Yearly Archives: 2013

Dos Mil Catorce

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…No había caído en que es el centenario de la primera Guerra Mundial…

El año 2014. Que raro se me hace leerlo después de escribirlo en letra. 2014, así en números, está ahí mismo, como vulgarmente decimos siempre: a la vuelta de la esquina. Que distinto del 1914…Caramba! No había caído en que es el centenario de la Primera Guerra Mundial, la Guerra del Catorce (como la llamamos nosotros en España). WWI (como la siglan los americanos). También le dicen: La Gran Guerra. Por causa de esta conflagración tan mentada es por lo que se inventó el moderno concepto del turismo. Después de ella nacieron las vacaciones pagadas y la aviación comercial. Los americanos empezaron a tomar Europa como destino vacacional para visitar los teatros de las operaciones bélicas. París se convirtió en lo que nunca ha dejado de ser: uno de los mayores centros turísticos del mundo.

Con el centenario de la primera gran guerra seguro que van a ocurrir una caterva de “celebraciones”; si es que una guerra es algo que necesita celebrarse, o recordarse, o conmemorarse siquiera. Me temo que alguien va a hacer dinero a cuenta de la conmemoración. Los franceses no estarán ajenos a ello. Y no me refiero a los hoteles de los sitios de batallas famosas, con sus inevitables museos llenos de terciopelos polvorientos. Más de 150.000 memoriales hay regados por toda Francia. No, esos casi se lo merecen por haber aguantado tanto tiempo haciendo buen uso de la naftalina. Que ahora, con el centenario, revivan de su ostracismo y provoquen y disfruten una época de vacas gordas, gracias al turismo autobusero y de zapatilla deportiva. Al menos en Europa, donde transcurrió esta guerra “mundial”, es fijo que el trasvase turístico va a tener un auge singular.

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…cien años después de la guerra del gas…

Nada de esto va a ser comparable al negocio que va a generar en publicaciones, festejos (probablemente impropios de lo que es una guerra), movidas de todo tipo, incluso, por ejemplo: gastronómicas—porque no? Cosas mas raras se han visto—(Coma Ud. y sobre todo beba, lo que comían y bebían en aquel tiempo). A buen seguro, conciertos, películas y documentales sin cuento y más de alguna carnavalada y bailes de disfraces. El cuello me juego que saldrán, escritas y filmadas, historias de zombis, que tan estúpidamente están en boga en estos nuestros días. Pasó el tiempo de los extraterrestres y ahora los zombis es lo que vende. Copiando lo americano, como siempre, el mundial de futbol verá la moda de los uniformes “throwback” (‘retro’ o vuelta-atrás) en las canchas brasileras. Equipaciones con diseños de época, de aquella época. Esperemos que a los súbditos de la Sra. Merkel no les dé la tentación de ganar el campeonato con los uniformes de 1914 (camiseta de lacitos y cordones al pecho y calzón bombacho.) Faltaría más.

En la Guerra del Catorce solo había la radio y no la televisión. Ahora, cien años después, todo va ser televisado, computerizado y telefoneado. Estamos con el centenario a tiro de bala de cañon y ya me extraña que no estén anunciados concursos de quién sabe más tonterías, números y pormenores de la guerra y, claro, juegos de computador para perder el tiempo de manera más realista que nunca. Todo a ver quién le saca más partido a la efeméride. Todo a ver quién despelleja más y mejor al vellocino del dios-turismo. Ese turismo que nació bajo esta definición somera: actividades de la gente durante sus viajes y estancias en lugares distintos de su habitual entorno, en período consecutivo inferior a un año y mayor a un día.

De los viajeros-turistas de otrora a las cifras del turismo actual hay todo un mundo de diferencia y un masivo volumen comercial que antes no existía. De los negocios de Marco Polo, en su siglo, viajando a China, a los millones gastados por los chinos devolviendo su visita, hoy día. Bien veríamos que Venecia no se termine por hundir del todo bajo el peso de tanto turista asiático. Solo un dato más: año 2012, mil millones (!) de turistas se movieron por primera vez en la historia. El turismo lo único que necesita es una excusa, por leve y agarrada por los pelos que esta sea. Una guerra mundial, la primera, debe ser excusa suficiente.

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…Ya no me acuerdo del último tiempo de paz.

Así que ahí estamos, entrando en el 2014, cien años después de la guerra del gas y en reatando detrás de ella la civil española, la del átomo, la de Corea, la del Vietnam, Afganistán, Salvador, Malvinas, Sudán, el Golfo, Bosnia, Kosovo, Chechenia, Somalia, Irak…y dale que te pego. No vamos a parar de celebraciones. Me da vergüenza haber asistido a tantas de esas guerras repantingado en el sillón de mi televisión. Así serían los titulares: “El turismo bélico asegura el negocio por un siglo más….” Evidentemente, no tenemos remedio. Ya no me acuerdo del último tiempo de paz, si es que alguna vez lo ha habido. Antiguamente se decía que la paz era la ausencia de guerra; ahora ya ni eso, la paz parece que se ha convertido en una sucesión de guerras pequeñas que uno tiende a pretender que nos quedan lejos, en todos los sentidos. Lo dicho: el síndrome de los tres monos. Feliz Año Nuevo y Paz en la Tierra?

Luisma, Maypearl (TX), 28 de Diciembre (ni santos, ni inocentes) del 2013

El libro de B.

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“…cada nueva visión en tiempo y en detalle cambia el edificio de una vida.”
(Reflexión de un edificio de oficinas en otro. Houston, TX.)

“Mi memoria está tan llena que a veces no la soporto”. No sé donde lo leí, fue hace poco y no lo recuerdo bien. Ya sé, ya sé, es señal de senectud recordar las cosas lejanas y olvidar las cercanas. Para cuando una lobotomía y meter un computador en nuestro cerebro? Cuanta más memoria mejor. Ah! Fue en un libro de Marías, Javier; debió ser así, y no me extraña, porque sus libros los tengo regados por todas partes. Es uno de mis escritores de cabecera. No es solo lo que dice sino como lo dice. Magnífico. Creo que alguno de sus personajes acabó un largo soliloquio sobre el tema, diciendo: “[…] quisiera que la memoria no se me hubiera llenado tanto.”(Sorprendente idea.)

