Yearly Archives: 2012

“ Nice to see you, Mick”


Sir Michael “Mick” Jagger

Estaba yo, como casi todas las noches, viendo la televisión mientras cenaba frugalmente; en los últimos tiempos se ha convertido en una costumbre necesaria…una sopita floja, una ensaladita sin apenas aliño, un poco de queso suave, media manzana y el inevitable helado, todo ello en dosis casi homeopáticas. “De grandes cenas están las sepulturas llenas” digo, y como dice S.—siempre tienes un dicho. Lo de la tele era el programa de Dave Letterman, cuyo humor tiene la virtud de ponerme de buen ídem—hacia años que no utilizaba el ídem—y un poco de humor es paso necesario y suficiente para una buena dormida nocturna. Duermo poco, pero bien. Toco madera.

En el Late Show de esta noche “salía” nada más y nada menos que Mick Jagger, Rolling Stone por excelencia, viejo como los caminos y con su rostro surcado por las arrugas, multiplicación de las que siempre tuvo. Aún así, en perfecta forma física y, aparentemente, mental. La ocasión la pintaban calva: este año es la celebración y conmemoración de los cincuenta años de los Rolling Stones, que siguen al pie del cañón como si los siglos no les afectaran. Dí en pensar el tiempo que hacía que “nos” conocíamos. Cincuenta años de “satisfacción” por mi parte y “no” por la suya.

El flashback se produjo, era inevitable. Noviembre de 1.967…Sala Olimpia, en Paris de la France…concierto de los Stones. The Stones. A diferencia de cualquier otro país del mundo, en España los llamamos: Los Rollings. Cuando aquí los nombro así, nadie sabe a quien me refiero. Fue mi debut en conciertos de Rock, muchos siguieron después. Memorable. La noche que estrenaron: “Let spend the night together”, la única vez que la cantaron con la letra original y sin cortes. Esa noche hice dos cosas por vez primera: asistir a un concierto de Rock & Roll y correr por delante de los antidisturbios en un boulevard del Paris de los 60’s. Correr por pavimento con botos camperos no es recomendable, y menos cuando llueve.

Nunca he podido olvidar los mil detalles de aquel inenarrable espectáculo, asistíamos al nacimiento de una nueva época. El Olimpia lleno a rebosar pero con las entradas numeradas; gracias a los buenos oficios de un amigo de entonces: Patrick Dubois de la Vigerie, aristócrata y rockero, tuvimos cuatro pases de tercera fila de butacas, codeándonos con la crème de la crème parisién…Alain Delon, Francoise Hardy, Barbara…los cuatro amigos y mosqueteros de entonces eramos: Patrick, Jean Jean, Serge Minouche y Luisma. Ligeramente disfrazados para la ocasión: Patrick y Jeannot de chulo y fulana, Serge de soldado alemán, incluido el casco, y yo de capa española y sombrero cordobés, dando la nota folclórica, fácil y grosera, por primera y última vez en mi vida. De ninguno de ellos sé lo que ha sido. Ni siquiera de mi mismo.

Lamento haber perdido en el paso de los tiempos los recortes de periódicos con fotos, en alguna de las cuales se me veía de aquella guisa. Lo que no he perdido es el recuerdo palpable de aquella noche, un chichón por el porrazo de un CRS parisino, que todavía puedo tocar cada día, y un indeleble sentido para evocar aquella música, a poco que me lo proponga y entorne los ojos. Que espectáculo! Todavía vivía Brian Jones, que además de cantar era capaz de estrellar su guitarra en la cara de un fan que asaltó el escenario. Aún se me ponen los pelos de punta cada vez que escucho los compases del “Start me up” y por supuesto del “Satisfaction”




The Stones, 1967 (el del sombrero blanco es Brian Jones, q.e.p.d.)
*

Como nunca he participado en guerras, estas son mis batallitas del abuelo. Estas y las del intelecto, la estética, el lenguaje y la estupidez que lo polucionan y manipulan. No es solo lo de llamarlos: Rollings, el error más típico es con el nombre propio de Jagger, Mick, que se pronuncia “Mik” y no “Maik”, como comúnmente se oye en España. Aunque ahora, después de “lo de la Reina” es: Sir Michael “Mick” Jagger. No sé hasta que punto esto del título le hace gracia al propio interesado. De una forma o de otra, hoy celebro sus fantásticos 70 años y cincuenta de Rock.

Salvando las prudentes y convenientes distancias ( idioma, fama, formato y movimiento corporal, etc.) somos muy parecidos. Dos seres de la era analógica, pugnando en la digital y soñando despiertos con una vida renacentista. Ay! Estoy seguro de que uno y otro nos cambiábamos, al instante, hasta aquella noche del año 67 y volvíamos a vivir otra vez las cinco décadas que han pasado. Felicidades mútuas y encantado de haberte visto, Mick.

Luisma, Pittsburgh, 12 de Diciembre del 2012 ò 12/12/12

El Arsenal y la Fotografía

Hacía tiempo que no “salía de fotos”, es decir, salir con la cámara en ristre, a la aventura, buscando exclusivamente hacer fotografías, cualesquiera que se pongan a tiro, fijen mi atención y una cierta ambición artística. No es que no hiciera fotos, hago muchas pero por otros menesteres, colateralmente uso a menudo la cámara con otras motivaciones. Aunque siempre buscando la calidad estética. Hoy, el propósito era una salida (outing) a la antigua; como en los tiempos del siempre recordado Pepe Nuñez Larraz, maestro y amigo, a quien debo el aprender a “ver”. Era sábado y tenía todo el tiempo del mundo hasta la hora de la Sinfónica. Uno tiene muchos vicios, aunque no sean caros. Mis drogas son el fútbol y la música clásica, drogas antiguas.

