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Una noche en la fábrica

(Hace cinco años puse este “post” y al leerlo hoy eché de menos la casa de Pittsburgh, al ver la foto pronto echaré de menos el programa de David Letterman que me ha hecho compañía nocturna tantos años.)

Fotograma movido de una película de serie B. Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Fotograma movido de una película de serie B. Foto de Luis Jimenez-Ridruejo.


Abro los ojos. Me había quedado dormido, anortado en el sofá y con mi moleskine y mi pluma en las manos. La fábrica de helados es, en la noche y en la oscuridad, un paisaje de luces pequeñas…un paisaje de LED (diodos emisores de luz), mis relajantes luces favoritas. Botoncitos luminosos, lucecitas electrónicas, números brillantes en una oscuridad iluminada tenuemente por ellos mismos. Y son legión!

Colores verdes, como de semáforo antiguo. Rojos, color capote de luces. Rosas desvaídos, color “risa de sordo”, o media de banderillero. Azules y blancos como alamares sin movimiento. Oros reflejados en las ventanas, en el espejo, en las mesas de cristal, en los vasos y las copas no recogidas de la velada anterior. El teléfono, con sus mensajes antiguos parpadeando continuamente. Los testigos del televisor, el video, el DVD, el equipo de música, los cascos del sonido estéreo con sus dos puntitos cilíndricos verdes, uno en cada orejera, todavía encendidos; señal inequívoca de nocturnidad con ausencia de alevosía, premeditación siempre hay. Enfrente de mi, en la mesa, “ronca” suavemente el diodo amarillento-verdoso del laptop adormilado. A pesar de su acompasado latir, no parece peligroso.

Vuelvo la cabeza y me topo con el cordón de luces miniatura de la escalera, las que me señalan los pasos nocturnos al frigorífico. Con su ruido sordo, este no luce pero refleja el reloj del horno, con sus dimes y diretes en los cambios de temperatura y sus números blancos, color panel de bordo de Cadillac, aunque solo sea un microondas. El otro horno, el del pan, solo da luminosamente la hora, y gracias. Y de nuevo al piso de arriba, la intermitencia del luminoso de neón exterior de la calle. Con su efecto sincopado de película policíaca americana de serie B; reflejo traducido solo en los perfiles de las mini-persianas plástico-metálicas. Perfecto, según Sol, yo vivo en una película americana de este tipo.

Hay una legión de miles de diminutos puntos de luz, al otro lado de las cristaleras-ventanas, medio valle de Allegheny reluciendo y borboteando como un cielo al revés. Un cielo estrellado en la tierra, multiplicando la relación arriba y abajo, y creando fantásticos puntos de luz imaginaria. Luz virtual, con la virtud de no existir aunque la veamos. Paranormal, en el más estricto sentido de la palabra. Y al fondo del salón las miríadas de luces alineadas de los rascacielos, a través de la ventana trapezoidal.

Me quedo mirando fijamente un rebaño de pálidos diodos, al sesgo de la habitación, son las luces verdes, hospitalarias, del humidificador y las de la manta eléctrica (que gran invento!). A su lado, agazapado al acecho, el hijo de…del despertador, luces rojizas sin piedad…

Es muy tarde, o muy pronto, según se mire. Luz de día incipiente, los diodos se descartan en su brillar, aunque siguen ahí en su encendido perpetuo. Se me ha olvidado de qué estaba escribiendo, o de qué iba escribir. Otro día será, o mejor dicho, otra noche será. Siempre en la noche.

Luisma, 7 de Abril del 2009

[Colgado originalmente el 12 de Abril del 2009]

Retrato de Fotógrafo (I)

"Niebla", Pepe Núñez Larraz (colección privada del Luis Jimenez-Ridruejo)

“Niebla”, Pepe Núñez Larraz (colección privada de Luis Jimenez-Ridruejo)

Para que Pepe fuera Pepe se tenían que haber juntado, o conjuntado, los astros en un momento crucial; como seguramente debió pasar con el poeta Ángel González y algún artista más. A la conjunción astral siempre le he achacado las cosas buenas y no los infortunios. Esta categoría de personas nacen todos los días pero uno raramente se los encuentra. Maestros, en todos los sentidos de la palabra. No sé porqué, cuando pienso en José Núñez Larraz, el inefable Pepe, siempre acabo recordando a Matisse y nunca me he parado a dilucidar la razón de esta asociación. Pepe era aquel tipo mayor (así lo recuerdo yo eternamente, quizá por ser de la edad de mi padre) que todos nosotros, aquella tropa de aprendices de fotógrafo, el Grupo Libre, queríamos como amigo, admirábamos vitalmente y cuya artesanía fotográfica tratábamos de osmotizar.

