Yearly Archives: 2014

Menil y Rothko

“…el Museo Menil por el dibujo de su ‘tejado’ y porque de la buena arquitectura siempre emanan efluvios…”. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Menil Collection. Houston (Texas) Foto: Luis Jimenez-Ridruejo “…el Museo Menil por el dibujo de su ‘tejado’ y porque de la buena arquitectura siempre emanan efluvios…”


Corría el otoño de 1989, ya hace un rato, y yo llevaba apenas una semana en América, adonde había llegado en una tarde calimosa y caliente. Días después, todavía estaba en trámites de acostumbrarme al clima de Texas, Houston y su ‘bayou’; aquel asfixiante calor y humedad, acongojante, sobre todo en la noche. Apenas dormía entonces, eran noches de toallas mojadas, frente al televisor, viendo películas que ya conocía y esta vez eran en inglés, intentando aprenderlo mejor y lo antes posible. Acabé acostumbrándome a dormir con el aire acondicionado y los ventiladores de techo. Aquello me hacía estar zumbado durante el día y dormir pequeñas siestas en cualquier sitio. Así estuve durante semanas, luchando con dos problemas típicos: dormir y conducir. Poco a poco me acostumbré a dormir bañado en sudor y a conducir el coche en una ciudad y un país que desconocía.

Era un martes de aquellos días—no sé porque lo recuerdo tan bien— y decidí que era un buen día para visitar mi primer museo de arte en América. Echaba de menos el beneficio balsámico de unas horas mirando, explayándome, agarrándome, sosteniéndome en y a las obras de artistas plásticos que lo eran, o lo habían sido, todo en el mundo del arte. Por primera vez tenía a tiro, a la distancia de unas pocas calles, un museo moderno americano. Uno de los que siempre había soñado visitar y que antes del Internet solo era posible conocer con la ayuda de infrecuentes publicaciones y documentales de televisión. La Capilla de Rothko, un conjunto pictórico que había estudiado por fotografías y que ahora estaba ahí, al otro lado de los ruidos acompasados de una autopista. Un edificio con su aspecto de “bunker” cerrado a cal y canto; apéndice sorprendente de un Museo Menil, cuya arquitectura y colección había puesto a Houston en el arte moderno al mismo nivel de atención mediática que la NASA en lo espacial.

Me equivoqué varias veces de calle, aún llevando un mapa de la ciudad, era la falta de costumbre en transitar por el tejido urbano de una ciudad americana cuyas direcciones de tráfico te mandan a diestra y siniestra hasta que aprendes el concepto de su diseño. Dí con el Museo Menil por el dibujo de su ‘tejado’ y porque de la buena arquitectura siempre emanan efluvios reconocibles que producen emoción. El Menil tiene algo de edificio industrial con sus entradas de luz cenital y el color gris-blancuzco de sus muros. Aparentemente simple, es el reconocible y reconocido proyecto arquitectónico, segunda comisión de Renzo Piano en los E.E.U.U. Aparqué cerca de la capilla, pero me encaminé primero hacia el museo, la Menil Collection, que visto desde el exterior encaja muy bien con el vecindario, sin romperlo ni contrarrestarlo. Produce al acercarse a sus puertas una inusitada sensación, gracias a su diseño exterior, parece pequeño por fuera y resulta enorme y grandioso una vez que estás en el interior.

Menil Collection. “…visto desde el exterior encaja muy bien con el vecindario, sin romperlo ni contrarrestarlo.”

Menil Collection. “…visto desde el exterior encaja muy bien con el vecindario, sin romperlo ni contrarrestarlo.” Foto : Luis Jimenez-Ridruejo


Recordaré siempre aquella visita primera al Menil por algo sorprendente y que nunca me ha pasado en ningún otro museo del mundo: durante más de una hora, la colección era en exclusiva para mí. Tanguy, Magritte, Man Ray, Duchamp, Matisse, Picasso, Warhol, Pollock, Rothko, Twombly, Rauschemberg… Era el único visitante hasta que una hora después, cuando ya me creía el dueño y señor y empezaba a elucubrar ‘cambios’ en la ‘política’ expositiva, apareció una ruidosa pareja de franceses que deshicieron el encanto. Hasta ese momento Cy Twombly se me había aparecido y me daba una lección magistral sobre sus fantásticos, grises y enormes, “encerados” repletos de iconografía del lenguaje. Los 30,000 libros de la biblioteca que antes estaban en plena ‘grilleria’, hablando todos al mismo tiempo, se habían quedado mudos y me miraban desde sus lugares como pidiéndome excusas por haberse roto el encantamiento. Lamentablemente, en este museo nunca he podido dormir una siesta, los pocos asientos que tiene están en lugares demasiado ostensibles. Una lástima.

Me escapé del Menil y atravesando la calle y los parterres de hierba me planté a la puerta de la Rothko Chapel, listo para enfrentarme con el misterio y la tremenda propuesta del pintor latvio-americano, de la que tantas y tan variadas críticas había leído. La entrada me pareció angosta y lamentable, con el paso a través de la ‘tienda’ de regalos y suvenires disfrazada de oficina de información. La luz que llegaba desde el gran atrio interior daba la sensación de que era tarde y la visita estaba terminando, como si las ‘luces’ se hubieran apagado ya. Afortunadamente no era el caso, era el ambiente de luminosidad tenue creado expresamente para realce y mayor destaque de las pinturas de Rothko y conseguir el efecto de semioscuridad de un oratorio antiguo. Una capilla multiconfesional, porque no hay en ella ningún signo que se alinee con ninguna religión, aunque se haga hincapié en ello.

Interior parcial, Rothko Chapel. Imagen adaptada de Paul McClure en Wondering Fair.

Interior parcial, Rothko Chapel. Houston, Texas

[Imagen adaptada de Paul McClure en Wondering Fair.]

Los catorce grandes lienzos, densos y oscuros, totalmente oscuros pero sin carecer de color, inmensos en su vibración pictórica, reciben luz cenital que cae sobre las diferentes texturas y matices cárdenos, negros y morados; todo ello impactante, lóbrego y lúgubre. Inevitablemente, para el “gran público” son unas pinturas difíciles de aceptar, admitir o aprobar. Ante ninguna manifestación artística he escuchado jamás mayor criticismo beligerante, ostensiblemente negativo, que dentro y fuera de esta sala. Siseos, chisteos, incluso risas contenidas y nerviosas en el interior y hasta una ‘perla’ de comentario en alta voz: “ Y, donde están las pinturas?” Afuera, al aire libre en el exterior de la capilla, se desatan los comentarios de desaprobación; siempre en forma audible, como para hacerse notar y en contraposición al silencio del interior y a las miradas cómplices de los positivistas. Con Rothko nunca hay medias tintas, ni fuera ni dentro de su pintura.

Visitar la Menil Collection y la Rothko Chapel fue la primera alegría compensatoria de un tan largo viaje, después vendrían muchas más. Siempre es un buen día el de visitar un museo.

