Monthly Archives: December 2014

Menil y Rothko

“…el Museo Menil por el dibujo de su ‘tejado’ y porque de la buena arquitectura siempre emanan efluvios…”. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Menil Collection. Houston (Texas) Foto: Luis Jimenez-Ridruejo “…el Museo Menil por el dibujo de su ‘tejado’ y porque de la buena arquitectura siempre emanan efluvios…”


Corría el otoño de 1989, ya hace un rato, y yo llevaba apenas una semana en América, adonde había llegado en una tarde calimosa y caliente. Días después, todavía estaba en trámites de acostumbrarme al clima de Texas, Houston y su ‘bayou’; aquel asfixiante calor y humedad, acongojante, sobre todo en la noche. Apenas dormía entonces, eran noches de toallas mojadas, frente al televisor, viendo películas que ya conocía y esta vez eran en inglés, intentando aprenderlo mejor y lo antes posible. Acabé acostumbrándome a dormir con el aire acondicionado y los ventiladores de techo. Aquello me hacía estar zumbado durante el día y dormir pequeñas siestas en cualquier sitio. Así estuve durante semanas, luchando con dos problemas típicos: dormir y conducir. Poco a poco me acostumbré a dormir bañado en sudor y a conducir el coche en una ciudad y un país que desconocía.

Era un martes de aquellos días—no sé porque lo recuerdo tan bien— y decidí que era un buen día para visitar mi primer museo de arte en América. Echaba de menos el beneficio balsámico de unas horas mirando, explayándome, agarrándome, sosteniéndome en y a las obras de artistas plásticos que lo eran, o lo habían sido, todo en el mundo del arte. Por primera vez tenía a tiro, a la distancia de unas pocas calles, un museo moderno americano. Uno de los que siempre había soñado visitar y que antes del Internet solo era posible conocer con la ayuda de infrecuentes publicaciones y documentales de televisión. La Capilla de Rothko, un conjunto pictórico que había estudiado por fotografías y que ahora estaba ahí, al otro lado de los ruidos acompasados de una autopista. Un edificio con su aspecto de “bunker” cerrado a cal y canto; apéndice sorprendente de un Museo Menil, cuya arquitectura y colección había puesto a Houston en el arte moderno al mismo nivel de atención mediática que la NASA en lo espacial.

Me equivoqué varias veces de calle, aún llevando un mapa de la ciudad, era la falta de costumbre en transitar por el tejido urbano de una ciudad americana cuyas direcciones de tráfico te mandan a diestra y siniestra hasta que aprendes el concepto de su diseño. Dí con el Museo Menil por el dibujo de su ‘tejado’ y porque de la buena arquitectura siempre emanan efluvios reconocibles que producen emoción. El Menil tiene algo de edificio industrial con sus entradas de luz cenital y el color gris-blancuzco de sus muros. Aparentemente simple, es el reconocible y reconocido proyecto arquitectónico, segunda comisión de Renzo Piano en los E.E.U.U. Aparqué cerca de la capilla, pero me encaminé primero hacia el museo, la Menil Collection, que visto desde el exterior encaja muy bien con el vecindario, sin romperlo ni contrarrestarlo. Produce al acercarse a sus puertas una inusitada sensación, gracias a su diseño exterior, parece pequeño por fuera y resulta enorme y grandioso una vez que estás en el interior.

Menil Collection. “…visto desde el exterior encaja muy bien con el vecindario, sin romperlo ni contrarrestarlo.”

Menil Collection. “…visto desde el exterior encaja muy bien con el vecindario, sin romperlo ni contrarrestarlo.” Foto : Luis Jimenez-Ridruejo


Recordaré siempre aquella visita primera al Menil por algo sorprendente y que nunca me ha pasado en ningún otro museo del mundo: durante más de una hora, la colección era en exclusiva para mí. Tanguy, Magritte, Man Ray, Duchamp, Matisse, Picasso, Warhol, Pollock, Rothko, Twombly, Rauschemberg… Era el único visitante hasta que una hora después, cuando ya me creía el dueño y señor y empezaba a elucubrar ‘cambios’ en la ‘política’ expositiva, apareció una ruidosa pareja de franceses que deshicieron el encanto. Hasta ese momento Cy Twombly se me había aparecido y me daba una lección magistral sobre sus fantásticos, grises y enormes, “encerados” repletos de iconografía del lenguaje. Los 30,000 libros de la biblioteca que antes estaban en plena ‘grilleria’, hablando todos al mismo tiempo, se habían quedado mudos y me miraban desde sus lugares como pidiéndome excusas por haberse roto el encantamiento. Lamentablemente, en este museo nunca he podido dormir una siesta, los pocos asientos que tiene están en lugares demasiado ostensibles. Una lástima.

