Monthly Archives: May 2014

Las caras de toda la vida

Luis Jimenez-Ridruejo, sin título (grabado, punta de acero y ácido)

Luis Jimenez-Ridruejo, sin título (grabado, punta de acero y ácido)


Y dale que eran aquellos tiempos del cuplé! Que no, Luisma, que lo del cuplé ya había pasado; eran los de la recreación cupletera de una Sarita Montiel que iba para súper-famosa. Eso si que era fama y personalidad! Aquellas folclóricas de los años cincuenta… Son las seis de la mañana de un día de Mayo del 2014, el mundo sigue rodando y las luces de la pradera ya se dejan ver a lo largo; aunque el sol todavía está por salir, rebotando su luz en unas nubes altísimas. Cuestión de ángulos en el cielo de Texas…y de mis reflexiones sobre aquellos tiempos, sesenta años atrás.

Sueño—representación onírica de quien duerme—era. Me acabo de despertar con los quedos ruidos de S., que se levanta con las gallinas, aunque no las haya; si bien el dicho aquí tiene sentido porque estamos en el “campo”. Da fe de ello ese notorio pájaro pinturero, un cardenal rojo, que canta con repetición machacona pero no molesta. Naturalmente el último sueño de la noche está todavía fresco y “tengo” que ponerme en pie y alistar pluma y papel para que no se me pierda en los entresijos de la memoria y las urgencias del día que se presenta. Escribir los sueños de lo antiguo, a fin de que no se me volatilicen; si no, se me va a olvidar hasta quien soy, o quien era.

Algunas cosas malamente las puedo recordar, personas, nombres de calles, situaciones a salto de mata. Los sueños, aunque tergiversan todo con su particular “realidad”, son películas de aquellos tiempos y durante ellos se me aparecen las caras de los de entonces, las caras que ya no existen, las de toda la vida. Sobre todo la cara de mi padre, del cual tengo que ir frecuentemente a las fotos porque ya se me borra aquella sonrisa atractiva e irónica. La sonrisa de alguien que siempre pensé que sabía algo más que yo. Me choca acordarme de él, y me viene contínuamente el pensamiento de que soy mucho más viejo, ya más de una década, que él nunca fue. Alucinante.

En el sueño de esta madrugada me venían otras caras, y como siempre sin ningún sentido de lo que fueron o significaron para mi; solo estaban ahí como el canto del pájaro que no cesa. El “Lolo”, el “Falele”, Farina, un buscavidas de a diario, que con los años sería gran personaje del arte flamenco. Entonces un crio, de cara redonda y con el típico desparpajo gitano; escasamente mayor que el otro crio que yo era, y que se marcaba un cante por pedido propio, a cambio de un pinchito de calamares fritos y un tinto con gas. Era en un bar, cuyo nombre no puedo evocar (no, no era el Candil) y que estaba muy cerca del negocio paterno, en aquella calle transitada mil veces y que tampoco puedo recordar su nombre, solo su ser: la calleja de los bares.

La cara inconfundible de aquel otro tipo, siempre a la puerta del “Castilla”, el bar del aperitivo de mediodía. En el televisor de aquel bar “vi” el asesinato de Kennedy. Si me hubieran dicho entonces que iba a vivir en Dallas, cincuenta años después de aquel día, me hubiera reído de quien fuera. Guarecido de los fríos vientos de la calle Toro, un vendedor de lotería, excombatiente, el “Capitán”, ya ni en el sueño pude recordar si tenia bigote, aunque no se me olvide su porte militar y su voz tonante en cientos de anécdotas. Con estos elementos callejeros nunca se sabía si las historias eran ciertas o eran algún capitulo más del Lazarillo de Tormes. De donde venían estas gentes y adonde fueron a terminar? Quien vive ya no puede ser una pregunta.

Hoy mi sueño me trajo también una utopía, una quimera, una sensación especial, entonces se decía: una hembra de bandera. Sara R., nada que ver con la Montiel, fue la única mujer en mi vida a la que he seguido por la calle, inaccesible, con el único propósito de verle la cara y aquellos ojos impresionantes. Al cuello aquellas primeras corbatas de fin de semana y acelerando las vueltas a la Plaza Mayor, el circulo de la cuadratura, por el placer fugaz de ver la chispa y el destello de aquella mirada. No que el resto de su figura no fuera digno de mencionar, al contrario, pero aquella cara era y es imborrable. Cualidad insuperable de los amores platónicos de la adolescencia. Duro punto de comparación física para todos los amores de mi vida.

Las caras de toda la vida son las caras del ayer, muy ayer. Esas caras que, aún no siendo importantes o significativas, son imposibles de olvidar. Y son varias, machaconamente instaladas en mis sueños y mis pesadillas; son solamente eso, facciones, rasgos de identificación que parecen acompañarme siempre, independientemente de su relevancia en mi vida. El clan de mis sueños. En contraste con otras caras de gente más próxima y que deberían estar mejor grabadas en mi mente y, sin embargo, apenas las puedo recordar. Nunca vienen a mi. Sorprendente.