Luisma, Maypearl (TX) 30 de Diciembre del 2014

Las dunas de Chesterton

photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Puede que sea difícil de imaginar, o puede que yo no sea capaz de transmitir las imágenes. Hace años, Julián Marías me dijo: escribe lo que no puedas pintar y pinta, fotografía en otros casos, lo que no puedas escribir. Lo intentaré, porque las impensables escenas que presencio, muchas de ellas conmigo dentro, son el pan de cada día de mis aventuras en este país.

Estoy en Chicago, una de mis ciudades favoritas en el mundo. Llegamos hoy, y ya estoy frente a mi ventana en la habitación del hotel Congress Plaza, con vistas al lago Michigan que, como siempre, más parece un mar, un mar de acero gris azulado. La sangre luminosa de los coches fluye abajo, once pisos más abajo; chorros de glóbulos rojos y blancos entremezclados, desde la avenida Michigan hasta la Lake Shore y las calles cruzadas del Parque del Milenio. Las primeras luces de la noche, desde esta ventana, un espectáculo que siempre tiene la virtud de hipnotizarme; puedo estar mirándolo durante largo tiempo, embobado en cualquier pensamiento o remembranza.

photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Venir hasta aquí, en coche, es ya una manía. Estados Unidos hay que viajarlo en coche, a pesar de las monstruosas distancias. Y cada viaje a Chicago ( unas siete horas, desde Pittsburgh, rodando rápido) es una fuente de nuevas aventuras. Por más que se miren las predicciones de los hombres del tiempo, siempre hay una sorpresa, sobre todo en recorridos largos. Esta vez, con la primavera ya oficialmente entrada, después de dos horas de camino, nos empezó a caer nieve; que siendo de noche era cegadora, mareante, y dificultaba la conducción. Total, que paramos a dormir, y continuar al día siguiente, ya sin prisas, lo que produjo el avatar de turno y la aventura significativa del viaje.

Photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
A la mañana siguiente, sol y viento, enfilamos hacia Chicago. Tras un tiempo de rodaje tranquilo, se estropeó un sensor de temperatura y para cambiarlo tuve que salirme de la autopista, y eso fue en un pueblo con un nombre muy literario: Chesterton, en el estado de Indiana. Después de varios intentos, el asunto nos lo arregló un “currito” con taller personal y aspecto de orondo bien comido, y bien bebido. Mientras esperábamos la reparación, en su sala de espera—oficina—salón de té, reparamos en unas fotos colgadas en la pared de algo que se anunciaba como Parque Nacional de las Dunas de Indiana. El tipo insistió que fuéramos a conocerlas—oiga, solo cuatro millas y son una delicia! Echada ya la tarde a perros y con el sol cayendo, y muy fotográfico, nos fuimos a ellas armados de cámaras y protegidos del frío viento, y—Oh, maravilla! La cosa valía la pena, y mucho!

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Pasamos unas buenas dos horas recorriendo el sitio y pisando, fotográficamente, la arena suave de las dunas. Quien iba a pensarlo! A cuatro millas de la dura y pura carretera, unas dunas increíbles, a orillas del lago y tan solo un “tiro de piedra” de Chicago, que se apercibía en lontananza, al otro lado de las aguas. Será un lago, que lo es, pero a mi siempre me ha parecido un mar. Son famosas las historias de tormentas brutales en este lago-mar, hundiendo barcos. Una de estas historias se me quedo grabada, la zozobra y naufragio de un velero, a finales del siglo XIX, que transportaba el abastecimiento de árboles de navidad para Chicago. Nunca ha sido encontrado.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Volviendo a las dunas. Al punto me informé del paraje y su historia. Otra vez la glaciación Wisconsin, la misma que produjo las cataratas del Niágara y la recesión de los glaciares de los grandes lagos; al retirarse produjeron estas dunas que, además, son unas de las pocas, treinta y cinco en todo el mundo, “dunas cantantes” o “silbantes”. Buscando información sobre dunas, aprendí que también existen dunas que “ladran”, tal que si fueran perros. Que cosas!

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Las dunas, pequeñas pero magnificas, eran un coto fotográfico de primerísimo orden. Las arenas de un color caramelo-rojizo, de increíble suavidad a la pisada, al tacto y al ojo, nos rodeaban por todas partes. Contenían, incluso, pequeños estanques de aguas trasparentes y matas de juncos.Una vida reflejada en otra. Los espejos de la naturaleza.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Un verdadero coto de caza. Un ciento de “cartuchos” se nos fueron entre los dos “tiradores” y el símil cazador me trajo el recuerdo de mi nunca olvidado Pepe Núñez Larraz que, aquí, hubiera gozado como un “marrano con paperas”. Así sucedió con Sarah, que sacó y cobró las mejores piezas. Algunas de las fotos de aquella tarde inolvidable son las que ilustran este “posting”. Aunque bien mirado, cualquier tarde con S. es siempre inolvidable.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Dunas, agua, viento frío, olor a agua dulce de lago, vallas de madera sosteniendo la integridad del fenómeno…Ni las palabras, ni las imágenes, ni la feérica música de Vaughn Williams, allí en Chesterton (Indiana), quedan esas dunas esperando que alguien visite su delicada existencia. Antes, quizás, de que un mal viento se las lleve.

Luisma, 30 de Marzo del 2010 ( Fotos S. y L.)

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[Originally posted in April 2010]

La connivencia

“Mirar esa luz esperando a la de la memoria…” Foto: Luis Jiménez-Ridruejo

“Mirar esa luz esperando a la de la memoria…” Foto: Luis Jiménez-Ridruejo

La connivencia no es solo cosa de dos, o más, también puede ser propia, individual, reflexiva. Todo consiste en que mis neuronas se confabulen unas con otras; eso si, sin salirse de madre, caer por la pendiente y arrastrarse por el talud, como un tren descarrilado. Disimulos, transgresiones, descuidos, errores de o sin bulto, a los que uno mismo les cuelga el marchamo de la liviandad y la ignorancia menos culpable. Las neuronas, como las palabras, trabajan para ti—salvo error u omisión—casi siempre.

De madrugada, para variar, estoy mirando esperanzado esa luz que empieza a cernirse empujada por la mirada que va una y otra vez desde el sentajo, incomodo asiento (lo es, con el propósito de hacerme evitar el exceso de contemplación) a siete metros, más o menos, del lienzo ya con mancha y que me pide acercarme, tocarlo, e inmediatamente me rechaza a la posición original. El cuadro solo tiene unas pocas sesiones y ya empieza a reclamarme, a minar mi resistencia y hacerme buscar excusas para obligarme a justificar mi necedad y mi lentitud. Pero desde el tajo la miro. Mirar esa luz esperando a la de la memoria…

“…más o menos, del lienzo ya con mancha y que me pide acercarme…” Luis Jiménez-Ridruejo, Instar #4, en curso (acrílico sobre lienzo).

“…más o menos, del lienzo ya con mancha y que me pide acercarme…” Luis Jiménez-Ridruejo, Instar #4, en curso (acrílico sobre lienzo).


