Archive for the 'Memoir' Category

August 15th 2010
Yo Escribo Cartas y No Tengo Movil

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Esta es mi idea de “colgar” el móvil.

Llevo muchos años escribiendo y hoy, pensándolo detenidamente, me he dado cuenta de que lo que yo hago es escribir cartas. Al más puro estilo clásico y epistolar, valga la redundancia. Así de simple, aunque no sea tan sencillo explicar a quién se las escribo, o se las dirijo. Las tiro al buzón del aire, del agua, o del éter…que tampoco está muy claro a donde van a parar. Una vez que salen de la pluma y pasan al ordenador y la “red” (web), uno pierde el control de quién las lee y que piensan de ellas.

Y no es que me importe esto, ya que desde el principio decidí no aceptar comentarios al estilo “blog”. A pesar de lo cual, algunos allegados, amigos, o circunstantes, se empeñan en mandarme mensajes relativos a mis escritos. Vale, pero que no proliferen; conozco a “blogers” habituales que despilfarran su vida contestando contínuamente, y sin cesar, a comentarios sobre sus escritos. Como todo en este mundo actual se exagera la medida de la actividad, para bien y para mal, y hay demasiada metralla en este invento del Internet. Son tropezientos los que no tienen nada interesante que decir y se empeñan en colocarnos sus peñazos, a veces pestiños, grasientos y pegajosos, que no hay como quitarse de encima. Muchas veces sin gracia, o con la gracia donde las avispas pierden su honesto nombre.

Con la blogosfera del Internet ha pasado como con los teléfonos móviles, uso indiscriminado, innecesario y hasta absurdo. La gente mantiene conversaciones interminables, preñadas de lugares comunes y repeticiones sin cuento, y la mayoría de las veces sin fundamento y sin nada que decir. Naderías elevadas a la enésima potencia. Conversaciones eternas derivadas hacia ominosos silencios que agotan cualquier posibilidad de comunicación; los interlocutores ya se han dicho lo poco que tenían que decirse y, al no ser nada diferente de la conversación anterior, todo se diluye hasta la consunción.

Algo que he podido comprobar escuchando, a mi pesar, conversaciones entre orgullosos propietarios de sofisticados teléfonos móviles que no se cortan lo mas minimo en “conversar” en público, generalmente en alta voz,. Siempre lo he dicho: por mucho aparato sofisticado que se tenga, si no hay nada que decir, sobra tanta llamadita y tanta técnica. Por cierto, sinónimos aplicables a los teléfonos actuales: ostentosos, refinados, complejos, incluso ampulosos…Parafraseando a la ínclita de Avila: Vivo sin vivir en mi y tan alta llamada espero, que muero por que no…tengo un teléfono celular.

A ver cuanto tiempo puedo aguantar sin cargar con uno de ellos! Cientos de veces ya, he tenido que escuchar esta admonición: que no tienes teléfono móvil! Como puedes? Sé que es una batalla perdida, pero, aguanto como gato panza arriba, o como Custer en Little Big Horn, bandera en alto y hasta el postrer suspiro. A la fuerza ahorcan! En el último embate estoy pensando, muy seriamente, en comprarme “il telefonino”( el sarcasmo de los italianos es magnifico) para observar en su pantallita quién me llama y darme el gustazo de no contestar a las llamadas.

Cosa que por otro lado, ya hace tiempo que hago con el teléfono fijo de casa. Lo digo en el mensaje grabado: has llamado al número tal y tal, deja tu mensaje, no tengas miedo, solo es una máquina…A veces lo contesto evitando que se grabe y fingiendo mi propia voz, y hasta me permito colgarles en las narices, evitando “conversaciones” indeseadas.

Lo dicho, que si es por control…que les den, y si es por aburrimiento…que aburran a sus cabras: que uno esta muy ocupado viviendo, lo que hay y lo que le quede, y no gusta perder el tiempo en habladurias e idioteces. Ah! Y que viva la técnica y los adelantos modernos! Lo cortés no quita lo valiente…y a los telefonitos que los embreen y los emplumen, o que los “cuelguen” (de una soga), que vaya peste!

Luisma, 4 de Agosto del 2010 (Año Triunfal, futbolísticamente hablando)

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July 28th 2010
100 años y Precio Fijo

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Quién teme el paso de los años?

Rebuscar, verbo muy expresivo en idioma salmantino, significa algo más, en mi pueblo, que el mero hecho de buscar doblemente o poner mayor atención en la búsqueda. Rebuscar, allí, significa más que nada buscar sin una meta fija, sin un objetivo determinado. Es buscar por buscar, por el placer de enredar y encontrar cosas inesperadas. Se puede rebuscar de muchas maneras, y en muchas situaciones.

