Monthly Archives: September 2014

Juan Muñoz en el Hirshhorn

Patio interior y entrada al Hirshhorn Museum. Washington D.C. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)

Patio interior y entrada al Hirshhorn Museum. Washington D.C. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)


A lo largo de estos años, ya muchos, que llevo en este país y las múltiples visitas a su capital, siempre he tenido una sensación—aunque no puedo explicarla muy bien—, y es que Washington me recuerda a Viena; yo la llamo la Viena americana. Ciertos puentes y sus barandillas de hierro, las arboledas de algunos parques, las mansiones de una época determinada, imperial; alguna piedra de sillar, la orientación del recorrido del sol, momentos de luz sobre paredes estucadas de colores; sonidos y silencios. Son similitudes en detalles, quizás Viena inspiró y favoreció la influencia desde el punto de vista de un Jefferson o un Franklin. En conjunto, siempre algo me retrotrae a esa idea. Y Washington D.C., cuyos monumentos son algunos de los más popularizados y visitados en el mundo, guarda una colección de museos, sobre todo los de arte de los siglos XIX a lo de hoy, difícil de igualar. No en vano es uno de los grandes escaparates del imperio.

Confieso que, hace veinticinco años, la primera vez que visité la capital, no tenía mucho conocimiento del “Hirshhorn Museum and the Sculpture Garden” (este es su nombre completo) y me pasó casi totalmente desapercibido en mi primera visita al National Mall, que es como una monstruosa plaza rodeada de un semillero de sitios muy visitables. Entre museos Smithsonians y Memoriales de Guerras y Presidentes, con el propio edificio del Congreso que lo corona, un día no da para verlo todo y estamos hablando de exteriores, sin entrar en ningún sitio. Los americanos lo intentan en coches y autobuses. Siempre que he tratado de enseñárselo a algún visitante europeo, a pie y a matacaballo; hemos acabado rendidos, echando el bofe en alguno de los muchos bancos de los vastos jardines de la zona. Verlo todo en un día, imposible. Escribir de todo ello en una sola sentada, otro imposible.

Luis Jiménez-Ridruejo “parlamentando” con “The Last Conversation Piece”. (Foto: S.)

Luis Jiménez-Ridruejo “parlamentando” con “The Last Conversation Piece”. (Foto: S.)

Aquella primera vez, sin embargo, ya me quedé con el toque, al pasar de largo por el Hirshhorn, de la buena pinta del edificio y me comprometí mentalmente para no fallarlo en una subsiguiente visita. Esa visita se hizo esperar unos cuatro o cinco años. El hombre propone y la vida dispone. Aun así, se me había quedado grabado el impacto de aquel edificio singular, que me parecía como una suerte de astronave nodriza de alguna galaxia desconocida. Después supe que el arquitecto había sido Gordon Bunshaft, del que ya conocía uno de mis rascacielos más admirados de Nueva York: el One Chase Manhattan Plaza, sesenta pisos y una sinfonía de la recta. En cuanto fue posible me propuse visitar este museo, que pronto hizo trio con mis otros dos favoritos de la “Corte”: La Phillips Collection, el primer museo de arte moderno del país; y el Corcoran, la mayor colección de arte americano del mundo.

Nunca he vuelto a fallar mi visita al Hirshhorn, cada vez que caigo por Washington. Y han sido muchas. Como siempre ocurre en mis pinacotecas (una de mis palabras favoritas en cualquier idioma), tengo una serie de artistas que “necesito” visitar, es gente con la que hablo desde hace años, paso tiempo en su compañía, me confieso, hago preguntas de todo tipo. Algunos viven al mismo tiempo en diferentes museos, diferentes obras. Otros ya saben que voy a ir a verlos porque ando en tratos pictóricos habituales con ellos, a menudo, diariamente. Casi siempre se trata de pintores y, raramente, la visita principal es para algún escultor. Es cosa sabida mi relación sesgada con la escultura y siempre he reconocido que es una asignatura verdaderamente pendiente. Creo que me iré para el otro lado sin saber cual ha sido mi auténtico problema con el tema. La escultura me gusta, pero no toda ella, muy poca me toca la fibra sensible. En el Hirshhorn está bien representado un “amigo” que visitar para los restos, un escultor que sí me conmueve y lo hace siempre, un español, Juan Muñoz.

S. “haciendo amigos” en el jardín del Hirshhorn. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)

S. “haciendo amigos” en el jardín del Hirshhorn. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo)


Confesión tras confesión: hasta mi primera visita al Hirshhorn capitalino, nunca había visto una obra, físicamente, al natural, de Juan Muñoz. Solo fotografías y ni siquiera sabía que estaba allí, en el jardín de la escultura. Tiene a su disposición una entera sección, una pradera en donde están, moran, discuten y se “mueven” las cinco figuras de su grupo escultórico, una maravilla en un espacio con cierto aire a escenario de un claustro conventual. De manera que me topé con su: “The Last Conversation Piece” por sorpresa y desde aquel día visito a sus “personajes”, en ausencia de Juan, que no se encuentra y por el cual les pregunto cuando voy. Siempre me contestan lo mismo: “anda contando historias, no se dónde y a no sé quién”.

“Mirándolo bien: es imposible que se tumben. En que estaría yo pensando?”

“Mirándolo bien: es imposible que se tumben. En que estaría yo pensando?”