La luz era buena, fuerte pero tamizada, regalada luz del Pittsburgh otoñal, la mejor luz del año. Había que buscar un tema y esta vez, para variar, el tema me encontró a mi. Sabida es mi afición a los puentes, de los cuales la ciudad tiene varios cientos. Al pronto, me ví aparcando debajo de uno de ellos, al azar, el de la calle 40 en el antiguo barrio industrial de Lawrenceville, junto a las márgenes del rio Allegheny. Un puente alto, altísimo, el George Washington Crossing, cuyo nombre celebra el cruce del rio, en campaña, por el mayor Washington, luego primer presidente del pais. Lo cruzó en barca y estuvo a punto de morir al zozobrar la embarcación. De haber ocurrido así, la historia hubiera cambiado justo al comienzo de todo.

No recordaba haber estado nunca en aquel lugar y pronto supe porqué. Allí, frente a mi, y a pocos metros del gran pilar del puente, estaba la Escuela de Ingeniería Robótica de la Carnegie Mellon University, una de las banderas del moderno Pittsburgh. Había oído de ella, pero no sabía donde estaba. Mi atención se volvió, sin embargo, hacia el pilar mastodóntico por los arcos del viaducto, solo para descubrir un mural moderno, pintado directamente sobre el cemento armado y en refrescantes y claros colores. No tenía ninguna noticia de esta obra pictórica. Desde lo alto del puente no se ve, y desde la calle principal de la zona, tampoco. Hay que entrar por las calles interiores del polígono industrial para llegar hasta el pilar, que esta fundamentado mitad en tierra y mitad en agua.

Traté de encontrar una explicación, algo relativo al mural. Al fin, una mujeruca, que paseaba a su perro, me iluminó.—Mire, yo no se mucho de esto, dicen que aquí estaba el arsenal de Pittsburgh en la guerra civil—Al acercarme, frente al mural encontré un poste con la misma noticia. De repente, recordé todo sobre la tragedia. El dia 17 de Setiembre se conmemoraba el ciento cincuenta aniversario de las explosiones del arsenal. Todo ello había estado en la televisión y en los periódicos. La cruda realidad es que allí murieron, en el peor dia de la historia de la ciudad, 72 mujeres, algunas de ellas niñas todavia, y 6 hombres. La mayor tragedia, en vidas de civiles, en la guerra de secesión americana.

El Arsenal era un enorme almacén-laboratorio de pólvora y balines donde se manufacturaba, por manos femeninas, una gran parte (mas de cien mil cartuchos diarios) de la munición empleada por el ejército nordista en aquella guerra civil que conformó y asentó los Estados Unidos de Norteamérica. Habia pólvora por todas partes, incluso en los intersticios del empedrado de las calles alrededor del edificio. Y esa fue una de las versiones del motivo de la serie de explosiones que produjeron tan trágico final: las chispas, se dijo, producidas por las duelas metálicas de los carros de munición al rodar sobre las calles adoquinadas.

Nunca se sabrá si esta fue la causa de la deflagración. Se barajaron otras explicaciones, incluida la que acusó a un comando sudista infiltrado en las lineas de provocar el atentado. No sé si algo así se pueda considerar atentado o simplemente ataque en tiempos de guerra. Lo único cierto es que en el interin de pocos minutos, tres explosiones volaron aquel polvorin y fábrica de munición, produciendo una horrible carniceria entre aquellas mujeres que se ganaban la vida encartuchando pólvora y bala, a dolar diario de trabajo.

La ciudad lo recuerda como una fecha de luto histórico. A mi me dió, hoy, pasto para un post y para matar el gusanillo fotográfico con una serie de fotos del mural, de las que aquí dejo unas cuantas. Nunca es tarde si la dicha es buena. La cámara no sabe de duelos y sus disparos son poco ruidosos.

Luisma, 22 de Noviembre del 2012

Nuestro Jimmy

(Un poco tarde para tener complejo de ET)

Jimmy Stewart era un tipo larguirucho, poco torso y largas piernas. Uno se da cuenta de ello cuando está frente a su estatua, en la antesala del museo que alarga su recuerdo. Estamos en Indiana, Pennsylvania, un pueblo universitario a unos noventa kilometros de Pittsburgh. Aqui nació y vivió en su juventud, el actor y su propio personaje. En pleno campo de granjas, bosques y colinas rugosas, puro country de lo que, en su día, era considerado el oeste americano. Un porcentaje grande de la población de esta zona nutre, ya desde antiguo, las filas militares de este país. Con guerras o sin guerras.

En este rincón rural es donde vino a nacer uno de los actores mas icónicos, e internacionalmente mediáticos, de la historia del cine. James Maitland Stewart era hijo del dueño de una ferreteria de esta población, hoy, quince mil habitantes. Nada que indicara su futura dedicación al arte interpretativo. Familia de clase media, más fácil hubiera sido hacer carrera en lo militar. Ya actor famoso, al llegar la II Guerra Mundial se alistó en la Fuerza Aérea, con las bendiciones publicitarias gubernamentales. Se licenció después del conflicto con el grado de coronel y por escalafón llegó, al final de su vida, a ser brigadier general y a la consideración de héroe de guerra. Todo un personaje: nuestro Jimmy, como así lo llamó una mujer a la que preguntamos por direcciones hacia la casa materna del actor.

