Monthly Archives: May 2012

Frank Gehry en Cleveland

view of the roof of the Peter B. Lewis Building in Cleveland, Ohio, USA

“Peter B. Lewis Building” de Frank Gehry.
“…proas de barcos hendiendo ruiselantes mares de sombras…”

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo.

Siempre he sabido que la Arquitectura (así, con mayúscula) ejerce una fascinación especial en mi. Nunca me he parado a considerar las razones de ello, pero, ha sido y es una constante de mi vida. Puedo estar horas en contemplación de la buena arquitectura y tratar de diseccionar todas sus posibilidades estéticas con la ayuda pertinente de una cámara fotográfica. Nunca, sin embargo, consideré seriamente estudiar para ser arquitecto. La parte ingenieril y de cálculo siempre me echó para atrás. Cobardía.

Ahora, y siempre, esa fascinación se ha convertido en atracción, casi magnética, por las grandes obras del arte arquitectónico; de todas las épocas, pero principalmente de la modernidad contemporánea. Tengo mis gustos en ello muy claros y una cohorte de artistas, escueta pero apreciable, llenan mis expectativas de lo que busco en una buena obra arquitectónica. Casi siempre he elegido mis preferencias por el juego fotográfico que ellas me han procurado. Son amores distintos, la fotografía ante todo y solo pareja a la pintura.

Así puedo citar una pequeña lista, que podría ser más grande: Julio Cano Lasso, Frank Lloyd Wright, Philip Johnson, Renzo Piano, Frank Gehry…De este, tardío en llegar a mi apreciación de todos ellos, en los últimos años he admirado el “Guggenheim” de Bilbao, el “Parque del Milenio” de Chicago y finalmente, solo hace un par de semanas, el “Peter B. Lewis” de Cleveland. Cada “nuevo” edificio suyo que conozco, más me gusta su concepto y el resultado constructivo. Por supuesto, todo ello pasado por el tamiz de las posibilidades fotogénicas que me brinda.


“Peter B.Lewis” Interior. Facultad de Administración y Dirección de Empresa.
Universidad Case Western, Cleveland (Ohio)

Quizá lo que menos veo es su funcionalidad, aunque tengo la creencia de que un edificio que resulta “redondo”, estéticamente, tiene que funcionar también. Y casi siempre, salvo “deshonrosas” excepciones, las grandes obras lo hacen. Si no es así, la gran arquitectura es capaz de crear la función, por si misma. Tiene vida propia. Este edificio de Cleveland, universitario, no puedo juzgarlo en su funcionalidad, pero, el deleite estético cubre todas las ambiciones. Al menos, las mías. La emoción y la sorpresa es grande frente a este hito del arte moderno.

Lo primero fue descubrirlo inopinadamente, sin buscarlo. Ignorante de mi, había visto tiempo atrás una foto no muy buena de él y no paré mientes en donde estuviera localizado. Asi pues, yendo en busca del Museo de Arte de Cleveland, me desvié un par de calles intentando un aparcamiento gratuito; algunos no cambian con los siglos—si es gratis, incluso un resfriado—(if is free, even a cold), un dicho americano. Caminando de vuelta al museo atravesé unas puertas cristaleras de otro edificio vulgar y ahí estaba, de pronto, el corazón y la máquina de fotos me dieron un vuelco. Lo reconocí como el que se topa con una artista de cine en una calle concurrida.

“…azules purisimos jugando por reflejo con beiges de una profundidad inusitada…”
Foto: Luis Jimenez-Ridruejo.

Es un edificio brillante, en todos los sentidos de la palabra. Ladrillo y metal se mezclan y casi parece que se funden el uno en el otro. Lo esencial es la curvatura, es un canto solemne y elíptico. Metal curvado, muros enladrillados de las mismas formas, ventanas curvadas al compás. No sé porque me vino a la imaginación un canto gregoriano y una ensoñacion de velocidad, todo ello tridimensional y colgado sin soporte en el espacio.Nada eclesial en su aspecto, pero, una catedral laica de los tiempos actuales. Lo que antiguamente se llamaba: un obrón. Un magnífico edificio.

“…una selva de formas, aparentemente caprichosas, solo aparentemente…”
Foto: Luis Jimenez-Ridruejo.