Cuando se terminen por borrar esas caras de toda la vida será el tiempo de pensar que quizá nos marchemos sin saber del porqué estamos aquí, como toda aquella gente. De ello nadie ha conseguido ofrecerme una razón, no ya admisible sino ni siquiera pasable o medio tolerable. Todo el mundo rehúye esta cuestión espinosa. Y de los otros, ninguno ha vuelto para contármelo. Yo ya no tengo humor ni rostro para hablar de ello. A lo peor mi cara se le ha borrado ya a demasiada gente. Mal asunto. Vaya manera de empezar el día!

Luisma, Maypearl (TX) 29 de Mayo del 2014

“The Greenroom”

“The greenroom”. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

“The greenroom”. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

No, no es un error, me refiero al término “greenhouse”, lo que llamamos en español: invernadero (en inglés se le llama también: “glasshouse”—casa de cristal—). Fue un despiste mío, lingüístico, me levanté de la mesa del comedor y anuncié: me voy al “greenroom”—habitación verde—a hacer fotos. La carcajada fue general cuando S. (Ese Punto) aclaró a los circunstantes que me refería al invernadero. A partir de aquel momento, todo el mundo lo llama: “The Greenroom”, eso si, con media sonrisa irónica y mirando hacia mi.
Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Después del estudio donde pinto, un porche acristalado, el “greenroom” es mi lugar favorito en estos andurriales tejanos en los que ahora vivo. Y además es el legado íntimo, el más ostensible, de Michael (el extinto padre de S.); este invernadero y su mundo vegetal y floral que contiene es, seguramente, el lugar donde el debería pasar sus horas vivas y donde ahora pervive su recuerdo. Tantos momentos pasados aquí en su reino de las orquídeas.
Dendrobium densiflorum x farmeri (Australia). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Dendrobium densiflorum x farmeri (Australia). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Un paraíso de plantas y flores maravillosas en cuyo espacio se suspende el pensamiento de nada que no sea la pura delectación estética. Color y forma, bagaje y estímulo más que suficiente para cualquiera que adore la fotografía. Atravesar la puerta de la “oficina” del invernadero supone un reto contínuo a mi sentido de la composición, mi manera de “ver” este otro mundo, el vegetal, en el cual no había reparado nunca con la intensidad con la que lo estoy haciendo ahora.
Begonia fibrosa tropical. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Begonia fibrosa tropical. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Se me van las horas muertas mirando, escrutando a través de los objetivos, contemplando y calculando esta apoteósis floral; observando con sus diferentes luces, vigilando los movimientos del transcurso solar y al acecho de interpretar las señales que él manda a mi imaginación y que me permiten transfundir a la imagen fotográfica, y hasta a la pintura, una vibración que toda obra artística necesita, para serlo: energía, paso previo a la belleza.
Vanda (raíces). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Vanda (raíces). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

El invernadero es un mundo real, y fantástico al mismo tiempo, que pasa a ser surreal y cien veces más fantástico con la sola interposición de una cámara entre el ojo y ese universo; que una vez captado ya no puedes tocar nunca más, no al menos en esa realidad, y cuyo momento queda para siempre allí en la fotografía, sentada en el medio de un camino en el que se cruzan lo pintado y lo escrito. De las tres formas de creatividad, cual prevalecerá sobre las otras?
Helechos. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Helechos. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Los nombres de esas flores y vegetales no salen de mi fantasía, salen de la Botánica, de la ciencia de las hierbas, esa casi desconocida para mi, y que ahora—nunca es tarde si la ciencia es buena—empieza a interesarme. Confieso que me sugestiona más la botánica pura que la aplicada y de ella la morfología, la fitografía. No me resisto al chiste malo sobre la fotografía de plantas.
Paphiopedilum (“lady slipper”). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Paphiopedilum (“lady slipper”). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Esta vez he escogido unas cuantas “poses” como muestra de lo que se puede hacer en el greenroom. Desde la Phalaenopsis, cuatro o cinco de las mil diferentes “polillas de Linneo”, la pink, la cultivar, la mambo…Las Dendrobium, también miles de especies, renuncio a encontrar cuales son, creo que australianas…Vandas, sin suelo y con raíces aéreas…Paphiopedilum, zapatillas de dama o de Afrodita; imposibles de clonar, lo que supone que cada planta es única, billones de plantas y todas diferentes, algo sorprendente y pasmoso. Begonias y muchas otras, a más de cientos de helechos, las “malas” hierbas del invernadero. Que sitio!
Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Es mi greenroom, lugar increíble e impresionante a la amanecida, con sol, sin sol, lloviendo, al atardecer, a oscuras, en sueños, “recogiendo algodón”(woolgathering), en la fantasía y en la realidad. Cualquier excusa es buena para apretar el gatillo de la cámara. La habitación verde, un viaje altamente aconsejable.

Luisma, Maypearl (TX) 1 de Mayo del 2014