Gravedad y “Gravity”

Alfonso Cuarón dirigiendo a Bullock y Clooney en “Gravity”.

Alfonso Cuarón dirigiendo a Bullock y Clooney en “Gravity”.

Normalmente una situación así me daría claustrofobia y mareos. Sobre todo en la noche y la semioscuridad. Esta vez no, y no lo entiendo porque estoy en una habitación de hospital y es cosa sabida que entre los hospitales y yo la entente no es muy cordial. No lo ha sido nunca, desde la primera vez que pasé ocho días en uno de ellos, parte de los cuales fueron en la UVI. Tenia 13 años y tuve un accidente de tráfico gordo (así se decía, entonces), con un fuerte golpe y scalp en la cabeza, que estuvo a punto de dejarme sin ella. Según mi padre, entonces fue cuando la perdí. La duda está en si la recuperé alguna vez o se quedó en poca, que diría Cervantes. Pocos pueden presumir de haberse tocado el cráneo, la calavera, y poder contarlo. Mismamente, como una herida de maza medieval, una abolladura.

Decía que estoy en una habitación de hospital, lo que no ocurría desde hacía unos veinte años. Y, sea por el tiempo que ha pasado o porque estoy en América, las cosas son muy diferentes ahora. Como cantaban en la vieja zarzuela: “…hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!” El estar aquí y ahora, no es por mi sino por una operación quirúrgica de S., y naturalmente estoy pasando noches de duermevela, como la de ayer, la primera después de todo y de tantos años atrás. El cuarto no es muy grande, aunque su logística parece de última generación; es privado y tiene un sofá que se convierte en cama y un sillón reclinatorio que puede surtir el efecto y que de hecho es donde, mal que bien, he dormido. No he sido capaz de descubrir, pese a los intentos, vanos, el como poder abrir el sofá-cama, provocando la dolorida hilaridad de S. que me ha comparado, irónica y certeramente, con Jacques Tati.

Después de conseguir “reclinar” el dichoso sillón, estrecho y angosto como un desfiladero, o como un sillón anatómico (backet) de astronauta; me dispuse a “pasar” la noche y, en lo posible, dormir a pierna suelta. Jamás he podido saber el origen de esta expresión, aunque siempre sospeché que sería por lo de la bola de los antiguos presos. Pues bien, una vez que me instalé en el duro, más que mínimo y estrecho cubículo, lo recliné y procedí a apagar la luz general y sumirme en una oscuridad asistida de pantallitas con números y ruidos de constantes vitales, señales de emergencia y aparatajes varios de asistencia mecánica. Me atrajo, singularmente, un dosificador y temporizador de morfina, de un ronroneo casi gatuno. Nada se podía tocar, ni falta que hacía, pero tuve la sensación de estar en vuelo, metido en un vehículo espacial, con la consiguiente figuración de vértigo, alucinación y espanto virtual. Claustrofobia sin los beneficios de la flotación por falta de gravedad.

La mente trabaja a su manera y aprieta sus propios gatillos. Viene esto a cuenta de haber visto, dos semanas atrás, la oscarizada película del mexicano Cuarón: “Gravedad”, aunque me gusta más el título en inglés: “Gravity”, que me resulta particularmente eufónico, de la misma manera que a los americanos les encanta la voz: “fiesta”, y la tienen adoptada desde hace tiempo. En la película se juega continuamente con el rosario de sensaciones de los astronautas que, por supuesto, el espectador normal no conoce y tiene idealizadas como algo extraterrenal y terrorífico. La única manera para este espectador de “disfrutar” estas emociones, o similares, es tener un sueño; dormido o despierto, que también vale, si la imaginación y situación física es suficiente. Resortes de la Madre Naturaleza.

“Claustrofobia sin los beneficios de la flotación por falta de gravedad.”

“Claustrofobia sin los beneficios de la flotación por falta de gravedad.”

Y en ello estuve toda la noche, reclinado y en vuelo, siempre es de noche en el espacio, reviviendo las imágenes en 3-D de la película de marras, a base de tecnificados ruiditos, bip-bips, luces LED, pantallas enanas de computador (conté hasta cuatro, a la vista), monitores audio-visuales, carteles fosforescentes y una selva de cables traicioneros. Dormir, poco y alucinando. La gravedad real y la “Gravity” me atacaban por todas partes y solo me sirvió caer y caer y caer, a unas inexistentes aguas y arrastrarme hasta las playas de cemento del aparcamiento del hospital, cuando ya arribaban, también, las primeras luces del día. Y, además, sin “darwiniana” rana remontando a ninguna superficie. A pesar de algunos detalles chungos, la película no me disgustó. Y la noche en el sillón reclinatorio, tampoco. Todo sea a la salud de S. (como siempre, léase: Ese punto).

Luisma, Medical City, Dallas (TX) 7 de Marzo del 2014

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