Cada vez que se habla de cine o de lenguaje, salta a la palestra el nombre del personaje. Cuando hablamos de belleza del idioma, todo el mundo de parla inglesa te lo dice: no sé como podeis doblar a Jimmy Stewart, no hay una voz más bellamente natural que la de “nuestro” Jimmy. Algunas de sus obras se repiten contínuamente, año tras año, en las mismas épocas, por su representación y su valor icónico en esta cultura. La pelicula “It’s a wonderful life” no puede faltar en Navidad, como el árbol, las luces y el pavo. A la entrada de su museo, hay un viejo proyector de peliculas que de lleno te mete en ambiente. Un poco de magia, estilo Hollywood.

Por contra a los pequeños museos visitados últimamente, este pertenece a los que llamo de algodones y un imaginario, o real, olor a naftalina. Muebles viejos, que no antiguos, y mucha fotografia relativamente documental. Algunos enseres del despacho-estudio del actor y exhibiciones de poca monta. Eso sí, mucho cariño por el personaje, en la exposición y en todo el pueblo. Y es que el tipo se hizo acreedor a ese amor. Nunca olvidó su pueblo y siempre volvía con cualquier excusa.

Su pueblo tampoco lo ha olvidado. No es solo el museo y las estatuas que lo presiden, la de la calle en bronce, la del interior copia en fibra de vidrio. Hay múltiples recuerdos, incluidos los de las tiendas de souvenirs; algunos de ellos muy originales: su voz, increiblemente bien imitada por un caricato célebre, está presente y te anuncia cuando puedes pasar y cuando no, en los dos semáforos de los cruces de calle contiguos al museo. Una sorpresa y una delicia, así en alta voz, como si esta viniera del cielo.

Con personajes como este uno tiene la debilidad de permitirse el sueño, como tantos otros, de haber sido actor de Hollywood. Quizás un niño prodigio. Lo que nunca podría ocurrir pues es cosa sabida, en mi entorno, que soy un pésimo actor con el gravísimo defecto de la sobreactuación impenitente. Una pena, aunque se dice que he mejorado muchísimo con la edad. Habladurias. Creo, a pesar de todo, que no resistiría los problemas del ser famoso.

Jimmy Stewart concitó las habilidades de ser un excelente actor, una gran estrella y una fama que le perseguía a todas partes, sin tener grandes problemas en ninguna de las tres facetas de su persona. Larga vida a su recuerdo, tan larga como la sombra de su estatua.
Larguirucho y desmadejado, pero con una personalidad amable, en el mejor y más propio sentido de la palabra.

Luisma, 29 de Octubre del 2012

Volver a Texas


Paisaje de un rancho de Texas. El manantial de S.

Aunque haya sido por una razón lamentable, un fallecimiento muy cercano, hoy he vuelto a Texas, después de más de una década de salir de ella. Rodando el puro country tejano, aspirando aires y olores, como si nunca hubiera salido de aquí. He sentido una emoción verdadera y embriagadora. Todo tan querido y todo tan familiar. Al fin y al cabo fueron los primeros nueve años de mi estancia en este país. Un glorioso reencuentro.

A veces me planteo en que estaba yo pensando cuando me fuí de esta tierra, estos paisajes y este clima, que no por extremado es menos agradable. Pennsylvania tiene las cuatro estaciones, es cierto, en Texas se dice que solo hay dos: verano e infierno. Exageraciones. La sombra de un árbol lleno de pécanos también tiene su agradable microclima, eso sí, a base de sudoraciones y refrigeración bebida. Arañas, mosquitos y toda otra clase de insectos también pueden tener la palabra , o la picadura, en un momento dado. Lo que se va por lo que se viene. La perfección no existe.

Algunos de los momentos vivídos hoy fueron particularmente placenteros. En uno de ellos , me ví rodeado y sobrevolado por un ciento de mariposas, “Texas Buckeyes”, mariposas en camuflaje marrón, atraidas por la humedad del terreno que estaba regando. Algo surreal y más propio de un cuento de hadas o de una película de dibujos animados; con ese vuelo de los animalitos, al cuarteo—que si me acerco, que si me voy—que las hace tan especiales. Al disfrute de todo ello, me senté en un banco de madera con incrustaciones de líquenes, más propio de un jardin antiguo de otros lares. Todo estaba por sentarme bien, hoy.


Un jardín soñado: la “yarda”

Ni Houston, ni Dallas, volví al campo, a la pradera, a los bosques con matones de mezquites, con sus ramas secas que se quiebran con un chasquido especial, casi musical, al paso de tus andares. Volví a las tierras llenas de grietas, ávidas de agua; a las tierras de mi compañera, donde las noches frescas te premian con un buen dormir. El Texas que, aún siendo un país diferente, se siente ante todo americano. Los Estados Unidos! Deberian aprender algunos pueblos de España, tan afectos a clamar por independencias enanas, fútiles y obsoletas. La unión hace la fuerza, y aquí también hay nacionalismo, sin separatismo, y hubo una guerra civil donde hasta los perdedores fueron ganadores. Que pena, tanto como nos gusta imitarlos y nunca en las cosas buenas!