La mirada discurre por sus formas sin solución de continuidad. La imaginación se pone inmediatamente en movimiento…Proas de barcos hendiendo ruiselantes mares de sombras. Lunas plateadas en pleno mediodía, en campo de gules. Azules purísimos jugando por reflejo con beiges de una profundidad inusitada. Evocación de cimas soñadas, picos metálicos y ángulos impensables surgiendo de una selva de formas, aparentemente caprichosas, solo aparentemente. Cuanto más tiempo pasas mirándolo, más razonable te parece su estética y más familiar se vuelve su sentido.

Es patrimonio de la buena arquitectura el ser esencialmente fotogénica. Las obras de Gehry lo son y en grado sumo. Cada visita a una de ellas me ofrece siempre nuevas posibilidades, todo cambia con nuevas luces, al fin y al cabo, la luz lo es todo.

Luisma, 25 de Mayo del 2012.

“Se non è vero è ben trovato”

Relatividad, de M.C. Escher (1953)

Algunas noches, al amparo de la obscuridad solo perturbada por las puntuales y necesarias luces LED, me regodeo acompañado de música clásica y escribo, es un decir, en mis circunvoluciones. Eso antes de levantarme apresuradamente del sofá, para encender una luz de lámpara, con su “bombilla” futurible de rabo de cerdo, y escribir a mano. Al parecer, pronto todas las bombillas van a ser así, dando una luz “industrial” que no me gusta un pelo. Lo de apresuradamente es porque, en caso contrario, se me va el santo al cielo y me olvido hasta de cómo me llamo.

Digo que escribo mentalmente, exprimiendo el baúl de los recuerdos y acordándome contínuamente de aquella definición que alguien hizo de la cultura: “es aquello de lo que nos acordamos después de olvidar lo que habíamos estudiado”. Cultura o no cultura, recuerdos tengo muchos aunque solo me llegan cuando les da la gana. Y aquí entra la inevitable inventiva o capacidad de generar, y pastorear, esos recuerdos, que ni siquiera estoy seguro de que sean ciertos y veraces. Cosas tantas veces pensadas y hasta relatadas que el cerebro de uno, de puro usado quiero suponer, las ha adoptado y regenerado como si fueran verdades del barquero.

Historias estas, las dudosas o inventadas, o ya imposibles de reconocer como ciertas, que naturalmente suelen ser las más apreciadas por los interlocutores, o los lectores. Ya, hasta estoy convencido de haber tenido aventuras jugosas o fantásticas, en múltiples escaleras y otros tantos países de los que estoy más que seguro no haber puesto nunca el pie. Se non è vero è ben trovato. Así es como se justifican las ocurrencias de mi estro y el de otros. Me resisto a pensar que eso solo me pase a mi.

Y si esto me ocurre, y a miles de otros a lo largo de la historia, imagino, o mejor no quiero ni imaginar, cuantos inciertos bien hallados recuerdos pueblan los textos de las religiones y, por supuesto, de la política. Justificación requieren los hechos y las filosofías y algunas personas hemos nacido, por suerte o por desgracia, con el don, o la dudosa“virtud”, de la justificación pronta, o fácil, y generalmente bien hallada. Al menos, otra justificación más, mis “non vero trovatos” son inocentes y que yo sepa no provocan mas allá de mis desastres personales.

Y en estas estoy esta noche,haciendo aliteraciones y esperando que baje la musa de la inspiración y los recuerdos, que por cierto no puedo recordar cual es, o si nunca existió. Inocente de mi, estoy barajando hojas en blanco, con el síndrome de la página del mismo color, esperando que me llegue algo, por fútil que sea, sobre lo cual poder escribir una pieza, más o menos lucida, para satisfacción propia y posible ludibrio de otros. Y pensar que podría estar cómodamente echado en la cama y leyendo mi actual libro de cabecera: Drácula de Bram Stoker, otra vez, pero esta vez en inglés, claro.

Y me fuí a la cama. Pasé del vampiro, solo hasta mañana porque es literatura, y de la buena! A obscuras para no despertar a S., sigo dándole vueltas al asunto de recordar los recuerdos. Lo dicho, la aspiración de siempre: “Se non è vero è ben trovato”. Y esto es algo en lo que nadie te puede ayudar y, a lo mejor, ni puñetera falta que hace.

Luisma, 12 de Mayo de 2012

El Tío de las Gafas Verdes


Fachada principal del Museo de Arte de Cleveland.—Quieren que sepas que está abierto—

Para celebrar un cumpleaños, lo óptimo es visitar un museo de arte y si es la primera vez que lo ves, mucho mejor. Es una de mis manías, otra es trabar “conocimiento” con alguna de las obras exhibidas y “adoptarlas” como amigas y, por lo tanto, visitarlas siempre que la ocasión se tercie. Esto fue lo que hice unos días atrás visitando el Museo de Arte de Cleveland, en Ohio.