En lo personal, tengo que decir que la mía está muy llena, pero siempre me cabe más, o siento como un vacío de algo que no se me ha llenado, o no lo suficiente. El no poder recordar es algo insufrible que me ocurre todos los días, con la dolorosa sensación de ser un barco a la deriva. Es como mirar o rebuscar en nuestro almacén (por algo se le llama la nave) y apreciar que todavía queda espacio en las estanterías, que se puede vivir mucho más sin miedo a que no quede en la memoria. Además, cada nueva visión en tiempo y en detalle cambia el edificio de una vida. Así pues, a recordar tocan! Hinchad las velas del barco y navegad por cualquier tipo de recuerdo, incluso los malos y los peores. Los buenos—no hay problema—siempre te asaltan a la vera del camino.

Viene a cuento todo esto porque en un pasado fin de semana me ha tocado lidiar con algo realmente difícil: criticar los recuerdos de otra persona, escritos noveles para si misma y para un potencial libro a publicar. Criticar, en borrador, no solamente el lenguaje, la gramática, el estilo de la narración, sino hasta los mismísimos recuerdos. Uno en su prepotencia se escucha mentalmente decir cosas (sin atreverse por pudor y cariño a decírselo a la interesada): este recuerdo no se debe poner—o peor: este recuerdo, entre tantos otros, no vale la pena!?—o aún peor: quítate ese pensamiento de la cabeza! Como si uno fuera alguien para decidir sobre los recuerdos de los demás. O bien, y esto lo dije en voz alta: tienes que tener más recuerdos de los que has escrito! Así, casi imperativo, sin abordar con delicadeza el hecho de que, posiblemente, la persona no pueda o no quiera tener la memoria más llena de aquellos momentos dramáticos de su historia.

Es evidente que B. tiene la memoria llena (noventa paginas de extracto), aunque solo sea de pensar tanto en ello, de tanto recordar sus vicisitudes vitales. Y no debe ser nada fácil ordenar los recuerdos, las vivencias de una niña, cuando su más tierna infancia transcurre entre dos guerras, una civil y otra mundial. Exilios, campos de concentración, secuestros, países nuevos, culturas diferentes y una vasta suerte de avatares dramáticos y peligrosos. Un montón de aventuras y desventuras, auténticas y de todo calado. Demasiadas cosas como para recordarlas todas, demasiado fuertes como para ser justo en su apreciación. Su memoria trata de desbordar hacia dentro, contener los excesos de vivencias. Y esto le hace ser injusta consigo misma. Un niño no ve las cosas de la misma manera, cuestión de edad y experiencia. Árdua tarea es calibrar lo que se cuenta, y como se cuenta, de la propia vida.

Querer hacer justicia a las cosas que pasaron es empresa áspera, fútil y casi inviable. Alguien dijo (y esta vez si que no recuerdo quién): “Escribir una vida no es difícil, es imposible.” Todo el que escribe lo intenta alguna vez. Los resultados: siempre dudosos. Muchos son los llamados y pocos los elegidos…Voy a tener que decirle a B. que escriba lo que quiera, como quiera y en la extensión que quiera. Al fin y al cabo, tiene todo el derecho a hacerlo, es su vida. Aunque…“A veces pienso que más valdría abandonar la costumbre [de contar la vida] y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se estén quietas.” (Javier Marías en ‘Tu rostro mañana’. Editorial Alfaguara.) He tenido que leer y rebuscar en la novela de Javier porque no podía recordar la sentencia completa. Dichosa memoria!

Luisma, Houston (TX), 15 de Diciembre del 2013

El arce y el Supercollider

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Lo primero que me llamó la atención del árbol, aparte de los múltiples y fantásticos rojos de sus hojas (inevitable atracción a contraluz) fue el tronco azabache del otro árbol que vive, o muere—no estoy seguro—a su lado. Roble, por las formas y meandros de sus ramas, largo tronco encopetado al final, cuando tiene hojas, siempre negra sombra de atroz contraste. Me gustan las diferencias de luz cortantes, es vicio de fotógrafo antiguo. Este roble es oscuro, en premonición del carbón que algún día, seguramente, será. Es seco y aéreo, liviano de corteza, lo que hace resaltar más las jugosidades del arce rojo.

Esto es (un anglicismo que me gusta), volviendo al árbol de Michael, al arce rojo (Acer rubrum) solitario que alguna vez plantó en un claro, a los alcances de la casa, en medio de un tupido boscaje de enrevesados mesquites y algún que otro roble autóctono. Árbol de un color rojo, las hojas, casi violento ahora al final del otoño; un fogonazo, una llamarada en el bosque. Bello, o mejor dicho: delicioso; las abejas, si pudieran, me darían la razón. Es una auténtica delicia volver los ojos a la parte de atrás de la casa y ensancharse con la contemplación del arce, sólo, luchador, el campeón del bosque.

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…ahora al final del otoño; un fogonazo, una llamarada en el bosque.

Michael, que lo cultivó y cuidó , también lo era entre aquel grupo de campeones físicos que llegaron a Waxahachie (Texas) desde todas partes del país, como los caballeros de la Tabla Redonda de la Física en busca de su particular Grial. Llegaron para construir y poner en marcha un monstruoso acelerador de protones, iba a ser algo sumamente espectacular, el mundo de la física y la tecnología no había visto algo semejante. Era el SSC (Superconducting Super Collider), acelerador de partículas. Proporcionaría fuentes de alta energía, y una sólida percepción dentro de la evolución de nuestro universo. Alguien lo llamó: el Desertron, después de que los políticos dieran un paso atrás en un país que raramente camina de tal forma. Un proyecto que hubiera mantenido a Estados Unidos al frente de la física mundial. Fue cancelado cuando ya se habían invertido más de dos billones de dólares en su construcción.

Algunos de aquellos caballeros de la física se quedaron enganchados, colgados de los terrenos, las arboledas, los estanques, los días caniculares, las noches de lunas enormes y frescura inesperada en el vértice de la V del clima americano; aquí, donde doblan los vientos y los fríos al encuentro de las bufaradas calientes del Golfo de México para torcer camino del este, en vez de invadir el sur. Los caballeros habían comprado fincas, se habían hecho las casas de sus vidas y ya no quisieron abandonar estas tierras. El sueño del Supercollider también quedó allí, para los restos. Unas cuantas construcciones vacías y 23 km. de túneles hacia la nada. Completo hubiera sido un túnel-anillo, casi circular, de 87 km. y a 60 m. de profundidad. Alguien lo definió como: el agujero que hicimos en Texas.