Y ahí andaba yo, rebuscando (gerundio delicioso) en una caja de papeles viejos, fotografías añosas y puñeterías variadas. Al pronto, me saltó a los ojos una imágen vieja, pero al mismo tiempo fresca y atractiva. Una foto, en buen estado de conservación, pese a ser centenaria. Me quedé contemplándola un rato largo, ensimismado, pensando en aquellas gentes de hace cien años y en aquellos tiempos de principio del siglo XX, mi siglo; solo si duro algunos años más, otra década, o así, podré decir que fuí a caballo entre dos siglos. Tiempos, que en muy pocos años de esa imágen, iban a cambiar tantas cosas de este planeta, y tan rápidamente.

Ah! La foto…alrededor de 1910, Burgo de Osma, Soria, España. La tienda de telas, ferretería y productos varios de mi abuelo Z. La foto no tiene desperdicio, refleja perfectamente lo que eran aquellos años en un pueblo de Castilla, pueblo grandón pero de una provincia claramente desfavorecida. A pesar de ello, todos impecablemente vestidos; quiero pensar que la orden de venir trajeados fuera dada el día anterior por el menudo señor, de grandes bigotes y mirada perdida, en el centro de la escena y fuera del mostrador, como para distinguirse de los empleados.

Mi abuelo: todo un personaje al que llegué a conocer bastante en mi juventud y sus últimos años. “Mañana, todo el mundo de corbata, sin falta, que viene el fotógrafo!” Imagino los cuidados y la diligencia de la caterva de dependientes y aprendices a sueldo fijo, tan fijo como el precio anunciado sobre la puerta interior y repetido en la jácena principal del local. No sé, ni puedo saber, si este era el mismo sitio que yo conocí muchos años más tarde, ya con las paredes forradas de madera, y donde seguramente se forjó la vida de mi padre, como comerciante y como persona con un increíble don de gentes (algo que los modernos políticos están perdiendo); una vez que, jovencísimo, terminó su periplo en la Guerra Civil española. El mismo sitio por donde yo correteaba de niño, buscando y rebuscando…un perfecto trotamundos, ahí empezó mi carrera, mi huida hacia adelante.

Los personajes, todo ellos nacidos en el siglo XIX, a excepción de la niña de blanco que acompaña a las dos señoras (la de la derecha, quizás, mi abuela L.) componen un grupo que, no por menos en pose, parece más natural; en tiempos en que la fotografía resultaba todavía un acontecimiento. ¿Qué hubieran pensado todos los de la foto de la posibilidad de llevar un teléfono en el bolsillo, y más…que ese teléfono fuera también una minúscula cámara fotográfica? Como se reirán de mi y mis cuidados, si leen esto, los de dentro de cien años? Seguramente, igual que nos reímos nosotros de los coches de aquella época todavía decimonónica y de las primeras películas del cine!

Lástima que la tecnología actual no nos permita ver una “película” de aquella tarde en la tienda del Burgo. Seguro que los del año 2100 serán capaces de “verme” en el acto de escribir esto. Lo que no creo que puedan saber es la envidia y el ansia de vivir esos tiempos suyos; mi imaginación, con ser grande, no puede llegar hasta ese futuro…quién lo pillara! Después de todo, no pido tanto, solo 100 años más! Que sería si pidiese 500 años, a la descubierta de un auténtico Ultra Nuevo Mundo?

Esa huida hacia adelante sería objeto de un precio fijo, seguro. Por ello, pagaría el precio que fuese. Lo que no está en los escritos. Lo que la imaginación de Su Señoría guste mandar…Vellocinos de Oro u otras adoraciones, o.k… Esclavitud, vale, de ella ya tengo ahora (no seria una novedad) y en raciones consuetudinarias…Empleo de conejillo de indias eterno para testar drogas desconocidas, pues claro…Cualquier cosa, todo con tal de asistir a un futuro que ya se me escapa de las manos cada día, con cada achaque.

Luisma, 25 de Julio del 2010

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June 2nd 2010
De Fumar

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“To Be or Not To Be…That was the Question”

Uno se ve en la situación de recordar cosas pasadas, patrimonio de la edad, que remedio! Y no tiene nada que ver con ese fenómeno llamado: nostalgia… Fenómeno con el cual más de uno que me lee trata de “señalarme”, exhibiéndolo como constante en mis escritos. Ya me he defendido en otras ocasiones, paso de hacerlo de nuevo. El caso es que se van a cumplir cuatro años desde que dejé de fumar y, al pronto, lo he recordado como cosa ya lejana.

