“Como alma que lleva el diablo”

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Espárragos, gazpacho y chuletillas de cordero lechal. Amén, y final con leche frita. Pan de libreta, y todo ello regado con Coca Cola “light”, cosecha del 2011 . Ya sé que no soy original, que le vamos hacer, me gustan los chistes manidos. Esa fue nuestra comida en este sábado turístico por la sierra madrileño-segoviana. Tenía que hacerlo con S., después de no haberlo hecho hacía más de 30 años. Todo empezó por la mañana, desde Riaza, camino de las Hoces del Duratón, increíble sitio del cual me acordaba solo por una visita con mi padre, casi cincuenta años atrás.

El rio Duratón excava durante siglos y siglos unas formidables paredes rocosas de más de 70 m. de altura, sobre tierras rojizas y una vegetación antigua y copiosa. Los meandros del rio se han concretado en un embalse de varias hoces, por su forma, con una particularidad chocante, inesperada, y que no recordaba: un fantástico color de sus aguas, aparentemente profundas y hasta espesas, un delicioso color verde malaquita. No sé porque pensé en un cuento de las Mil y Una Noches.

Salimos de allí, como alma que lleva el diablo, a pesar de las bellezas del lugar, de su ermita de San Nosequé, con su pequeño cementerio, conté solo diez tumbas, colgado al borde del risco que debe producir un vértigo eterno al los que ahí, difícilmente, descansan. Contribuye al espanto, y las ganas de salir de allá, la “carretera” (camino forestal indica el cartel; bache y pedregal debería rezar) con que nos obsequian los carneros de la Diputación de Segovia, o de la Dirección General de Parques Naturales, o quien quiera que sea la autoridad competente de la manutención de esos kilómetros polvorientos e infernales. Como una exhalación corrímos hacia mejores caminos; yendo a comer a la pina Sepúlveda, a Casa Paulino, el menú que ya queda reseñado al principio.

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Saliendo de comer bien, enfilamos la estepa castellana en dirección a Pedraza, pueblo del que también guardaba recuerdos antañones. De tan justa suerte que, en tarde canicular y sofocante, la carretera apuntaba directamente hacia una oscura y amenazante tormenta, cuyas cascadas de agua veíamos caer en lontananza, y que parecía colgada encima de la villa que nos proponíamos visitar. Al llegar a ella, la tormenta huía sierra adelante dejándonos el campo libre y suelo mojado y fresco; cosa muy agradecer a la naturaleza. Hasta allí llegó nuestra suerte, el resto fue una pesadilla, digna de cualquier relato de los Episodios Nacionales, o poco más o menos.

Yo, que le había prometido a S., una visita de cuento de hadas medieval, en un ambiente del Siglo de Oro español. Un paseo reconfortante y pleno de silencio y evocación de tiempos pasados, iba a llevarme un chasco, muy propio de la España actual. Desembocando al pie de la cuesta de entrada al pueblo nos recibió un destacamento de la Guardia Civil de Tráfico, no menos de cincuenta conté mas tarde, con sus casacas verdes y sus petos fosforescentes, nada medievales. Apacentados por este grupo, cientos de coches pastaban (léase: aparcaban) en las colinas circundantes. Los ocupantes de estos coches, legión ruidosa, con niños mucho mas ruidosos, trepaban ya al “asalto” de la plaza de Pedraza. Se me agrió hasta la última coca-cola que acababa de beber.

La visita, inevitablemente, resultó más corta de lo esperado. Se trataba del día del Concierto de las Velas, así llamado, una de las atracciones turísticas del pueblo. Un concierto de música clásica a la luz de miles de velas, en las ventanas y hasta en el suelo de las calles. El programa era de divulgación para principiantes: El Lago de los Cisnes, Una Noche en Monte Pelado, etc. Coronado por, —como no!— la Obertura 1812, con su final de cañonazos, servidos por una batería de cañones modernos de campaña, convenientemente situados en el mirador barbacaneado, y por sus artilleros en uniforme de camuflaje y boinas verdes. Todo muy medieval (¡?) Para rematar el encanto y salir del espanto, nos sobrevoló un ruidoso helicóptero de la Guardia Civil, ahuyentando a las pobres cigüeñas de los campanarios, que volaron despavoridas.
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Los pinchos medievales de las puertas nos apuntaban, listos a desprenderse y atravesarnos, como en una película de horror. Ni música, ni historias. Ese fue el momento en que S. y yo, nos miramos y sin decir una palabra, echamos a correr como alma que lleva el diablo—dos veces en el mismo día—calles y carretera abajo, y no paramos hasta llegar al coche. “Atropellando” solícitos guardias civiles, nos desembarazamos de la pesadilla de Pedraza, encantadora villa, que quedará para otra ocasión. O quizás para nunca. No sé que pasará en ese lugar en otras ocasiones, pero el letrero más repetido en el pueblo, hasta esculpido en varias de aquellas viejas piedras, era: Se Ruega Silencio. Me ha dado que pensar.

Luisma, 2 de Julio del 2011