Monthly Archives: July 2013

El tirolés rojo

greenwood cemetary wheeling
Greenwood Cemetery. Wheeling (West Virginia)
Por que extraños vericuetos andamos…

El Cementerio Greenwood. Desde lo alto no se ven más que tumbas, viejas, grises y llenas de verdín; con el fondo de un paisaje enorme y profundo, a días precioso; siempre claro en lontananza y que debió ser el mismo, quizá mas frondoso, que veían y oteaban los vigías del ejercito nordista. Era cuando este pueblo, poblachón hoy, Wheeling (West Virginia) durante un tiempo fue capital de los Estados Unidos del Norte, los “yankees” en lucha fratricida con los “confederados” del Sur. Tiempos de guerra civil que recuerdan muchas de las tumbas que me rodean. Cementerio anglosajón, ni cruces, ni imágenes, solo algún ángel de piedra. Lápidas grandes y pesadas y monumentos funerarios pequeños, la mayoría un nombre y unas fechas, a secas.

Saltando sobre las tumbas, descuidadas y húmedas, gané el tope de la colina para guarecerme de la lluvia, fina y persistente, al amparo de las columnas de un panteón grande. No dejaba de pensar lo que debía ser este sitio en noche de tormenta; esas tormentas del rio Ohio, cercano pero que solo podía intuir desde la altura. Entre la fronda tampoco veía mi calle, Main Street, la calle principal del pueblo (ciudad, dicen ellos). Aunque me gustara subir frecuentemente al cementerio; adoro los lugares altos sin sensación de vértigo; ese día ya no quería estar más allí y me dispuse a bajar el montecillo. Al franquear la puerta enrejada, volví la cabeza y me pareció ver movimiento tras unos arbustos, algo rojo que se movía despacio. no me paré y aceleré el paso, carretera abajo.

Llevaba más de un mes viviendo en aquella calle y era la primera vez que lo veía. Al principio solo me fijé en su perro, pequeño y de movimientos lentos; aunque ponía tensión en la correa que le unía al viejo, en realidad no estaba muy claro quién llevaba a quién y el perrillo tenía todas las de ganar. Así me dí cuenta de la cojera de aquel hombre y sobre todo de su extravagante sombrero. Un tirolés rojo. Nunca lo había visto en el barrio y a pesar de ello aquel tipo me tenía un aire vagamente familiar. Jamás he sabido el porqué—uno ve tantas imágenes a lo largo de su vida. A saber! Me sorprendió que me saludara, y en un muy correcto castellano—Hola señor, usted es el español que vive en el 212, el que ha venido de Texas. No fue una pregunta y me llamó la atención, no tenia ni idea de que nadie supiera de mi vida y milagros.

El viejo Mark y yo hablaríamos a menudo y supongo que a los niveles americanos eso se puede llamar: una amistad. Me narró muchas historias, deslavazadas en general, de las que pude colegir que estuvo en la guerra civil española con las Brigadas Internacionales. Muy joven. Se enamoró de España y algo más que pude intuir, aunque él no quisiera hablar de ello—no quiero hablar de esa parte de mi vida, cuanto menos hable menos daño me hace el recuerdo. Un día no pude contenerme y le pregunté de donde salía aquel sombrero rojo altisonante. Así supe de Celso, el español, su amigo del alma, compañero de trinchera y de vida cuando después de pasar unos años en prisiones le había seguido hasta América, para quedarse con él para siempre. Celso entró, como tantos otros, siguiendo el periplo de la inmigración mexicana, mojándose la espalda en el Rio Grande. Fue un ilegal toda su vida y toda su muerte. Se trajo aquel sombrero de España, a la que nunca más volvió.
tiroles rojo abstractComo se puede recordar una guerra con cariño?

Pocas veces hablamos de Celso, lo evitaba, aún así supe que yo se lo recordaba…mi mirada, mis ademanes, mi manera de hablar inglés. Me decía que él fue la parte luminosa de su vida—como se puede recordar una guerra con cariño? Su amigo había vivido en la que ahora era mi casa, al llegar de España y antes de compartir la suya con él hasta su muerte, de la cual hacía casi cuarenta años. De pronto mi hallazgo, en el trasfondo de un armario empotrado de aquella casa, cobraba sentido; incluso la lápida encontrada arriba en el cementerio: C. Santaengracia 1919-1963. Uno de mis misterios de Wheeling resuelto. Una vez más pensé que el mundo es un pañuelo. Por que extraños vericuetos andamos y donde venimos a terminar. A veces, pienso y hago cábalas sobre donde y como acabaran mis andanzas.

Hace ya varios años de mis meses en Wheeling y aún me acuerdo del sitio y de su cementerio. Los Estados Unidos profundos, la esencia de un país original. Un país de granjeros y colonos que peleando por sus tierras levantaron un imperio. Hace mucho de mis charlas con el viejo. No sé que habrá sido de él, de sus recuerdos, de su perro pequeño y animoso. Probablemente, Mark descansa ya para los restos en alguna tumba sucinta de aquel lugar donde le gustaba ir a estar cerca de Celso. A mi también me gustaba aquello. Me gustan los lugares con busilis, los sitios con presencias y ausencias. El silencio. Que gran palabra!