Un museo grande, aunque no grandioso; es uno más de esos típicos museos de las ciudades americanas de cierta importancia, con sus colecciones pequeñas, escasas de obra y limitadas de interés, salvo casos excepcionales. No todo el mundo puede tener el lujo de una colección con la enormidad y la magnificencia del Museo del Prado. Estamos muy mal acostumbrados, nosotros, los españoles. En América y en muchos casos, colecciones privadas abiertas al público son mejores y más completas que las de los museos “oficiales”, patrocinados solo en parte por dinero estatal.

El Museo de Arte de Cleveland dispone de un edificio insignia, “clásico”(1916), con su frontón, sus columnas y su estanque a la entrada, incluso con gansos para no ser menos que el Capitolio Romano. Fastuoso exterior para una colección mediana. Se le han venido añadiendo edificios que rodean el palacio primero, más o menos acertadamente. Si bien, el más destacable edificio del campus no pertece al museo, está solo a un tiro de piedra de esta fastuosidad y emerge por encima de todos, con su aspecto de casco romano. Es el “Peter B. Lewis” de Frank Gehry, la Escuela de Negocios y Dirección de Empresa de la Universidad. A esta maravilla fotogénica hay que echarle de comer aparte, tanto como al Guggemheim de Bilbao.

Después de caminar desde el aparcamiento, con la solanera que pegaba de plano en las cabezas, agradecimos entrar en el museo clásico, el de arte, con sus espesos muros y su aire acondicionado. Su colección permanente, como digo, no es muy extensa, ni tampoco muy selecta, aunque tiene algunas piezas interesantes de pintura y escultura. El resto, incluido un pequeño repertorio de armaduras y armatostes medievales, que parecen desplazadas en un museo americano, son cosas de no mucho valor y poca sensación.

Demasiadas copias, o simples atribuciones. Vemos un Picasso “azul”, no de lo mejor. Un Turner ardiendo en llamas, demasiado fuego. Un Monet enorme, de tamaño, canto a la admiración del americano medio por el Impresionismo. Para ellos la pintura empieza, y termina, en este movimiento. Un lamentable “Cupido y Psyche” de David, compensado por un “Aviador” de Fernand Leger, magnífico. Un Matisse poco lucido y la conciencia de la nula o poca presencia de la mejor pintura americana. Y así sala tras sala.

Al salir de la sala Rodin, una jaula de cristal, todavía deslumbrado por la luz natural y los volùmenes rodinianos; estaba tratando de acomodar mis ojos a la intensidad de la luz artificial, cuando reparé en un retrato solitario y sorprendente, no por su calidad ( muy del montón) sino por el aspecto vampírico del retratado, y más que nada por las extrañas gafas con cristales verdes y diseño “avanzado”, incluso para los tiempos que corren. Había unas cuantas personas frente al cuadro, al parecer no era yo el único interesado en el tipo y sus alucinantes gafas.


Retrato de Nathaniel Olds por Jepta Wade (1837)

El personaje en cuestión fue: Nathaniel Olds (1837, la fecha del cuadro), uno de aquellos “robber barons” (vampiros de la riqueza), no tan importante como Carnegie, que contribuyeron a la “creación” de la economía de este pais. El pintor fue Jepta Wade, un desconocido del que descubrí una mayor aportación: fundador de la Western Union Telegraph Co. (!?) Evidentemente en aquel momento de esta nación, con todo por hacer, hasta el más tonto hacía relojes o trataba de hacerse rico con tantas oportunidades.

El retrato de Mr. Olds tiene esas gafas verdes y “supermodernas”. Unas gafas especiales, diseñadas para proteger los ojos de la brillantez e intensidad de la luz de las lámparas de Argand. Estas usaban como combustible el aceite de ballena (!), muy caro y que pronto cayó en desuso en favor del keroseno, mucho más barato. A quién se le ocurre hacerse el retrato con las dichosas gafas!? De cualquier manera, ya tengo un nuevo “amigo” al que visitar en un nuevo museo: El Tío de las Gafas Verdes, en Cleveland. No son las “Señoritas de Avignon”, pero el tío tiene un punto.

Luisma, 25 de Abril del 2012