Custer y la Farmacia

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“Custer’s Last Stand” en soldaditos de plomo. Magnífico. Me gustaría tener esta pieza para mi colección de americanadas.

Uno va con el siglo, su siglo, y si este va a caballo de dos…pues también vale. Nací a mitad del siglo pasado y por aquí estoy tratando de durar lo más posible en esta centuria—Veremos, dijo un ciego. Unos duran más que otros, pero al final y a la postre, todos caemos. Mi padre solía decir chistosamente: se están muriendo todos, todos los que no se habían muerto antes. Sin embargo, hoy no se ha muerto nadie, al menos que yo conozca; hoy, ha fallecido “mi” farmacia. De muerte natural (¿!)Cerrado por derribo, cerrado para siempre. R.I.P.

En los últimos días y ante la inminencia del deceso, había estado un par de veces charlando con el dueño que, haciendo memoria, me contaba el anecdotario de la que ha sido mi farmacia en los últimos once años. Dueño que empezó como “chico de los paquetes”, ayudante, mancebo y, finalmente, propietario. Después de toda una vida en ella que, sorprendentemente, coincidía con la mía. La farmacia abrió en 1945 y cierra en 2011, sesenta y seis años después, más o menos por las fechas de mi jubiloso jubileo.

Chuck, el farmacéutico de marras, es lo que llamaríamos una bellísima persona. Habla un poquito de español, aprendido de su padre que fue Brigadista Internacional en la guerra civil española. Siempre saludándome con gran corrección, mentándome a Franco a la menor, y hablándome, con su media lengua en español, para sorpresa y encanto de los clientes presentes. Es una relación original, jamás le he visto fuera de las cuatro paredes de la farmacia y por tanto su “otra” vida es un misterio, como lo son tantas vidas que discurren alrededor de uno. Aún así, el tipo me parece buena gente y alguien de una integridad pristina.

Signo de los tiempos, mi farmacia, como tantos otros pequeños negocios personales están sucumbiendo al ataque feroz y voraz de las grandes superficies. Chuck se ha resistido, con denuedo, como gato panza arriba, reduciendo plantilla, bajando los precios hasta la extenuación y peleando hasta el último tiro. Rodeado de “indios” por todas partes y aferrado a “su” bandera, según sus propias palabras: como el general Custer en la batalla de Little Bighorn. Muy americano. Muy de película. Muy triste.

La imagen de Custer, George Armstrong Custer, el derrotado mas glorioso de la historia de este país. Glorificado, claro, por el cine en multitud de películas y referencias. Siempre me llamó la atención este hombre. Un aprovechado de la guerra civil. Fue el último de su promoción en la academia de West Point y resultó ser un buen oficial durante la guerra. Tuvo buenos amigos y compañeros y fue ascendido a Mayor General y al terminar la contienda, como tantos otros, fue reducido a la categoría de capitán. Peleando en la Indian War, que así llaman los americanos a la exterminación de los indios aborígenes. En esta situación encontró su final en la ya célebre batalla de Little Bighorn.

La imagen famosa de Custer, enarbolando la bandera del mítico 7º de Caballería, al pie del cadáver de su caballo y rodeado de indios amenazantes y de los cuerpos de sus asistentes, también muertos, probablemente no se corresponde con la realidad de los acontecimientos. Ciertamente, la chaqueta de ante con los flecos, la perilla y el pelo largo y rizado, y la corbanda roja, parece que fueron así. Cuando fue reconocido por los oficiales que llegaron el día siguiente, tenía un tiro a la altura del corazón y otro en el parietal, ambos disparos de rifles de largo alcance, y no a quemarropa. Tampoco había sido mutilado, ni le habían arrancado la caballera, y se conoce la explicación de ello. Custer que estaba casado, había tomado una india como esposa, también, y al ser reconocido por otras mujeres indias, estas no permitieron su desecración o mutilación. Eso sí, le colgaron unos pendientes para que “oyera” mejor en la otra vida. Custer desestimó, varias veces los “consejos” de los indios.

Por supuesto, todos estos detalles y mil más de la historia, que no leyenda, de este soldado mediático no estaban en la cabeza del dueño de la farmacia cuando lo invocó. La legendaria situación de uno contra todos era lo que lo llevó a la fama, y al farmacéutico a “morir con las botas puestas”. Cierto es que Chuck vendió cara su “piel” al final. A diferencia de Custer, se lleva una bolsa bien repleta camino de su jubilación. La venta de su lista de clientes a una gran cadena de farmacias se firmó el mismo día del cierre. Son otros tiempos.

Luisma, 17 de Mayo del 2011