Cuando la luz atraviesa campos opalescentes, cuando tropieza con obstáculos que no pretenden serlo, cuando se mezcla con todos los rincones del aire y, entonces, puede detenerse donde le cuadra. Cuando absorbe o se esconde en todas las motas flotantes, dándoles cuerpo y sentido. Velázquez y Newton lo definieron antes que nadie: corpúsculos de luz. Materia luminosa esperando que el ojo resbale de una a otra belleza insinuadas, hasta otro brillo y antes de que la luz se aleje—ya nunca puede perderse—al encuentro con el pasado. Cuando aquel aire, ya quizá de un diferente color, vuelve después de haber rozado y construido nuevos campos de luz, nuevas situaciones reveladas, cien mil puntos que antes no estaban, o estaban siendo, allá a lo lejos, en connivencia con la luz de la memoria. Ah! Esos lejanos contubernios donde viven las ideas.

Cuando todas esas dimensiones, atravesadas y acariciadas, vuelven al plano que palpo y froto con mis manos, quizá para sentir el correr por los nervios de algo etéreo que solo veo, o que solo imagino. Entonces es cuando aparece la pintura o su trasunto reflejado que es la fotografía. Y sí, en algún punto de este viaje se ha quedado prendida, asida, colgante, la música; esa que nadie, sino yo, será capaz de saber donde está en el cuadro. Mi música—no la de los demás—pues cada uno pondrá la suya, donde discurra su imagen, donde esté su idea. Pero no debo cavilar en que pensaran los otros. Yo sigo hundiendo los dedos y los ojos en cada rincón que en el lienzo se aprisiona e intentando saber como y porqué se esta produciendo todo aquello; dominar, aunque sea imposible tarea, hacia donde va el maldito baile de mis neuronas. Y todo por esperar a la memoria, que es la gran dictadora y la verdadera dueña del cuadro. La pintura es mirar luz y esperar a la memoria.

:“…en algún punto de este viaje se ha quedado prendida, asida, colgante, la música…” Foto: Luis Jiménez-Ridruejo

“…en algún punto de este viaje se ha quedado prendida, asida, colgante, la música…” Foto: Luis Jiménez-Ridruejo


Epílogo, que más debería haber sido un preámbulo o un circunloquio o digresión y que solo viene a cuento del espectáculo que “estamos” dando en el concierto de las naciones.

Connivencia: disimulo o tolerancia ante las faltas, transgresiones e incluso delitos de otros, especialmente de un superior que tendría poder y autoridad para frenarlos. Viene del latín: ‘conniventia’, se deriva del verbo ‘connivere’ que propiamente y en origen quiere decir: “cerrarse los ojos”, dormirse, descuidarse, “hacer la vista gorda”, estar de acuerdo disimuladamente. Perfecta definición de lo que ocurre en esa especie de ‘patio de monipodio’, la piel de toro, donde se juntan Rinconetes y Cortadillos a sacar tajada del arte, de la política, de la religión, y de todo aquello en lo que haya un euro que afeitar…todos ordeñando a la pobre y escurrida cabra, en connivencia con popes, alcaides, prestamistas, chamanes con tal arte que…bueno, ya está bien!

Termino antes de que descarrile del todo. Yo solo quería escribir sobre la luz en el cuadro y la mente se me fue, como tantas veces, al otro lado del ‘estanque’. Surgió la palabreja: connivencia, y aquellos polvos trajeron estos lodos.

Luisma, Maypearl (TX) 30 de Noviembre del 2014

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“El disputado voto de Mr. Jiménez”

county election, George Caleb Bingham, 1850

Día de elecciones en el condado de Saline (Missouri). George Caleb Bingham, 1850

Está lloviendo a cántaros, creo que en inglés se dice: ‘llover gatos y perros’ (rain cats and dogs)…a saber de donde sacan los anglosajones esta expresión. En el jardín (entiéndase, las praderas alrededor de la casa) los regueros de agua corren en todas las direcciones, sin ruidos y según los desniveles y la inclinación del verde; la pradera es siempre un campo silente. Las aguas van dejando remansos de hojas secas, tierra floja y pécanos caídos de los arboles. Como siempre, también, no huele a nada, ni siquiera al frescor de la lluvia. A veces pienso que en Texas, además de agua, llueven antisépticos. Prefiero los cien olores de la Castilla de Miguel Delibes y también mía, cuando estoy allí…pero esto es lo que hay, lo que se va por lo que se viene. Nunca llueve a gusto de todos.

El caso es que, según me dicen, pues soy primerizo en estas lides, esta lluvia va a disuadir a muchos de los pocos votantes de esta circunscripción. Y es que hoy es martes, día de elecciones, legislativas en esta ocasión. Y que tiene de particular esto? Bueno, la cosa es que será la primera vez que voy a votar en América. Las primeras elecciones desde que me he ‘hecho’ americano. Antes no podía y esa era la única diferencia entre ser residente y ser ciudadano. Esa y que nunca podré ser presidente de los Estados Unidos, por el hecho de no haber nacido aquí. Tampoco creo que les importase mucho mi imposibilidad. Presidente Jiménez! Dicho así suena a dictador latino-americano. Washington, Adams, Jefferson, puedo imaginarlo, se mesarían las pelucas con horror.

Parece que lo que votamos esta vez es para gobernador y senador del estado propio, y algunos cargos más de menor importancia, a más de alguna proposición de ley estatal. La única que votaré será la de intervención de fondos para mejoramiento de autopistas. Votar que se mejoren las carreteras !? Es que hay alguna duda? En esto, la eficacia de gobierno en este país es proverbial. Es un país caro, pero justo. Los impuestos son grandes e importantes. La ‘inquisición’ funciona bien, no hay mangoneo ni latrocinio, que se sepa. Cuando hay escándalos, económicos o no, ruedan las cabezas adecuadas, sin caretas y sin perdones. Y si tiene que caer el Presidente, cae y con todo el ruido de la cabeza rebotando contra los escalones, véase: Richard Nixon.

En cuanto a la campaña electoral, bueno, eso ya es otro cante, es decir: ‘si quieres que te cante, la tela por delante’. El dinero habla, o lo que es lo mismo: ‘el que tiene padrinos se bautiza’. Nada raro, las campañas electorales aquí se ganan a golpe de talonario. A más dinero colectado, más anuncios en televisión y más posibilidades, o seguridades de éxito. Y este lo deciden los indecisos, que se deciden por la ‘mejor’ influencia del martillo televisivo. Las masas partidistas engrosan el voto, pero al final la balanza siempre se inclina por el peso de unos pocos granos. El soplo de un indeciso puede hacer cambiar los personajes en la cima, republicano o demócrata, simples nombres…las políticas no variaran más de un ápice. Lo más parecido a un demócrata americano es un republicano americano. Y dicho al revés, tres cuartos de lo mismo.

