“La leche que me dieron”

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San Vicente de la Barquera, Santander. Junio del 2011

Ir a Cantábria, después de cincuenta años de no pisarla, es un punto alucinante. Miento, pisarla la pisé, o mejor dicho: la rodé. Hace diez años fui de Oviedo a Bilbao, y no precisamente por toda la orilla, usando la entonces incipiente Autovía del Cantábrico; con lo cual fui rápido, cómodo y cegato, pues “era de noche y sin embargo llovía”. Excuso decir que no me enteré de nada, ni del país, ni del paisaje, ni del paisanaje, y la cornisa cantábrica se me quedó a oscuras y en agua de borrajas. Esta vez fue diferente: nueve días de soles, de montaña y playas; en azules, verdes, arenas ocres, oros y platas…sin olvidar el blanco, el blanco de la leche. Pero, esa es otra historia.

Cantabria es colorida de cien mil tonos y esto hace que cada día sea diferente al anterior, y a cual mejor. El objetivo primero era San Vicente de la Barquera, pueblo precioso, aunque todos allí lo son. Este tiene algo que otros no tienen: un fantástico telón de fondo de una gran profundidad de campo, en la que los verdes gradualmente se funden con los azules de los Picos de Europa. Desde la subida hacia Oyambre, la sucesión playa-pueblo-verde-montaña-cielo pierde la categoría de postalita para ganar la de visión que se queda en los ojos, para los restos. La Gerruca se llama el punto a situarse para tener esa visión incomparable.

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“Veo esos crepúsculos en sueños sabiendo que son un sueño…”

Dos playas, por aquellos andurriales son de lo mejor que he visto, no solo allí sino en cualquier otra parte del mundo. Veo esos crepúsculos en sueños sabiendo que son un sueño. Siguiendo la costa hacia la capital tropezamos con sitios como La Rabia; paisaje sorprendente y extrañamente bello, como singular es su nombre y donde se han rodado multitud de películas. Son las afueras de Comillas, lugar de veraneo a la antigua, por no decirlo de otra manera, y donde se me dio presenciar una imagen del pasado, de incluso dos siglos atrás: una “doncella” en la playa, de uniforme, cofia y delantal incluidos, cuidando a dos niños de los de gorrito marinero y sandalias de cuero teñidas de blanco. Alucinante, en el 2011, siglo XXI…

Pero, dejemos playas y pueblitos marineros para otro escrito y volvamos a San Vicente y su proximidad a las montañas. Montaña, que en Santander significa verde pasto, y por tanto, vacas y su producto natural: la leche. Estábamos en el paraíso de los productos lácteos, es decir, para mi, en el paraíso. Batidos, cuajadas, quesos, helados, nata, arroz con leche, leche frita, flanes, tocinillos de cielo; lo dicho: el paraíso. Un sitio donde la leche, una leche estupenda, se vende en la propia calle, no por las clásicas mozas del cántaro sino por unas maquinas expendedoras electrónicas. Cosas del siglo.

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“Ahora, la mejor leche, más cerca de ti.”

En busca de un litro, necesario para la confección por S. de un arroz con leche casero, afronté la máquina con la misma actitud con la que antiguamente echaba monedas en las de cigarrillos o, modernamente, en las de aparcamientos. La leche que me dieron! Mejor dicho: la que no me dieron…La maquinita se tragó mis monedas, dejándome en blanco y sin leche. Muy americanizado yo, busqué el teléfono de atención al cliente en una esquina del aparato y llamé. Nada, el mensaje. Deje un exabrupto, por el recuso del pataleo, y me olvidé del asunto. Al menos, eso creí.

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Vacas libres, felices y curiosas.

Una hora más tarde, mi móvil repiqueteó, con voz cantante: soy Eloy, el de la leche! Un rato después, y tras varias explicaciones, me ví invitado a buscar “mi” leche directamente en la granja y visitar la supermoderna explotación ganadera que suplía la máquina del paseo del puerto. Decidimos que quizá la cosa valiera la pena y los dieciséis kilómetros de excursión por la montana en busca de Lely Astronaut, el robot de ordeño por laser de la Leche Cudaña, “Entre nosotros, solo auténtica leche”. Todo esto nos llevó a un delicioso paseo vespertino hasta Labarces, a veces interrumpido o ralentizado por la presencia, anunciada por letreros, de ganado en libertad. La verdad, si parecían libres aquellas vacas.

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Los Lely Astronaut en acción.

Mucho menos libres estaban las vacas estabulizadas y ordeñadas contínuamente por los dos robots holandeses (como no!), de los cuales lo único que recuerdo obsesivamente es la despiadada eficacia con que perseguían y atrapaban los pezones de las vacas, usando unas puntuales trazadoras de luz roja laser. Se me quedaron grabadas en la imaginación. Todo muy electrónico y muy aséptico y sorprendente. ”Arte diabólica es…” La sorpresa del ignorante. Uno tiene la idea preconcebida del laser para otros menesteres, y un gran desconocimiento de las modernas labores pecuarias. Al fin y a la postre, con la leche que me dieron, pasteurizada, tuve un suculento arroz con leche cantábrico. Un clásico.

Luisma, 14 de Julio del 2011

Fotos de S.