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…el agujero que hicimos en Texas.

Michael se quedó aquí y desarrolló una familia, mi compañera S. es la segunda hija. Además de sus tres hijas, plantó arboles: arces, higueras, magnolias y un largo etcétera y trabajó sus maderas por puro placer y ludibrio. En sus ratos libres era carpintero-ebanista aficionado, casi profesional en sus saberes y destreza. Encuentro por la casa continuas y cumplidas muestras de ello. Su árbol, ahora que él ya no está, me hace recordarle siempre. Su favorito era ese arce cuyas hojas se mecen al viento conscientes de mi admiración e impasibles a su recuerdo.

Encuentro muy rápido el razonamiento para montar un Supercollider, no tanto para cancelar un proyecto de esa envergadura e importancia mundial. Política. Lo del árbol…puesto a encontrar, y si no a inventar, las explicaciones de plantar un arce rojo; se me ocurren las que probablemente hubieran sido las mías. Descarto el hecho kipliniano de plantar un árbol, un poco manido. Quizás la añoranza de un norte vivido con anterioridad en los años pasados en los grandes lagos. Puede que la estética del color. La singularidad del uno rodeado de todos los demás. Un espacio para una sombra, ni buena ni mala…

“Decidme solo, avisadme, cuando se ponga rojo. Quiero verlo una vez más.”

Luisma, Maypearl (TX), 11 de Diciembre del 2013

Retrato de pintor (IX)

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“Me gusta una pared vacía porque puedo imaginar que me gustaría poner en ella.” Georgia O’Keeffe (1887-1986)

Esta es la historia, retrato, de uno de los seres mas anormales que imaginarse pueda: una persona normal. Una mujer, en este caso. Una mujer feminista (lo era por naturaleza). Georgia O’Keeffe no necesitaba serlo, ni practicarlo, ni pregonarlo a bombo y platillo. Simplemente lo era, y no hace falta mirar muchas de sus pinturas para darse cuenta de ello. El feminismo mas galopante, el de armas tomar, quiso hacer de su arte una bandera y tropezó con la mas absoluta negativa. O’Keeffe, repetidamente, negó la utilización de sus imágenes para la causa feminista. No porque ella no lo fuera, o porque no apoyare la lucha, sino porque tenía mucho respeto por su arte y por el de los demás. No creía en su uso político, ni en cualquiera de los usos ajenos al arte por si mismo.

Esa normalidad la llevó a ser discutida por razones extrañas a las fronteras de su arte pictórico, sobre todo en su propio país. De ella, las más de las veces, se criticaba todo menos su pintura que era lo discutible. “Escribes sobre mi flor como si yo pensara o viera lo que tu piensas y ves de la flor—y yo no”. Incluso se llegó a criticar su éxito, tildándolo de excesivo(!). La mayor parte de sus críticos más negativos han sido otros artistas posteriores, alegando razones técnicas o de gusto personal (¡?) y ocultando a menudo los rabiosos celos, con comparaciones odiosas y siempre mal traídas. Los tiempos cambian pero solamente para repetirse. Picasso, de cuyo éxito nadie podría dudar, ni sospechar, no fue ajeno a ello. Él, sin embargo, cayó frecuentemente en la utilización política del arte; aunque en su caso produjera obras como el “Guernica”. Perdonable utilización.

Georgia O’Keeffe nació en Wisconsin, aunque su vida creativa se celebró en New York, Texas y New Mexico. “Donde nací y donde y como he vivido no tiene importancia. Lo que he hecho en donde he estado, es lo que debería ser de interés.” Ha sido, probablemente, la pintora más importante de la historia de este país, con Mary Cassatt y Helen Frankenthaler. “Uno no puede ser americano para que vayan diciendo: mira es un americano. Hay que sentir América, gustar de América, amar América y entonces trabajar.” Así se expresaba O’Keeffe al ser preguntada—que se siente al ser una pintora americana(¡?). Su vida y milagros eran examinados con lupa y fue un continuo responder a preguntas que nunca se hacían a los pintores masculinos. Georgia era una solitaria, misantrópica y casi anacoreta. Algo nada anormal y, a pesar de todo, considerado anormal por el resto de los mortales. Si no eres como todo el mundo—aborregado—eres un raro.

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“Music, Pink and Blue #2″ (1918)

Su relación afectiva y profesional con el fotógrafo Alfred Stieglitz, que era 23 años mayor que ella, contribuyó a perfilar una celebridad ajena a su interés. Fue una relación distante y físicamente despegada. Con todo y con ello, Stieglitz le hizo más de 350 fotografías, algunas de ellas maravillosas y de las que muchas eran desnudos. Dada su seriedad artística y su fama, varios de estos desnudos se han cotizado en cifras millonarias. Uno de ellos pasa por ser una de las fotografías más caras de la historia. Los temas de su pintura, después de una juvenil etapa de abstracción, fueron las flores, los edificios neoyorquinos, los paisajes áridos, y las pelvis y cráneos de animales blanqueados al sol del desierto(¡?). “Cantar siempre me ha parecido la más perfecta manera de expresión. Es tan espontánea. Y después de cantar, creo que el violín. Como no puedo cantar, pinto.” Pura normalidad, se mire como se mire.

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“Yellow Calla” (1926)

Tuvo una vida muy productiva y al final volvió a la abstracción. Aún así, siempre dudó: “No soy un exponente de expresionismo. No sé exáctamente lo que eso significa, y no me gusta como suena. No me gustan las etiquetas y los ismos. Quiero pintar al modo de mi pensar y sentir.” Le gustaba ponerse a si misma en solfa, y decía: “Odio las flores—las pinto porque son más baratas que las modelos, y no se mueven.” En resumen, una persona normal que era pintor y mujer. Aceptó y abrazó su condición femenina (en una época muy diferente a la actual) usándola para su expresión artística, y nunca renegó de ella. Georgia O’Keeffe murió a los 98 años. Los últimos veinte años de su vida ya no pudo pintar por culpa de un defecto de visión.

