Monthly Archives: December 2013

Dos Mil Catorce

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…No había caído en que es el centenario de la primera Guerra Mundial…

El año 2014. Que raro se me hace leerlo después de escribirlo en letra. 2014, así en números, está ahí mismo, como vulgarmente decimos siempre: a la vuelta de la esquina. Que distinto del 1914…Caramba! No había caído en que es el centenario de la Primera Guerra Mundial, la Guerra del Catorce (como la llamamos nosotros en España). WWI (como la siglan los americanos). También le dicen: La Gran Guerra. Por causa de esta conflagración tan mentada es por lo que se inventó el moderno concepto del turismo. Después de ella nacieron las vacaciones pagadas y la aviación comercial. Los americanos empezaron a tomar Europa como destino vacacional para visitar los teatros de las operaciones bélicas. París se convirtió en lo que nunca ha dejado de ser: uno de los mayores centros turísticos del mundo.

Con el centenario de la primera gran guerra seguro que van a ocurrir una caterva de “celebraciones”; si es que una guerra es algo que necesita celebrarse, o recordarse, o conmemorarse siquiera. Me temo que alguien va a hacer dinero a cuenta de la conmemoración. Los franceses no estarán ajenos a ello. Y no me refiero a los hoteles de los sitios de batallas famosas, con sus inevitables museos llenos de terciopelos polvorientos. Más de 150.000 memoriales hay regados por toda Francia. No, esos casi se lo merecen por haber aguantado tanto tiempo haciendo buen uso de la naftalina. Que ahora, con el centenario, revivan de su ostracismo y provoquen y disfruten una época de vacas gordas, gracias al turismo autobusero y de zapatilla deportiva. Al menos en Europa, donde transcurrió esta guerra “mundial”, es fijo que el trasvase turístico va a tener un auge singular.

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…cien años después de la guerra del gas…

Nada de esto va a ser comparable al negocio que va a generar en publicaciones, festejos (probablemente impropios de lo que es una guerra), movidas de todo tipo, incluso, por ejemplo: gastronómicas—porque no? Cosas mas raras se han visto—(Coma Ud. y sobre todo beba, lo que comían y bebían en aquel tiempo). A buen seguro, conciertos, películas y documentales sin cuento y más de alguna carnavalada y bailes de disfraces. El cuello me juego que saldrán, escritas y filmadas, historias de zombis, que tan estúpidamente están en boga en estos nuestros días. Pasó el tiempo de los extraterrestres y ahora los zombis es lo que vende. Copiando lo americano, como siempre, el mundial de futbol verá la moda de los uniformes “throwback” (‘retro’ o vuelta-atrás) en las canchas brasileras. Equipaciones con diseños de época, de aquella época. Esperemos que a los súbditos de la Sra. Merkel no les dé la tentación de ganar el campeonato con los uniformes de 1914 (camiseta de lacitos y cordones al pecho y calzón bombacho.) Faltaría más.

En la Guerra del Catorce solo había la radio y no la televisión. Ahora, cien años después, todo va ser televisado, computerizado y telefoneado. Estamos con el centenario a tiro de bala de cañon y ya me extraña que no estén anunciados concursos de quién sabe más tonterías, números y pormenores de la guerra y, claro, juegos de computador para perder el tiempo de manera más realista que nunca. Todo a ver quién le saca más partido a la efeméride. Todo a ver quién despelleja más y mejor al vellocino del dios-turismo. Ese turismo que nació bajo esta definición somera: actividades de la gente durante sus viajes y estancias en lugares distintos de su habitual entorno, en período consecutivo inferior a un año y mayor a un día.

De los viajeros-turistas de otrora a las cifras del turismo actual hay todo un mundo de diferencia y un masivo volumen comercial que antes no existía. De los negocios de Marco Polo, en su siglo, viajando a China, a los millones gastados por los chinos devolviendo su visita, hoy día. Bien veríamos que Venecia no se termine por hundir del todo bajo el peso de tanto turista asiático. Solo un dato más: año 2012, mil millones (!) de turistas se movieron por primera vez en la historia. El turismo lo único que necesita es una excusa, por leve y agarrada por los pelos que esta sea. Una guerra mundial, la primera, debe ser excusa suficiente.

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…Ya no me acuerdo del último tiempo de paz.