Luisma, 18 de Julio del 2013

Pepita

pepita foto

A la del alba, cuando las primeras luces le doran la piel que no tiene…

Ante todo, y como provisión primera, lo que tengo que decir es que Pepita es un maniquí, uno de los que se usan para costura. Mi maniquí, o mejor dicho el de S. (como siempre léase: Ese Punto) compañera y sin embargo amiga. Hace un par de años compré a Pepita como regalo para S., a la que le gusta la moda y la costura más que comer con los dedos. Entiendo la utilidad que ella le encuentra al maniquí, lo use poco o mucho; Pepita tiene formas femeninas, de manera que no sirve para hacerme nada a mí. Una vez montada y dispuesta en su lugar, pasó a ser un punto de referencia de la mirada, una parte de mi paisaje casero. O quizá algo más.

Pepita ha sentado plaza a un lado de la ventana trapezoidal, frente a las tres columnas que soportan el equipo estéreo y mucha de la música de la que disponemos. Muda, como ella es, pasa los días vestida o, a veces, semidesnuda; reflejando luces y siempre preparada para ser modelo fotográfica, algo para lo que está excepcionalmente dotada; es casi perfecta, mantiene la postura y, sobre todo, no protesta. Le falta una chispa de humanidad. El problema era que, entre otras cosas, Pepita no tenía ni pies ni cabeza. Tenía sobre los hombros, un muñón de madera (barnizada, eso sí) y nada más que pudiera sostener medianamente un sombrero. Así que tuve que hacerle una cabeza. Después de darle muchas vueltas al asunto, se me ocurrió ponerle una cabeza de plástico. Un galón de leche volcado y cortado para la ocasión.

Con su cabeza de “diseño”, ahora Pepita tiene una pinta más humana y hasta, en condiciones favorables de iluminación, puede dar el pego de parecer alguien vivo. Habitualmente se le somete a limpieza, desempolve y cambio de ropa. Pasa por vestir diferentes elementos, telas en consideración de futuro, foulards a prueba, colores a los que uno quiere acostumbrarse y, por supuesto, desgrane de la colección completa de sombreros de S. Alguna vez, incluso, mis gorras de béisbol. En días de Copa de Europa de fútbol—no me acostumbro nunca a llamarla: Champions—Pepita “se ha puesto” alguna de mis gloriosas zamarras del Real Madrid y tan ricamente. Si alguna vez la veo ponerse la camiseta de otro equipo, será el momento de firmar su sentencia de reclusión al sótano.

La historia de los maniquíes ha tenido y tiene un sorprendente anecdotario. Parece que el primero del que se tiene noticia sería uno, de madera, aparecido en la tumba del faraón Tutankhamon. Después figuran en los gabinetes y roperos de reinas y reyes a lo largo de la historia de la civilización. Finalmente, y como todo acaba democratizándose (ya ven, incluso España lo ha hecho) los maniquíes descendieron al pueblo llano y sus escaparates, aquí en América en los anos treinta del pasado siglo. Hoy día, cualquiera puede permitirse el lujo de tener maniquí en casa. Y para los que me reprochan la tenencia de uno de ellos, que sepan: yo no les reprocho sus perros y sus gatos. Además, mi maniquí ni ladra ni maúlla y huele a perfume francés. Distancia y categoría.

pepita hat
Simplemente, Pepita…

Pepita ni siente ni padece, al menos hasta lo que yo sé—uno nunca sabe del todo con estas cosas y no sería el primer maniquí que derramara unas lágrimas. Chi lo sa! Paseo, a ratos, la mirada por el personaje, a la espera de atisbar algún tejemaneje, pero—que si quieres arroz Catalina—ni el más mínimo movimiento. Pepita, por supuesto, no podía ser de otra manera, tiene el mismo “tipo” y las mismas medidas que S., lo que en principio no presenta ningún problema y en ausencia de ella me suele hacer mucha compañía. Eso sí, es como una lechuza—hablar, hablar, no habla, pero se fija mucho—sin llegar a la categoría de fantasma, pero algo tiene. Es tan perfecta que habría que darle un martillazo en la nariz imaginaria.

Alguna vez, de noche, cuando me quedo transpuesto en el sofá del salón, aburrido de televisión, me ha parecido oírla murmurar, soliloquios, parloteos distendidos con quién sabe quién. A la del alba, cuando las primeras luces le doran la piel que no tiene, le pregunto por sus chácharas nocturnas, pero, siempre “se hace la sueca”. Me cae bien, es discreta y muy poco problemática. Decía, al principio, que Pepita forma parte de mi paisaje casero. Quizá es algo más.

Luisma, 7 de Julio (S. Fermín) del 2013