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Llorar por las Torres Gemelas

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Manhattan, hacia primeros de siglo. Esta foto ha sido “bajada” de un sueño. Sorprende que en sueños soy peor fotografo que despierto

publicado originalmente el dia 12/9/2007

No perdono a los diecinueve que me destruyeron mis Torres Gemelas. Fue un atentado contra mi y me lo tomo personalmente. Eran mi visita obligada cada vez que iba a Nueva York, subir a una de las torres y a veces hasta a las dos. No eran bonitas, como puede ser el Empire State Building, pero tenían algo especial además de la fantástica vista. Desde las torres se veía América, o por lo menos yo la veía. La mejor manera de no ver una torre es estar subido a ella, pero si te hacen dos torres gemelas ahí ya tienes la vista de la vista y la vista de la torre. Mirar una torre desde la otra tenia algo revelador, te descubría el sentido del espacio, de la medida, el valor del vacío y de la proximidad inalcanzable. Era el mejor estudio de perspectiva posible, una auténtico tratado técnico en un solo golpe de vista. Te procuraba una medida interior más que necesaria, el sentido de tu propia pequeñez, que también te produce el vuelo en avión. Pero lo de las Torres Gemelas era una sensación más sólida, a falta del movimiento del vuelo y estando cerca del cristal de las ventanas, una sensación absolutamente vertiginosa, mareante y hasta flipante, te hacían sentir como deben sentirse las hormigas cuando se suben a un humano. Y tenían movimiento, casi imperceptible pero lo tenían, se cimbreaban, en días de mucho viento es como si tuvieran cierta vida.

Y se veía América, en ellas y desde ellas, se le tomaba el pulso al país y a la circulación de Nueva York, a sus humos, a sus alrededores y todo en medio de un silencio ensordecedor. Desde el mirador del ultimo piso, arriba, interior, se “veían” los ruidos que no se oían, solo el rumor del aire acondicionado y ninguna música ambiental. Ambiente cuidadosamente diseñado para no eliminar aquella sensación del propio empequeñecimiento. Algo similar, aunque no tan fuerte, había sentido en la Transco Tower de Houston (mi primera torre) o en la Torre Sears de Chicago (la torre más alta del mundo durante muchos años). El caso del Empire State es bastante diferente, en primer lugar es mucho más antigua, es la torre rascacielos por antonomasia y una fuente de leyendas de todo tipo y en segundo lugar su mirador es exterior y ahí los ruidos, el viento y otras sensaciones participan del influjo que te produce, incluidos unos pensamientos que al parecer son comunes a todo aquel que sube y se asoma a sus barandillas: los pensamientos suicidas.

Ahora, cada vez que voy a Nueva York, ciudad que por otro lado me encanta pero en la que nunca viviría de quieto, echo de menos mis Torres Gemelas que un mal día de septiembre en el primer año del siglo XXI se vinieron abajo dejándome compuesto y sin novias. Cuando me acerco a la gran ciudad en coche siempre tengo la horrible sensación de que le falta algo, de que me falta algo. Nunca pude definirlas muy bien pero para mi eran absolutamente necesarias. Que lástima!
Requiescat In Pace!

Luisma 11 de Setiembre del 2007.

(Foto de Luisma)