Luisma, 25 de Noviembre del 2013

“Siento que hay algo inexplorado sobre la mujer que solo una mujer puede explorar.” (G. O’K.)

Mirar y Ver

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José Núñez Larraz. “Catedral”. Salamanca. 1975
“…la nieve se mide en su reflejo en el blanco del cielo, y
los grises se atemperan con el filtro rojo…”

Aquí estoy, de nuevo en Texas y esta vez parece que para los restos—al menos así me gusta mirarlo—vine a este país para ver y esto es volver al punto de partida. Este segundo aterrizaje no es en la gran ciudad; ni Houston, ni Dallas, aunque estoy más cerca de Dallas, treinta minutos de autopista y quince de carretera comarcal en ángulo recto, todo ello sin apenas curvas, típico Texas. Una distancia ni buena, ni mala, sino todo lo contrario. En el corazón de la campiña tejana y en muy pocos días ya con la campiña en el corazón. Me ha ganado la paz de la llanura. Ya solo me falta ponerme a pintar otra vez. Mirar y ver, condiciones no faltan.

Maypearl (Perla de Mayo) es el sitio, a once millas de Waxahachie, así se llama el pueblo más grande y cercano. Llano, a más no poder y con alguna colinita que otra—ancho es Texas! Uno no podría imaginar, ni por lo más remoto, a un Cid Campeador redivivo cabalgándose estos territorios. Poco polvo, ningún sudor y todo hierro en los establos. El caballo de hoy es el “truck” de cuatro ruedas y un montón de caballos de los otros; lo que los hispanos llaman, españolizándolo: la “troca”, algo de cabina y espacio de carga. Vehículo indispensable para labores y carga en estas distancias; aunque tengas a la puerta un Cadillac, o un Mercedes, la troca no puede faltar.

Precisa y sorprendentemente, hoy encontré un libro en ella, debajo del asiento. No me lo esperaba. Ansel Adams “400 fotografías”. Lo rescaté de la “pickup truck” y he estado pasando, foto tras foto, todas sus páginas en un estado de embeleso total. Que gran fotógrafo para tan gran país! Seis décadas de fotografía en su más pura esencia. Un viaje rápido por las prístinas bellezas naturales de Estados Unidos. En blanco y negro, la verdad primaria de la fotografía, pese a quien pese. La reconciliación con la composición natural y la incontestable diferencia entre luces y sombras. La emoción y la dificultad de los grises.

Hacia años que no pasaba un momento tan agradable y tan ejemplar viendo fotografías. Incluso saltándoseme las lágrimas al recordar admoniciones y detalles técnicos, tantas veces solventados en mi instrucción con otro gran maestro: Pepe Núñez Larraz. Magníficos fotógrafos, los dos. Siempre echando de menos a la persona que me enseñó a ver, partiendo de la simple mirada. Lo que Ansel Adams llamaba: visualización y Núñez Larraz llamaba: ver. Es el quid del artista fotógrafo: saber ver la foto cuando la tienes delante. Ese trabajo instantáneo y ágil, previo a echarte la cámara al ojo y disparar. Y el sinnúmero de reglas y conocimientos necesarios para el envite.

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Ansel Adams. “Dunas Océano”. California. 1963
“…algunos dicen que esta imágen es abstracta, pero en aquel momento
yo no era consciente de semejante definición…”

Mientras pinto y no pinto, la fotografía complementa mi ambición de expresividad artística. La cámara siempre me acompaña y me saca de apuros para conservar las vistas seleccionadas por la mirada. Raramente uso la fotografía para pintar, y nunca realísticamente, son amores distintos. En esta ocasión estoy viendo Texas de una manera totalmente diferente que, hace más de veinte años, cuando llegué a estos nuevos mundos por primera vez. Una mirada más sentimental y más vívida, menos atónita. Entonces, todo era nuevo y mi fotografía proyectaba una visión desde un punto de vista español. Algo que ahora no me ocurre. Mi visualización se ha vuelto americana. Me he dejado la vista en el conocimiento del país y de sus luces. Sigo siendo un fotógrafo español, pero contengo también la visión americana.

Podría hacer una extensa relación de fotógrafos americanos que me han ayudado a comprender esta realidad y sus luces. Solo voy a citar los que me han calado más profundo: Ansel Adams, Edward Weston, Minor White…Tengo una especial predilección por Adams y no podría decir porqué. Como nunca olvidaré las enseñanzas universales de Núñez Larraz, Pepe, gran fotógrafo, gran persona. Con todo mi cariño al maestro, también sé que nunca podré pagarle, con el recuerdo, lo que hizo por mi: adiestrarme a ver. Él me dió herramientas y reglas y, también me ensenó a romperlas. Siempre que miro a través del objetivo, sé que veo como a él le hubiera gustado que viese.

Luisma, 1 de Noviembre del 2013

“La composición es la manera más potente de ver.” — Edward Weston

Despedida

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…el espíritu de nuestra casa se va con nosotros…

Son las 10 de la mañana en Craig Street y estoy aparcado, mal (por supuesto), en el Mercury que hoy dejará de ser mi coche; lo he vendido, mi famoso “haiga”. Es todo un proceso mental, se agolpan los recuerdos y las vivencias de todo tipo. Me estoy yendo, despacio, de Pittsburgh (Pennsylvania), la ciudad que ha sido mi casa por más de 16 años. Aparcado frente a la consulta del dentista de S., hablamos por teléfono, ella en la sala de espera y yo en el coche, signo de los tiempos,—el telefonito hasta en la sopa—solo nos separan tres metros de acera, dos peldaños de escalera exterior y otro tres metros de pasillo, casi podría meter el coche en la consulta. Espacio en América, todo el que quieras.

A punto estoy de volverme a Texas, a los predios de S., al sur de Dallas. Por la ventanilla abierta de par en par me está entrando el otoño y un magnífico olor a pastelería reciente. Voy a tener que investigar este punto, antes de marcharme de esta calle. Nunca es tarde si la dicha es buena. Estoy sin desayunar y la excusa puede ser el tomar todas mis pastillas mañaneras, PEPAH (próstata, estómago, presión arterial…hipocondría). Hay que cuidar al carcamal. Veremos que tal me sienta el cambio de aires. Y las veintitantas horas de conducir, a través de varios estados de la Unión; eso sí, en cómodos plazos, en tres o cuatro días. No hay prisa, y el otoño promete paisajes y colores. Pennsylvania—West Virginia—Ohio—Kentucky—Tennessee—Arkansas—Texas. América entrándote por el parabrisas.

