Monthly Archives: March 2014

Gravedad y “Gravity”

Alfonso Cuarón dirigiendo a Bullock y Clooney en “Gravity”.

Alfonso Cuarón dirigiendo a Bullock y Clooney en “Gravity”.

Normalmente una situación así me daría claustrofobia y mareos. Sobre todo en la noche y la semioscuridad. Esta vez no, y no lo entiendo porque estoy en una habitación de hospital y es cosa sabida que entre los hospitales y yo la entente no es muy cordial. No lo ha sido nunca, desde la primera vez que pasé ocho días en uno de ellos, parte de los cuales fueron en la UVI. Tenia 13 años y tuve un accidente de tráfico gordo (así se decía, entonces), con un fuerte golpe y scalp en la cabeza, que estuvo a punto de dejarme sin ella. Según mi padre, entonces fue cuando la perdí. La duda está en si la recuperé alguna vez o se quedó en poca, que diría Cervantes. Pocos pueden presumir de haberse tocado el cráneo, la calavera, y poder contarlo. Mismamente, como una herida de maza medieval, una abolladura.

Decía que estoy en una habitación de hospital, lo que no ocurría desde hacía unos veinte años. Y, sea por el tiempo que ha pasado o porque estoy en América, las cosas son muy diferentes ahora. Como cantaban en la vieja zarzuela: “…hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!” El estar aquí y ahora, no es por mi sino por una operación quirúrgica de S., y naturalmente estoy pasando noches de duermevela, como la de ayer, la primera después de todo y de tantos años atrás. El cuarto no es muy grande, aunque su logística parece de última generación; es privado y tiene un sofá que se convierte en cama y un sillón reclinatorio que puede surtir el efecto y que de hecho es donde, mal que bien, he dormido. No he sido capaz de descubrir, pese a los intentos, vanos, el como poder abrir el sofá-cama, provocando la dolorida hilaridad de S. que me ha comparado, irónica y certeramente, con Jacques Tati.

Después de conseguir “reclinar” el dichoso sillón, estrecho y angosto como un desfiladero, o como un sillón anatómico (backet) de astronauta; me dispuse a “pasar” la noche y, en lo posible, dormir a pierna suelta. Jamás he podido saber el origen de esta expresión, aunque siempre sospeché que sería por lo de la bola de los antiguos presos. Pues bien, una vez que me instalé en el duro, más que mínimo y estrecho cubículo, lo recliné y procedí a apagar la luz general y sumirme en una oscuridad asistida de pantallitas con números y ruidos de constantes vitales, señales de emergencia y aparatajes varios de asistencia mecánica. Me atrajo, singularmente, un dosificador y temporizador de morfina, de un ronroneo casi gatuno. Nada se podía tocar, ni falta que hacía, pero tuve la sensación de estar en vuelo, metido en un vehículo espacial, con la consiguiente figuración de vértigo, alucinación y espanto virtual. Claustrofobia sin los beneficios de la flotación por falta de gravedad.

La mente trabaja a su manera y aprieta sus propios gatillos. Viene esto a cuenta de haber visto, dos semanas atrás, la oscarizada película del mexicano Cuarón: “Gravedad”, aunque me gusta más el título en inglés: “Gravity”, que me resulta particularmente eufónico, de la misma manera que a los americanos les encanta la voz: “fiesta”, y la tienen adoptada desde hace tiempo. En la película se juega continuamente con el rosario de sensaciones de los astronautas que, por supuesto, el espectador normal no conoce y tiene idealizadas como algo extraterrenal y terrorífico. La única manera para este espectador de “disfrutar” estas emociones, o similares, es tener un sueño; dormido o despierto, que también vale, si la imaginación y situación física es suficiente. Resortes de la Madre Naturaleza.

“Claustrofobia sin los beneficios de la flotación por falta de gravedad.”

“Claustrofobia sin los beneficios de la flotación por falta de gravedad.”