Hoy llegué a Maypearl (Perla de Mayo) un sitio grande pero pequeño, con un nombre de novela rosa. Un trozo de la geografía interior tejana, con la amplitud grandiosa de un terreno igual que su cielo, no con una estrella sola sino con mil estrellas solitarias. El “pueblo” no son cuatro casas, son cinco contadas que forman una calle alrededor de lo que fue un apeadero ferroviario de los trenes algodoneros. Ya no quedan ni las vias, pero queda el Banco, solo su fachada, en la esquina principal. Y este es el hito histórico de Maypearl, el único por cierto; este Banco que fue robado por Bonnie and Clyde, los celebérrimos atracadores. Que romántico, lo único que ha pasado en toda la vida de tu pueblo es un robo, que probablemente no duró más de diez minutos y cuatro tiros al aire. De película, un país de película.


El Banco de Maypearl (Texas), robado por Bonnie and Clyde.

Mañana volveré a Dallas, a la civilización; aunque lo más civilizado lo dejaré atrás, en este pueblo en el que nunca pasa nada, hasta que un día se lian la manta a la cabeza y la emprenden a tiros unos con otros, o uno contra todos. Consiguen salir en la televisión y “ponen” el pueblo en el mapa. Los diez minutos de fama que decía Andy Wharhol. La otra América, que es la misma, la que solo conocemos los que vivímos aquí. Los demás, una mirada a los periódicos y los telediarios, y claro, no la entendeis. Unos días de vacaciones en Nueva York, o un fin de semana de compras en Miami, no es suficiente.

Para entender Texas, y emocionarse al volver una década después, hay que haberlo amado y vivido; con sus gentes, sus tierras, sus florestas, sus desiertos, sus tormentas, sus arañas, sus calores y sus colores, sus espacios abiertos y su soledad sonora. Todo y tantas cosas más que tiene este país que vive bajo dos banderas: la Unión y la Estrella Solitaria. Bienvenido y bien hallado.

Luisma, 3 de Octubre del 2012

Retrato de pintor (VI)


Henry Matisse. Autoretrato

Siempre fue mi gran desconocido de entre los grandes. Un pintor diferente a los demás, aunque estaba ahí con todos. No es que yo no parara mientes en su pintura, algunos de sus cuadros me influenciaron siempre muchísimo, más de lo que yo nunca me dí cuenta hasta ahora, un siglo después. Era algo personal con el hombre, con su falta de atractivo, para mí. No fue así para las mujeres de su época, aunque nunca llegase a los niveles del músico Ravel, del cual no he conocido ninguna mujer, ni de entonces ni de ahora, que no se sintiera atraida por él. Matisse, el hombre, nunca me llego a interesar como Picasso, el hombre. Aunque compartieran tantas cosas.

Matisse, uno de los dos más grandes “fauves” tardó en entrarme, a pesar de su gloria y celebridad. Andre Derain me afectó mucho más, aún siendo su colorismo mucho menos atractivo. Hoy, Derain apenas me interesa y Matisse lo hace cada vez más; como ellos no han cambiado es de suponer que yo lo haya hecho.

Todo lo que sé de Matisse, el hombre y el artista, lo aprendí en una noche y fue mucho más de lo que nunca aprendería en los libros, y todo por una de esas casualidades de la vida. Vivía entonces en Houston (Texas), de esto hace quince años. Una tarde de poco quehacer, leyendo el periódico, supe que Francoise Gilot; en otro tiempo compañera de Picasso y luego casada con Jonas Salk, descubridor de la vacuna contra la polio; la madre de dos de los hijos de Picasso, Claude y Paloma, daba una conferencia-coloquio sobre arte. En su calidad de pintora, crítica, musa de artistas, compañera de pintor y “enamorada” de otros pintores, la cosa presentaba interés. Hacia allí me encaminé, solo para pacientemente “soportar” más de dos horas de interesante panegírico de Matisse, su persona y su obra. Por alguna razón yo esperaba que fuera sobre Picasso.


Matisse. Retrato de Lydia, 1937. Colección Cone. Baltimore

No fue así, y aquella mujer – que mujer más interesante – desgranó un montón de información sobre Henry Matisse, el pintor y el hombre, esa vibración que no puede estar en los libros. Sus ideas, sus intereses, sus sueños, sus glorias, su personalidad. Inmundicias solo habló de las de Picasso. Demostró gran enamoramiento corroborado por la exhibición de pintura suya, personal, enormemente influenciada por Matisse. En el coloquio le pregunté porque pintaba como Matisse y criticaba tan duramente a Picasso, si había tenido los hijos con él. Su respuesta fue: tu debes ser español, solo un español hace una pregunta semejante.

Aquella noche cené con ella y me uní a su grupo de acompañamiento, en el restaurante de Ninfa, la mexicana. Me habló largo y tendido de Matisse y muy poco de Picasso. Supe que la envidia y la competencia entre los dos era grande, a pesar de la diferencia de edad, una auténtica rivalidad, a veces cómica. Pablo era 12 años menor que Henry. Ella, a su vez, era 40 años más joven que Picasso. Me pintó a un Matisse interesante, dolido por la edad y las condiciones físicas, acarreado en su silla de ruedas por una antigua modelo. Devoto de sus amigos y hasta de sus rivales, el fue el iniciador del salón de Gertrude Stein, fragua de la pintura moderna. Sintetizó, simplificando, las diferencias con Picasso; este pintor de la imaginación y Matisse, pintor del natural. Los dos pintores de mujeres. Ambos muy diferentes en su relación con ellas. Pude entender su pasión por Matisse.