Después de una vida, casi entera, de fumador relativamente empedernido…Dejé de fumar. Así, a las bravas, de golpe y porrazo, y de la noche a la mañana; el mismo día que la selección española de fútbol fue eliminada del Mundial anterior, y estamos a las puertas de un nuevo campeonato. Esta vez el Mundial es en Sudáfrica, lo que no tiene nada que ver, como nada tuvo que ver aquel fasto con mi decisión de abandonar la fumada, solo fue una curiosa casualidad.

Era tiempo. El “casi un paquete diario” no me lo quitaba nadie…—Mentira! Era más de un paquete! (Ultimamente, Pepito Grillo no descansa). Y lo dejé, al seco,— cold turkey, que le dicen los americanos—, lo que, literalmente, significa: pavo frio, aunque parece que el significado se aplica por similitud con el aspecto de la piel, sudorosa y fria, de un pavo en fiambre. También se le llama así al síndrome de abstinencia de drogas. Nosotros cambiamos el animal por: “tener el mono”.

Ayer leía, en un periódico on-line,—de los de papel, ya casi ni me acuerdo, me queda el olor a tinta fresca de las galeradas—sobre uno de esos típicos “libros”, que tanto gustan al americano de a pie y que suplementan, en muchos casos, la falta y la pereza de acometer mejor literatura. Uno de esos libros píldora: pequeños y de digestión fácil. Se titulaba : “Dejar de fumar en 30 dias”. Y lo primero que me vino a la mente fue: porqué hay que esperar treinta dias para dejar de fumar?

Me entró la curiosidad ( que raro!). Y leí el articulo que lo publicitaba: “Porqué fumas? Seis maneras de dejarlo para siempre”. Lo primero era la pregunta y confieso que nunca lo había pensado. Después de darle muchas vueltas decidí que empecé a fumar por imitación a mi padre y, después, ya nunca supe más porqué. Fumaba y fumaba…Hábito? En una ocasión, alguien me hizo notar que siempre encendía cigarro al iniciar una llamada telefónica.

Había que dejarlo, y no veía la razón para dejar de fumar; tenía siempre una verdadera retahila de excusas para seguir en ello. Mi cardiólogo, y sin embargo amigo, me insinuaba insidiosamente—yo creo que ya has fumado todo lo que tenías que fumar en la vida— y lo hacía mirando irónicamente una radiografia de mis pulmones…Y me dió el secreto, que coincide con el del libro citado: “Si puedes dejarlo un día, puedes dejarlo cada día”

Y me dediqué a “segar excusas”. Me dí cuenta de que no me ponía cascarrabias o de mal humor, como me amenazaban los agoreros. Que no ganaba peso, sino todo lo contrario. Que respiraba mucho mejor y mi garganta no estaba contíuamente seca. Gané mayor amplitud en mi ejercicio físico. Nunca he sido muy bebedor, pero, el posible bebedor que hubiera en mí se ha ido con el fumador. Tener algo en la mano dejó de ser un hábito.

La broma me estaba costando 11 minutos de vida por cada cigarro (según cifras oficiales). Yo, como Mark Twain, no creo en las estadísticas. Al menos, no mucho. Eso sí, me acabo de enterar de que he dejado de fumar a tiempo. En los próximos años “amenazan” con ponerle sabores a los cigarrillos. No quiero imaginar lo costoso que me hubiera sido dejar un cigarro con sabor a Reese’s Peanut Butter Cups! Son amores distintos.

Luisma, 22 de Mayo del 2010

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March 16th 2010
De nostalgia

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Castillos en Castilla. (Trigueros Del Valle, Valladolid)

Hubo una época en la que a todos los intelectuales, e intelectualoides también, no se les caía Cioran de la boca. Confieso que nunca fue santo de mi devoción, excepto por su acendrado agnosticismo y algunos, pocos, conceptos. Eso sí, muy conseguidos. Ah! Y su pasión por montar en bicicleta. Decía Cioran: “…El hombre no está satisfecho de ser hombre. Pero no sabe hacia que regresar, ni como volver a un estado del que ha perdido todo recuerdo claro. La nostalgia que tiene de él constituye el fondo de su ser, y a través de ella comunica con lo mas antiguo que subsiste en él.”