Me escapé del Menil y atravesando la calle y los parterres de hierba me planté a la puerta de la Rothko Chapel, listo para enfrentarme con el misterio y la tremenda propuesta del pintor latvio-americano, de la que tantas y tan variadas críticas había leído. La entrada me pareció angosta y lamentable, con el paso a través de la ‘tienda’ de regalos y suvenires disfrazada de oficina de información. La luz que llegaba desde el gran atrio interior daba la sensación de que era tarde y la visita estaba terminando, como si las ‘luces’ se hubieran apagado ya. Afortunadamente no era el caso, era el ambiente de luminosidad tenue creado expresamente para realce y mayor destaque de las pinturas de Rothko y conseguir el efecto de semioscuridad de un oratorio antiguo. Una capilla multiconfesional, porque no hay en ella ningún signo que se alinee con ninguna religión, aunque se haga hincapié en ello.

Interior parcial, Rothko Chapel. Imagen adaptada de Paul McClure en Wondering Fair.

Interior parcial, Rothko Chapel. Houston, Texas

[Imagen adaptada de Paul McClure en Wondering Fair.]

Los catorce grandes lienzos, densos y oscuros, totalmente oscuros pero sin carecer de color, inmensos en su vibración pictórica, reciben luz cenital que cae sobre las diferentes texturas y matices cárdenos, negros y morados; todo ello impactante, lóbrego y lúgubre. Inevitablemente, para el “gran público” son unas pinturas difíciles de aceptar, admitir o aprobar. Ante ninguna manifestación artística he escuchado jamás mayor criticismo beligerante, ostensiblemente negativo, que dentro y fuera de esta sala. Siseos, chisteos, incluso risas contenidas y nerviosas en el interior y hasta una ‘perla’ de comentario en alta voz: “ Y, donde están las pinturas?” Afuera, al aire libre en el exterior de la capilla, se desatan los comentarios de desaprobación; siempre en forma audible, como para hacerse notar y en contraposición al silencio del interior y a las miradas cómplices de los positivistas. Con Rothko nunca hay medias tintas, ni fuera ni dentro de su pintura.

Visitar la Menil Collection y la Rothko Chapel fue la primera alegría compensatoria de un tan largo viaje, después vendrían muchas más. Siempre es un buen día el de visitar un museo.

Luisma, Maypearl (TX) 30 de Diciembre del 2014

Las dunas de Chesterton

photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Puede que sea difícil de imaginar, o puede que yo no sea capaz de transmitir las imágenes. Hace años, Julián Marías me dijo: escribe lo que no puedas pintar y pinta, fotografía en otros casos, lo que no puedas escribir. Lo intentaré, porque las impensables escenas que presencio, muchas de ellas conmigo dentro, son el pan de cada día de mis aventuras en este país.

Estoy en Chicago, una de mis ciudades favoritas en el mundo. Llegamos hoy, y ya estoy frente a mi ventana en la habitación del hotel Congress Plaza, con vistas al lago Michigan que, como siempre, más parece un mar, un mar de acero gris azulado. La sangre luminosa de los coches fluye abajo, once pisos más abajo; chorros de glóbulos rojos y blancos entremezclados, desde la avenida Michigan hasta la Lake Shore y las calles cruzadas del Parque del Milenio. Las primeras luces de la noche, desde esta ventana, un espectáculo que siempre tiene la virtud de hipnotizarme; puedo estar mirándolo durante largo tiempo, embobado en cualquier pensamiento o remembranza.

photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Venir hasta aquí, en coche, es ya una manía. Estados Unidos hay que viajarlo en coche, a pesar de las monstruosas distancias. Y cada viaje a Chicago ( unas siete horas, desde Pittsburgh, rodando rápido) es una fuente de nuevas aventuras. Por más que se miren las predicciones de los hombres del tiempo, siempre hay una sorpresa, sobre todo en recorridos largos. Esta vez, con la primavera ya oficialmente entrada, después de dos horas de camino, nos empezó a caer nieve; que siendo de noche era cegadora, mareante, y dificultaba la conducción. Total, que paramos a dormir, y continuar al día siguiente, ya sin prisas, lo que produjo el avatar de turno y la aventura significativa del viaje.

Photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
A la mañana siguiente, sol y viento, enfilamos hacia Chicago. Tras un tiempo de rodaje tranquilo, se estropeó un sensor de temperatura y para cambiarlo tuve que salirme de la autopista, y eso fue en un pueblo con un nombre muy literario: Chesterton, en el estado de Indiana. Después de varios intentos, el asunto nos lo arregló un “currito” con taller personal y aspecto de orondo bien comido, y bien bebido. Mientras esperábamos la reparación, en su sala de espera—oficina—salón de té, reparamos en unas fotos colgadas en la pared de algo que se anunciaba como Parque Nacional de las Dunas de Indiana. El tipo insistió que fuéramos a conocerlas—oiga, solo cuatro millas y son una delicia! Echada ya la tarde a perros y con el sol cayendo, y muy fotográfico, nos fuimos a ellas armados de cámaras y protegidos del frío viento, y—Oh, maravilla! La cosa valía la pena, y mucho!

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Pasamos unas buenas dos horas recorriendo el sitio y pisando, fotográficamente, la arena suave de las dunas. Quien iba a pensarlo! A cuatro millas de la dura y pura carretera, unas dunas increíbles, a orillas del lago y tan solo un “tiro de piedra” de Chicago, que se apercibía en lontananza, al otro lado de las aguas. Será un lago, que lo es, pero a mi siempre me ha parecido un mar. Son famosas las historias de tormentas brutales en este lago-mar, hundiendo barcos. Una de estas historias se me quedo grabada, la zozobra y naufragio de un velero, a finales del siglo XIX, que transportaba el abastecimiento de árboles de navidad para Chicago. Nunca ha sido encontrado.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Volviendo a las dunas. Al punto me informé del paraje y su historia. Otra vez la glaciación Wisconsin, la misma que produjo las cataratas del Niágara y la recesión de los glaciares de los grandes lagos; al retirarse produjeron estas dunas que, además, son unas de las pocas, treinta y cinco en todo el mundo, “dunas cantantes” o “silbantes”. Buscando información sobre dunas, aprendí que también existen dunas que “ladran”, tal que si fueran perros. Que cosas!

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Las dunas, pequeñas pero magnificas, eran un coto fotográfico de primerísimo orden. Las arenas de un color caramelo-rojizo, de increíble suavidad a la pisada, al tacto y al ojo, nos rodeaban por todas partes. Contenían, incluso, pequeños estanques de aguas trasparentes y matas de juncos.Una vida reflejada en otra. Los espejos de la naturaleza.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Un verdadero coto de caza. Un ciento de “cartuchos” se nos fueron entre los dos “tiradores” y el símil cazador me trajo el recuerdo de mi nunca olvidado Pepe Núñez Larraz que, aquí, hubiera gozado como un “marrano con paperas”. Así sucedió con Sarah, que sacó y cobró las mejores piezas. Algunas de las fotos de aquella tarde inolvidable son las que ilustran este “posting”. Aunque bien mirado, cualquier tarde con S. es siempre inolvidable.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Dunas, agua, viento frío, olor a agua dulce de lago, vallas de madera sosteniendo la integridad del fenómeno…Ni las palabras, ni las imágenes, ni la feérica música de Vaughn Williams, allí en Chesterton (Indiana), quedan esas dunas esperando que alguien visite su delicada existencia. Antes, quizás, de que un mal viento se las lleve.

Luisma, 30 de Marzo del 2010 ( Fotos S. y L.)

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[Originally posted in April 2010]