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La Plaza Mayor

reflecciones plaza
Una de mis primeras fotos con la vieja Rolleiflex. 1972

Salamanca. La Plaza Mayor. Hay cosas que no cambian, ni para peor, ni para mejor. Si dejara de zumbar y girar se acabaría el mundo…y como diría el torero gitano: “lo que no puede ser, generalmente, es imposible.” Hoy, no importa cuantos años después, huele a café, copa y puro, a día de corrida, a cinco en punto de la tarde…aunque la luz ya se escape por las cresterias del Arco de la Sangre, el lado de la Plaza en el que nací, diez minutos más y hubiera nacido en medio de todo…entonces tenía jardines en el centro y hasta flores de vez en cuando. Pero la luz solo hace como que se va, una se va y otra se viene—igualito que las mujeres—al fin y al cabo, ellas son la luz. Y para encontrar esas luces solo había que dar vueltas en sentido contrario, bajo los soportales.

El crepúsculo en la Plaza es tan lento como un desfile de cojos, y así es mejor, porque el orgasmo es más duradero. Tengo almacenados en el estante de los recuerdos recuperables la mayoria de las memorias, estéticas y de las otras, ocurridas en este perímetro mágico. Hace cincuenta y cinco años, en un día de marzo como este, nací en el número cinco, primer piso, de esa casa con balcones a la Plaza…fue sucesivamente : vivienda, almacén de telas y alfombras, oficina, refugio de soledades, estudio de pintura, de decoración, de fotografia, y hasta granja de pollos! (pero esa es otra historia).

Mi primer recuerdo repetido, vívido, es el ver amanecer en el otro lateral del cuadrángulo (ninguno de sus ángulos es exactamente recto), desde mi balcón corrido. La luz bajando e iluminando sesgadamente la piedra fregadera de Villamayor, dorada por miles de soles—tercer piso, segundo piso, primer piso—los arcos y la gente, la gente de esas horas: los panaderos, los repartidores de hielo, los basureros y el ruido de sus escobillas y las tapas metálicas de los recogedores, casi música de jazz en extraña síncopa…y el olor fresco del riego reciente.

El segundo, o quizá en desorden, la Plaza henchida de multitudes que vitoreaban a Franco. La mirada se me iba de los militares armados, que cubrian la carrera, al balcón del Ayuntamiento…para descubrir a mi padre entre los que lo llenaban. No puedo recordar la llegada del ínclito caudillo, evoco instantes, no sé si llevaba la boina o la gorra de plato, solo reminiscencias del ruido estentóreo de las motos y las sirenas, el sonido de las culatas de los mosquetones golpeando sobre el suelo, a las voces de : “presenten! …armas!”. Y miedo,—no sé porqué—recuerdo un miedo pavoroso.

Casi el mismo miedo que sentía en otro de mis momentos almacenados en la memoria: la entrada en la Plaza de las procesiones de Semana Santa, en mi niñez, con aquellos “pasos” que se me antojaban terroríficos, aquellas rítmicas cornetas y tambores, que perdían, años mas tarde, su acento militar para ganar plaza en los anales del jazz americano con las “escenas” de Miles Davis. Aquellos penitentes descalzos, los capuchones, la luz bailante de las velas, la proyección de las sombras magnificadas en las fachadas de una plaza, con su iluminacion dramáticamente obscurecida, a propósito…y un silencio rumoroso, a veces, casi masticable.

Se está haciendo de noche pero yo sigo, ya con mi segundo café con helado, esos “blanco y negro”, perpetuum mobile de mis asentamientos en las terrazas de la plaza. A ella, yo siempre he venido a tomar café, cualquiera que fuera la hora, y son las siete y media…” que a más de una hora, señora, las siete y media es un juego…” y en realidad lo es, un juego mágico, un juego relajante, un juego con un solo y maravilloso premio: el bienestar…paso previo y necesario para un momento de felicidad.

Alehop!…y el prodigio se ha realizado—la magia de la plaza en acción! Primero las farolas del suelo, luego las de los arcos, la luz interior, y por fin la de las paredes… Que barbaridad ! Que manera de llamar a las churriguerescas fachadas—donde hay confianza, da asco! Siendo arquitectura, a veces parece pintura y otras, escultura. —Hágase la luz! Y la plaza toma un nivel diferente, un cariz dieciochesco—en cualquier momento puede aparecer algun embozado—bueno, al fin y al cabo estamos en carnaval, no tendría nada de particular. Volvamos a los recuerdos, si me dejan los tres americanitos sentados en la mesa de mi izquierda, diciendo bobadas e inexactitudes…casi tan bobos como el idiota del teléfono movil, de a mi derecha (salmantinismo), empeñado en gritarle al aparatito…No pueden conmigo, son más fuertes los recuerdos.