Voy a echar de menos Pittsburgh—han sido muchos años—es una ciudad “antigua”, en relación con unos Estados Unidos jóvenes todavía. Aquí pasaron muchas cosas de la historia de este país, cosas que incluso marcaron el mundo y su devenir. Para mi equivale, modernamente, a una de esas ciudades medievales en las que asomaron, por primera vez, las gárgolas de la industrialización. Bien, es verdad, que apenas se notan los vestigios de aquella tremenda polución y suciedad que, en su tiempo, lo invadía todo. Alguna vez, alguna noche, he soñado despierto como sería aquella negrura, aquel olor, aquella terrible tensión vital del carbón y los hornos, cuando Pittsburgh era la capital de la metalurgia mundial.

La ciudad de los tres ríos y los tropecientos puentes. Con más millonarios por metro cuadrado que cualquiera otra. En la que ninguno de sus grandes capitalistas vivieron o viven aquí, sino en Nueva York. Estos dejan el vivir en Pittsburgh para los millonarios alpargateros, de segunda categoría, aún así millonarios. Yo, aquí y en cualquier lugar, soy un pobre de solemnidad y en la corte de la metalurgia hubiera sido un bufón muy artístico y celebrado. Los acentos del habla extranjera son muy apreciados por estos andurriales. Si tienes buen humor y características agradables te aceptan y te adoptan enseguida. La vida es relativamente barata y el trabajo estable. Todo bien, pero el caso es que me estoy yendo para Texas. Circunstancias de la vida.

Despedirse de Pittsburgh es despedirme de la casa, aunque haya vivido en otras también, esta que ha sido mi morada feliz con S., en los últimos ocho años. Nuestra casa de la calle Mission, la de la ventana trapezoidal, los techos altos que tan bien abrigaban mis pinturas grandes y las miríadas de luces LED y sus reflejos en las ventanas del valle. Esas luces que atravesando el follaje de los árboles, seguirán en mis ojos todavía por mucho tiempo, sobre todo en los amaneceres dorados. Esta casa que, por suerte para mis sentimientos, se va a marchar con nosotros y nos ha sido dado el verlo en los últimos días en ella. Ya nunca volverá a ser la misma.

Animado por nuestra inminente marcha y la posibilidad de subir la renta a algún nuevo inquilino, el dueño acometió, en los tres días finales de nuestra estancia, una drástica reforma que finalizará, después de irnos, con el cambio de todos los suelos. Nuevas ventanas, nuevas terrazas, nuevos vanos, la ventana trapezoidal evaporada; ya podemos colegir que el espíritu de nuestra casa se va con nosotros y no volverá a ella. Lo vendimos todo, todos los muebles; excepto un sillón de lectura y su lámpara, algo tenia que quedar como punto de partida para la nueva casa. Un comienzo de cero, fresco como esta noche final de otoño.

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(Maypearl,Texas)
…Lo único que cambia es el paisaje interior y, si acaso, el exterior…

Así son las cosas en este país, no vale la pena acarrear muebles sin especial significado personal. Por el precio de transportarlos, los compras nuevos en destino, los mismos si quieres. Lo único que cambia es el paisaje interior y, si acaso, el exterior. La luz. El secreto es ser minimalista y editar los trebejos vitales lo más posible. La vida, después de 16 años, se puede reducir a transportar el saber—que sí ocupa lugar. Una furgoneta grande de carga, repleta de cajas de libros, CDs, DVDs, videos y cintas magnetofónicas viejas con voces del pasado, ropa, papelerío, enseres de cocina que nunca periclitan y, claro está, Pepita, nuestra maniquí.

Ya ha caído la noche de nuestro último día en Pittsburgh. Mañana, al arrancar temprano, me despediré de los puentes amarillos, los árboles rojos, los cielos grises, los viejos olores y las luces apagadas hasta una noche próxima que, posiblemente, nunca vendrá al encuentro. Dejaré atrás la ciudad en la que he vivido más tiempo, después de la Salamanca que me vió nacer. Carretera y manta.

Luisma, 12 de Octubre del 2013

Retrato de Pintor (VIII)

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Retrato de Fernand Léger (1881-1955)

“No existe lo abstracto o lo concreto. Existe un buen cuadro y un mal cuadro. Una pintura que te conmueve y otra que te deja frio. La pintura tiene valor por si misma, como una partitura musical, como un poema.” (F. Leger)

Nunca supe, hasta hace muy pocos años, que Madonna y yo compartíamos gustos pictóricos y una sesgada relación personal; todo ello sin llegar al conocimiento mútuo—cosa que no me hubiera importado lo más mínimo. La “monstruosa” cantante y artista es fan acendrada del pintor Fernand Léger, llegando incluso a poseer—ella se puede, o se podía, permitir el lujo—obra del pintor francés. Hace diez años, vendió—siete millones de dólares para su fundación Ray of Light—el cuadro: “Tres mujeres en la mesa roja” en Sotheby’s. Lo de la relación personal fue el hecho de haber sido, mi segunda mujer—la americana—, profesora de Madonna, en bachillerato, cuando todavía se la conocía como señorita Ciccone (Madonna Louise Ciccone), en el Michigan de hace ya demasiados años.

La verdad es que me hubiera gustado conocer a Fernand Léger. Desgraciadamente, murió cuando yo tenía diez años. Hacerme una idea, un retrato del artista y del hombre, exige dos formas de intentarlo: una puede ser buscar fotografías del pintor que también era cineasta; solo para encontrar que, en lo físico, se daba un aire a Walt Disney. Nada que ver, Disney era un halcón de la derecha americana y Léger un comunista francés, algo casi tan pintoresco como un comunista español. Los dos compartían el aire bonachón y el bigotillo propio de la época entre guerras mundiales. La otra manera de retratarlo sería escrutar y rastrear la imagen de su espíritu en toda su obra y, sobre todo, leer y estudiar sus magníficos escritos sobre arte; fundamentalmente: “Funciones de la pintura”, una obra maestra.