Y en ello estuve toda la noche, reclinado y en vuelo, siempre es de noche en el espacio, reviviendo las imágenes en 3-D de la película de marras, a base de tecnificados ruiditos, bip-bips, luces LED, pantallas enanas de computador (conté hasta cuatro, a la vista), monitores audio-visuales, carteles fosforescentes y una selva de cables traicioneros. Dormir, poco y alucinando. La gravedad real y la “Gravity” me atacaban por todas partes y solo me sirvió caer y caer y caer, a unas inexistentes aguas y arrastrarme hasta las playas de cemento del aparcamiento del hospital, cuando ya arribaban, también, las primeras luces del día. Y, además, sin “darwiniana” rana remontando a ninguna superficie. A pesar de algunos detalles chungos, la película no me disgustó. Y la noche en el sillón reclinatorio, tampoco. Todo sea a la salud de S. (como siempre, léase: Ese punto).

Luisma, Medical City, Dallas (TX) 7 de Marzo del 2014

Retrato de pintor (?)

luis jimenez-ridruejo attempts to open a painting of a window

“…como un magnífico engaño sin crueldad, un trampantojo…” (Luis Jimenez-Ridruejo)

Conocí a Luis Jiménez-Ridruejo hace ya muchos años, yo diría incluso que lo conozco desde siempre, lo cual es harto precisar porque muchas veces él me ha dicho: “ni yo mismo me conozco”. Luis concibe la vida, al igual que su pintura, como un magnífico engaño sin crueldad; un trampantojo detrás de otro. Una realidad que, a veces, se confunde con la ficción.

Creo recordar que lo vi en Paris, a mediados de los años sesenta y luego en Salamanca. Era este un tiempo en que salíamos mucho de noche, después de pintar, hasta altas horas de la madrugada. Pasábamos largas horas de “alterne”, rock, videos y poco alcohol (ninguno de los dos bebemos mucho), en aquel antro artístico que regentaba el gran Cipri en Salamanca: el “Santabárbara”, discoteca, videoteca y rompeolas nocturno de pintores, músicos, escritores, actores, performers, y otras gentes de “buen vivir”. Eran los primeros ochenta del siglo pasado. Últimamente, ahora que me he venido a vivir a Texas, que es donde él mora o habita, lo veo muy a menudo—casi todos los días—coincidiendo que ambos hemos vuelto a pintar, después de algunos años de no hacerlo.

Aquel tiempo en París fue excepcional. Vivimos una temporada juntos; íbamos a las mismas clases de historia del arte y de dibujo; una enseñanza clásica, a más no poder, montones de dibujo del natural, con modelos y mucho cuaderno de apuntes y bocetos, en calles y cafés. En Montmartre nos hacíamos la ilusión de ser artistas consagrados. Vendimos nuestros primeros cuadritos de paisajes parisinos en aquella placita de Tertre, donde seguramente concurrimos en ensoñaciones con otros pintores. Allí duramos poco, aquello era ya historia pasada, folclore y señuelo comercial, a cien francos viejos el dibujo o el retrato. Los americanos lo definen bien: una trampa para turistas. Volvíamos solo cuando nos hacían falta unos francos.

luis jimenez-ridruejo in front of a building in Paris that is painted to look as though it is melting

Otro trampantojo, esta vez en París (Luis Jimenez-Ridruejo).


Luis con su habitual jeta y verborrea nos consiguió un trabajo de decoración en un restaurante español. Pintamos siete cuadros, malos, de motivos taurinos y flamencos…faltaría más! Incluido un fresco en un paño de pared del bar, pintado por las noches mientras el restaurante estaba cerrado. El pago no fue muy bueno pero, al menos, durante tres meses comimos caliente. El sitio estaba en el barrio de Passy; nunca he tenido la curiosidad de volver por allí. Luis, tampoco. Eran los meses previos al 68 parisino y ya se cocía todo lo que iba a pasar luego. Ya tenía, por aquel entonces, problemas con el color; como él dice que siempre ha tenido, aunque últimamente ya no lo asegura como antes. Color más o menos, a mi siempre me ha impresionado la facilidad que tiene para pintar cuadros grandes. Aquel momento en Paris fue el comienzo de un largo idilio con las musas, que nunca nos han abandonado. Y ya va para largo.