El nacionalismo de esta gente es inconmensurable. No hay nada más independiente y ‘tejanista’ que un tejano, y nadie más americano que ese mismo tejano. Todos. Si se me quiere entender. El aparente aislacionismo americano es solo eso, aparente, van a lo suyo. Y lo suyo es el mundo, que empieza y termina en la propia América, el americano medio no sabe nada, o muy poco, del resto del planeta, eso que hay afuera, donde “nuestros chicos” van a la guerra, algunos hacen negocios y unos pocos van de vacaciones. Eso sí, cuando todo el mundo tiene problemas de disgregación o separatismo, ellos más unidos que nunca, E.E.U.U. por encima de todo, como su propio nombre indica. Algunos deberían aprender algo de esto. La excusa de que la historia impide la unión de los países en Europa es eso, una excusa. Tanto imitar a los americanos, para luego no hacerlo en las cosas más importantes.

commemorative stamp for 19th Amendment to U.S. Constitution

Sello conmemorativo del derecho al voto femenino (19th Amendment. 1920)….Once años antes que en España y 24 que en Francia.


A estas horas ya ha pasado todo. Me llegué, en un verbo, hasta el colegio electoral. En este caso: la iglesia electoral (First Baptist Church), en cuya oficina parroquial estaba la urna: un pódium metálico; una especie de robot traga-papeles ranurados, más parecido a una pesada y blindada fotocopiadora y que se tragó mi ‘papeleta’ con un gutural sonido que se me antojó de satisfacción. Mucho aparato para solo unos pocos cientos de votantes. Apoyado en dicho mamotreto, me venían recuerdos de lecturas sobre viejas asonadas políticas—lo de ‘romper las urnas’— y dí en pensar que para hacerlo con esta habría que usar un tanque o una buena carga explosiva. Los de la mesa electoral me miraban con la placidez evidente de no haber leído mi pensamiento.

Es de noche y ha parado de llover. La ‘tele’ desgrana los resultados de la jornada. El disputado voto de Mr. Jiménez ha sido menos disputado de lo previsto y queda solamente en testimonial. He ‘perdido’ por abrumadora mayoría mis primeras elecciones americanas. Ni ‘mi’ gobernador ni ‘mi’ senador van a ninguna parte. Al menos, parece que ‘me’ van a mejorar las autopistas. En una democracia el que no se consuela es porque no quiere.

Luisma, Maypearl (TX) 19 de Noviembre del 2014

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La “otra” casa

Luis Jimenez-Ridruejo, foto contraluz, ventana, lampara, barandilla

Llevo quince días intentando escribir este, u otro post, “y que si quieres arroz, Catalina”(¿!)—que, por cierto, nunca he sabido quien fue la tal señora— no hay manera de pergeñar nada, el síndrome de la hoja en blanco me atenaza. Hasta hoy no me he puesto a ello y es que me llevaban los diablos, o las brujas; ya se empieza a notar la cercanía del dichoso Halloween. La primera semana de la intentona me fui de viaje y como Texas es tan grande me pulí sus días al volante y visitando a la gente que tenía que ver. De vuelta me pasé el fin del periplo con las patas por alto y la mente cerrada por descanso del personal.

Luis Jimenez-Ridruejo, foto de tres bandas do plastico, sofa

La siguiente semana, la que acaba de terminar, y después de un intermedio pictórico, tres cuartos de lo mismo: me surgió otro viaje inesperado, al bote pronto, a hora y media de camino. Pasé cinco días enteros encerrado en una casa grande, de un familiar; supervisando y vigilando las obras de reparación de techos, cielos rasos que se habían manchado y desprendido por filtraciones de tejados dañados por tormentas, casi de la categoría de tornados. Reparación y su pintura consiguiente. Un obrón.

Luis Jimenez-Ridruejo, foto de sofa, espejo, cuadro

Fue vivir, de repente, en un mundo cubierto de plásticos de transparente opacidad que envolvían opresivas atmosferas de húmedo rocio. Proveniente del lavado de techos por dispersión con un compresor de pulverización, usado luego para arrojar texturas y pintura final. Me atraía observar, en vivo y en directo, como y con que mañas se las componían los pintores americanos para salvaguardar, de salpicaduras y pintura fresca, muebles, chismes, bártulos y cachivaches de una casa totalmente montada. Recordaba con horror los fandangos que se organizaban en mi pasado español, en situaciones similares. El resultado fue que muebles, accesorios, decoraciones, incluso uno de mis cuadros que está colgado en esa casa, sin moverse desaparecieron como por ensalmo. Un ser y no ser en un nuevo escenario, un estar y no estar, telones con accesibilidad, como si la realidad fuéramos nosotros y la casa hubiera transcendido a otra dimensión.

Luis Jimenez-Ridruejo, foto de chimenea, dos focos tapados

Aquí hubiera tenido que escribir de duro y pelado, echar mano de todos los ingenios para transmitir la imagen de aquello. O, en su defecto, acudir al viejo, pero siempre presente, dicho del filósofo Julián Marías. Para mí, desde la noche que me lo dijo en Houston (TX), hace ya tantos años, es un verdadero axioma (proposición clara y evidente, que no necesita demostración): “Escribe lo que no puedas pintar y pinta lo que no puedas escribir.” Este caso no pedía pintura, pintura era lo que sobraba en aquella casa. Así que eché mano de la fotografía y traté de plasmar un montón de sensaciones, aquellos colores insólitos, aquellas luces inesperadas, habitaciones como pozos insondables, y encontrar un significado gráfico para una situación en cierto modo de encantamiento o conjuro.

Luis Jimenez-Ridruejo, foto de cenital, entrada, escalera pintor

La “otra” casa. Un embrujo que, al parecer, solo veía yo. Un reto. De manera que las fotografías tuvieron que hablar por mí mismo. Y, al pronto, surgieron escaleras que parecían no ir a ninguna parte, “monstruos” que transitaban entre la luz y las sombras, metales coloridos que se disolvían tras los reflejos, sensaciones de otras épocas y otros lugares, remembranzas del “puré de guisantes” londinense. Hasta los sonidos eran provocadores. El motorcillo de aire comprimido del pulverizador hacía de las suyas…Pff—pff —pff…ho—ho—ho…ilustración sonora que traía ecos de película de misterio. Brotaban humedades polivinílicas que eran el trasunto del volandero polvo líquido que impregnaba los plásticos protectores. Se manifestaban inexplicables formas antes ocultas, vibraciones de casa embrujada.

Luis Jimenez-Ridruejo, foto de ariete azul entre dos puertas
Estuve un tiempo suspendido en el trasiego de estos pensamientos, ya ni siquiera hacía fotos, solo elucubraba y mi cerebro proyectaba hacia dentro de mí mismo un cuestionario deslavazado de preguntas—algunas, realmente incoherentes—, que es lo típico que sucede cuando me “pierdo” en situaciones estéticas, cuando me ausento de la realidad por embelesamiento. Las más de las veces, preguntas paradójicas y enigmáticas. Entonces necesito el “clic”, la rotura que me devuelva al mundo. Que hago yo aquí? Que es todo esto que me rodea? Y sobre todo: donde estoy?

