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Retrato de Fotógrafo (III)

Henri Cartier-Bresson. (1908-2004)

Henri Cartier-Bresson. (1908-2004)


Veinte años y solo tenía ojos para la pintura. De tanto leer sobre el Louvre se me secaron las neuronas para ver todo lo que no fuera el arte de aquel museo. Así que estaba en el Paris de la France, al final de los Sesenta, hace ya más de medio siglo. Y me ‘tocó’ vivir todo aquello, el principio de la revuelta del 68, sin tener mucha idea de lo que estaba pasando a mi alrededor. Todo era demasiado excitante, mi primera ‘libertad’ fuera de España; increíblemente lo recuerdo magníficamente y al detalle y eso que han pasado tantos años y tantas cosas. No importa, una música, una lectura, un recuerdo onírico y sobre todo una o unas pinturas, un arte en el que me sumergía casi cada día y que me gustaba descubrir por mi mismo, callejeando y haciendo fotografías al efecto, ese virus del que nunca me he curado. Hoy sé que en aquellos días no daba puntada sin hilo y que mis neuronas se revistieron de todos los colores de la comprensión artística.

Pintura, escultura, grabado y los primeros pasos de lo más nuevo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención, amor a primera vista, fue la fotografía, la fotografía ‘de calle’, algo totalmente diferente de la foto, hasta aquel momento, ‘de estudio’, o de cámara con trípode. Y de aquella fotografía novedosa, de la cámara réflex y los celuloides de 35 mm., al igual que el cine y todas sus posibilidades, me quedé con un nombre, un maestro, el primero de tantos y con un Paris abierto a la luz del sol. Era y sigue siendo el gran maestro: Henri Cartier-Bresson. Un progenitor, casi un ayo a la antigua, con todos sus hijos fotográficos, cientos, probablemente miles, que hemos aprendido de su maestría y que aún podemos hacerlo más y mejor gracias a sus escritos y sus lecciones acuñadas en ellos.

“Nada más tienes que vivir y la vida te dará fotografías.” Aún hoy, nada más tengo que salir, con la cámara en ristre, empuñada y con el ojo avizor, y enfrentarme con los cuchillos de las luces del día (no se puede decir que yo no sea castellano de pura cepa) que se convierten en voces que te llaman desde las sombras de cualquier rincón o desde los múltiples rincones que te esperan. Luces y sombras que te citan como el capote de un torero, engañándote hasta que descubres la composición, luego el momento es mínimo, crítico, irrepetible, y tienes que estar preparado. “Pensar debe ser antes o después, no durante la fotografía que es una reacción inmediata, no como el dibujo que es una meditación.” Esto es para mi el valor de una foto, cuando sé que mi foto es buena, cuando nadie tiene que decírmelo porque la cámara habla a todos por si misma.

“Detrás de la Estación de San Lázaro.” en Paris (Foto H C-B)

“Detrás de la Estación de San Lázaro.” en Paris (Foto H C-B)


“Este reconocimiento, en la vida real, de un ritmo de superficies, líneas y valores, es para mi la esencia de la fotografía, la composición debe ser una preocupación constante, siendo en simultanea coalición una orgánica coordinación de elementos visuales.” La memoria de la imagen acaba por ser prácticamente infalible, el ojo y la neurona se combinan fantásticamente en tu beneficio. “La memoria es muy importante, la memoria de cada foto tomada, fluyendo a la misma velocidad de los acontecimientos. Durante el trabajo tienes que estar seguro de no haber dejado ningún agujero, que has captado todo, porque después ya será muy tarde.” Hace cincuenta años tenía la cabeza cuadriculada por la ‘excesiva’ influencia de Cartier-Bresson, buscaba el ‘interés humano’ y el ‘parecido bressoniano’ tratando de conseguir mi propia: “Detrás de la Estación de San Lázaro.” No era copiar, era buscar un estilo propio a través de su fotografía. Todo se anduvo con el tiempo.

