus tiempos como Nuncio Apostólico en Madrid. Este flujo de sensaciones ayudara a perfilar su conocimiento de este hombre elevado en su categoría terrenal; todo para descubrir y fijar sus rasgos más humanos. El retrato será inmenso e intenso, y Diego recibirá cumplimientos de todo tipo. El cumplido mayor viene del propio retratado: “Troppo vero”, dice el Papa estupefacto; pero decide colgarlo en su salón de espera. Gran homenaje.

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Inocencio X. Que personaje!

Está en la cúspide de su arte. Los grandes de la Italia de su tiempo quieren presenciar el ballet de sus pinceles finos y largos, que tanto han llamado la atención. Apenas usa brochas, solo esos pinceles que en sus manos parecen espadas que fueran a batir los lienzos sin atravesarlos. Todo un espectáculo verle pintar. El Papa queda muy impresionado. Inocencio X, hombre alto, delgado, feo, colérico y con muy mala “forma”, queda plasmado por el genio de Velázquez para los restos.

La comisión de su viaje toca fondo, ha comprado Tizianos, Veronés y Tintorettos magníficos, para las colecciones del Rey, y más de 300 esculturas de todo tipo. El viaje llega a su fin. Toda esta escultura es algo nuevo para la Corte española. Caballos para sus retratos ecuestres, modelos para dibujar. Los desnudos van a sorprender a una Corte reticente, puntillosa y reaccionaria. Veremos lo que dura toda esta apertura. Aún colea el asunto de la Venus del Espejo, guardada en su estudio, solo para la mirada de unos cuantos elegidos. Diego esta cansado y hasta él mismo sospecha que enfermo, pero aún arde en su interior el fuego de la gran pintura. Todavía hay mucho que pintar, pintar, pintar.

Luisma, 15 de Enero del 2011