Monthly Archives: July 2011

“La leche que me dieron”

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San Vicente de la Barquera, Santander. Junio del 2011

Ir a Cantábria, después de cincuenta años de no pisarla, es un punto alucinante. Miento, pisarla la pisé, o mejor dicho: la rodé. Hace diez años fui de Oviedo a Bilbao, y no precisamente por toda la orilla, usando la entonces incipiente Autovía del Cantábrico; con lo cual fui rápido, cómodo y cegato, pues “era de noche y sin embargo llovía”. Excuso decir que no me enteré de nada, ni del país, ni del paisaje, ni del paisanaje, y la cornisa cantábrica se me quedó a oscuras y en agua de borrajas. Esta vez fue diferente: nueve días de soles, de montaña y playas; en azules, verdes, arenas ocres, oros y platas…sin olvidar el blanco, el blanco de la leche. Pero, esa es otra historia.

Cantabria es colorida de cien mil tonos y esto hace que cada día sea diferente al anterior, y a cual mejor. El objetivo primero era San Vicente de la Barquera, pueblo precioso, aunque todos allí lo son. Este tiene algo que otros no tienen: un fantástico telón de fondo de una gran profundidad de campo, en la que los verdes gradualmente se funden con los azules de los Picos de Europa. Desde la subida hacia Oyambre, la sucesión playa-pueblo-verde-montaña-cielo pierde la categoría de postalita para ganar la de visión que se queda en los ojos, para los restos. La Gerruca se llama el punto a situarse para tener esa visión incomparable.

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“Veo esos crepúsculos en sueños sabiendo que son un sueño…”

Dos playas, por aquellos andurriales son de lo mejor que he visto, no solo allí sino en cualquier otra parte del mundo. Veo esos crepúsculos en sueños sabiendo que son un sueño. Siguiendo la costa hacia la capital tropezamos con sitios como La Rabia; paisaje sorprendente y extrañamente bello, como singular es su nombre y donde se han rodado multitud de películas. Son las afueras de Comillas, lugar de veraneo a la antigua, por no decirlo de otra manera, y donde se me dio presenciar una imagen del pasado, de incluso dos siglos atrás: una “doncella” en la playa, de uniforme, cofia y delantal incluidos, cuidando a dos niños de los de gorrito marinero y sandalias de cuero teñidas de blanco. Alucinante, en el 2011, siglo XXI…

Pero, dejemos playas y pueblitos marineros para otro escrito y volvamos a San Vicente y su proximidad a las montañas. Montaña, que en Santander significa verde pasto, y por tanto, vacas y su producto natural: la leche. Estábamos en el paraíso de los productos lácteos, es decir, para mi, en el paraíso. Batidos, cuajadas, quesos, helados, nata, arroz con leche, leche frita, flanes, tocinillos de cielo; lo dicho: el paraíso. Un sitio donde la leche, una leche estupenda, se vende en la propia calle, no por las clásicas mozas del cántaro sino por unas maquinas expendedoras electrónicas. Cosas del siglo.

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“Ahora, la mejor leche, más cerca de ti.”

En busca de un litro, necesario para la confección por S. de un arroz con leche casero, afronté la máquina con la misma actitud con la que antiguamente echaba monedas en las de cigarrillos o, modernamente, en las de aparcamientos. La leche que me dieron! Mejor dicho: la que no me dieron…La maquinita se tragó mis monedas, dejándome en blanco y sin leche. Muy americanizado yo, busqué el teléfono de atención al cliente en una esquina del aparato y llamé. Nada, el mensaje. Deje un exabrupto, por el recuso del pataleo, y me olvidé del asunto. Al menos, eso creí.

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Vacas libres, felices y curiosas.

Una hora más tarde, mi móvil repiqueteó, con voz cantante: soy Eloy, el de la leche! Un rato después, y tras varias explicaciones, me ví invitado a buscar “mi” leche directamente en la granja y visitar la supermoderna explotación ganadera que suplía la máquina del paseo del puerto. Decidimos que quizá la cosa valiera la pena y los dieciséis kilómetros de excursión por la montana en busca de Lely Astronaut, el robot de ordeño por laser de la Leche Cudaña, “Entre nosotros, solo auténtica leche”. Todo esto nos llevó a un delicioso paseo vespertino hasta Labarces, a veces interrumpido o ralentizado por la presencia, anunciada por letreros, de ganado en libertad. La verdad, si parecían libres aquellas vacas.

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Los Lely Astronaut en acción.