Uno no sabe a que carta quedarse con un personaje como Fernand Léger; si el pintor adelantado a su época, moderno hasta llegar a ser el epítome de lo moderno o quedarse en el Léger escritor; posiblemente uno, si no el mejor, de los grandes escritores sobre arte de todos los tiempos. Su “Funciones de la pintura” es, para mí, el más importante texto que jamás haya leído ( y releído a menudo) escrito por un artista. No me canso de aconsejarlo.

Difícil de conjugar el hacer arte y escribir sobre ello. Descubrir las posibles razones de esta conjugación es problema harto difícil, habría que adentrarse en su biografía y en su tiempo y llegar a conocer porque alguien nace con el don de la escritura. Lejos de mi el proclamar que el artista para una cosa es artista para todo; ojalá fuera así—otro gallo nos cantaría—y no habría tanto “cantamañanas”, críticos de arte, resbalando y patinando por las laderas de la historia. Fernand entendió y plasmó perfectamente el hecho artístico y las influencias de lo individual y personal en el arte, propio o ajeno.

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(F. Leger, “Los Fumadores”, 1912. Colección Guggenheim. Nueva York.) Muchas de sus pinturas me conmueven cada vez que las miro…

Léger se fue a París, desde su Normandía natal, justo al principio del siglo XX. Quería estudiar Bellas Artes pero no le aceptaron, supongo que había que ser un consumado dibujante clásico (como en la Escuela de S. Fernando, en Madrid) y se convirtió en “oyente”, permitiéndole ello un mayor y más libre uso de su imaginación, encorsetada y constreñida por las rígidas directrices escolares. Tres años vacíos e infructuosos, según sus propias palabras. Se hizo un pintor “serio” y dedicado hacia sus veinticinco años. Todo lo que pintó en aquella época lo destruyó más tarde.

Se adhirió luego a la vanguardia de los Archipenko, Chagall…empezó a hacer Cubismo, lo que luego alguien le tituló: “Tubismo”, por sus figuras cilíndricas. Hizo abstracción, antes de alistarse, dos años, para la guerra mundial del “Catorce”. Casi murió en la batalla de Verdún, en un ataque con gas mostaza. Así que, para la Segunda Guerra Mundial se vino a los Estados Unidos. Enseñante en Yale University, trabajó mucho y hasta le decoró el apartamento a Nelson Rockefeller. A resultas de aquel viaje, al volver a Francia en 1945, se afilió al Partido Comunista. Le debieron sentar mal los USA. Aunque él, más que marxista fue un apasionado humanista. Tuvo una vida artística muy productiva en Europa y Sudamérica. Murió en 1955, a los 74 años.

Léger alguna vez dijo: “Mis ojos fueron hechos para borrar todo lo que es feo”. Me adscribo a ello. Hombre y pintor con tantos detractores como seguidores; no hace falta decir de que lado estoy. Muchas de sus pinturas me conmueven cada vez que las miro. Aparte de lo que he aprendido de él. Esta es mi visión de Fernand Léger y, después, que cada cual haga sus propias interpretaciones. Para gustos están los colores, no?

Luisma, Pittsburgh, 15 de Septiembre del 2013

Luz de Provenza

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…“no creas que solo hay castillos en Castilla”…

Oscuro. Siempre me gustó lo de “como boca de lobo”. Es tan gráfico! Como si uno hubiera visto alguna vez la boca (aunque si las orejas) al dichoso lobo. Era negrura teñida, como siempre; cientos de colores que se convierten al negro. Para llegar a esta oscuridad, hasta allí, había recorrido muchos kilómetros, en auto-stop. Toda Francia de norte a sur. Eran los años sesenta del pasado siglo. Era salir de Paris, con mi mochila, y tratar de detener coches con el dedo; siguiendo puntualmente la ruta de Napoleón en su campaña de Italia y los viajes de Cezanne y Van Gogh buscando la luz de la Provenza. Llegar hasta donde estaba ahora me había costado, exactamente, dos días y trece coches y escuchar las historias de sus conductores. Y todo para esta obscuridad.

La cosa venía de dos veranos atrás, de los cursos para extranjeros de la Universidad de Salamanca, célebre, aunque por otras causas. Había conocido a una chica, francesa, con la que “salí” durante el mes del curso y cruzé, posteriormente, algunas cartas…hasta que nos olvidamos paulatinamente el uno del otro. Dos años más tarde me trasladé a Paris por una temporada. La excusa era pintar y estudiar, la realidad fue: sacar los pies del plato. Tenía veinte años y era tiempo. Recordé a aquella chica y su invitación a conocer su casa en Provenza. “Mi castillo”, como decía ella siempre—“no creas que solo hay castillos en Castilla”— Realmente, nunca creí lo del castillo de Marie. Lo cierto es que tenía una cita con la historia y la luz provenzal, la que había soñado en todas aquellas pinturas de los libros de arte.

En el pueblo no había podido encontrar ni un taxi, ni nadie que me llevase, y además era tarde, una oscura medianoche. Un noctámbulo me había dirigido—no tiene pérdida, amigo, son diez minutos andando—y abundó,—al llegar a dos mojones de piedra, con un cartel de propiedad privada, deje la carretera y continúe por el paseo de árboles hasta llegar al castillo. Me sorprendió que usara esa palabra, “château” en francés, y me dejó pensativo cuando se alejaba y antes de que se me ocurriera pedirle precisiones al respecto. Luego, arranqué a caminar mientras el cansancio del día empezaba a hacer mella.

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Van Gogh, Trigal con Cipreses, Metropolitan Museum of Art, New York

Había marchado mucho más de diez minutos eternos y seguía haciéndolo por el camino flanqueado de árboles, olmos, que parecía no tener fin. Olía a menta de algún arroyo cercano que no podía ver. La noche era oscura, densa, negra y me alarmaron algunos aullidos lejanos. La luna llevaba horas escondida tras unas nubes cerradas y tenebrosas. Al fondo de una campa percibí apenas una construcción blanquecina, grande y espectral. Salí de los árboles para divisar mejor y empecé a andar hacia ella, pisando en blando y sorteando manchas de setos bajos que batían mis piernas. En algún momento creí pisar flores. De pronto la luna apareció y me alumbró petrificado. Delante de mi surgió un castillo, un “chateau” provenzal. Quedé parado, pasmado y un buen rato estupefacto. Era en verdad, el castillo de Marie.