Su ciencia no admitía tratados ni compendios, era la pura expresión de la experiencia; los miles y miles de fotos “tiradas” en su vida; el ojo adiestrado y listo para “ver” la foto, instantáneamente. Estuviera donde estuviera, él o la fotografía. Yo siempre tuve la sospecha de que Pepe no buscaba las fotos, sino que las fotos le encontraban a él. Nunca ahorró señales con el dedo, ni consejos de hacia donde mirar o apuntar el objetivo. Era un cazador contumaz, empecinado, primero disparaba y luego hablaba—las fotos no esperan—, decía. Todos hacíamos las fotos en los mismos sitios, raramente coincidíamos en una imagen similar. Eso si, todos empezamos haciendo fotografías como las suyas. Simplemente, porque eran buenas.

La cosa empezó a mis veintiún años, cuando llegué de Paris, donde mis conocimientos estéticos se habían desarrollado enormemente, casi desde la nada. Había descubierto la fotografía y a Cartier-Bresson y los otros; de los americanos no tenía ni noticia. A Núñez Larraz ya le conocía desde siempre, era el padre de Aníbal, el “Ani”, amigo de la niñez, compañero del colegio y malogrado poeta y artista plástico. Encontré a Pepe de nuevo, en una exposición de sus fotografías y fui a verlo a su imprenta para pedirle consejo en la compra de un equipo fotográfico, con el cual pretendía iniciarme en tal arte. Allí me instiló el veneno de la fotografía para los restos, haciéndome un retrato a la luz que se filtraba por una vidriera. En aquel simple disparo estaba plasmado todo lo que yo era, había sido y soy ahora. Cuanto lamento haber perdido aquél retrato en alguno de mis avatares vitales. Solo S., mi compañera, ha logrado algo similar con mi retrato actual, también en blanco y negro.

Núñez Larraz me invitó a salir “de fotos” con él y su grupo de amigos artistas, sorprendentemente casi todos de mi edad; supongo que el ser fotógrafo estaba de moda en aquel momento, eran los últimos años sesenta y en España todo eran pasiones nuevas. Salíamos casi todos los domingos y, a veces, otros días antes del trabajo o después, cuando las luces se terciaban interesantes o había algún evento o situación especial, por ejemplo: una buena nevada. Acabamos formando un grupo expositor, sin manifiesto estético, que se llamó: Grupo Libre de Fotografía de Salamanca. Llegamos a tener cierta relevancia nacional, se hicieron muchas y buenas exposiciones. Entre nosotros calaron amistades de por vida, al amparo de aquellas salidas de las que el chorizo y el buen vino también fueron parte. Pepe era el aglutinador del grupo y nuestro valedor en innumerables ocasiones. Como vulgarmente se dice: hizo escuela.

Tratar de definir la fotografía de Núñez Larraz es empresa ardua y complicada, incluso para alguien como yo que conozco toda su obra y he bebido en sus fuentes personalmente. Como casi todos los fotógrafos anteriores a la guerra civil, era un autodidacta pero con un gran bagaje cultural y una gran información de primera mano, en unos tiempos en los que todavía no existía la gran herramienta internética. Tenia una librería e imprenta y por tanto un rápido acceso al conocimiento gráfico.
Definía las fotos en gran manera por su semejanza o influencia pictoricista. Decía: esa foto es un Matisse, o un Tápies, o cualquier pintor que le recordase la composición, coloridos o texturas. Raramente se equivocaba, y aún siendo un fotógrafo inicialmente en blanco y negro, discernía muy bien cuando una foto era para ello y cuando para color.

Tocó todos los palos de la baraja fotográfica; desde su primera instantánea: una carga de caballería en las calles de Barcelona, el día de la proclamación de la República, hasta su última foto que bien pudo ser una de sus muchas visiones de la catedral de Salamanca, y que nadie como él ha sabido retratar mejor. Testimonio, retrato, documental, deportiva, naturaleza, desnudo, abstracción…en todas ellas consiguió magníficos resultados. Recibió innumerables premios, incluyendo el Castilla-León de las Artes. Siempre definió su actividad artística como: fotografía personal, y sus influencias, igualmente, como personales. Al cabo de un tiempo de “estudiar” con él, me di cuenta que Pepe era una especie de hijo natural de Weston y Adams; sobrino de Cartier-Bresson y creo que tenía un hermano gemelo en América: Ernst Haas, del que yo también soy hijo fotográfico.

El fotógrapho Pepe Núñez Larraz

El fotógrafo Pepe Núñez Larraz


Núñez Larraz podía haber sido, perfectamente, un fotógrafo americano; si no fuera porque en América no había romerías, tascas, ni procesiones de Semana Santa. Ah! y los Toros…Pepe, desgraciadamente, murió hace casi dos décadas y yo perdí entonces el mejor maestro y el mejor amigo.

Luisma, Maypearl (TX) 20 de Abril del 2014