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Dionisio en América

La verdad de la verdad
Y la verdad verdadera
Y la verdad como un templo
Son verdades como fieras.

–Dionisio Ridruejo, (1912-1975)

Para un Ridruejo, moreno de aires y soles sorianos, seco de los de secano y pino albar, castellano viejo donde los haya y todavía queden, debió ser un golpetazo y un ahogo llegar a Texas, con esa humedad y aquel calor atosigante; el mismo país que me recibió a mí, muchos años más tarde. Y supongo que también le surgirían los mismos pensamientos, aquel primer día de América. El ya había estado antes en Wisconsin, que no es lo mismo, Texas es especial, es su propio pais. Aún así, diría: que se me ha perdido aquí? O como el dicho familiar: quien me habrá mandado a mí venir aquí?

Era América un recurso y una aventura. Dionisio había sido todo lo que se podía ser en aquella España, con muchos más problemas que la actual. Lo único que no había conseguido era medrar económicamente, Algunos Ridruejo no sabemos como se hace eso, nos dedicamos a vivir sin pensar en lo que viene después, o en el toro que nos puede pillar. Lástima, para él y para otros, no haber vivido en otras épocas más floridas, aunque fuera como soldados rasos, o siervos de la gleba. Estudiar para algo y vivir en otros términos. Es igual, nadie está conforme con su suerte.

Sin embargo, cuando estuvo en Texas, era ya un famoso poeta y hombre de letras, con algo de templario sin grial. Había sido, y lo seguía siendo, un tormentoso político, en una época en la que serlo no era precisamente una bicoca. Tenía esa extraña idea de servir a los demás y servirse poco, o nada, a si mismo. He visto esa misma ambición o deseo en gentes de aquella misma época y similares, si no iguales, merecimientos: Julián Marías. Los dos tuvieron un lema común y conjunto —“que por mí no quede.” Los dos se enamoraron de este país en visitas lectivas.

Dionisio “cayó” muy bien a los americanos, sus alumnos le adoraron. El don de la palabra, y el buen hacer intelectual, nunca le abandonaron y produjeron adhesiones de por vida. Todavía, cuando yo llegué, encontré antiguos alumnos suyos a los que el conocerme les hacía saltar las lágrimas de añoranzas y recuerdos. Algunos de ellos habían llegado a ser profesores de español en universidades circundantes: A & M, Houston, Rice…todos me hablaron del profesor, pero sobre todo de la persona.

América le impactó pero no le quitó un ápice de su castellanía y su personalidad. O. y N. me contaron una anécdota de un viaje con él. Estaban en el mirador que domina la más increíble panorámica del Gran Cañón del Colorado, y en medio del enmudecimiento general se oyó la voz tonante de Dionisio: “pues hay un sitio en España que me recuerda esto, cerca de Burgo de Osma…” Genio y figura. En tan solo unos meses, dejó un recuerdo y una huella indeleble en la Universidad de Texas, en Austin. Autenticidad.

Dionisio Ridruejo era una verdad como una fiera.

Luisma, Pittsburgh, 29 de Junio de 2012 (en el centenario de D. Ridruejo)

Animales

“Dougie”, en perspectiva militar y en espera.

Una vez ví una película, creo que era de Robert Redford, sobre un hombre que hablaba con los caballos: “The Horse Whisperer” (literalmente: El Susurrador de Caballos). Era una película, ni buena, ni mala, sino todo lo contrario. El asunto es que el tipo les decía cosas y ellos le hacían caso. No recuerdo mucho más de la historia, no era un gran asunto. Me hizo pensar en los que hablan con los animales. Incluso yo mismo a veces lo hago. Y hasta que punto todo ello tiene, o no tiene, sentido.

Mi compañera, y sin embargo amiga, S. perora con los animales; además de conmigo (animal relativamente racional), habla con otros bichos. Hoy, sin ir más lejos, la he visto parlamentar con una mosca que pretendía entrar por el balcón abierto de la terraza, siempre protegido por esa fina redecilla, que antes era metálica, a modo de segunda puerta. El suyo es un hablar selectivo; a las “yellowjackets”(especie de avispas) ni les dirige la palabra. Habrán tenido, en el pasado, sus más y sus menos.

Algo diferente, supongo, aunque solo es un suponer, pues únicamente la veo con sus perros tejanos en las fotos que me manda cuando está en Texas. Digo yo que hablará con ellos porque cuando los recuerda, lo que ocurre frecuentemente, los llama: “The Little Man” o “El Caballero”, refiriéndose a “Dougie”, también conocido como: “Sir Doug”, un Cavalier King Charles Spaniel, que es su favorito. También hablará con “Dexter”, primo de “Dougie” y de su misma raza. De los dos tiene una amplia colección de fotos, que son las que usa para “venderme”, con poco éxito, las excelencias de los animales.

Es cosa sabida mi poca pasión por los irracionales, fruto de unas sesgadas relaciones juveniles con perros, y aún más con los gatos, dos, de NM, mi mujer americana. No digo que esa fuera la causa de mi divorcio, pero sirvió de ayuda. A mayores, que le dicen en mi pueblo. La verdad es que aguanto mal el olor de los animales y sus heces; por no hablar de los intempestivos y obsesivos ladridos. No puedo por menos, aquí, que recordar la jauría de chihuahuas, seis o siete de ellos, que alguien sacaba a pasear y hacer sus cosas en la esquina de las calles Cea Bermúdez e Isaac Peral, durante mi vida en Madrid. Estos pobres perros pagaron el pato de mi resistencia a lo perruno y animal. Alguno de ellos llevó una discreta patada de gol, por atentar contra mis tobillos y por ladridos desconsiderados, con nocturnidad y alevosía.

Yo tampoco soy ajeno, sin embargo, al hablar con animales; aúnque los de aquí al principio no me entendían. Hablan en inglés, claro. Todavía recuerdo bien como me identificaron los alumnos de mi segunda mujer, profesora de universidad, cuando llegué a este país: su marido debe ser ese señor que hemos visto en el “campus” hablando con las ardillas en español de España. Supongo que mi soledad de aquellas horas primeras me hizo hablar con quien fuera, pudiera o no entenderme.

Ya no hablo más en español con las ardillas, porque “Cabezón”, mi ardilla vecina, que visita frecuentemente nuestra terraza-jardin para intentar comerse las flores de S., solo entiende inglés y, además, normalmente, no me hace ni caso. Debe ser por mi acento. Las flores de S. han de tener un atractivo especial que desconozco, aparte de sus nombres. Por ejemplo, una de sus especiales petunias se llama: “Pretty Much Picasso”(!?). Ignoro si las ardillas saben todo esto y si realmente les gustan las flores. A lo peor estoy suponiendo algo que es falso. De todas maneras yo les leo la cartilla todos los dias, aunque tienen la tendencia a olvidar las admoniciones humanas. No sé porque me molesto en hablar con ellas.

“Dexter” y “Dougie” con los ojos de querer…

No obstante, y a pesar de mi desdén por los animales, tengo que reconocer que ambos, “El Caballero” y su primo tienen un encanto especial, mientras no me ladren demasiado. Esos ojos de solicitud ansiosa, reclaman compartir un sandwich de mantequilla de cacahuete. Al final va a resultar que, los canes y yo, tenemos cosas en común, una pasión y algo que hablar entre nosotros.

Luisma, 12 de Junio del 2012