El tercero, mejor ya no llevo más la cuenta—son tantos!—31 de Diciembre de 1.979, en el amanecer de los 80’s—ya más de 20 años! John Hyde, inglés, pitañoso, cuasi albino, medio ciego y fotógrafo!
Amigo silencioso y dueño de un alma candida; por entonces con una novia que me gustaba casi más que a él. Olvidando momentáneamente su educación anglosajona, empeñado en lanzar botellas de champàn (vacias, claro està! ) al aire, para fotografiarlas al reventar contra el suelo enlosado de la plaza; para momentos mas tarde, y como vulgares faquires, tendernos sobre los cascotes de cristal en el punto medio exacto y poder ver, única manera de hacerlo, las cuatro fachadas de la plaza, al mismo tiempo y de un solo golpe de vista. Todavía conservo una cicatriz en el cogote y una sesgada remembranza de la bronca que me llevé al volver a casa, tarde—o pronto, según se mire—bastante borracho y con la espalda ensangrentada; en aquel tiempo ya estaba casado, en primeras nupcias (pero esa es otra historia).

la espera
“La espera” (Foto de Pepe Nuñez Larraz, mi maestro)

Recuerdos…recuerdos…mi primer y único accidente automovilístico, conduciendo yo, fue en la Plaza, en el lateral de la cafeteria Altamira, donde se sentaban los de izquierdas. Las mujeres de izquierdas han sido siempre más atractivas que las de derechas y sé que al decir esto algun golpe me voy a llevar, pero como estoy tan lejos lo más que pueden hacer es reirse de mi afirmación y, si acaso, entrar en dura y cruda diatriba, con pelos y señales y preconizando campeonas por cada parte—la sangre no llegará al río, estamos todos y todas ya muy mayores—en otro tiempo hubieran salido a la palestra las navajas barberas y las lenguas viperinas…Volviendo al accidente,entonces, se podía entrar con los coches y circular por toda la plaza, traspasando el arco de Zamora, o el de la Rua, el arco del Gran Hotel tenía, y tiene, escalinata—lo que no era obstáculo para algunos—y saliendo por el Prior, San Martín o la calle Toro, antes Generalísimo, antes Toro, como les gusta decir a algunos salmantinos.

Bueno, pues el choque no fue ni muy espectacular, ni sangriento, excepto para mi verguenza y mi sentido del ridículo. Yo iba camino del fútbol, a “sufrir” en el viejo campo del camino del cementerio, con su anglosajona tribuna de madera. En nuestro fútbol primitivo todo era imitación de lo británico. Aquella tribuna pintada del mismo color gris plomizo que los aviones militares de la época y con sus altavoces proyectando contínuamente, en previos y descansos, la música de las marchas americanas de John Philip Sousa, que para siempre, en mí, se quedaron como música deportiva. “El Calvario”, que así se llamaba…y que podía serlo para la sufrida afición local; o para el equipo visitante, cuando soplaba el viento futbolístico a favor de los salmantinistas.

El caso es que en medio de la circulación por la plaza avisté una rubia magnífica—me consta que era teñida—sentada en una mesa de la terraza de la cafetería Altamira, con sus piernas y su airoso y aireado peplo, que cubría escasamente una delantera mucho más agresiva e icónica que la del Real Madrid de las cinco Copas. Piernas y busto, puestos al sol septembrino. Era la nunca bien ponderada: “apostólica”, así la llamabamos mis compañeros de colegio y yo, un pedazo de mujer impresionante. Su asistencia a la misa colegial de los domingos, vivía enfrente del colegio de los Maristas, convocaba una masa de “creyentes” enorme que solíamos colocarnos a los alcances de aquella hembra espectacular. El “apostolado” fue grande y aquellos curitas, o hermanos, como se les llamaba, nunca supieron cual era la razón de tan gran asistencia al oficio sagrado.

En fin, que admirando a nuestra “misionera” no advertí que el tráfico se había detenido y empotré el morro del sufrido Renault 4 L (el “cuatro latas”) del negocio de mi padre, con su publicidad en el lateral de las puertas y de un “discreto” color amarillo chillón, para más “inri” de mi crucifixión pública, hundiendo lamentablemente y con gran estrépito el parachoques trasero del coche que me precedía y para mayor escarnio y ridículo, los circustantes de la terraza, que se habían apercibido de mi despiste y su razón, me dedicaron un rechiflante y sonoro aplauso, a más de algunos irónicos comentarios cuando me apeé del coche para hacer la diligencias de rigor con el otro automovilista…Ah! La Plaza, campo de Agramante de cualesquiera aventuras.