El Hirshhorn, museo con grandes contrastes y una colección permanente magnifica es como una especie de retrato de la realidad americana, otro día “entraremos” en el edificio, hoy solo el jardín. Este lugar y esta escultura de Juan Muñoz, que se me antoja tan “goyesca”, tienen la virtud de darme siempre en que pensar; es una obra muy narrativa que excita la imaginación y la interacción. Alguna vez he de ir de noche, amparado en la total oscuridad que presumo, a ver si siguen discutiendo, o si por el contrario se tumban en la hierba y duermen para estar frescos al día siguiente y reanudar la que siempre será su última conversación. Mirándolo bien: es imposible que se tumben. En que estaría yo pensando?

Luisma, Maypearl (TX) 29 de Septiembre del 2014

Preguntas/Questions? Contact

Waxahachie

“…o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca”                 (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

“…o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca”
(Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

Te puedes sentar o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca, en alguno de los pocos lugares altos que por aquí vas a encontrar. Esto es pura pradera, la gran pradera, la de los búfalos, y en estos tiempos ya hay que echarle una imaginación calenturienta para fantasear con un cortejo, una banda, una fila india, caminando estas dilatadas distancias de hierbas eternas y cielos altos y luminosos. Pensar que antes de la “conquista” no conocían el caballo; y que con él vinieron la posibilidad del traslado rápido y las gentes que iban a ser su perdición. Verás lo que ellos vieron, un sendero siempre por hacer, para unos, y un océano de hierba para aquellos que ya habían visto los de agua, desde la pobre altura de las cofas y las jarcias de sus carabelas. Más, en cualquier caso, de lo que pudieron nunca soñar.

Todo esto, vivir en Maypearl (TX), setecientos habitantes diseminados por la pradera y las “cuatro casas” del pueblo, puede parecer muy bonito. Su carretera/calle principal, y casi única, da la impresión de algo recóndito, pequeño, tranquilo, silencioso y alejado del tráfico y la barahúnda ciudadana. Y la verdad es que sí, el pueblo es todas esas cosas y sobre todo tranquilo. Todo muy bien, pero, cuando necesitas vituallas, que no sean solo sota, caballo y rey; cuando te “aparecen” piedras en el riñón y necesitas el hospital; cuando tienes que comprar pinturas y lienzo o herramientas de cierta sofisticación; o pasar por el Banco, comprarte “toda” la farmacia, ir a un restaurante…entonces, necesitas un pueblo grande o una ciudad pequeña. Ahí, aparece: Waxahachie (TX) con sus treinta mil habitantes y a dieciséis kilómetros. Cerca, pero lejos; lejos, pero cerca.

Waxahachie, 1929 “…cruces de ferrocarriles. Una especie de Medina del Campo en la soledad plana de la pradera tejana.”


Una carretera comarcal, la FM 66, te lleva directamente hasta el pueblo grande, donde tienes un poco de todo y pierdes todas esas sensaciones gratificantes que adjudicas al pueblo pequeño. Waxahachie es un poblachón fundado a mediados del siglo XIX, por culpa de los cruces de ferrocarriles. Una especie de Medina del Campo en la soledad plana de la pradera tejana, caliente y húmeda en verano y medio fría en invierno, clima subtropical y horizontes caliginosos. Según mi propia definición: estamos en el puro vértice de la V en la que bajan los fríos del noroeste, y donde chocan con las bocanadas de calor tropical que suben del Golfo de México, y es donde la mezcla “dobla” al este-noreste a dulcificar el clima de los otros estados del sur. Un protagonismo más o menos inventado por mi. La verdad es que si en Maypearl no pasa nada, en Waxahachie pasan muy pocas cosas.

Uno se pregunta quienes serían los pobladores de este sitio en 1491, si es que el sitio estaba poblado, que parece que sí, antes de que Colón trajera paulatinamente europeos, empujándolos hacia estas tierras y sobre todo hacia aquellas que se parecían más a España, climática y geográficamente; es decir, Florida y California. Indicios hay de que fue más bien zona de nomadeo y paso, aunque algunas tribus indias, de diferentes idiomas, estuvieron por épocas asentadas en estas praderas. Quizás esto explique que los “autores” no se pongan de acuerdo en el significado, evidentemente indio, del nombre de Waxahachie. Depende de si se usan los idiomas de los Wichita, o de los Coushatta, o de los más antiguos Tonkawa, e incluso de los Apaches, cuyo extenso territorio cubre un espacio en el que “cabrían” España y Francia y que se inicia “relativamente” cerca de aquí, a unas cuatro o cinco horas en coche hacia el oeste. El caso es que el nombre puede significar: arroyo del búfalo, o de la vaca, o del monstruo. O también: rabo del ternero; e incluso: gato salvaje gordo. A saber.

Waxahachie, hacia 1905 “…uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia…”

Waxahachie, hacia 1905 “…uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia…”


Saber que ha pasado en este pueblo antes y después de 1491, uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia, alguna epopeya del “Oeste”, algún drama en el pasado, el equivalente del crimen de Cuenca, o los amantes de Teruel, algo que justifique el escribir un poco más largo y tendido. Nada. La tradición oral es mortal, no existe. Una lectura somera de lo que por aquí te cuenta la gente y lo poco que sacas en conclusión de una investigación superficial, la única posible y necesaria, te lleva a pensar que Waxahachie no es mucho más que tres entradas de autopista, un poblachón sobredimensionado y un grupo de gentes que miran por su subsistencia, la realidad de la vida.

Esto es Texas, una enormidad, y cabe todo. No muy lejos de aquí recuerdo que, hace años, en una carretera comarcal encontré tres pueblos seguidos, Moscú, Cairo y finalmente Bobo, ninguno de ellos de más de trescientos habitantes. Quizás en el futuro se me ocurra escribir algo diferente, usando este trampolín, pero ya tendrá que ser una ficción.

Luisma, Waxahachie (TX) 24 de Septiembre del 2014

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