Mucho menos libres estaban las vacas estabulizadas y ordeñadas contínuamente por los dos robots holandeses (como no!), de los cuales lo único que recuerdo obsesivamente es la despiadada eficacia con que perseguían y atrapaban los pezones de las vacas, usando unas puntuales trazadoras de luz roja laser. Se me quedaron grabadas en la imaginación. Todo muy electrónico y muy aséptico y sorprendente. ”Arte diabólica es…” La sorpresa del ignorante. Uno tiene la idea preconcebida del laser para otros menesteres, y un gran desconocimiento de las modernas labores pecuarias. Al fin y a la postre, con la leche que me dieron, pasteurizada, tuve un suculento arroz con leche cantábrico. Un clásico.

Luisma, 14 de Julio del 2011

Fotos de S.

“Mis niñas”

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“…volar con su pomo de esencias, rolando el vertiginoso círculo rojo de la composición.”

El ir a ver a “mis niñas” es una de las razones de todos y cada uno de mis viajes a España. Y no me refiero a mi niña natural y fundamental, la Ene, que ella es razón primera. Son esas otras niñas que viven, desde hace años, en el Paseo de la Castellana. Habitan en un segundo piso de una casona grande, cada vez más grande, un verdadero museo; en gran compañía y sin pagar alquiler. Muy al contrario, todo el mundo paga por verlas a ellas. Allí viven, hechas unas princesonas, entre la admiración de tirios y troyanos, entre miradas de miríadas de asiáticos y otros circunstantes de las más variadas etnias y nacionalidades.

Mis niñas son un espectáculo por si mismas. No son una atracción circense; aunque de circo es, las más de las veces, la barahúnda que se monta a su alrededor en la sala donde ellas residen eternamente. Hoy, sin ir más lejos, les rendían pleitesía varias docenas de japoneses, un piquete de alemanes, un grupito de africanos francófonos, una familia de hindúes, dos altísimos hermanos gemelos nórdicos y un puñado de españoles desperdigados. Además de S. y yo, que soy casi un familiar de ellas; todos con la pretensión de acercarnos lo mas posible, como si fuéramos a decirles algo.

Decir, lo que se dice decir…son ellas las que nos hablan y nos trasmiten, además de su propia belleza, un montón de sensaciones y sugerencias. Nos hablan de la historia de su momento, de tantas cosas que pasaron en su tiempo, aunque este también lo sea, al menos para sus veras efigies. Nos hablan de la calidad del hombre, casi divino, que las conformó…o debería decir creó; y que pervive con ellas, para todos los siglos, y para ludibrio de todas mis visitas. Me regalan y me renuevan, con sus cantos de sirenas estéticos, la pasión por la pintura, la gran pintura, la eterna; que no tiene principio ni fin y pertenece a todas las épocas y todos los estilos que en el mundo hayan sido y serán.

El verdadero propósito de mis continuas visitas; año tras año antes, de cuatro en cuatro cuando no se puede más; es vigilar su crecimiento . Cada vez están más “altas”, en la apreciación del mundo, y cada vez más bellas. Envejecen de tal suerte que no se les nota nada el paso de los siglos. Deberían ser ya unas ancianitas y, sin embargo, están como el primer día. El día que Diego, su progenitor, decidió no emperifollarlas más y las mostró al mundo, para que tuvieran vida y, fundamentalmente, luz propia.

Son “mis niñas”…María Sarmiento, solícita y dispuesta a todo, emprendedora y morena de verde luna, si las hubiere. Margarita, bruja rubita, elegante y flotante, dispuesta a volar con su pomo de esencias, rolando el vertiginoso círculo rojo de la composición. Isabel de Velasco, dura y recta como una flecha, guapa. Bárbola, radiante en su fealdad y bella para siempre. Hasta Nicolasito Pertusato, esa miniatura, cuenta como una de ellas. Quien sabe si, a lo mejor, lo fuese. Cosas más raras se han visto! Mujeres barbadas, donceles femeninos, fenómenos de toda suerte.

Esto es lo que hay, y es mucho. El verdadero prodigio es, aquí, todo el cuadro. Mis niñas, mis “Meninas”. Para definir el aire y la luz hay que hablar de ellas. Para definir el arte de pintar hay que estar frente a ellas. Para el arte de vivir, hoy, una vez más, estuve allí.

Luisma, 6 de Julio del 2011

“Como alma que lleva el diablo”

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Espárragos, gazpacho y chuletillas de cordero lechal. Amén, y final con leche frita. Pan de libreta, y todo ello regado con Coca Cola “light”, cosecha del 2011 . Ya sé que no soy original, que le vamos hacer, me gustan los chistes manidos. Esa fue nuestra comida en este sábado turístico por la sierra madrileño-segoviana. Tenía que hacerlo con S., después de no haberlo hecho hacía más de 30 años. Todo empezó por la mañana, desde Riaza, camino de las Hoces del Duratón, increíble sitio del cual me acordaba solo por una visita con mi padre, casi cincuenta años atrás.

