Nuestro Jimmy

(Un poco tarde para tener complejo de ET)

Jimmy Stewart era un tipo larguirucho, poco torso y largas piernas. Uno se da cuenta de ello cuando está frente a su estatua, en la antesala del museo que alarga su recuerdo. Estamos en Indiana, Pennsylvania, un pueblo universitario a unos noventa kilometros de Pittsburgh. Aqui nació y vivió en su juventud, el actor y su propio personaje. En pleno campo de granjas, bosques y colinas rugosas, puro country de lo que, en su día, era considerado el oeste americano. Un porcentaje grande de la población de esta zona nutre, ya desde antiguo, las filas militares de este país. Con guerras o sin guerras.

En este rincón rural es donde vino a nacer uno de los actores mas icónicos, e internacionalmente mediáticos, de la historia del cine. James Maitland Stewart era hijo del dueño de una ferreteria de esta población, hoy, quince mil habitantes. Nada que indicara su futura dedicación al arte interpretativo. Familia de clase media, más fácil hubiera sido hacer carrera en lo militar. Ya actor famoso, al llegar la II Guerra Mundial se alistó en la Fuerza Aérea, con las bendiciones publicitarias gubernamentales. Se licenció después del conflicto con el grado de coronel y por escalafón llegó, al final de su vida, a ser brigadier general y a la consideración de héroe de guerra. Todo un personaje: nuestro Jimmy, como así lo llamó una mujer a la que preguntamos por direcciones hacia la casa materna del actor.

Cada vez que se habla de cine o de lenguaje, salta a la palestra el nombre del personaje. Cuando hablamos de belleza del idioma, todo el mundo de parla inglesa te lo dice: no sé como podeis doblar a Jimmy Stewart, no hay una voz más bellamente natural que la de “nuestro” Jimmy. Algunas de sus obras se repiten contínuamente, año tras año, en las mismas épocas, por su representación y su valor icónico en esta cultura. La pelicula “It’s a wonderful life” no puede faltar en Navidad, como el árbol, las luces y el pavo. A la entrada de su museo, hay un viejo proyector de peliculas que de lleno te mete en ambiente. Un poco de magia, estilo Hollywood.

Por contra a los pequeños museos visitados últimamente, este pertenece a los que llamo de algodones y un imaginario, o real, olor a naftalina. Muebles viejos, que no antiguos, y mucha fotografia relativamente documental. Algunos enseres del despacho-estudio del actor y exhibiciones de poca monta. Eso sí, mucho cariño por el personaje, en la exposición y en todo el pueblo. Y es que el tipo se hizo acreedor a ese amor. Nunca olvidó su pueblo y siempre volvía con cualquier excusa.

Su pueblo tampoco lo ha olvidado. No es solo el museo y las estatuas que lo presiden, la de la calle en bronce, la del interior copia en fibra de vidrio. Hay múltiples recuerdos, incluidos los de las tiendas de souvenirs; algunos de ellos muy originales: su voz, increiblemente bien imitada por un caricato célebre, está presente y te anuncia cuando puedes pasar y cuando no, en los dos semáforos de los cruces de calle contiguos al museo. Una sorpresa y una delicia, así en alta voz, como si esta viniera del cielo.

Con personajes como este uno tiene la debilidad de permitirse el sueño, como tantos otros, de haber sido actor de Hollywood. Quizás un niño prodigio. Lo que nunca podría ocurrir pues es cosa sabida, en mi entorno, que soy un pésimo actor con el gravísimo defecto de la sobreactuación impenitente. Una pena, aunque se dice que he mejorado muchísimo con la edad. Habladurias. Creo, a pesar de todo, que no resistiría los problemas del ser famoso.

Jimmy Stewart concitó las habilidades de ser un excelente actor, una gran estrella y una fama que le perseguía a todas partes, sin tener grandes problemas en ninguna de las tres facetas de su persona. Larga vida a su recuerdo, tan larga como la sombra de su estatua.
Larguirucho y desmadejado, pero con una personalidad amable, en el mejor y más propio sentido de la palabra.

Luisma, 29 de Octubre del 2012

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