Luis Jimenez-Ridruejo, foto de bano cubierto plasticos

Por suerte, en ese momento, cuando empezaba a “patinarme la neurona”, más de lo usual, se hizo el prodigio. Allí, oculta en el fondo de aquel espacio, repentinamente y por aparente generación espontánea (es decir, por control remoto, accionado por S. desde el garaje) se encendió la monumental pantalla de televisión, presidiendo y dominando el lugar que parecía transmutado. Los plásticos no dejaban ver la imagen pero no podían con el sonido, los clarines de la cruda realidad. En un instante, todo volvió a ser lo de siempre, la casa grande de M. y B., en un vecindario preciado al norte de Dallas, Texas, E.E.U.U. Al menos, de la ensoñación y la elucubración de la “otra” casa, han quedado las fotografías y este escrito, que se hacía de rogar.

Luisma, Maypearl (TX) 27 de Octubre del 2014

(Fotografía: Luis Jiménez-Ridruejo)

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Juan Muñoz en el Hirshhorn

Patio interior y entrada al Hirshhorn Museum. Washington D.C. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)

Patio interior y entrada al Hirshhorn Museum. Washington D.C. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)


A lo largo de estos años, ya muchos, que llevo en este país y las múltiples visitas a su capital, siempre he tenido una sensación—aunque no puedo explicarla muy bien—, y es que Washington me recuerda a Viena; yo la llamo la Viena americana. Ciertos puentes y sus barandillas de hierro, las arboledas de algunos parques, las mansiones de una época determinada, imperial; alguna piedra de sillar, la orientación del recorrido del sol, momentos de luz sobre paredes estucadas de colores; sonidos y silencios. Son similitudes en detalles, quizás Viena inspiró y favoreció la influencia desde el punto de vista de un Jefferson o un Franklin. En conjunto, siempre algo me retrotrae a esa idea. Y Washington D.C., cuyos monumentos son algunos de los más popularizados y visitados en el mundo, guarda una colección de museos, sobre todo los de arte de los siglos XIX a lo de hoy, difícil de igualar. No en vano es uno de los grandes escaparates del imperio.

Confieso que, hace veinticinco años, la primera vez que visité la capital, no tenía mucho conocimiento del “Hirshhorn Museum and the Sculpture Garden” (este es su nombre completo) y me pasó casi totalmente desapercibido en mi primera visita al National Mall, que es como una monstruosa plaza rodeada de un semillero de sitios muy visitables. Entre museos Smithsonians y Memoriales de Guerras y Presidentes, con el propio edificio del Congreso que lo corona, un día no da para verlo todo y estamos hablando de exteriores, sin entrar en ningún sitio. Los americanos lo intentan en coches y autobuses. Siempre que he tratado de enseñárselo a algún visitante europeo, a pie y a matacaballo; hemos acabado rendidos, echando el bofe en alguno de los muchos bancos de los vastos jardines de la zona. Verlo todo en un día, imposible. Escribir de todo ello en una sola sentada, otro imposible.

Luis Jiménez-Ridruejo “parlamentando” con “The Last Conversation Piece”. (Foto: S.)

Luis Jiménez-Ridruejo “parlamentando” con “The Last Conversation Piece”. (Foto: S.)

Aquella primera vez, sin embargo, ya me quedé con el toque, al pasar de largo por el Hirshhorn, de la buena pinta del edificio y me comprometí mentalmente para no fallarlo en una subsiguiente visita. Esa visita se hizo esperar unos cuatro o cinco años. El hombre propone y la vida dispone. Aun así, se me había quedado grabado el impacto de aquel edificio singular, que me parecía como una suerte de astronave nodriza de alguna galaxia desconocida. Después supe que el arquitecto había sido Gordon Bunshaft, del que ya conocía uno de mis rascacielos más admirados de Nueva York: el One Chase Manhattan Plaza, sesenta pisos y una sinfonía de la recta. En cuanto fue posible me propuse visitar este museo, que pronto hizo trio con mis otros dos favoritos de la “Corte”: La Phillips Collection, el primer museo de arte moderno del país; y el Corcoran, la mayor colección de arte americano del mundo.

Nunca he vuelto a fallar mi visita al Hirshhorn, cada vez que caigo por Washington. Y han sido muchas. Como siempre ocurre en mis pinacotecas (una de mis palabras favoritas en cualquier idioma), tengo una serie de artistas que “necesito” visitar, es gente con la que hablo desde hace años, paso tiempo en su compañía, me confieso, hago preguntas de todo tipo. Algunos viven al mismo tiempo en diferentes museos, diferentes obras. Otros ya saben que voy a ir a verlos porque ando en tratos pictóricos habituales con ellos, a menudo, diariamente. Casi siempre se trata de pintores y, raramente, la visita principal es para algún escultor. Es cosa sabida mi relación sesgada con la escultura y siempre he reconocido que es una asignatura verdaderamente pendiente. Creo que me iré para el otro lado sin saber cual ha sido mi auténtico problema con el tema. La escultura me gusta, pero no toda ella, muy poca me toca la fibra sensible. En el Hirshhorn está bien representado un “amigo” que visitar para los restos, un escultor que sí me conmueve y lo hace siempre, un español, Juan Muñoz.

S. “haciendo amigos” en el jardín del Hirshhorn. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)

S. “haciendo amigos” en el jardín del Hirshhorn. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)


Confesión tras confesión: hasta mi primera visita al Hirshhorn capitalino, nunca había visto una obra, físicamente, al natural, de Juan Muñoz. Solo fotografías y ni siquiera sabía que estaba allí, en el jardín de la escultura. Tiene a su disposición una entera sección, una pradera en donde están, moran, discuten y se “mueven” las cinco figuras de su grupo escultórico, una maravilla en un espacio con cierto aire a escenario de un claustro conventual. De manera que me topé con su: “The Last Conversation Piece” por sorpresa y desde aquel día visito a sus “personajes”, en ausencia de Juan, que no se encuentra y por el cual les pregunto cuando voy. Siempre me contestan lo mismo: “anda contando historias, no se dónde y a no sé quién”.

“Mirándolo bien: es imposible que se tumben. En que estaría yo pensando?”

“Mirándolo bien: es imposible que se tumben. En que estaría yo pensando?”


El Hirshhorn, museo con grandes contrastes y una colección permanente magnifica es como una especie de retrato de la realidad americana, otro día “entraremos” en el edificio, hoy solo el jardín. Este lugar y esta escultura de Juan Muñoz, que se me antoja tan “goyesca”, tienen la virtud de darme siempre en que pensar; es una obra muy narrativa que excita la imaginación y la interacción. Alguna vez he de ir de noche, amparado en la total oscuridad que presumo, a ver si siguen discutiendo, o si por el contrario se tumban en la hierba y duermen para estar frescos al día siguiente y reanudar la que siempre será su última conversación. Mirándolo bien: es imposible que se tumben. En que estaría yo pensando?