Matisse. Vista de Notre Dame, 1914. MoMA.Nueva York

Su retrato de Matisse es el que hago mío ahora. Un artista que no pintaba las cosas sino la diferencia entre ellas. Alguien rendido más a la veracidad de la representación que a la exactitud. Lo natural de la imaginación primando sobre la realidad, y aunque nunca llegó a ser un abstracto estuvo a un solo paso de serlo con su Vista de Notre Dame, de 1914. Probablemente ninguna pintura me ha influenciado tanto ( excepción hecha, claro, de las Meninas). Además tocaba el violín, cada mañana, y toda su vida le fastidió no pintar como todos los demás, ser tan diferente. En resumen, a mi tampoco me importaría convertirme en un pez rojo, si fuera en la misma pecera que Matisse.

Luisma, 18 de Septiembre del 2012

El Código de un día negativo


“Obnubilado por la cubierta…”

Como se puede aguantar dar el cante negativo todo un día, desde la salida del sol hasta la puesta y “ainda mais” entrada la noche bien cerrada. Es mi pregunta. Casi todo el fin de semana, y todo el domingo, sentado tragando aldabas televisivas, de las que se salvó muy poquito, como siempre. Todo ello en vez de coger un buen libro; con el mismo esfuerzo, mínimo, de mover la mano a lo largo de los lomos de la libreria. Pero, cuidado! En un día negativo, hasta ese movimiento puede salirte “chungo”, como veremos después.

Negativo principal: la no presencia de S. ( léase, Ese Punto) que todavía esta ausente en Texas. Se diga lo que se diga, la vida sin compañera es menos vida. Media vida. Me habia despertado con dolor de cabeza, seguramente de dormir con el aire acondicionado “puesto”, olvidé “quitarlo”. El desayuno, desgraciado por la falta de leche y la vagancia que me impedía montarme en el coche para ir al supermercado, realmente cosa de un par de minutos. Hubo un tiempo en que ir al super era solo salir por la puerta y doblar la esquina. Más negativo: el agua de la ducha era solo un hilillo frio que cortaba todas las posibilidades de lo confortable. Televisión. Más televisión.

El melón que tenía para comer no aguantó la catadura, ni siquiera con el aditamento de la piel de limón y el azucar. Lamentable. De vez en cuando un vistazo a las noticias. Tiroteos y mas tiroteos en Texas y por toda la Unión. Y en Europa que no nos cansamos de imitar todo lo americano, sobre todo lo malo. Y los españoles sin ganar una medalla en los Juegos Olímpicos. Y la liga de fútbol que no empieza hasta dentro de unas semanas. La travesia del desierto. Domingo sin fútbol, jardín sin flores. No sé porque lo veo todo negativo, oscuro, como lo que se adivina a través del follaje que cubre la vista de las ventanas; tormenta en lontananza, camino obscuro hacia la noche.

Animado por no sé que espíritu, resolví agarrarme a un libro, como el salvavidas de otras veces. Ya dije: mover la mano a lo largo de los lomos de la libreria…al desgaire y como atraida magnéticamente, la mano al tomo…”The Da Vinci Code”. Así, para más “inri” en inglés. Obnubilado por la cubierta, o quién sabe porqué, tomé asiento en el sillón de lectura y empecé a leer por segunda, y última vez, la dichosa novela. Cuestión de negatividad: no puedo ni imaginar lo mala que pueda ser esta novela también en español.

Dificil de soportar, a pesar de su multitudinario éxito. Con su cantidad de retratos humanos negativos, abrumadora. Pintando un Opus Dei, el malo de la película, de una manera rayana casi en lo risible y en lo ridículo. Me recordaba el tratamiento habitual, salvo honrosas excepciones, muy pocas, de la literatura y el cine extranjeros tratando temas de la idiosincrasia española; flamenco, toros,Inquisición y similares. Trampeando contínuamente con la Historia y hasta con las leyendas; por no hablar de los paisajes y lo urbano de un París entendido a la manera de una metrópoli americana.

El tipo este, el Dan Brown, cuya habilidad para escribir nadie niega, adoba la novela con una serie, aberrante, de filosofias baratas y situaciones traídas por los pelos y termina la faena con pinchazo en hueso y estocada atravesada, en la que además de la espada se le ve el plumero. Todo buscando la consiguiente película que resultó todavía peor, más negativa que la novela, con un Tom Hanks increíblemente poco creíble, por no mencionar al monje albino, un personaje fallido e inexcusable.

El día había sido negativo, sí, y no quiero entrar en más detalles. Lo de releer el “Código” se llevó la palma. Menos mal que al tercer capítulo, al menos estos eran cortos, se me rebeló el estro y dejé la novela para otra ocasión que espero no se presente. Vaya día! Vaya “tela”! Algunos días no deberían serlo. Palabra!

Luisma, 12 de Agosto del 2012

Los otros museos

Entrada al Museo Nacional Dental en Baltimore (Maryland)

Este país, Estados Unidos de Norteamérica, es una caja contínua de sorpresas, siempre aparece un resorte nuevo con algo diferente. Nunca termina de sorprenderme y ya son más de veinte años, aquí. Supongo que al ser un territorio tan grande y con más de trescientos millones de habitantes, cabe todo, hasta lo impensable; si es que hay algo que las grandes manos de la imaginación no abarquen. Y ello en un poco más de doscientos años de vida como nación. Conocerlo todo, esa es la gran aventura americana.