Así que ahí estamos, entrando en el 2014, cien años después de la guerra del gas y en reatando detrás de ella la civil española, la del átomo, la de Corea, la del Vietnam, Afganistán, Salvador, Malvinas, Sudán, el Golfo, Bosnia, Kosovo, Chechenia, Somalia, Irak…y dale que te pego. No vamos a parar de celebraciones. Me da vergüenza haber asistido a tantas de esas guerras repantingado en el sillón de mi televisión. Así serían los titulares: “El turismo bélico asegura el negocio por un siglo más….” Evidentemente, no tenemos remedio. Ya no me acuerdo del último tiempo de paz, si es que alguna vez lo ha habido. Antiguamente se decía que la paz era la ausencia de guerra; ahora ya ni eso, la paz parece que se ha convertido en una sucesión de guerras pequeñas que uno tiende a pretender que nos quedan lejos, en todos los sentidos. Lo dicho: el síndrome de los tres monos. Feliz Año Nuevo y Paz en la Tierra?

Luisma, Maypearl (TX), 28 de Diciembre (ni santos, ni inocentes) del 2013

El libro de B.

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“…cada nueva visión en tiempo y en detalle cambia el edificio de una vida.”
(Reflexión de un edificio de oficinas en otro. Houston, TX.)

“Mi memoria está tan llena que a veces no la soporto”. No sé donde lo leí, fue hace poco y no lo recuerdo bien. Ya sé, ya sé, es señal de senectud recordar las cosas lejanas y olvidar las cercanas. Para cuando una lobotomía y meter un computador en nuestro cerebro? Cuanta más memoria mejor. Ah! Fue en un libro de Marías, Javier; debió ser así, y no me extraña, porque sus libros los tengo regados por todas partes. Es uno de mis escritores de cabecera. No es solo lo que dice sino como lo dice. Magnífico. Creo que alguno de sus personajes acabó un largo soliloquio sobre el tema, diciendo: “[…] quisiera que la memoria no se me hubiera llenado tanto.”(Sorprendente idea.)

En lo personal, tengo que decir que la mía está muy llena, pero siempre me cabe más, o siento como un vacío de algo que no se me ha llenado, o no lo suficiente. El no poder recordar es algo insufrible que me ocurre todos los días, con la dolorosa sensación de ser un barco a la deriva. Es como mirar o rebuscar en nuestro almacén (por algo se le llama la nave) y apreciar que todavía queda espacio en las estanterías, que se puede vivir mucho más sin miedo a que no quede en la memoria. Además, cada nueva visión en tiempo y en detalle cambia el edificio de una vida. Así pues, a recordar tocan! Hinchad las velas del barco y navegad por cualquier tipo de recuerdo, incluso los malos y los peores. Los buenos—no hay problema—siempre te asaltan a la vera del camino.

Viene a cuento todo esto porque en un pasado fin de semana me ha tocado lidiar con algo realmente difícil: criticar los recuerdos de otra persona, escritos noveles para si misma y para un potencial libro a publicar. Criticar, en borrador, no solamente el lenguaje, la gramática, el estilo de la narración, sino hasta los mismísimos recuerdos. Uno en su prepotencia se escucha mentalmente decir cosas (sin atreverse por pudor y cariño a decírselo a la interesada): este recuerdo no se debe poner—o peor: este recuerdo, entre tantos otros, no vale la pena!?—o aún peor: quítate ese pensamiento de la cabeza! Como si uno fuera alguien para decidir sobre los recuerdos de los demás. O bien, y esto lo dije en voz alta: tienes que tener más recuerdos de los que has escrito! Así, casi imperativo, sin abordar con delicadeza el hecho de que, posiblemente, la persona no pueda o no quiera tener la memoria más llena de aquellos momentos dramáticos de su historia.

Es evidente que B. tiene la memoria llena (noventa paginas de extracto), aunque solo sea de pensar tanto en ello, de tanto recordar sus vicisitudes vitales. Y no debe ser nada fácil ordenar los recuerdos, las vivencias de una niña, cuando su más tierna infancia transcurre entre dos guerras, una civil y otra mundial. Exilios, campos de concentración, secuestros, países nuevos, culturas diferentes y una vasta suerte de avatares dramáticos y peligrosos. Un montón de aventuras y desventuras, auténticas y de todo calado. Demasiadas cosas como para recordarlas todas, demasiado fuertes como para ser justo en su apreciación. Su memoria trata de desbordar hacia dentro, contener los excesos de vivencias. Y esto le hace ser injusta consigo misma. Un niño no ve las cosas de la misma manera, cuestión de edad y experiencia. Árdua tarea es calibrar lo que se cuenta, y como se cuenta, de la propia vida.

Querer hacer justicia a las cosas que pasaron es empresa áspera, fútil y casi inviable. Alguien dijo (y esta vez si que no recuerdo quién): “Escribir una vida no es difícil, es imposible.” Todo el que escribe lo intenta alguna vez. Los resultados: siempre dudosos. Muchos son los llamados y pocos los elegidos…Voy a tener que decirle a B. que escriba lo que quiera, como quiera y en la extensión que quiera. Al fin y al cabo, tiene todo el derecho a hacerlo, es su vida. Aunque…“A veces pienso que más valdría abandonar la costumbre [de contar la vida] y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se estén quietas.” (Javier Marías en ‘Tu rostro mañana’. Editorial Alfaguara.) He tenido que leer y rebuscar en la novela de Javier porque no podía recordar la sentencia completa. Dichosa memoria!