Mi Plaza…cuantos recuerdos, cuantos colores, cuantos amores, cuantos olores, cuantos momentos…los malos no los recuerdo, si es que los hubo…solo los buenos, los bellos, las luces de las diferentes horas, los ratos con los diferentes amigos, los brillos en los ojos de las diferentes mujeres…cuantas?
No lo se, pero podría desgranar los nombres como las cuentas de un rosario…al menos las más importantes…las Padre Nuestro, aunque hubo también muchas Ave Maria…

Y el aire de la plaza! Ese aire y ese olor a rincón de burladero, unas veces, y a fresca elevación de rocio mañanero otras…olor a copas nocturnas, a etapa previa del sexo, olor a embrujo femenino, besos en sus sombras, olor y sabor del deseo. Que es el recuerdo, sino volver a vivir? La plaza no es para cerrar los ojos y pensar, es para abrirlos y contemplar. La vida pasa por allí y yo siempre vuelvo a ella, novia perfecta. Pero la plaza puede ser también hombres, amigos, compañeros, algunos que ya no están. Pepe, Carlos, John, tantos domingos de chorizo y vino, amistad y alguna que otra fotografia, disfraz de la felicidad…

Y en el colmo del disfraz, la Plaza…ella puede ser muy suya, especial, única. Disfrazada de coso taurino, aunque el momento fuera memorable, una corrida nocturna, con todos los pronunciamientos. Me quedó el brillo de las cien mil lentejuelas; aunque hubiera preferido la magia de una corrida del siglo XVIII, con sus alanceadores sin peto, sus banderilleros desdentados y de faca en la faja, sus diestros siniestros, de atormentados pasados y peores futuros. El público, mas o menos, sería el mismo, el mismo que me rodea ahora, la gran variedad de gentes que puede concurrir a esta plaza…

plaza mayor sepia
Aquella Plaza de otrora…

Aquellas corridas —que pena ser tan moderno!— tablados sin casi burladeros, aquellos mantones y colgaduras en los balcones de la plaza, aquella atmósfera, seguramente acre, aquellas mujeres gordezuelas de los viejos grabados, resignadas a papeles secundarios; entonces la fiesta de toros era un desafio masculino de torvos personajes que aprovechaban la fama del matador y sus acciones para justificar una triste imitativa, no tan diferente de la actual con los divos de la cancion moderna o la de algunos personajes de la vida pública.

Alguna vez, incluso, se pretendió… pero la Plaza nunca fue foro político, aunque hasta crímenes políticos se han celebrado en ella—político o no, un crimen es un crimen—descansa en paz, espero, el alma del alcalde Bravo (su apellido le perdió, probablemente) que fue toreado, banderilleado y muerto a estoque, a mediados de 1936…en pleno centro de la plaza, una de las memorias más indignas de ella que conozco. Quizá si la unimos a algún posible “ajusticiamiento” en épocas anteriores, las de candil y velón.Y parece mentira que la palabra justicia se emplee para ser blandida por el hacha o por el “garrote vil” del verdugo. Digo, no recuerdo grandes mítines, solo conciertos, teatros, movidas de la diversión. En Salamanca no se ha hecho política pública desde el: “decíamos ayer” de Fray Luis de León, el resto han sido asonadas de pronóstico leve y reuniones “familiares”. Ni Tianamen, ni Trafalgar…la Plaza Mayor de Salamanca es otra cosa.

La Plaza nunca ha tenido artistas especializados en ella, es tan bella en su propio ser que el clasicismo no puede con el castizismo y a la vanguardia lo que le gusta es andar, sentirse, o sentarse en ella, pero inmortalizarla, ella ya lo es de por si. Si acaso, los fotógrafos se han atrevido con su facies, con variopinto éxito. Pintores y escultores han rehuido el enfrentamiento. Eso si, poetas, cantores, historiadores, cronistas, más o menos acertados con su referente, de esos ha tenido unos cuantos y me temo que los seguiremos habiendo. La veda de cantar a la Plaza Mayor siempre ha estado abierta.

Plaza Mayor…sedante para hipertensos e hidromiel para el emigrante, con solo unas horas en ella se le curan a uno todas las neuras que la ausencia produce. Esa plaza que zumba y gira, centro de la apacibilidad tan gustada…la que decía Cervantes : “Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”…aunque para vivir en Salamanca, hace falta ser franciscano o, por lo menos, tener un sentido ascético de la existencia.

Tú, —mi Plaza—que has visto el correr de mis dias en dirección a la arruga, que no es tan bella como pretenden, sobre todo los que ya han caido en ella. Tú, que las arrugas te respetan, que te mantienes lisa y rozagante, como moza del Zurgén, el que era peor arroyo del mundo, si exceptuamos al Manzanares…al fin y al cabo, las mozas del Zurgén podían pasear por ti, las del Manzanares tienen que contentarse con una plaza bonita, pero de “segunda”.

Tú, a quien los siglos respetan, — siempre que algun tonto politicastro, aliado con algún estulto diseñador de aparcamientos subterráneos no se empeñe en hacerte tambalear—guardate para mi como novia temprana o como mujer gitana, no permitas que te toquen y, siempre, cuando vuelva a ti, bésame como si fuera la primera vez y hazme el amor con tus recuerdos.
Aunque me acueste de vez en cuando con la del Duomo de Florencia, que no deja de ser una amante—esas italianas!—, te seré fiel toda la vida y volveré a ti, siempre que me lo pidas o me resbale la lágrima interior.
Todas las demás plazas…no cuentan.

Luisma, Pittsburgh, escrito en Marzo del 2000. (Editado para el blog en 2013)