Viene todo esto a cuento de mi último fin de semana en Baltimore, estado de Maryland; una “vieja” ciudad, uno de los primeros asentamientos en la costa este. Ciudad grande y feota, con los resabios de los orígenes del país todavía marcados en las grietas de su piel urbana. Cicatrices de una encarnadura de guerra civil y un pasado marinero disimulado en la modernidad y en los recovecos de marinas y bahías artificiales. Aún así, una ciudad interesante, con visitas “turísticas” de muy diferente cariz. Sobre turismo habría mucho que hablar. Despues de un día completo de Matisse, la tumba de Edgar Allan Poe o el Museo Nacional Dental pueden ser lugares a escoger.

Naturalmente, me decidí por el museo de lo dental. Allan Poe no es santo de mi devoción y las visitas a tumbas y mausoleos tampoco. Espero no tener que “visitar” la mía en un futuro próximo. Largo, lo más posible, me gustaría fiarlo; siempre y cuando las cuadernas del navío no me crujan demasiado. Hasta el momento, lo único que viene faltando del Luisma original es la parte superior de la dentadura; lo que me arrastra al interés, tardío, por lo dental y sus cuidados. Eso, y haber leído que el primer presidente, Washington, tenia el mismo problema y una verdadera colección de dentaduras postizas, de quita y pon. Algunas de las cuales se exhiben en el museo de marras. Una de ellas de madera!

Dentadura de George Washington

Había sabido del Museo Nacional Dental por intermedio, interesado, del dentista de S. que juraba y perjuraba que el asunto bien merecía una visita. Apañé la cosa con el margen necesario y conveniente para volver al hotel, a tiempo de ver el Francia-España del Eurofútbol. Son amores distintos. La sorpresa, y grande, fue encontrar un magnífico museo de concepción clásica y moderna museología; totalmente al día y a la página educativa, incluidos tintes humorísticos y detalles de gran diseño. Algunos memorables, como la historia de la silla clínica dental en el hueco de las escaleras de transición entre los dos pisos del edificio. Una performance de sillas, cuasi escultórica, digna de verse en un museo de Bellas Artes.

“Siempre me ha gustado “pasarlo bien” en los museos…”

No voy a detallar ahora toda su parafernalia exhibida y si alabar el sentido educacional de lo expuesto. Dentro de lo admisible, contiene muchas piezas de interacción entre la muestra y el visitante; más que nada para niños entre los cuales me incluía, para sorpresa y ludibrio de los circunstantes. Siempre me ha gustado “pasarlo bien” en los museos. Actividades, entre otras, como: avisar a calaveras de futuros problemas por tener los dientes hechos polvo; colgar la sonrisa de la buena dentadura de S. en un panel fotográfico electrónico, la mía está ya bastante impresentable; aleccionar colegiales americanos sobre la identidad de un tal Cervantes, y sus personajes Sancho y Quijote, cuyas palabras estan colgadas en el museo, en un estandarte con letras doradas del tamaño de la pared y que no me resisto a repetir aquí:

<< Quiero que sepas, Sancho, que una boca sin muelas es como un molino sin rueda y que un diente es más precioso que un diamante.>>

Los “otros” museos han ganado, con esta visita, muchos puntos en mi apreciación y, quien sabe si en una próxima ocasión no dude en visitar el museo del ferrrrocarril, el de la cerveza, o algún otro de más dificil atractivo. En este país nunca se sabe donde te va a saltar la liebre.

Luisma, 7 de Julio (…) del 2012

Dionisio en América

La verdad de la verdad
Y la verdad verdadera
Y la verdad como un templo
Son verdades como fieras.

–Dionisio Ridruejo, (1912-1975)

Para un Ridruejo, moreno de aires y soles sorianos, seco de los de secano y pino albar, castellano viejo donde los haya y todavía queden, debió ser un golpetazo y un ahogo llegar a Texas, con esa humedad y aquel calor atosigante; el mismo país que me recibió a mí, muchos años más tarde. Y supongo que también le surgirían los mismos pensamientos, aquel primer día de América. El ya había estado antes en Wisconsin, que no es lo mismo, Texas es especial, es su propio pais. Aún así, diría: que se me ha perdido aquí? O como el dicho familiar: quien me habrá mandado a mí venir aquí?

Era América un recurso y una aventura. Dionisio había sido todo lo que se podía ser en aquella España, con muchos más problemas que la actual. Lo único que no había conseguido era medrar económicamente, Algunos Ridruejo no sabemos como se hace eso, nos dedicamos a vivir sin pensar en lo que viene después, o en el toro que nos puede pillar. Lástima, para él y para otros, no haber vivido en otras épocas más floridas, aunque fuera como soldados rasos, o siervos de la gleba. Estudiar para algo y vivir en otros términos. Es igual, nadie está conforme con su suerte.

Sin embargo, cuando estuvo en Texas, era ya un famoso poeta y hombre de letras, con algo de templario sin grial. Había sido, y lo seguía siendo, un tormentoso político, en una época en la que serlo no era precisamente una bicoca. Tenía esa extraña idea de servir a los demás y servirse poco, o nada, a si mismo. He visto esa misma ambición o deseo en gentes de aquella misma época y similares, si no iguales, merecimientos: Julián Marías. Los dos tuvieron un lema común y conjunto —“que por mí no quede.” Los dos se enamoraron de este país en visitas lectivas.

