Pepita

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A la del alba, cuando las primeras luces le doran la piel que no tiene…

Ante todo, y como provisión primera, lo que tengo que decir es que Pepita es un maniquí, uno de los que se usan para costura. Mi maniquí, o mejor dicho el de S. (como siempre léase: Ese Punto) compañera y sin embargo amiga. Hace un par de años compré a Pepita como regalo para S., a la que le gusta la moda y la costura más que comer con los dedos. Entiendo la utilidad que ella le encuentra al maniquí, lo use poco o mucho; Pepita tiene formas femeninas, de manera que no sirve para hacerme nada a mí. Una vez montada y dispuesta en su lugar, pasó a ser un punto de referencia de la mirada, una parte de mi paisaje casero. O quizá algo más.

Pepita ha sentado plaza a un lado de la ventana trapezoidal, frente a las tres columnas que soportan el equipo estéreo y mucha de la música de la que disponemos. Muda, como ella es, pasa los días vestida o, a veces, semidesnuda; reflejando luces y siempre preparada para ser modelo fotográfica, algo para lo que está excepcionalmente dotada; es casi perfecta, mantiene la postura y, sobre todo, no protesta. Le falta una chispa de humanidad. El problema era que, entre otras cosas, Pepita no tenía ni pies ni cabeza. Tenía sobre los hombros, un muñón de madera (barnizada, eso sí) y nada más que pudiera sostener medianamente un sombrero. Así que tuve que hacerle una cabeza. Después de darle muchas vueltas al asunto, se me ocurrió ponerle una cabeza de plástico. Un galón de leche volcado y cortado para la ocasión.

Con su cabeza de “diseño”, ahora Pepita tiene una pinta más humana y hasta, en condiciones favorables de iluminación, puede dar el pego de parecer alguien vivo. Habitualmente se le somete a limpieza, desempolve y cambio de ropa. Pasa por vestir diferentes elementos, telas en consideración de futuro, foulards a prueba, colores a los que uno quiere acostumbrarse y, por supuesto, desgrane de la colección completa de sombreros de S. Alguna vez, incluso, mis gorras de béisbol. En días de Copa de Europa de fútbol—no me acostumbro nunca a llamarla: Champions—Pepita “se ha puesto” alguna de mis gloriosas zamarras del Real Madrid y tan ricamente. Si alguna vez la veo ponerse la camiseta de otro equipo, será el momento de firmar su sentencia de reclusión al sótano.

La historia de los maniquíes ha tenido y tiene un sorprendente anecdotario. Parece que el primero del que se tiene noticia sería uno, de madera, aparecido en la tumba del faraón Tutankhamon. Después figuran en los gabinetes y roperos de reinas y reyes a lo largo de la historia de la civilización. Finalmente, y como todo acaba democratizándose (ya ven, incluso España lo ha hecho) los maniquíes descendieron al pueblo llano y sus escaparates, aquí en América en los anos treinta del pasado siglo. Hoy día, cualquiera puede permitirse el lujo de tener maniquí en casa. Y para los que me reprochan la tenencia de uno de ellos, que sepan: yo no les reprocho sus perros y sus gatos. Además, mi maniquí ni ladra ni maúlla y huele a perfume francés. Distancia y categoría.

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Simplemente, Pepita…

Pepita ni siente ni padece, al menos hasta lo que yo sé—uno nunca sabe del todo con estas cosas y no sería el primer maniquí que derramara unas lágrimas. Chi lo sa! Paseo, a ratos, la mirada por el personaje, a la espera de atisbar algún tejemaneje, pero—que si quieres arroz Catalina—ni el más mínimo movimiento. Pepita, por supuesto, no podía ser de otra manera, tiene el mismo “tipo” y las mismas medidas que S., lo que en principio no presenta ningún problema y en ausencia de ella me suele hacer mucha compañía. Eso sí, es como una lechuza—hablar, hablar, no habla, pero se fija mucho—sin llegar a la categoría de fantasma, pero algo tiene. Es tan perfecta que habría que darle un martillazo en la nariz imaginaria.

Alguna vez, de noche, cuando me quedo transpuesto en el sofá del salón, aburrido de televisión, me ha parecido oírla murmurar, soliloquios, parloteos distendidos con quién sabe quién. A la del alba, cuando las primeras luces le doran la piel que no tiene, le pregunto por sus chácharas nocturnas, pero, siempre “se hace la sueca”. Me cae bien, es discreta y muy poco problemática. Decía, al principio, que Pepita forma parte de mi paisaje casero. Quizá es algo más.

Luisma, 7 de Julio (S. Fermín) del 2013

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