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El niño de la foto

Luisma y la abuela Luftolde, hacia 1947

Según todos los autores, era un niño precioso con unos ojos azules, grandes y expresivos, que podían iluminar una carretera de noche. Cabeza grande, seguramente para contener mayor cerebro. Extremidades gordezuelas pero fuertes; manos de piel suave y que así se han conservado con los años. De estatura no muy alto, pero proporcionado. En suma, un niño bonito que llamaba la atención de tirias y troyanas en su cochecito de bebé. Puede parecer, por lo anterior, que Luisma no tenía abuela que le ponderase, pero, la foto que encabeza este post es prueba fehaciente de que la dicha señora existió.

Era esta abuela la ínclita Luftolde Calleja, calagurritana, mujer pequeña y rellena, dicen que de bastante genio y un carácter duro, como se presupone por etiqueta sea la mezcla riojana de navarra y baturra. El nombre germánico no tengo muy claro como llegó a sus alcances; por tradición, supongo; en una familia en que los nombres poco comunes están instalados por sucesión. En las nuevas generaciones, nadie se ha atrevido, sin embargo, a otorgar el nombrecito a ninguno de sus vástagos. Ni siquiera como segundo o tercero. A saber. El caso es que en la foto, Luftolde me tenía en brazos con aparente delectación.

El niño de la foto era revoltoso, como mandan los cánones, aunque parezca que nunca había roto un plato, y esta podía ser la definición de si mismo: —yo no he sido— Todo ello con un aire candoroso y angelical, a todas luces falso. Al menos por lo que yo recuerdo. Posteriormente a la edad de la fotografía, hacia los siete u ocho años del niño, él y su famosa abuela mantuvieron, en los veranos, una relación tensa y ruidosa debido a la desmedida afición del niño a sustraer galletas, dulces y almendrucos que la abuela guardaba celosamente, bajo llave, en una habitación de puertas acristaladas que hacían mas difícil la entrada y estancia en ella. El niño candoroso de la foto depuró con el tiempo sus estrategias y planes, algunos dignos de Maquiavelo y Houdini.

En la foto se puede advertir que el niño Luisma sostiene un pato, creo recordar que era de felpa. Esto puede hacer creer que le gustaban los animales. Craso error. Nada más lejos de la realidad; una más de sus cortinas de humo, de las que ya hacía gala a tan temprana edad. En mi entorno es cosa sabida mi relación siempre atravesada con los animales, sean de la clase que sean. Nunca fueron santo de mi devoción, ni lo siguen siendo. No creo que existan muchas fotografías de Luisma sosteniendo animales en brazos, ni siquiera de juguete. Prefiero una compañía inanimada, una vista a través de una ventana, por ejemplo. El pato, y la abuela, eran para la foto.

Cabezón, con peinado de raya y agua de limón, ahora reparo de quién me viene la durable cabellera, una cara con mofletes de luna llena. Vestido de perlé, con patucos de lana soriana y actitud de niño lorquiano, más atraído por el misterio de la cámara fotográfica, pretendiendo ya empuñarla de seguido. Poca atención a una abuela que se extinguió pocos años después; dicen las malas lenguas que a resultas de una indigestión de probadura de cerdo, en el Burgo de Osma de mis ancestros. No tengo mal recuerdo de ella; si exceptuamos los más vívidos de los capones en la cabeza que me daba, cada vez que le entraba, con falsa llave, en la habitación de los almendrucos.

El niño de la foto derivó hacia otras aventuras vitales y descubrimientos de un mundo que resultó ni bueno, ni malo, sino todo lo contrario. Es una de las pocas fotos que conservo de la única abuela que conocí. Sus arrugas me recuerdan las de mi padre, que murió diez años más joven de lo que yo soy ahora. Uno anda rebuscando siempre recuerdos en busca de un tiempo perdido, que no echo de menos, pero que tiene las claves de quién uno es. Finalmente, aquel niño se ha vuelto un joven viejo, que sigue sin saber a donde va. Veremos, dijo el ciego…

Luisma, 20 de Enero del 2013