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Capsula de tiempo

“El ojo del amo engorda al caballo”

Cada mañana, previo calentarlo un rato, agarro mi coche americano y me hago veinte minutos de rodadura desde mi casa hasta el sitio donde trabajo. Es un automóvil amplio, un Mercury, modelo “Gran Marqués”(!?). Siempre tuve afición a los coches grandes americanos, lo que llamábamos entonces, en mi infancia: un “haiga”. Nunca he sabido de donde proviene ese apelativo, sinónimo para nosotros de coche bueno y lujoso. Es un auto cómodo, espacioso, grandón, y a pesar de ello de fácil manejo. Conducirlo es un placer por muchas razones, entre las cuales incluyo las de tipo sentimental.

El Mercury es una habitación rodante con un buen equipo estéreo y una correcta audición musical. Eso quiere decir que aprovecho mis cuarenta minutos diarios, a veces más, para escuchar música clásica mientras conduzco; sin grandes volúmenes de sonido pues no sería muy seguro tapar los ruidos exteriores. Raramente uso otra emisora que no sea la pública NPR, con su constante programación de música sinfónica. Reducto de clásicos liberales (!?), a pesar de estar medio pagada por el Estado, esta radio te inyecta placer y deleite en vena, es mejor que otras drogas y es “gratis et amore”.

Juzgad, si no, por el programa de esta mañana a las ocho y media: “Sinfonía Española” de Lalô, y la nunca bien ponderada “Oración del Torero” de Turina. A los sones de esta última me despertaba mi compañero de pensión estudiantil, en el Madrid de los primeros setentas, el violinista gallego Nicanor Muiños, y eso durante cuatro años seguidos! Cada día! Para “hacer dedos” él, y para calentar neuronas musicales, yo. Esta mañana al oírla dentro del coche, en América y tantos años después, me sobresaltó la alegría del recuerdo y la “canté” nota por nota. Quien sabe donde andará el ínclito Muiños, músico de profesión y de vocación. No le he vuelto a ver desde aquellos despertares y la única vez que volví a oír su nombre alguien me dijo que ese apellido le sonaba como concertino en una orquesta alemana. Quién sabe?

Habitación rodante, cápsula espacial, reducto personal; refugio al estilo del submarino del Capitán Nemo, el Nautilus, un lugar donde yo también soy el único que manda. Estoy volviendo a leer a Julio Verne, su “Isla Misteriosa”, en francés, recuperando el idioma como cada cierto tiempo. Que gran escritor! Meterme en ese reducto es la única tarea obligada que hago con gusto porque sé que durante este tiempo no hay otra posibilidad más que conducirlo, prestar atención a ello y escuchar música. Placer por partida doble. En mi caso, como máximo, gritar invectivas a otros conductores, inaudibles desde mi ámbito cerrado y estanco. Los americanos son conductores poco ágiles y siempre pienso lo mal que lo pasarían manejándose en las calles de Roma, o de Madrid por un acaso.

La entente entre el americano y su coche es muy especial, es ritual y forma parte del curso de su vida. A diferencia del europeo, quizá el francés provinciano sea la única excepción, mantiene una relación estrecha con su vehículo, rayana en lo religioso. En su propio garaje, lo cuidan, lo lavan, lo arreglan personalmente, salvo grandes averías o golpes demasiado graves. Hablan de sus coches a veces más que de sus parejas. Es el substituto del antiguo caballo, símbolo de libertad. Al americano puedes quitarle cualquier cosa, incluso su dinero, pero nunca su coche, o su pistola, eso es sagrado y matarían por cualquiera de los dos.

Amor, coche e internet. Con la gran afición de los americanos por los números y las encuestas, vamos a mirar y pormenorizar algunas cifras: el 48% admiten que el coche es el lugar mas excitante para hacer el amor, en segundo lugar con 33% aparece la cama! A día de hoy, hay 500 millones de autos rodando por las carreteras y caminos del mundo entero, 40% de estos vehículos (mas de 200 millones de ellos) ruedan por las carreteras de Estados Unidos! De todas maneras, algo está cambiando, y rápido: 46% de los chicos entre 18 y 24 años de edad escogen tener acceso a internet, aunque no tengan coche propio. Ya ni moverse quieren, solo estar pegados al Smart Phone o a la tableta. En cualquier caso el amor por el coche volverá, no veo ningún futuro de longevidad al Facebook o al Twitter.

Tengo tanta pasión como cualquier americano arquetípico por mi coche y por ese espacio vital que diariamente me concede. Cápsula de tiempo. Tampoco pretendo hacer del Mercury una Verniana solución final, a lo Capital Nemo; mi coche no me llevará a ese viaje a ninguna parte, no me hace falta, no creo en vida después de la vida. El único ritual que me interesa es que me lleve y me traiga al tajo, y que durante este interludio me permita escuchar música. Un tiempo de reconquista personal fuera de las lides diarias, un momento importante de cada día.

Luisma, 15 de marzo de 2012