El Tío de las Gafas Verdes


Fachada principal del Museo de Arte de Cleveland.—Quieren que sepas que está abierto—

Para celebrar un cumpleaños, lo óptimo es visitar un museo de arte y si es la primera vez que lo ves, mucho mejor. Es una de mis manías, otra es trabar “conocimiento” con alguna de las obras exhibidas y “adoptarlas” como amigas y, por lo tanto, visitarlas siempre que la ocasión se tercie. Esto fue lo que hice unos días atrás visitando el Museo de Arte de Cleveland, en Ohio.

Un museo grande, aunque no grandioso; es uno más de esos típicos museos de las ciudades americanas de cierta importancia, con sus colecciones pequeñas, escasas de obra y limitadas de interés, salvo casos excepcionales. No todo el mundo puede tener el lujo de una colección con la enormidad y la magnificencia del Museo del Prado. Estamos muy mal acostumbrados, nosotros, los españoles. En América y en muchos casos, colecciones privadas abiertas al público son mejores y más completas que las de los museos “oficiales”, patrocinados solo en parte por dinero estatal.

El Museo de Arte de Cleveland dispone de un edificio insignia, “clásico”(1916), con su frontón, sus columnas y su estanque a la entrada, incluso con gansos para no ser menos que el Capitolio Romano. Fastuoso exterior para una colección mediana. Se le han venido añadiendo edificios que rodean el palacio primero, más o menos acertadamente. Si bien, el más destacable edificio del campus no pertece al museo, está solo a un tiro de piedra de esta fastuosidad y emerge por encima de todos, con su aspecto de casco romano. Es el “Peter B. Lewis” de Frank Gehry, la Escuela de Negocios y Dirección de Empresa de la Universidad. A esta maravilla fotogénica hay que echarle de comer aparte, tanto como al Guggemheim de Bilbao.

Después de caminar desde el aparcamiento, con la solanera que pegaba de plano en las cabezas, agradecimos entrar en el museo clásico, el de arte, con sus espesos muros y su aire acondicionado. Su colección permanente, como digo, no es muy extensa, ni tampoco muy selecta, aunque tiene algunas piezas interesantes de pintura y escultura. El resto, incluido un pequeño repertorio de armaduras y armatostes medievales, que parecen desplazadas en un museo americano, son cosas de no mucho valor y poca sensación.

Demasiadas copias, o simples atribuciones. Vemos un Picasso “azul”, no de lo mejor. Un Turner ardiendo en llamas, demasiado fuego. Un Monet enorme, de tamaño, canto a la admiración del americano medio por el Impresionismo. Para ellos la pintura empieza, y termina, en este movimiento. Un lamentable “Cupido y Psyche” de David, compensado por un “Aviador” de Fernand Leger, magnífico. Un Matisse poco lucido y la conciencia de la nula o poca presencia de la mejor pintura americana. Y así sala tras sala.

Al salir de la sala Rodin, una jaula de cristal, todavía deslumbrado por la luz natural y los volùmenes rodinianos; estaba tratando de acomodar mis ojos a la intensidad de la luz artificial, cuando reparé en un retrato solitario y sorprendente, no por su calidad ( muy del montón) sino por el aspecto vampírico del retratado, y más que nada por las extrañas gafas con cristales verdes y diseño “avanzado”, incluso para los tiempos que corren. Había unas cuantas personas frente al cuadro, al parecer no era yo el único interesado en el tipo y sus alucinantes gafas.


Retrato de Nathaniel Olds por Jepta Wade (1837)

El personaje en cuestión fue: Nathaniel Olds (1837, la fecha del cuadro), uno de aquellos “robber barons” (vampiros de la riqueza), no tan importante como Carnegie, que contribuyeron a la “creación” de la economía de este pais. El pintor fue Jepta Wade, un desconocido del que descubrí una mayor aportación: fundador de la Western Union Telegraph Co. (!?) Evidentemente en aquel momento de esta nación, con todo por hacer, hasta el más tonto hacía relojes o trataba de hacerse rico con tantas oportunidades.

El retrato de Mr. Olds tiene esas gafas verdes y “supermodernas”. Unas gafas especiales, diseñadas para proteger los ojos de la brillantez e intensidad de la luz de las lámparas de Argand. Estas usaban como combustible el aceite de ballena (!), muy caro y que pronto cayó en desuso en favor del keroseno, mucho más barato. A quién se le ocurre hacerse el retrato con las dichosas gafas!? De cualquier manera, ya tengo un nuevo “amigo” al que visitar en un nuevo museo: El Tío de las Gafas Verdes, en Cleveland. No son las “Señoritas de Avignon”, pero el tío tiene un punto.

Luisma, 25 de Abril del 2012