Luisma, Maypearl (TX) 29 de Septiembre del 2014

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Waxahachie

“…o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca”                 (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

“…o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca”
(Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

Te puedes sentar o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca, en alguno de los pocos lugares altos que por aquí vas a encontrar. Esto es pura pradera, la gran pradera, la de los búfalos, y en estos tiempos ya hay que echarle una imaginación calenturienta para fantasear con un cortejo, una banda, una fila india, caminando estas dilatadas distancias de hierbas eternas y cielos altos y luminosos. Pensar que antes de la “conquista” no conocían el caballo; y que con él vinieron la posibilidad del traslado rápido y las gentes que iban a ser su perdición. Verás lo que ellos vieron, un sendero siempre por hacer, para unos, y un océano de hierba para aquellos que ya habían visto los de agua, desde la pobre altura de las cofas y las jarcias de sus carabelas. Más, en cualquier caso, de lo que pudieron nunca soñar.

Todo esto, vivir en Maypearl (TX), setecientos habitantes diseminados por la pradera y las “cuatro casas” del pueblo, puede parecer muy bonito. Su carretera/calle principal, y casi única, da la impresión de algo recóndito, pequeño, tranquilo, silencioso y alejado del tráfico y la barahúnda ciudadana. Y la verdad es que sí, el pueblo es todas esas cosas y sobre todo tranquilo. Todo muy bien, pero, cuando necesitas vituallas, que no sean solo sota, caballo y rey; cuando te “aparecen” piedras en el riñón y necesitas el hospital; cuando tienes que comprar pinturas y lienzo o herramientas de cierta sofisticación; o pasar por el Banco, comprarte “toda” la farmacia, ir a un restaurante…entonces, necesitas un pueblo grande o una ciudad pequeña. Ahí, aparece: Waxahachie (TX) con sus treinta mil habitantes y a dieciséis kilómetros. Cerca, pero lejos; lejos, pero cerca.

Waxahachie, 1929 “…cruces de ferrocarriles. Una especie de Medina del Campo en la soledad plana de la pradera tejana.”


Una carretera comarcal, la FM 66, te lleva directamente hasta el pueblo grande, donde tienes un poco de todo y pierdes todas esas sensaciones gratificantes que adjudicas al pueblo pequeño. Waxahachie es un poblachón fundado a mediados del siglo XIX, por culpa de los cruces de ferrocarriles. Una especie de Medina del Campo en la soledad plana de la pradera tejana, caliente y húmeda en verano y medio fría en invierno, clima subtropical y horizontes caliginosos. Según mi propia definición: estamos en el puro vértice de la V en la que bajan los fríos del noroeste, y donde chocan con las bocanadas de calor tropical que suben del Golfo de México, y es donde la mezcla “dobla” al este-noreste a dulcificar el clima de los otros estados del sur. Un protagonismo más o menos inventado por mi. La verdad es que si en Maypearl no pasa nada, en Waxahachie pasan muy pocas cosas.

Uno se pregunta quienes serían los pobladores de este sitio en 1491, si es que el sitio estaba poblado, que parece que sí, antes de que Colón trajera paulatinamente europeos, empujándolos hacia estas tierras y sobre todo hacia aquellas que se parecían más a España, climática y geográficamente; es decir, Florida y California. Indicios hay de que fue más bien zona de nomadeo y paso, aunque algunas tribus indias, de diferentes idiomas, estuvieron por épocas asentadas en estas praderas. Quizás esto explique que los “autores” no se pongan de acuerdo en el significado, evidentemente indio, del nombre de Waxahachie. Depende de si se usan los idiomas de los Wichita, o de los Coushatta, o de los más antiguos Tonkawa, e incluso de los Apaches, cuyo extenso territorio cubre un espacio en el que “cabrían” España y Francia y que se inicia “relativamente” cerca de aquí, a unas cuatro o cinco horas en coche hacia el oeste. El caso es que el nombre puede significar: arroyo del búfalo, o de la vaca, o del monstruo. O también: rabo del ternero; e incluso: gato salvaje gordo. A saber.

Waxahachie, hacia 1905 “…uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia…”

Waxahachie, hacia 1905 “…uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia…”


Saber que ha pasado en este pueblo antes y después de 1491, uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia, alguna epopeya del “Oeste”, algún drama en el pasado, el equivalente del crimen de Cuenca, o los amantes de Teruel, algo que justifique el escribir un poco más largo y tendido. Nada. La tradición oral es mortal, no existe. Una lectura somera de lo que por aquí te cuenta la gente y lo poco que sacas en conclusión de una investigación superficial, la única posible y necesaria, te lleva a pensar que Waxahachie no es mucho más que tres entradas de autopista, un poblachón sobredimensionado y un grupo de gentes que miran por su subsistencia, la realidad de la vida.

Esto es Texas, una enormidad, y cabe todo. No muy lejos de aquí recuerdo que, hace años, en una carretera comarcal encontré tres pueblos seguidos, Moscú, Cairo y finalmente Bobo, ninguno de ellos de más de trescientos habitantes. Quizás en el futuro se me ocurra escribir algo diferente, usando este trampolín, pero ya tendrá que ser una ficción.

Luisma, Waxahachie (TX) 24 de Septiembre del 2014

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El Caballero…

Luis Jiménez-Ridruejo. “El Caballero de la Mano en la Cámara” (Foto: Luis Pérez-Mínguez)

Luis Jiménez-Ridruejo. “El Caballero de la Mano en la Cámara” (Foto: Luis Pérez-Mínguez)


Las jornadas se hacen ya muy duras, cuesta llegar a Toledo en medio de este calor del infierno, tanto que me parece ver esquilmada y seca como nunca esta Castilla, otrora verde y frondosa de pinares inacabables y hoy ganada por la encina de secarral y este sol de justicia, que le dicen. Cae de plano y el sudor malamente me deja abrir los ojos. El caballo me llevará donde le dé la gana, espero que siga el camino, los trigales ya están altos y se podría perder, y yo con él. Que bien me vendría tropezar con un rio, o un simple arroyo cangrejero, me metería en el agua así como estoy vestido, sin parar mientes. Se me quitaría este olor a montuno que llevo ya desde hace días, sin lavarme, sin asearme y sin cambiar la poca ropa que tengo conmigo para mudar.

Todas estas jornadas, desde que salí por la puente romana de Salamanca y enfilé el camino de Alba de Tormes, se me están haciendo largas como días sin pan, y que tampoco me sobra lo de la vitualla. En realidad me corroe la sed y, a veces, me hace hasta alucinar. He terminado todas las provisiones con las que empecé el viaje, mal cálculo, y ahora estoy expuesto a comer y beber lo que encuentro y donde lo encuentro. Castilla es ancha, los pueblos y las ventas se eternizan en llegar. Anoche, cerca de unas casas de labor, se me revolvían las tripas del olor que traía el viento, a farinato puesto a freír, estaba tan cansado que ni siquiera tenia fuerzas para investigar la procedencia. Ahora, el viento me trae olor a tormenta, buena y bienvenida será aunque tenga que buscar refugio por un tiempo. Tampoco es que esté haciendo este viaje a uña de caballo, no podría con este maldito penco que me soltaron en la última posta.

