Despedida

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…el espíritu de nuestra casa se va con nosotros…

Son las 10 de la mañana en Craig Street y estoy aparcado, mal (por supuesto), en el Mercury que hoy dejará de ser mi coche; lo he vendido, mi famoso “haiga”. Es todo un proceso mental, se agolpan los recuerdos y las vivencias de todo tipo. Me estoy yendo, despacio, de Pittsburgh (Pennsylvania), la ciudad que ha sido mi casa por más de 16 años. Aparcado frente a la consulta del dentista de S., hablamos por teléfono, ella en la sala de espera y yo en el coche, signo de los tiempos,—el telefonito hasta en la sopa—solo nos separan tres metros de acera, dos peldaños de escalera exterior y otro tres metros de pasillo, casi podría meter el coche en la consulta. Espacio en América, todo el que quieras.

A punto estoy de volverme a Texas, a los predios de S., al sur de Dallas. Por la ventanilla abierta de par en par me está entrando el otoño y un magnífico olor a pastelería reciente. Voy a tener que investigar este punto, antes de marcharme de esta calle. Nunca es tarde si la dicha es buena. Estoy sin desayunar y la excusa puede ser el tomar todas mis pastillas mañaneras, PEPAH (próstata, estómago, presión arterial…hipocondría). Hay que cuidar al carcamal. Veremos que tal me sienta el cambio de aires. Y las veintitantas horas de conducir, a través de varios estados de la Unión; eso sí, en cómodos plazos, en tres o cuatro días. No hay prisa, y el otoño promete paisajes y colores. Pennsylvania—West Virginia—Ohio—Kentucky—Tennessee—Arkansas—Texas. América entrándote por el parabrisas.

Voy a echar de menos Pittsburgh—han sido muchos años—es una ciudad “antigua”, en relación con unos Estados Unidos jóvenes todavía. Aquí pasaron muchas cosas de la historia de este país, cosas que incluso marcaron el mundo y su devenir. Para mi equivale, modernamente, a una de esas ciudades medievales en las que asomaron, por primera vez, las gárgolas de la industrialización. Bien, es verdad, que apenas se notan los vestigios de aquella tremenda polución y suciedad que, en su tiempo, lo invadía todo. Alguna vez, alguna noche, he soñado despierto como sería aquella negrura, aquel olor, aquella terrible tensión vital del carbón y los hornos, cuando Pittsburgh era la capital de la metalurgia mundial.

La ciudad de los tres ríos y los tropecientos puentes. Con más millonarios por metro cuadrado que cualquiera otra. En la que ninguno de sus grandes capitalistas vivieron o viven aquí, sino en Nueva York. Estos dejan el vivir en Pittsburgh para los millonarios alpargateros, de segunda categoría, aún así millonarios. Yo, aquí y en cualquier lugar, soy un pobre de solemnidad y en la corte de la metalurgia hubiera sido un bufón muy artístico y celebrado. Los acentos del habla extranjera son muy apreciados por estos andurriales. Si tienes buen humor y características agradables te aceptan y te adoptan enseguida. La vida es relativamente barata y el trabajo estable. Todo bien, pero el caso es que me estoy yendo para Texas. Circunstancias de la vida.

Despedirse de Pittsburgh es despedirme de la casa, aunque haya vivido en otras también, esta que ha sido mi morada feliz con S., en los últimos ocho años. Nuestra casa de la calle Mission, la de la ventana trapezoidal, los techos altos que tan bien abrigaban mis pinturas grandes y las miríadas de luces LED y sus reflejos en las ventanas del valle. Esas luces que atravesando el follaje de los árboles, seguirán en mis ojos todavía por mucho tiempo, sobre todo en los amaneceres dorados. Esta casa que, por suerte para mis sentimientos, se va a marchar con nosotros y nos ha sido dado el verlo en los últimos días en ella. Ya nunca volverá a ser la misma.

Animado por nuestra inminente marcha y la posibilidad de subir la renta a algún nuevo inquilino, el dueño acometió, en los tres días finales de nuestra estancia, una drástica reforma que finalizará, después de irnos, con el cambio de todos los suelos. Nuevas ventanas, nuevas terrazas, nuevos vanos, la ventana trapezoidal evaporada; ya podemos colegir que el espíritu de nuestra casa se va con nosotros y no volverá a ella. Lo vendimos todo, todos los muebles; excepto un sillón de lectura y su lámpara, algo tenia que quedar como punto de partida para la nueva casa. Un comienzo de cero, fresco como esta noche final de otoño.

despedida 2
(Maypearl,Texas)
…Lo único que cambia es el paisaje interior y, si acaso, el exterior…

Así son las cosas en este país, no vale la pena acarrear muebles sin especial significado personal. Por el precio de transportarlos, los compras nuevos en destino, los mismos si quieres. Lo único que cambia es el paisaje interior y, si acaso, el exterior. La luz. El secreto es ser minimalista y editar los trebejos vitales lo más posible. La vida, después de 16 años, se puede reducir a transportar el saber—que sí ocupa lugar. Una furgoneta grande de carga, repleta de cajas de libros, CDs, DVDs, videos y cintas magnetofónicas viejas con voces del pasado, ropa, papelerío, enseres de cocina que nunca periclitan y, claro está, Pepita, nuestra maniquí.

Ya ha caído la noche de nuestro último día en Pittsburgh. Mañana, al arrancar temprano, me despediré de los puentes amarillos, los árboles rojos, los cielos grises, los viejos olores y las luces apagadas hasta una noche próxima que, posiblemente, nunca vendrá al encuentro. Dejaré atrás la ciudad en la que he vivido más tiempo, después de la Salamanca que me vió nacer. Carretera y manta.

Luisma, 12 de Octubre del 2013

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