A Ridruejo hay que ponerle una pistola en la espalda para que se ponga a pintar y luego encañonarle con la misma para que deje de hacerlo. Lo cual en Texas es muy propio y plausible, llegado el caso. Aún recuerdo los años en que, ya mayorcito, volvió a la universidad para estudiar Bellas Artes. Eran los tiempos del “Santa”, la madriguera donde finalizábamos nuestras noches. Luis tenía, a la sazón, su casa llena de pintores, profesores de arte y compañeros alumnos. Por su edad, a veces le confundían con un profesor; aún lo siguen haciendo, por su manera de hablar. Nunca, ni en los años mozos de París, lo vi tan feliz como en aquellos otros de estudios tardíos. Quizás ahora en Texas le veo mejor que nunca, aunque proteste tanto de su salud maltrecha.

En aquella época de los ochenta, antes de venirse a los Estados Unidos, siempre me sorprendió que me siguiera los pasos; al fin y al cabo, como él, tampoco soy un pintor reconocido. Decía que yo le daba suerte y de mi, o por mi causa, vino lo de escribir y pasó de su inicial Houston a vivir en Pittsburgh. Me consta que allí hizo mucha fotografía y poca pintura. Como siempre cuadros grandes, y luego lo dejó durante una década. Ahora nos hemos reencontrado y compartimos estudio. Un lugar luminoso, en medio de una gran pradera tejana, de un silencio avasallador y bienvenido, turbado apenas por cuatro ladridos amistosos y algún avión perdido en las alturas. La pintura lo está llenando todo y la televisión y el Internet nos mantienen en contacto con el mundo.

luis jimenez-ridruejo's studio

La realidad: el estudio de Luis Jimenez-Ridruejo en Texas.


No es fácil definir la pintura de Luis. Algunos críticos estultos la han tildado repetidamente de “elegante”, algo que a él le molesta mucho. Me parece que todo es producto de la inhabilidad de estos para entender un mundo pictórico, el de Ridruejo, de por si complicado y fantástico, y se quedan en una pintura que no es agresiva a la vista, que no grita desde las paredes. Sus cuadros se leen despacio y su apreciación dura largas miradas. No hay que buscar muchas explicaciones, en realidad no hay que buscar ninguna. Picasso lo dejó dicho muy claro: “La gente que trata de explicar una pintura están, usualmente, ladrando al árbol equivocado”.

He intentado hacer un retrato de Luis y más parece que me haya salido una semblanza, o un bosquejo somero. La próxima vez le pediré a él que se autorretrate, será más evidente que hacerlo yo mismo. (?)

Luisma, Maypearl (TX) 2 de Marzo del 2014

Bonnie and Clyde

Los auténticos Bonnie and Clyde.

Los auténticos Bonnie and Clyde.

Es el final de febrero y todavía el viento del sur trae olor a leña quemada. Es noche cerrada de nubes y fría, aún así sentado en la veranda, barajo recuerdos cercanos…

Cuando llegué aquí—Maypearl, Texas—, lo primero que me llamó la atención fue el nombre del pueblo: Perla de Mayo, en español. Naturalmente, pregunté de donde venía el apelativo y así me enteré que alguien, seguramente en busca de gabelas; siempre hay un alguien para este tipo de cosas; había querido homenajear a las hijas de dos directivos de la compañía del ferrocarril: la International Great Northern Railroad, del cual el pueblo era un apeadero. Y eso era a principios del siglo XX: cuatro casas, un deposito de agua para locomotoras, un banco, una iglesia (como no!) y un par de almacenes pegados al muelle de los trenes algodoneros.

Hoy en día siguen siendo cuatro casas, a cada lado de la calle principal y única; unos almacenes vacíos, sigue el deposito de agua enhiesto aunque ya no hay ni locomotoras, ni trenes, ni vías, ni por supuesto muelle de madera. Eso sí, en el término municipal hay cuatro iglesias (como no!), un par de escuelas, un supermercado, dos bancos y la oficina de Correos, de futuro incierto como todas, que data de 1894. Con todo, unos ochocientos habitantes, repartidos en una vasta geografía de fincas rurales. Ah! En el centro del pueblo, todo es centro en un sitio de cuatro casas, en la esquina a naciente del viejo apeadero está el edificio del antiguo Banco de Maypearl, típico caserón de madera y ladrillo, con sus ostentosas y falsas columnas de los años Treinta, y protagonista de nuestro relato.

