“El campo de los sueños”


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“El Hombre Herido”, Hans von Gersdorff, Feldtbuch der Wundartzney (Estrasburgo,1519)

Ahora que estoy lesionado y con aires de curación, he empezado la rehabilitación de una pierna izquierda desquiciada por los nervios y me voy dando cuenta de lo viejo que se ha hecho uno. No hace tanto que podía jugar al futbol, tres veces a la semana, sin mayores problemas que algún golpe o algún estirón muscular. Hoy día tengo que añadir los esguinces crónicos, los dolores articulares y los de la pérdida de velocidad, que son mentales y por tanto mucho más agudos. A ello se han unido, últimamente, los pinzamientos nerviosos, esos dolores cuasi dentales, que precisan rehabilitación muscular. Jugar al fútbol se ha puesto caro, parece. Una delicia.

Voy a acabar arrastrándome por la hierba, artificial, como un gusano. El fuelle anda bien, dejé de fumar en el 2006, pero mis piernas y yo moriremos con las botas puestas, y doloridas; hasta en la foto de mi último carnet de identidad tengo un rictus de sufrimiento. La rehabilitación progresiva la hago en el mismo césped del campo universitario donde jugamos y a la misma hora que mis compañeros usuales de juego, muchos de ellos fenomenales atletas africanos, y jóvenes. Solo verlos correr produce un envidia cochina. Eso si, se les notan lagunas en conceptos de técnica futbolística, son jugadores “modernos”, exageradamente físicos, duros, e individualistas, hijos del nuevo “circo”. A balón parado, o malabares, no lo hacen mal; con el balón rodando disparan a la grada o a los postes de la luz. No le pasan la pelota ni a su madre…–Juego asociativo?— Ya lo aprenderán con el tiempo y una caña.

Hoy, sin embargo, había alguien inusual en la zona de prácticas, haciendo también rehabilitación, con su inequívoco uniforme de béisbol: pantalón arquetípico, camisa de cuello chino y gorra calada; un lanzador, pitcher, del equipo oficial de la universidad. Aunque ignoraba al resto de los jugadores de soccer, me observaba curiosamente, algo que yo achaqué al aspecto de mi edad y condiciones. Pronto advertí que se acercaba remoloneando y con aire de “pegar la hebra”—que clase de ejercicios estás haciendo con esa pierna que parece un poco fastidiada?—era mi habitual tabla sueca de gimnasia.

Ví que se tocaba el codo del brazo derecho como evocando un viejo dolor, seguramente su brazo de lanzamiento. A partir de ahí se estableció un intercambio de información sobre usos y mecánicas de movimiento muscular comparadas, entre brazo y pierna, béisbol y fútbol. Había sufrido una cirugía de codo un mes antes y estaba empezando la rehabilitación, con más pena que gloria. Nos contamos nuestra vida y milagros deportivos, con las inevitables diferencias entre veinte años y más de sesenta.

No es que yo sea un especialista en béisbol, pero lo conozco bastante bien, con sus miles de reglas solo comparables, en cantidad, a las del mal llamado fútbol americano. He presenciado en el estadio muchos partidos, algunos incluso célebres en la historia del deporte de la pelota cosida, y en varios sitios diferentes de Estados Unidos. En Wrigley Field de Chicago que sería como un San Mamés del béisbol; en el viejo Yankee Stadium sentí las mismas sensaciones que en el Bernabéu; mi primer partido de béisbol fue en el Astrodome de Houston, los Astros contra Los Angeles Dodgers, histórico partido por su duración, el segundo más largo de siempre, 27 “entradas” y más de 8 horas de duración. Solo se me ocurrió preguntar, hacia la sexta cerveza– y todos los partidos de béisbol son tan largos? Risas. Una delicia de intercambio conversacional, deporte es deporte cualquiera que sea la disciplina. Lo que se desprendió de ello fue que ambos amábamos nuestro deporte favorito y parecíamos dispuestos a hacerlo por los siglos de los siglos. Amén.

Los americanos dicen: For the love of the game—Por amor al juego. En realidad es el vicio que nos corroe, el relajamiento del fin de semana y ya, incluso, el de media semana. Cada vez más fútbol y en su caso más béisbol. Juegan más de 160 partidos oficiales, a lo largo de la temporada, sin contar las finales. Los “chicos del verano”, como se les llama a los beisbolistas, empiezan en primavera y terminan su liga en octubre. Nuestro fútbol se ha multiplicado también y algunos piensan que se juegan demasiados partidos, principalmente los propios jugadores que a duras penas pueden evitar lesiones en la forma de contínuas contracturas y frecuentes fracturas por estrés. Sin contar con el otro estrés: el de jugar por “obligación”. Que cosas!

Ni a mi, ni al susodicho pitcher parecía afectarnos lo de la obligación de jugar y por tanto todo era devoción. En su caso a San Babe Ruth y toda una cohorte de peloteros que en el béisbol han sido. Por mi parte, a pesar de los iconos actuales, ningún altar está completo sin nuestro señor Di Stefano, San Puskas y San Gento. Hála Madrid, claro! Quedamos en vernos en cualquier “campo de los sueños”, que no es solo como se le llama al estadio del Manchester United, sino también a cualquier campo de béisbol americano. Todos soñamos. Además, heridos o no, soñar es gratis.

Luisma, 3 de octubre de 2011