Divagar

”…es como tirar una silla al aire y disparar la cámara” (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)


”…es como tirar una silla al aire y disparar la cámara” (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)


Divagar, en el sentido de andar sin rumbo fijo, suele ser una buena solución al síndrome de la página en blanco. Divagar, en fotografía, es como tirar una silla al aire y disparar la cámara, nunca sabes que foto te vas a encontrar. A veces, divagando encuentro el tema o la situación con la cual concreto un ‘post’. Otras, las menos, utilizo la divagación para remolonear de un sitio a otro, sean las veredas o los trigales, saltando de un tema al siguiente, casi sin nexo de unión y dejándome llevar, a ver que sale. Hoy me vino la visión de un amigo de antaño, del que tengo cien recuerdos y ninguno de ellos es su nombre. Mi memoria se está yendo al carajo, y no sé por donde se escapan recuerdos tan concretos, mientras otros de la misma persona siguen en pie. Un ‘amigo’ con el que, incluso, hice un viaje por Texas de una semana alargada, cazando y visitando el país, pocos meses después de mi llegada. Como diría el pirata: “que me aspen si puedo encontrar el dichoso nombrecito!”. Tendré que referirme al susodicho por: ‘el amigo’, a menos que escribiendo sobre él acabe por recordar su nombre.

Tengo recuerdos muy nítidos de mis primeros tiempos en este país, hace ya más de veinticinco años, y al mismo tiempo me patinan los nombres de algunas personas, de las que, sin embargo, las caras y sus circunstancias conmigo se me quedan sin problemas. Las imágenes no se me despintan, los nombres se volatilizan. Extraño en aquellos tiempos en los que al conocer a las personas, las analizaba y las estudiaba para entender el país al que había llegado. Por cierto, este país no se parecía, en casi nada, a la idea previa que de él tenía. E.E.U.U. no es como en las películas, ni las películas son como E.E.U.U. Tampoco recuerdo quién dijo eso, pero es cierto. Era un ir de sorpresa en sorpresa. Así me pareció el hecho de que una persona que apenas me conocía, me invitase a un viaje largo por Texas, sin venir a cuento. Era amigo y alumno de mi mujer, la segunda, la americana. Un antiguo alumno—aunque fuese mayor que ella y también que yo—de sus Cursos de Español de la Universidad. Un tejano muy típico, si algo así existe: adinerado, triunfador, generoso, exigente, religioso, muy familiar y aferrado a su colección de armas de fuego.

Este era mi primer amigo tejano, con el que tuve la ocasión de ‘amigar’ durante un año y que luego lenta, pero seguramente, desapareció de mi vida, solo cuando se dio cuenta que con mi ‘amistad’ y mi relación no iba a conseguir hablar mejor español, que dicho sea de paso, era lo único que le interesaba de mi trato. El personaje tenía una característica muy americana, un error de concepto que he encontrado en muchos de ellos, creía que su español no mejoraba porque no había encontrado el profesor ideal, personal y adecuado. En realidad, el problema no era el profesor sino el alumno. Siempre que pienso en él, imagino una vida llena de profesores de español, uno detrás de otro, peleando por un tiempo con la incapacidad del tipo; lo que realmente quería era aprender sin estudiar, contagiarse del profesor—si era profesora mejor o más divertido—como si el idioma fuera un virus. La verdad es que desde el principio de conocerle, yo le alternaba el español con el inglés—mi parco inglés de entonces—a mí me servía también de aprendizaje, y a él le gustaba hacerse el profesor.

Mi ‘amigo’ era un avezado promotor-constructor y rentista y usaba el español para tratar más fácilmente con sus trabajadores mexicanos. A mí me vino bien—yo a él no creo que tanto—era un tipo paciente y solía repetir y repetir mis a menudo flojas o equivocadas pronunciaciones. El mimetismo siempre se me ha dado bien, tanto en inglés como en otros idiomas. Acabé cogiéndole el punto al inglés y a estas alturas—faltaría más—lo tengo mejor que el francés, o por lo menos más usado y afinado. De todas maneras a los diez minutos de hablar francés continuado, me pongo raudo al día y me sale como las salchichas de una cadena de producción: suave, engrasado, rapidito y reluciente. Siempre me las he arreglado para tener a mis alcances alguien francófono para practicar de vez en cuando y ahora, en la pradera—Internet sea loado—puedo leer los periódicos parisinos con regularidad. Salvo algún e-mail, a salto de mata, escribo poco en francés. Una pena.

Aunque últimamente no ha sido tal, a causa del asunto “Charlie Hebdo” me he pasado una temporada usando el francés más que lo hubiera querido, o por lo menos por la peor razón posible. Uno de los humoristas muertos en el atentado de Paris, en la redacción de su periódico satírico, era mi querido Wolinski, con el español Forges, mis dibujantes de humor favoritos y admirados de siempre. Prefiero no comentar nada más sobre ello y solo dejar el sentido de una enorme aflicción y pesadumbre. Nunca podré olvidar mi viñeta favorita de él, que debe andar rodando entre mis papeles importantes. Era un dibujo sin palabras, un ‘rebaño’ de ciegos, todos ellos iguales con sus gafas negras y sus bastones blancos, conducidos y ‘pastoreados’ hábilmente por un perrillo ovejero. Delicioso. Wolinski decía: “No hay humor blanco, negro, amarillo, judío, árabe, es simplemente humor; como agua, fuego, aire, oro, tienen siempre la misma composición’. Por lo de “Charlie Hebdo” he caído en la cuenta de cómo, en los últimos años, ha ido desapareciendo el humorismo gráfico, los chistes y viñetas, de las publicaciones y prensa americanas. Alguien lo señalaba y, no sé, habrá que echarle la culpa al Internet, como ocurre con casi todo. Salida fácil.

A la memoria de Georges Wolinski (1934-2015) R.I.P.  (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

A la memoria de Georges Wolinski (1934-2015) R.I.P. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)


Divagando, se me ha hecho de noche cerrada. Sentado, sin rumbo fijo y sin estrellas que me iluminen. He debido tirar unas cuantas sillas mentales al aire, a la frontera de las sombras. No encuentro ninguna imagen, ni que me valga, ni que no. Mi memoria ha descarrilado totalmente para lo que queda de noche. El ‘amigo’ americano y el humorista francés difunto han descansado ya dentro del ‘post’ y una vez más me he escabullido del síndrome de la página en blanco. Hasta la próxima vez que me venga el dichoso síndrome, que será de página, de fotograma o de lienzo en blanco, según lo que toque. Y que vendrá, seguro que vendrá. La culpa es de ‘los Internets’, no me cabe la más mínima duda…Anda, deja ya de divagar que te vas a desvelar, hombre.

Luisma, Maypearl (TX) 19 de Febrero del 2015

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