“…el Banco de Maypearl, nuestro abandonado y vacío banco actual.”

“…el Banco de Maypearl, nuestro abandonado y vacío banco actual.”


El auge (!?) de este lugar data de los momentos de la Gran Depresión americana, un pueblo ignorado, perdido en el mapa, y que en tiempos de la recogida del algodón era un simple apeadero(whistle stop) de tren, donde se reunían los carretones de los cultivadores para entregar el algodón y cargarlo en los trenes, pero también donde los agentes les pagaban las cargas. Todo ello se celebraba en la cantina que, a su vez, era la estación y los pagarés se hacían efectivos en el único banco de la localidad y de los entornos. En ocasiones tenía grandes sumas de dinero en sus arcas, coincidiendo con la temporada de la cosecha. Y aquí aparecen los personajes de nuestra historia.

Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Chesnut Barrow, también conocidos como: The Barrow Gang, por el gran público que llegó a convertirlos en una especie de héroes antigubernamentales. Una película de Hollywood, años después de su muerte a manos de una patrulla de la ley (posse comitatus), organizada en Dallas para su busca y captura, les hizo famosos en América y Europa. La pareja, aún cuando se trataba de gente que mataron a otros y violaron repetidamente las leyes, asaltando y robando, concebían lo suyo como una aventura y un pasarlo bien (!?). Así se producían en escritos y notas encontradas en su refugio. A veces, secuestraban a policías que les perseguían y los soltaban, desarmados, a cientos de millas, tras darles un aterrorizante paseo. Se dice que, a pesar de sus fotos con armas, Bonnie nunca llegó a disparar un tiro y hacía pinitos poéticos. Clyde, hijo de un aparcero, desescolarizado, pasó infancia y juventud en problemas con la ley. Ambos se juntaron en una vida desenfrenada que culminó con su muerte en el año 34.

Pues bien, en algún momento de aquellos dos años de furor aventurero, crimen y entrada en la leyenda americana, Bonnie, Clyde y su gang, típicamente a bordo de un sustraido Ford V8, asaltaron y robaron el Banco de Maypearl, nuestro abandonado y vacío banco actual. No se conservan detalles del caso, a pesar de que en aquella época muchos periodistas de Dallas y del Este seguían las informaciones de la pareja. Esto puso al pueblo “en el mapa” y lo hizo famoso por un día, volviendo a sepultarlo en el olvido al día siguiente. Ese es el único y solo hito histórico de Maypearl (Texas). Muchos años después, casi estuvo a punto de ser célebre con la creación del Supercollider, pero aquel gran proyecto que le hubiera dado fama mundial, se abandonó en la presidencia de Bill Clinton.

Los cinematográficos Bonnie and Clyde (Faye Dunaway y Warren Beatty)

Los cinematográficos Bonnie and Clyde (Faye Dunaway y Warren Beatty)


De manera que el pueblo sigue inmerso en el olvido, a salvo de su acontecimiento estelar. Todo lo que tiene es un atraco bancario, eso sí, con unos bandidos de fama y así me obligo a contarlo cada vez que alguien me pregunta donde vivo… Maypearl, y donde está eso? Donde ya no quedan ni vías, ni locomotoras, ni trenes, en realidad lo que no queda ya es ni pueblo. Simplemente es una esquina de la 157 y la 66, dos carreteras que casi no van a ningún sitio y se cruzan aquí, donde yo estoy, donde nunca pasa nada y todo parece que va a seguir así.

Ha salido una luna enorme que ilumina la pradera, afuera sigo los trazos de los focos de un coche en la Farm Road 66. Me acuerdo de Faye Dunaway y Warren Beatty, en un Ford V8…

Luisma, Maypearl (TX) 1 de Marzo del 2014