Tengo ganas ya de arribar a Toledo. Espero que mi carta haya llegado hasta mi tío, ferretero y vendedor de carretas, ese que bien sabe de mis penurias como artista incipiente y que me retrata siempre con el mismo soniquete: “Luigi, será ochavo o será botón, lo qué? Haciendo mímica de mi acento salmantino. Estaré con mis primos mientras acuda al taller del maestre Doménico, el griego, un artista pintor al que mi tío ha ayudado muchas veces y que acepta tenerme como aprendiz, por un tiempo, hasta ver si se puede hacer algo de mi. Parece que este Greco, de Toledo, es pintor conocido e influyente en la corte y muchos de sus discípulos han hecho carrera con sus enseñanzas. Soy ya un poco mayor para ser aprendiz, pero bien dicen que de aprender no se termina nunca.

Sigo en la brecha, a lomos de este penco resoplante, solo una jornada me separa de la villa del Tajo, aunque ya la brida y las correas se desbarajustan en mis manos húmedas de sudor caliente. Escupo sin saliva un polvo que hasta se mastica, sudor continuo, y hierro fundido, que es lo que cae de este cielo inclemente. Al fondo de la terrible llanura, acierto a ver unas temblorosas torres de catedrales e iglesias, vacilantes entre los vapores de la calima. Será ya la ciudad? Me dijeron que oiría el tañido de la campana gorda, aún sin ver las casas de la villa. Cuanto daría—hasta lo que no tengo—por ya haber llegado!

No es ilusión, tengo el sabor acre en la boca y ya han pasado dos años de aquello, crueles jornadas que más parecieron camino al infierno, hasta llegar aquí donde ahora tan gustosamente me encuentro. Toledo se me ha metido muy dentro, aunque no todo haya sido de rositas y parabienes. Lo peor se olvida pronto. Lo mejor es el maestro Doménico, que gran pintor y que gran enseñante! Nunca tiene el más mínimo inconveniente en esparcir su arte con todos los discípulos que revoloteamos a su alrededor. Con todas sus rarezas, buen hombre, nadie le intimida. Y es un grande de la pintura, mal que le pese al Rey! Un bledo le importó que su majestad no gustase de una de sus obras. Aquí en Toledo encontró su acomodo y sus valedores, y la fama de su arte se ha extendido por todo el reino, que hasta de otras cortes le llegan los encargos.

“…e imaginar su vida, o una vida mía, en la corte del Escorial.” (Foto: Luis Jimenez-Ridruejo Ramirez)

“…e imaginar su vida, o una vida mía, en la corte del Escorial.” (Foto: Luis Jimenez-Ridruejo Ramirez)


Pero yo de lo que os quería hablar era del Caballero de la Mano en el Pecho, una pintura por finiquitar que Doménico tenía desde hacía tiempo al retortero. Una señoría con el alma futura garantizada en el lienzo por la destreza del pintor, pero con los rasgos fisonómicos sin plasmar en la tela. El retrato terminado, a salvo solo de acabar los trazos de la efigie, el soplo del color de la piel y la vida de sus ojos. El maestro se empeñó, fue más una orden que un deseo, en que yo posara para dar celeridad al retrato de aquel caballero que vivía en Madrid y que venía, poco, corto y nunca por Toledo. Ya eran más de dos años que yo le servía de discípulo y no era la primera vez que le hacía de modelo.

Este desconocido es un cristiano
de serio porte y negra vestidura,
donde brilla no más la empuñadura,
de su admirable estoque toledano…

(Manuel Machado)

Aquel hombre callado del cuadro, algo que yo no era, tenía una cierta similitud conmigo. No soy capaz de acordarme de su nombre. Era alguien de la nobleza. Cuando al fin lo terminó, su mirada triste y puesta en el futuro, el maestro lo tildó de introvertido y melancólico, me intimidaba constantemente. Muchas veces me había visto a mi mismo frente al retrato de aquel caballero, momentos hechos horas, con la excusa de aprender pinceladas y delicuescencias pictóricas, soñando despierto en ser aquel alto personaje e imaginar su vida, o una vida mía, en la corte del Escorial.
Y aún lo sigo haciendo, ahora que ya sé que nunca fue posible.

Luisma, Maypearl (TX) 28 de Agosto del 2014

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El Tío de las Gafas Verdes

Fachada principal del Museo de Arte de Cleveland.—Quieren que sepas que está abierto

Fachada principal del Museo de Arte de Cleveland.—Quieren que sepas que está abierto


Para celebrar un cumpleaños, lo óptimo es visitar un museo de arte y si es la primera vez que lo ves, mucho mejor. Es una de mis manías, otra es trabar “conocimiento” con alguna de las obras exhibidas y “adoptarlas” como amigas y, por lo tanto, visitarlas siempre que la ocasión se tercie. Esto fue lo que hice unos días atrás visitando el Museo de Arte de Cleveland, en Ohio.

Un museo grande, aunque no grandioso; es uno más de esos típicos museos de las ciudades americanas de cierta importancia, con sus colecciones pequeñas, escasas de obra y limitadas de interés, salvo casos excepcionales. No todo el mundo puede tener el lujo de una colección con la enormidad y la magnificencia del Museo del Prado. Estamos muy mal acostumbrados, nosotros, los españoles. En América y en muchos casos, colecciones privadas abiertas al público son mejores y más completas que las de los museos “oficiales”, patrocinados solo en parte por dinero estatal.

El Museo de Arte de Cleveland dispone de un edificio insignia, “clásico”(1916), con su frontón, sus columnas y su estanque a la entrada, incluso con gansos para no ser menos que el Capitolio Romano. Fastuoso exterior para una colección mediana. Se le han venido añadiendo edificios que rodean el palacio primero, más o menos acertadamente. Si bien, el más destacable edificio del campus no pertece al museo, está solo a un tiro de piedra de esta fastuosidad y emerge por encima de todos, con su aspecto de casco romano. Es el “Peter B. Lewis” de Frank Gehry, la Escuela de Negocios y Dirección de Empresa de la Universidad. A esta maravilla fotogénica hay que echarle de comer aparte, tanto como al Guggemheim de Bilbao.

Después de caminar desde el aparcamiento, con la solanera que pegaba de plano en las cabezas, agradecimos entrar en el museo clásico, el de arte, con sus espesos muros y su aire acondicionado. Su colección permanente, como digo, no es muy extensa, ni tampoco muy selecta, aunque tiene algunas piezas interesantes de pintura y escultura. El resto, incluido un pequeño repertorio de armaduras y armatostes medievales, que parecen desplazadas en un museo americano, son cosas de no mucho valor y poca sensación.

Demasiadas copias, o simples atribuciones. Vemos un Picasso “azul”, no de lo mejor. Un Turner ardiendo en llamas, demasiado fuego. Un Monet enorme, de tamaño, canto a la admiración del americano medio por el Impresionismo. Para ellos la pintura empieza, y termina, en este movimiento. Un lamentable “Cupido y Psyche” de David, compensado por un “Aviador” de Fernand Leger, magnífico. Un Matisse poco lucido y la conciencia de la nula o poca presencia de la mejor pintura americana. Y así sala tras sala.