Era una mañana fría y lluviosa de Marzo, puede que fuera 1972, los elementos nunca nos detenían. Éramos tres o cuatro fotógrafos volando bajo por las tierras y calles de Aldeatejada, un pequeño pueblo cerca de Salamanca, en España. Cada foto tiene una historia, grande o pequeña… Un campesino viejito (quizás de la edad que yo tengo ahora, ‘viejito’, lo que presupone que a estas alturas el buen hombre ya no existe) estaba trabajando, al aire libre, en una embarrada cochiquera con cinco cerdos a los que solo se les veían los jamones y los rabos. El olor trascendía. Por la cabeza se había echado un saco de arpillera y con su mandilón de cuero parecía un monje medieval; al fondo se veía una espadaña de torre eclesial. Una imagen que podía tener siglos. “Porque me hace usted una foto?”—no se preocupe—mentí—, no se le va a ver la cara— “Ah! bueno,” concedió y de seguido me espetó—“Porque sabe usted, una cámara puede ser tan peligrosa como una pistola…”

Pentax Honeywell 200 Tele Takumar Kodak Tri-X 125 con un 8…además de en mi cabeza no sé donde puede estar esa foto, pero la recuerdo perfectamente, puro Cartier-Bresson. “La fotografía hace deliciosas apreciaciones pero nada es lo que parece”…a mi me parecía que Cartier-Bresson estaba allí, detrás de mi, animándome y diciéndome como y cuando. No, no estaba él, pero si estaba uno de sus mejores discípulos, el también maestro Pepe Núñez Larraz. El era mi conciencia fotográfica y estética del francés: “Tus primeras diez mil fotografías son las peores”…cuantas veces discutimos esta tremenda aseveración de Cartier-Bresson! Nuestros hombres con saco y azadón, y nuestras mujerucas, rosario en mano, vestidas de negro eterno. Al igual que Cartier nosotros buscábamos los cuchillos de luz castellana para llenar de contenido nuestra fotografía.

 “La fotografía hace deliciosas apreciaciones pero nada es lo que parece.” (Foto H C-B)

“La fotografía hace deliciosas apreciaciones pero nada es lo que parece.” (Foto H C-B)


Después llegó el salto hacia delante, los intereses estéticos personales, el colorismo abrió otras puertas, dejé aparcada la figuración a cambio de un sentido pictoricista en caminos de una abstracción que parecía increíble. Aquellos libros de cocina fotográfica estética que nos empujaban y nos ponían la barra cada vez más alta. Siempre sin olvidar aquel básico fotógrafo de la calle y del momento crucial. Miles de miradas compondrían el retrato de Henri Cartier-Bresson, el retrato de un artista responsable, si es que esta definición se puede hacer así. Un hombre ‘de suerte’: “Por supuesto que todo es suerte”, alguna vez dijo. Pero la suerte hay que buscarla, y reconocerla, que diríamos todos los discípulos invisibles del fotógrafo francés. Esa invisibilidad con despacio, en la fama que el siempre quiso, sin importarle; y que uno entiende, más o menos, al llegar a los setenta años, cuando ya tantas cosas no importan.

El ‘despacio’ de acercarse a un momento fotográfico…“tiernamente, gentilmente, como de puntillas, incluso aunque el tema sea un bodegón, mano de terciopelo y ojo de halcón.” La sucesión de miles y miles de momentos fotográficos es lo que produce un ‘leitmotiv’, o varios. El trabajo posterior se encarga de ellos, de estilo, de aprendizaje, de comunicación, estudio, en fin de todo lo demás; la intendencia después del disparo, algo en lo que Cartier-Bresson no creía, o decía no creer. Solo, al fin, cuando has llegado a ser un buen fotógrafo puedes permitirte el lujo de dar un uso a tu fotografía, que no sea el suyo propio. Uso mis fotografías para ayudar a explicarme a mi mismo mis propias experiencias—esto no sé quien lo dijo—quizás fui yo mismo: la fotografía, como la pintura y la escritura, es el arte de contar cosas.

Luisma, Maypearl (TX) 15 de Marzo del 2017 (Feliz Cumpleaños—Gracias)

P.S. “Pasa el tiempo y miras retratos, la gente vuelve a ti como un eco silencioso. Una fotografía es el vestigio de una cara, una cara en tránsito. La fotografía tiene algo que ver con la muerte. Es una huella. (Henri Cartier-Bresson. 1908-2004)

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