El rio Duratón excava durante siglos y siglos unas formidables paredes rocosas de más de 70 m. de altura, sobre tierras rojizas y una vegetación antigua y copiosa. Los meandros del rio se han concretado en un embalse de varias hoces, por su forma, con una particularidad chocante, inesperada, y que no recordaba: un fantástico color de sus aguas, aparentemente profundas y hasta espesas, un delicioso color verde malaquita. No sé porque pensé en un cuento de las Mil y Una Noches.

Salimos de allí, como alma que lleva el diablo, a pesar de las bellezas del lugar, de su ermita de San Nosequé, con su pequeño cementerio, conté solo diez tumbas, colgado al borde del risco que debe producir un vértigo eterno al los que ahí, difícilmente, descansan. Contribuye al espanto, y las ganas de salir de allá, la “carretera” (camino forestal indica el cartel; bache y pedregal debería rezar) con que nos obsequian los carneros de la Diputación de Segovia, o de la Dirección General de Parques Naturales, o quien quiera que sea la autoridad competente de la manutención de esos kilómetros polvorientos e infernales. Como una exhalación corrímos hacia mejores caminos; yendo a comer a la pina Sepúlveda, a Casa Paulino, el menú que ya queda reseñado al principio.

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Saliendo de comer bien, enfilamos la estepa castellana en dirección a Pedraza, pueblo del que también guardaba recuerdos antañones. De tan justa suerte que, en tarde canicular y sofocante, la carretera apuntaba directamente hacia una oscura y amenazante tormenta, cuyas cascadas de agua veíamos caer en lontananza, y que parecía colgada encima de la villa que nos proponíamos visitar. Al llegar a ella, la tormenta huía sierra adelante dejándonos el campo libre y suelo mojado y fresco; cosa muy agradecer a la naturaleza. Hasta allí llegó nuestra suerte, el resto fue una pesadilla, digna de cualquier relato de los Episodios Nacionales, o poco más o menos.

Yo, que le había prometido a S., una visita de cuento de hadas medieval, en un ambiente del Siglo de Oro español. Un paseo reconfortante y pleno de silencio y evocación de tiempos pasados, iba a llevarme un chasco, muy propio de la España actual. Desembocando al pie de la cuesta de entrada al pueblo nos recibió un destacamento de la Guardia Civil de Tráfico, no menos de cincuenta conté mas tarde, con sus casacas verdes y sus petos fosforescentes, nada medievales. Apacentados por este grupo, cientos de coches pastaban (léase: aparcaban) en las colinas circundantes. Los ocupantes de estos coches, legión ruidosa, con niños mucho mas ruidosos, trepaban ya al “asalto” de la plaza de Pedraza. Se me agrió hasta la última coca-cola que acababa de beber.

La visita, inevitablemente, resultó más corta de lo esperado. Se trataba del día del Concierto de las Velas, así llamado, una de las atracciones turísticas del pueblo. Un concierto de música clásica a la luz de miles de velas, en las ventanas y hasta en el suelo de las calles. El programa era de divulgación para principiantes: El Lago de los Cisnes, Una Noche en Monte Pelado, etc. Coronado por, —como no!— la Obertura 1812, con su final de cañonazos, servidos por una batería de cañones modernos de campaña, convenientemente situados en el mirador barbacaneado, y por sus artilleros en uniforme de camuflaje y boinas verdes. Todo muy medieval (¡?) Para rematar el encanto y salir del espanto, nos sobrevoló un ruidoso helicóptero de la Guardia Civil, ahuyentando a las pobres cigüeñas de los campanarios, que volaron despavoridas.
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Los pinchos medievales de las puertas nos apuntaban, listos a desprenderse y atravesarnos, como en una película de horror. Ni música, ni historias. Ese fue el momento en que S. y yo, nos miramos y sin decir una palabra, echamos a correr como alma que lleva el diablo—dos veces en el mismo día—calles y carretera abajo, y no paramos hasta llegar al coche. “Atropellando” solícitos guardias civiles, nos desembarazamos de la pesadilla de Pedraza, encantadora villa, que quedará para otra ocasión. O quizás para nunca. No sé que pasará en ese lugar en otras ocasiones, pero el letrero más repetido en el pueblo, hasta esculpido en varias de aquellas viejas piedras, era: Se Ruega Silencio. Me ha dado que pensar.

Luisma, 2 de Julio del 2011