Cuando volví del ensimismamiento, reemprendí la marcha hasta que fui a chocar con una escalera imperial que desembocaba en una terraza balaustrada, típica del chateau francés. No se veía ninguna luz y solo se escuchaba el viento en las copas de los árboles. Las contraventanas estaban cerradas a cal y canto. Bordeé la entrada principal dirigiéndome a lo que debieron ser, en su día, las caballerizas. Todas las puertas aparecían trancadas y solo ví una ventana baja cuyo antepecho escalé para intentar ver el interior. Así pude avistar una diminuta llama azul temblando en la oscuridad; más tarde supe que era simplemente el quemador de una calefacción. Único signo de vida en los alrededores.

Pasaron dos largas horas de pesquisas y figuraciones, hasta que caí dormido en un poyete de piedra, con la mochila por almohada. Rendido por el viaje y la caminata, no supe el tiempo que transcurrió. Una luz fuerte, cegadora, me despertó atontado. Dos mujeres hablaban entre si, con siseos y risas quedas. Oí mi nombre, pero ciego por los faros del coche no pude reconocer a Marie y su madre—este debe ser tu caballero español, no decías que estaba en Paris?—Pues ahora esta aquí, a ver que hacemos…Lo que hicieron, después de despertarme del todo, fue instalarme en una habitación magna, enorme. Un dormitorio con reposteros y cama de baldaquino; todo muy de terciopelos y guarniciones antiguas.

Bajo palio dormí hasta que dieron las mil de la mañana, desperté y pude atisbar, por entre los cortinones, el exterior con su jardín de parterres en el que se notaba perfectamente el rastro injurioso de mis pisotones de acercamiento al castillo. La noche anterior había destrozado flores y plantones. Mi llegada al lugar sería recordada, al menos, por el jardinero. Me sentía como un Sancho Panza aquijotado. Salí al balcón, solo para inundarme de los raudales de luz del mediodía provenzal. Un celaje de nubes tenues, un sol limpio que bañaba tierras, vegetación y casas de labor con aquellas luces que tantas veces había admirado en los cuadros impresionistas.

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Cézanne, El Monte Santa Victoria. Vista desde la cantera Bibemus, Baltimore Museum of Art, USA

Aquello si era lo que venía buscando. La noche mas oscura había dado paso a la multiplicidad de colores fabricados por tanta luz magnífica, muchas veces soñada, y que quedó para los restos en mis pupilas y en la ambición de plasmarla en mis pinturas. Y así fue durante unos cuantos días, todo luz. El “chateau” debe seguir allí—quiero suponer. No se lo que habrá sido de Marie, esa es otra historia. Nunca volví, y han pasado casi cincuenta años de unos pocos días en Provenza. Me cuesta recordarlo todo, pero no puedo olvidar toda aquella luz. Nunca podré.

Luisma, 6 de Agosto del 2013

El tirolés rojo

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Greenwood Cemetery. Wheeling (West Virginia)
Por que extraños vericuetos andamos…

El Cementerio Greenwood. Desde lo alto no se ven más que tumbas, viejas, grises y llenas de verdín; con el fondo de un paisaje enorme y profundo, a días precioso; siempre claro en lontananza y que debió ser el mismo, quizá mas frondoso, que veían y oteaban los vigías del ejercito nordista. Era cuando este pueblo, poblachón hoy, Wheeling (West Virginia) durante un tiempo fue capital de los Estados Unidos del Norte, los “yankees” en lucha fratricida con los “confederados” del Sur. Tiempos de guerra civil que recuerdan muchas de las tumbas que me rodean. Cementerio anglosajón, ni cruces, ni imágenes, solo algún ángel de piedra. Lápidas grandes y pesadas y monumentos funerarios pequeños, la mayoría un nombre y unas fechas, a secas.

Saltando sobre las tumbas, descuidadas y húmedas, gané el tope de la colina para guarecerme de la lluvia, fina y persistente, al amparo de las columnas de un panteón grande. No dejaba de pensar lo que debía ser este sitio en noche de tormenta; esas tormentas del rio Ohio, cercano pero que solo podía intuir desde la altura. Entre la fronda tampoco veía mi calle, Main Street, la calle principal del pueblo (ciudad, dicen ellos). Aunque me gustara subir frecuentemente al cementerio; adoro los lugares altos sin sensación de vértigo; ese día ya no quería estar más allí y me dispuse a bajar el montecillo. Al franquear la puerta enrejada, volví la cabeza y me pareció ver movimiento tras unos arbustos, algo rojo que se movía despacio. no me paré y aceleré el paso, carretera abajo.

Llevaba más de un mes viviendo en aquella calle y era la primera vez que lo veía. Al principio solo me fijé en su perro, pequeño y de movimientos lentos; aunque ponía tensión en la correa que le unía al viejo, en realidad no estaba muy claro quién llevaba a quién y el perrillo tenía todas las de ganar. Así me dí cuenta de la cojera de aquel hombre y sobre todo de su extravagante sombrero. Un tirolés rojo. Nunca lo había visto en el barrio y a pesar de ello aquel tipo me tenía un aire vagamente familiar. Jamás he sabido el porqué—uno ve tantas imágenes a lo largo de su vida. A saber! Me sorprendió que me saludara, y en un muy correcto castellano—Hola señor, usted es el español que vive en el 212, el que ha venido de Texas. No fue una pregunta y me llamó la atención, no tenia ni idea de que nadie supiera de mi vida y milagros.

El viejo Mark y yo hablaríamos a menudo y supongo que a los niveles americanos eso se puede llamar: una amistad. Me narró muchas historias, deslavazadas en general, de las que pude colegir que estuvo en la guerra civil española con las Brigadas Internacionales. Muy joven. Se enamoró de España y algo más que pude intuir, aunque él no quisiera hablar de ello—no quiero hablar de esa parte de mi vida, cuanto menos hable menos daño me hace el recuerdo. Un día no pude contenerme y le pregunté de donde salía aquel sombrero rojo altisonante. Así supe de Celso, el español, su amigo del alma, compañero de trinchera y de vida cuando después de pasar unos años en prisiones le había seguido hasta América, para quedarse con él para siempre. Celso entró, como tantos otros, siguiendo el periplo de la inmigración mexicana, mojándose la espalda en el Rio Grande. Fue un ilegal toda su vida y toda su muerte. Se trajo aquel sombrero de España, a la que nunca más volvió.
tiroles rojo abstractComo se puede recordar una guerra con cariño?