Dionisio “cayó” muy bien a los americanos, sus alumnos le adoraron. El don de la palabra, y el buen hacer intelectual, nunca le abandonaron y produjeron adhesiones de por vida. Todavía, cuando yo llegué, encontré antiguos alumnos suyos a los que el conocerme les hacía saltar las lágrimas de añoranzas y recuerdos. Algunos de ellos habían llegado a ser profesores de español en universidades circundantes: A & M, Houston, Rice…todos me hablaron del profesor, pero sobre todo de la persona.

América le impactó pero no le quitó un ápice de su castellanía y su personalidad. O. y N. me contaron una anécdota de un viaje con él. Estaban en el mirador que domina la más increíble panorámica del Gran Cañón del Colorado, y en medio del enmudecimiento general se oyó la voz tonante de Dionisio: “pues hay un sitio en España que me recuerda esto, cerca de Burgo de Osma…” Genio y figura. En tan solo unos meses, dejó un recuerdo y una huella indeleble en la Universidad de Texas, en Austin. Autenticidad.

Dionisio Ridruejo era una verdad como una fiera.

Luisma, Pittsburgh, 29 de Junio de 2012 (en el centenario de D. Ridruejo)

Animales

“Dougie”, en perspectiva militar y en espera.

Una vez ví una película, creo que era de Robert Redford, sobre un hombre que hablaba con los caballos: “The Horse Whisperer” (literalmente: El Susurrador de Caballos). Era una película, ni buena, ni mala, sino todo lo contrario. El asunto es que el tipo les decía cosas y ellos le hacían caso. No recuerdo mucho más de la historia, no era un gran asunto. Me hizo pensar en los que hablan con los animales. Incluso yo mismo a veces lo hago. Y hasta que punto todo ello tiene, o no tiene, sentido.

Mi compañera, y sin embargo amiga, S. perora con los animales; además de conmigo (animal relativamente racional), habla con otros bichos. Hoy, sin ir más lejos, la he visto parlamentar con una mosca que pretendía entrar por el balcón abierto de la terraza, siempre protegido por esa fina redecilla, que antes era metálica, a modo de segunda puerta. El suyo es un hablar selectivo; a las “yellowjackets”(especie de avispas) ni les dirige la palabra. Habrán tenido, en el pasado, sus más y sus menos.

Algo diferente, supongo, aunque solo es un suponer, pues únicamente la veo con sus perros tejanos en las fotos que me manda cuando está en Texas. Digo yo que hablará con ellos porque cuando los recuerda, lo que ocurre frecuentemente, los llama: “The Little Man” o “El Caballero”, refiriéndose a “Dougie”, también conocido como: “Sir Doug”, un Cavalier King Charles Spaniel, que es su favorito. También hablará con “Dexter”, primo de “Dougie” y de su misma raza. De los dos tiene una amplia colección de fotos, que son las que usa para “venderme”, con poco éxito, las excelencias de los animales.

Es cosa sabida mi poca pasión por los irracionales, fruto de unas sesgadas relaciones juveniles con perros, y aún más con los gatos, dos, de NM, mi mujer americana. No digo que esa fuera la causa de mi divorcio, pero sirvió de ayuda. A mayores, que le dicen en mi pueblo. La verdad es que aguanto mal el olor de los animales y sus heces; por no hablar de los intempestivos y obsesivos ladridos. No puedo por menos, aquí, que recordar la jauría de chihuahuas, seis o siete de ellos, que alguien sacaba a pasear y hacer sus cosas en la esquina de las calles Cea Bermúdez e Isaac Peral, durante mi vida en Madrid. Estos pobres perros pagaron el pato de mi resistencia a lo perruno y animal. Alguno de ellos llevó una discreta patada de gol, por atentar contra mis tobillos y por ladridos desconsiderados, con nocturnidad y alevosía.

Yo tampoco soy ajeno, sin embargo, al hablar con animales; aúnque los de aquí al principio no me entendían. Hablan en inglés, claro. Todavía recuerdo bien como me identificaron los alumnos de mi segunda mujer, profesora de universidad, cuando llegué a este país: su marido debe ser ese señor que hemos visto en el “campus” hablando con las ardillas en español de España. Supongo que mi soledad de aquellas horas primeras me hizo hablar con quien fuera, pudiera o no entenderme.

Ya no hablo más en español con las ardillas, porque “Cabezón”, mi ardilla vecina, que visita frecuentemente nuestra terraza-jardin para intentar comerse las flores de S., solo entiende inglés y, además, normalmente, no me hace ni caso. Debe ser por mi acento. Las flores de S. han de tener un atractivo especial que desconozco, aparte de sus nombres. Por ejemplo, una de sus especiales petunias se llama: “Pretty Much Picasso”(!?). Ignoro si las ardillas saben todo esto y si realmente les gustan las flores. A lo peor estoy suponiendo algo que es falso. De todas maneras yo les leo la cartilla todos los dias, aunque tienen la tendencia a olvidar las admoniciones humanas. No sé porque me molesto en hablar con ellas.