Al salir de la sala Rodin, una jaula de cristal, todavía deslumbrado por la luz natural y los volùmenes rodinianos; estaba tratando de acomodar mis ojos a la intensidad de la luz artificial, cuando reparé en un retrato solitario y sorprendente, no por su calidad ( muy del montón) sino por el aspecto vampírico del retratado, y más que nada por las extrañas gafas con cristales verdes y diseño “avanzado”, incluso para los tiempos que corren. Había unas cuantas personas frente al cuadro, al parecer no era yo el único interesado en el tipo y sus alucinantes gafas.

Retrato de Nathaniel Olds por Jepta Wade (1837)

Retrato de Nathaniel Olds por Jepta Wade (1837)

El personaje en cuestión fue: Nathaniel Olds (1837, la fecha del cuadro), uno de aquellos “robber barons” (vampiros de la riqueza), no tan importante como Carnegie, que contribuyeron a la “creación” de la economía de este pais. El pintor fue Jepta Wade, un desconocido del que descubrí una mayor aportación: fundador de la Western Union Telegraph Co. (!?) Evidentemente en aquel momento de esta nación, con todo por hacer, hasta el más tonto hacía relojes o trataba de hacerse rico con tantas oportunidades.

El retrato de Mr. Olds tiene esas gafas verdes y “supermodernas”. Unas gafas especiales, diseñadas para proteger los ojos de la brillantez e intensidad de la luz de las lámparas de Argand. Estas usaban como combustible el aceite de ballena (!), muy caro y que pronto cayó en desuso en favor del keroseno, mucho más barato. A quién se le ocurre hacerse el retrato con las dichosas gafas!? De cualquier manera, ya tengo un nuevo “amigo” al que visitar en un nuevo museo: El Tío de las Gafas Verdes, en Cleveland. No son las “Señoritas de Avignon”, pero el tío tiene un punto.

Luisma, 25 de Abril del 2012

[Original post date 2/5/12]

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Retrato de Pintor (XI)

Andre Derain. Autorretrato c. 1903, Australian National Gallery

Andre Derain. Autorretrato c. 1903, Australian National Gallery


Si algún pintor ha derivado dudosamente en su obra desde un punto alto, álgido de belleza y creatividad, hasta caer en lo grisáceo y perder un colorismo brillante y personalmente muy conseguido, ese sería el caso de André Derain. El fauvista que perdió la “rabia” y con ello su puesto en la cima del Parnaso pictórico, cuando estaba con los más grandes. De hecho, hoy día, el “gran público”—esa amalgama de gentes tan maleable—ya no se acuerda de él.

Y sin embargo, Derain fue y es un grande, un pintor enorme durante un período relativamente corto de su vida artística. Sus mejores cuadros fueron pintados en un lapso de tres años y previamente había tenido otro período de cinco o seis años de buen arte. Después fue decayendo desde un fauvismo acendrado hasta un clasicismo gris y austero, cuasi gótico y muy lejos del colorismo rabioso y brillante de su época anterior. La fiera se domesticó con el estudio de los viejos maestros; una “víctima” de sus viajes a los renacentistas italianos.

Después de la primera Guerra Mundial, a la que fue militarmente movilizado, disfrutó de su mayor aceptación popular; curiosamente cuando más dudosa era su obra. Pintó mucho y discutible de calidad e interés. La aportación magnífica de sus años fauvistas, siempre en grupo, dió paso a exposiciones personales en todo el mundo occidental, Europa y E.E.U.U.; premios como el Carnegie en Pittsburgh (1928), encargos institucionales, diseños para ballets… En aquellos momentos representaba el prestigio de la cultura francesa. Sus obras entraron, por supuesto, en los mejores museos del planeta.

Luis Jimenez-Ridruejo en el MoMA. Visitando a Derain

Luis Jimenez-Ridruejo en el MoMA. Visitando a Derain


Derain estaba en el grupo de los elegidos parisinos desde el principio del siglo XX; se veían continuamente, intercambiaban opiniones, discutían, se influían unos a otros. Días de vino, rosas y hambre de gloria. Matisse, De Vlaminck, Picasso y toda la cohorte de intelectuales que gravitaban alrededor de los artistas plásticos en aquel Paris difícilmente repetible. Era un personaje un poco distante y nadie supo nunca porque se juntó con toda la pléyade; aparecía y desaparecía como por ensalmo, acompañado casi siempre por su mujer, Alice, entonces calmada y rutilante, y que los otros apodaban: la Santísima Virgen. Fernande Olivier, la compañera de Picasso, dejó una vívida descripción de él. “Derain era delgado, elegante, de buen color y de pelo moreno y brillante. Con un chic inglés un poco sorprendente. Sofisticadas chaquetas, corbatas de colores crudos, verdes y rojos. Siempre con la pipa en la boca, flemático, burlón, frio, un polemista”.

Derain fue quien introdujo a Picasso y a su grupo en la apreciación del arte africano, del cual fue un coleccionista pionero. En un viaje a Italia “descubrió” los mosaicos romanos. Se tornó un clasicista y renacentista empedernido. Su pintura cambió al conservadurismo más agudo, tanto que llegó a publicarse un libro con ensayos de varios escritores y artistas conteniendo acerbas críticas y disputas sobre su arte. El título: “En favor y contra Derain”, fue aprovechado para originar una marea de condena a él y al Modernismo. Eran los años treinta del siglo pasado. Un crítico y mediano pintor, Blanche, escribió: “La juventud le ha dejado; lo que queda es un arte altamente cerebral y bastante mecanizado”. A pesar de todo gozaba del reconocimiento oficial, que perdió más tarde por sus escarceos con los nazis.

El flujo de la sociedad hacia la aceptación y glorificación del arte moderno fue aprovechado por Derain para capitalizar su arte y su proyección popular. Lejos quedaban, a mediados del siglo XX, sus primeros pasos, sus primeros paisajes. Su amistad y su estudio compartido con Matisse y De Vlaminck. 1905, el Salón de Otoño. 1908, el Cubismo le entró por los ojos en los meses que pasó con Picasso en Avignon. Después, en los años veinte se fue a vivir al sur de Francia y desarrolló una extensa obra, discreta, mucha escultura y diseños para la Opera de Paris. En 1937 participó en la retrospectiva del Salón de los Independientes, para entonces casi todos ellos mundialmente famosos. Le llovían los premios y los encargos desde todos los puntos. El sur fue su refugio, aunque viajaba mucho.

Andre Derain, Puente de Charing Cross, Londres, 1906, National Gallery of Art, Washington, D.C.

Andre Derain, Puente de Charing Cross, Londres, 1906, National Gallery of Art, Washington, D.C.


Su vida derivó al término hacia algo frustrante en grado sumo, apenas podía ver. Su muerte, le atropelló un camión en 1954, lo encontró trabajando en decorados y figurines para “El Barbero de Sevilla”. Ello no le impidió dejar un pensamiento definitorio, a modo de epitafio: “La sustancia de la pintura es la luz”. Lo grandioso es que, al final, incluso casi ciego, seguía captando aquella luz, aquella sustancia. André Derain, con sus luces y sus sombras, fue uno de los grandes. Aquellos que aportan algo nuevo, aquellos que marcan una época.

Luisma, Maypearl (TX) 29 de Julio del 2014

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