Luisma, Houston (TX), 15 de Diciembre del 2013

El arce y el Supercollider

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Lo primero que me llamó la atención del árbol, aparte de los múltiples y fantásticos rojos de sus hojas (inevitable atracción a contraluz) fue el tronco azabache del otro árbol que vive, o muere—no estoy seguro—a su lado. Roble, por las formas y meandros de sus ramas, largo tronco encopetado al final, cuando tiene hojas, siempre negra sombra de atroz contraste. Me gustan las diferencias de luz cortantes, es vicio de fotógrafo antiguo. Este roble es oscuro, en premonición del carbón que algún día, seguramente, será. Es seco y aéreo, liviano de corteza, lo que hace resaltar más las jugosidades del arce rojo.

Esto es (un anglicismo que me gusta), volviendo al árbol de Michael, al arce rojo (Acer rubrum) solitario que alguna vez plantó en un claro, a los alcances de la casa, en medio de un tupido boscaje de enrevesados mesquites y algún que otro roble autóctono. Árbol de un color rojo, las hojas, casi violento ahora al final del otoño; un fogonazo, una llamarada en el bosque. Bello, o mejor dicho: delicioso; las abejas, si pudieran, me darían la razón. Es una auténtica delicia volver los ojos a la parte de atrás de la casa y ensancharse con la contemplación del arce, sólo, luchador, el campeón del bosque.

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…ahora al final del otoño; un fogonazo, una llamarada en el bosque.

Michael, que lo cultivó y cuidó , también lo era entre aquel grupo de campeones físicos que llegaron a Waxahachie (Texas) desde todas partes del país, como los caballeros de la Tabla Redonda de la Física en busca de su particular Grial. Llegaron para construir y poner en marcha un monstruoso acelerador de protones, iba a ser algo sumamente espectacular, el mundo de la física y la tecnología no había visto algo semejante. Era el SSC (Superconducting Super Collider), acelerador de partículas. Proporcionaría fuentes de alta energía, y una sólida percepción dentro de la evolución de nuestro universo. Alguien lo llamó: el Desertron, después de que los políticos dieran un paso atrás en un país que raramente camina de tal forma. Un proyecto que hubiera mantenido a Estados Unidos al frente de la física mundial. Fue cancelado cuando ya se habían invertido más de dos billones de dólares en su construcción.

Algunos de aquellos caballeros de la física se quedaron enganchados, colgados de los terrenos, las arboledas, los estanques, los días caniculares, las noches de lunas enormes y frescura inesperada en el vértice de la V del clima americano; aquí, donde doblan los vientos y los fríos al encuentro de las bufaradas calientes del Golfo de México para torcer camino del este, en vez de invadir el sur. Los caballeros habían comprado fincas, se habían hecho las casas de sus vidas y ya no quisieron abandonar estas tierras. El sueño del Supercollider también quedó allí, para los restos. Unas cuantas construcciones vacías y 23 km. de túneles hacia la nada. Completo hubiera sido un túnel-anillo, casi circular, de 87 km. y a 60 m. de profundidad. Alguien lo definió como: el agujero que hicimos en Texas.

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…el agujero que hicimos en Texas.

Michael se quedó aquí y desarrolló una familia, mi compañera S. es la segunda hija. Además de sus tres hijas, plantó arboles: arces, higueras, magnolias y un largo etcétera y trabajó sus maderas por puro placer y ludibrio. En sus ratos libres era carpintero-ebanista aficionado, casi profesional en sus saberes y destreza. Encuentro por la casa continuas y cumplidas muestras de ello. Su árbol, ahora que él ya no está, me hace recordarle siempre. Su favorito era ese arce cuyas hojas se mecen al viento conscientes de mi admiración e impasibles a su recuerdo.

Encuentro muy rápido el razonamiento para montar un Supercollider, no tanto para cancelar un proyecto de esa envergadura e importancia mundial. Política. Lo del árbol…puesto a encontrar, y si no a inventar, las explicaciones de plantar un arce rojo; se me ocurren las que probablemente hubieran sido las mías. Descarto el hecho kipliniano de plantar un árbol, un poco manido. Quizás la añoranza de un norte vivido con anterioridad en los años pasados en los grandes lagos. Puede que la estética del color. La singularidad del uno rodeado de todos los demás. Un espacio para una sombra, ni buena ni mala…

“Decidme solo, avisadme, cuando se ponga rojo. Quiero verlo una vez más.”

Luisma, Maypearl (TX), 11 de Diciembre del 2013