Pocas veces hablamos de Celso, lo evitaba, aún así supe que yo se lo recordaba…mi mirada, mis ademanes, mi manera de hablar inglés. Me decía que él fue la parte luminosa de su vida—como se puede recordar una guerra con cariño? Su amigo había vivido en la que ahora era mi casa, al llegar de España y antes de compartir la suya con él hasta su muerte, de la cual hacía casi cuarenta años. De pronto mi hallazgo, en el trasfondo de un armario empotrado de aquella casa, cobraba sentido; incluso la lápida encontrada arriba en el cementerio: C. Santaengracia 1919-1963. Uno de mis misterios de Wheeling resuelto. Una vez más pensé que el mundo es un pañuelo. Por que extraños vericuetos andamos y donde venimos a terminar. A veces, pienso y hago cábalas sobre donde y como acabaran mis andanzas.

Hace ya varios años de mis meses en Wheeling y aún me acuerdo del sitio y de su cementerio. Los Estados Unidos profundos, la esencia de un país original. Un país de granjeros y colonos que peleando por sus tierras levantaron un imperio. Hace mucho de mis charlas con el viejo. No sé que habrá sido de él, de sus recuerdos, de su perro pequeño y animoso. Probablemente, Mark descansa ya para los restos en alguna tumba sucinta de aquel lugar donde le gustaba ir a estar cerca de Celso. A mi también me gustaba aquello. Me gustan los lugares con busilis, los sitios con presencias y ausencias. El silencio. Que gran palabra!

Luisma, 18 de Julio del 2013

Pepita

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A la del alba, cuando las primeras luces le doran la piel que no tiene…

Ante todo, y como provisión primera, lo que tengo que decir es que Pepita es un maniquí, uno de los que se usan para costura. Mi maniquí, o mejor dicho el de S. (como siempre léase: Ese Punto) compañera y sin embargo amiga. Hace un par de años compré a Pepita como regalo para S., a la que le gusta la moda y la costura más que comer con los dedos. Entiendo la utilidad que ella le encuentra al maniquí, lo use poco o mucho; Pepita tiene formas femeninas, de manera que no sirve para hacerme nada a mí. Una vez montada y dispuesta en su lugar, pasó a ser un punto de referencia de la mirada, una parte de mi paisaje casero. O quizá algo más.

Pepita ha sentado plaza a un lado de la ventana trapezoidal, frente a las tres columnas que soportan el equipo estéreo y mucha de la música de la que disponemos. Muda, como ella es, pasa los días vestida o, a veces, semidesnuda; reflejando luces y siempre preparada para ser modelo fotográfica, algo para lo que está excepcionalmente dotada; es casi perfecta, mantiene la postura y, sobre todo, no protesta. Le falta una chispa de humanidad. El problema era que, entre otras cosas, Pepita no tenía ni pies ni cabeza. Tenía sobre los hombros, un muñón de madera (barnizada, eso sí) y nada más que pudiera sostener medianamente un sombrero. Así que tuve que hacerle una cabeza. Después de darle muchas vueltas al asunto, se me ocurrió ponerle una cabeza de plástico. Un galón de leche volcado y cortado para la ocasión.

Con su cabeza de “diseño”, ahora Pepita tiene una pinta más humana y hasta, en condiciones favorables de iluminación, puede dar el pego de parecer alguien vivo. Habitualmente se le somete a limpieza, desempolve y cambio de ropa. Pasa por vestir diferentes elementos, telas en consideración de futuro, foulards a prueba, colores a los que uno quiere acostumbrarse y, por supuesto, desgrane de la colección completa de sombreros de S. Alguna vez, incluso, mis gorras de béisbol. En días de Copa de Europa de fútbol—no me acostumbro nunca a llamarla: Champions—Pepita “se ha puesto” alguna de mis gloriosas zamarras del Real Madrid y tan ricamente. Si alguna vez la veo ponerse la camiseta de otro equipo, será el momento de firmar su sentencia de reclusión al sótano.

La historia de los maniquíes ha tenido y tiene un sorprendente anecdotario. Parece que el primero del que se tiene noticia sería uno, de madera, aparecido en la tumba del faraón Tutankhamon. Después figuran en los gabinetes y roperos de reinas y reyes a lo largo de la historia de la civilización. Finalmente, y como todo acaba democratizándose (ya ven, incluso España lo ha hecho) los maniquíes descendieron al pueblo llano y sus escaparates, aquí en América en los anos treinta del pasado siglo. Hoy día, cualquiera puede permitirse el lujo de tener maniquí en casa. Y para los que me reprochan la tenencia de uno de ellos, que sepan: yo no les reprocho sus perros y sus gatos. Además, mi maniquí ni ladra ni maúlla y huele a perfume francés. Distancia y categoría.

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Simplemente, Pepita…

Pepita ni siente ni padece, al menos hasta lo que yo sé—uno nunca sabe del todo con estas cosas y no sería el primer maniquí que derramara unas lágrimas. Chi lo sa! Paseo, a ratos, la mirada por el personaje, a la espera de atisbar algún tejemaneje, pero—que si quieres arroz Catalina—ni el más mínimo movimiento. Pepita, por supuesto, no podía ser de otra manera, tiene el mismo “tipo” y las mismas medidas que S., lo que en principio no presenta ningún problema y en ausencia de ella me suele hacer mucha compañía. Eso sí, es como una lechuza—hablar, hablar, no habla, pero se fija mucho—sin llegar a la categoría de fantasma, pero algo tiene. Es tan perfecta que habría que darle un martillazo en la nariz imaginaria.

Alguna vez, de noche, cuando me quedo transpuesto en el sofá del salón, aburrido de televisión, me ha parecido oírla murmurar, soliloquios, parloteos distendidos con quién sabe quién. A la del alba, cuando las primeras luces le doran la piel que no tiene, le pregunto por sus chácharas nocturnas, pero, siempre “se hace la sueca”. Me cae bien, es discreta y muy poco problemática. Decía, al principio, que Pepita forma parte de mi paisaje casero. Quizá es algo más.

Luisma, 7 de Julio (S. Fermín) del 2013