“Dexter” y “Dougie” con los ojos de querer…

No obstante, y a pesar de mi desdén por los animales, tengo que reconocer que ambos, “El Caballero” y su primo tienen un encanto especial, mientras no me ladren demasiado. Esos ojos de solicitud ansiosa, reclaman compartir un sandwich de mantequilla de cacahuete. Al final va a resultar que, los canes y yo, tenemos cosas en común, una pasión y algo que hablar entre nosotros.

Luisma, 12 de Junio del 2012

Frank Gehry en Cleveland

view of the roof of the Peter B. Lewis Building in Cleveland, Ohio, USA

“Peter B. Lewis Building” de Frank Gehry.
“…proas de barcos hendiendo ruiselantes mares de sombras…”

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo.

Siempre he sabido que la Arquitectura (así, con mayúscula) ejerce una fascinación especial en mi. Nunca me he parado a considerar las razones de ello, pero, ha sido y es una constante de mi vida. Puedo estar horas en contemplación de la buena arquitectura y tratar de diseccionar todas sus posibilidades estéticas con la ayuda pertinente de una cámara fotográfica. Nunca, sin embargo, consideré seriamente estudiar para ser arquitecto. La parte ingenieril y de cálculo siempre me echó para atrás. Cobardía.

Ahora, y siempre, esa fascinación se ha convertido en atracción, casi magnética, por las grandes obras del arte arquitectónico; de todas las épocas, pero principalmente de la modernidad contemporánea. Tengo mis gustos en ello muy claros y una cohorte de artistas, escueta pero apreciable, llenan mis expectativas de lo que busco en una buena obra arquitectónica. Casi siempre he elegido mis preferencias por el juego fotográfico que ellas me han procurado. Son amores distintos, la fotografía ante todo y solo pareja a la pintura.

Así puedo citar una pequeña lista, que podría ser más grande: Julio Cano Lasso, Frank Lloyd Wright, Philip Johnson, Renzo Piano, Frank Gehry…De este, tardío en llegar a mi apreciación de todos ellos, en los últimos años he admirado el “Guggenheim” de Bilbao, el “Parque del Milenio” de Chicago y finalmente, solo hace un par de semanas, el “Peter B. Lewis” de Cleveland. Cada “nuevo” edificio suyo que conozco, más me gusta su concepto y el resultado constructivo. Por supuesto, todo ello pasado por el tamiz de las posibilidades fotogénicas que me brinda.


“Peter B.Lewis” Interior. Facultad de Administración y Dirección de Empresa.
Universidad Case Western, Cleveland (Ohio)

Quizá lo que menos veo es su funcionalidad, aunque tengo la creencia de que un edificio que resulta “redondo”, estéticamente, tiene que funcionar también. Y casi siempre, salvo “deshonrosas” excepciones, las grandes obras lo hacen. Si no es así, la gran arquitectura es capaz de crear la función, por si misma. Tiene vida propia. Este edificio de Cleveland, universitario, no puedo juzgarlo en su funcionalidad, pero, el deleite estético cubre todas las ambiciones. Al menos, las mías. La emoción y la sorpresa es grande frente a este hito del arte moderno.

Lo primero fue descubrirlo inopinadamente, sin buscarlo. Ignorante de mi, había visto tiempo atrás una foto no muy buena de él y no paré mientes en donde estuviera localizado. Asi pues, yendo en busca del Museo de Arte de Cleveland, me desvié un par de calles intentando un aparcamiento gratuito; algunos no cambian con los siglos—si es gratis, incluso un resfriado—(if is free, even a cold), un dicho americano. Caminando de vuelta al museo atravesé unas puertas cristaleras de otro edificio vulgar y ahí estaba, de pronto, el corazón y la máquina de fotos me dieron un vuelco. Lo reconocí como el que se topa con una artista de cine en una calle concurrida.

“…azules purisimos jugando por reflejo con beiges de una profundidad inusitada…”
Foto: Luis Jimenez-Ridruejo.

Es un edificio brillante, en todos los sentidos de la palabra. Ladrillo y metal se mezclan y casi parece que se funden el uno en el otro. Lo esencial es la curvatura, es un canto solemne y elíptico. Metal curvado, muros enladrillados de las mismas formas, ventanas curvadas al compás. No sé porque me vino a la imaginación un canto gregoriano y una ensoñacion de velocidad, todo ello tridimensional y colgado sin soporte en el espacio.Nada eclesial en su aspecto, pero, una catedral laica de los tiempos actuales. Lo que antiguamente se llamaba: un obrón. Un magnífico edificio.

“…una selva de formas, aparentemente caprichosas, solo aparentemente…”
Foto: Luis Jimenez-Ridruejo.

La mirada discurre por sus formas sin solución de continuidad. La imaginación se pone inmediatamente en movimiento…Proas de barcos hendiendo ruiselantes mares de sombras. Lunas plateadas en pleno mediodía, en campo de gules. Azules purísimos jugando por reflejo con beiges de una profundidad inusitada. Evocación de cimas soñadas, picos metálicos y ángulos impensables surgiendo de una selva de formas, aparentemente caprichosas, solo aparentemente. Cuanto más tiempo pasas mirándolo, más razonable te parece su estética y más familiar se vuelve su sentido.

Es patrimonio de la buena arquitectura el ser esencialmente fotogénica. Las obras de Gehry lo son y en grado sumo. Cada visita a una de ellas me ofrece siempre nuevas posibilidades, todo cambia con nuevas luces, al fin y al cabo, la luz lo es todo.

Luisma, 25 de Mayo del 2012.