Me decías que mis escritos rezumaban nostalgia, o algo así. No me parecía, a mí, que ese fuese el caso. No, al menos, en mi concepto de nostalgia. Así que me fuí al diccionario a reexaminar la cosa. Nostalgia: del griego, nóstos—volver a casa en el sentido homérico y álgos— dolor. Lo de Homero me cuadraba bien, más que nada por la cosa del mucho y largo viaje. Lo del dolor, como lo de la casa, se revela inexistente. Ya ni eso me queda. Como diría el otro: no tienes donde caerte muerto. Bueno, tengo la impresión de que nadie queremos tenerlo. Y, una vez que llega el apagón, clic, da lo mismo donde sea. Se acabó, y el que venga detrás que arree.

De todas maneras, si se considera nostalgia el recordar, a veces tan vívidamente, retazos de juventud (sea por la razón que sea), entonces si soy un nostálgico. Aunque de ninguna manera idealizando esos recuerdos. Me gusta haberlo vivido todo ello, y más que hubiera sido posible, pero no siento ninguna ansiedad, ni ganas de vivirlo otra vez. Siempre pasar página…fue bonito mientras duró, y ahora—se le atiza un estacazo y a otra cosa, mariposa!

Volver atrás siempre me interesa en el sentido de aprendizaje y reconocimiento de las razones y las causas que me han traído a mi estado actual. Aprender, para equivocarme otra vez y cuantas veces sea necesario, y ahora sabiendo porqué…si es posible. El caso es que España no me duele nada. En mi no hay ningún rastro del “mal du pays”. Y menos con el cariz americanista que “nuestro” país esta tomando. Que manera más estúpida de imitar todo lo americano! Y casi siempre, lo peor de esta sociedad, olvidando o dejando de lado lo que sería bueno osmotizar. Una verdadera pena.

Por supuesto, reconozco el cariño que tengo por el país en el que nací, pero, en absoluto me tienta la cervantina—“de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Para apacibilidad, Pittsburgh. “Aquí nada perturba la rumia espiritual, y aquí se oye uno pensar” que diría Unamuno de Salamanca, y yo suscribo para esta ciudad. Estos paisajes tan diferentes, con sus colinas y pequeños valles entrelazados, amenísimos, y tan distintos de aquellas llanuras castellanas, con o sin castillos. Las recuerdo con placer, pero no las necesito en mi dieta diaria.

Es curiosa la definición de nostalgia, como: “Un amar sin ser amado y un dolor que sentimos en miembros que no tenemos”. Pues va a ser que no, fíjese usted! Ni echar de menos lo que no somos. Aunque puede que si sea el estar “incompletos y mancos”. La verdad es que incompleto siempre he estado y he tratado de completarme con presencias femeninas. Ese cromosoma siempre me falló, aunque también me hubiera gustado entenderlo mejor. Y “manco”…pues, adivina quién te dió? Que yo sepa, el brazo secular nunca me ha faltado. Lejos de mí el otro!

Lo mío no sería ni nostalgia, ni melancolía. Aunque puede que si sea romanticismo, esa enfermedad que contraje de pequeño, y que en mi caso ha demostrado ser incurable. Supongo que cuando escribo de las cosas del pasado, del mío, lo estoy haciendo con la vena romántica. A la postre, admito una sola nostalgia: la del futuro. Esa que no viviré. Y para los aficionados, otra de Cioran: “Uno no vive en un país, vive en un lenguaje. Ese es nuestro país y nuestra patria”. Desde los Cartularios de Valpuesta hasta lo de hoy, ese es mi país, esa es mi patria.

Luisma, 15 de Marzo (Ay!) del 2010

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March 4th 2010
Entre tormentas

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Gazebo, en salmantino: templete. Carnegie Library South Side, Pittsburgh

Los inviernos de Pittsburgh no son excesivamente duros, claro que, según con cuales se comparen. En los diez años que llevo viviendo en esta ciudad, los inviernos han sido muy parecidos: fríos “aceptables”, algunas heladas “razonables”, y unas cuantas “nevaditas”, hasta un máximo de siete u ocho centímetros de precipitación. Y así toda la década, hasta hace tres semanas. De repente, se debieron abrir las puertas del Ártico y por ende se escaparon dos impresionantes tormentas de nieve, con un intervalo entre ellas de un “cierzo” helador . Algo que no recordaban los más viejos del lugar, ya que solo aparecían nevadas así en los grabados de la guerra civil, a mediados del siglo XIX.

La primera tormenta que duró unas veinticuatro horas seguidas, del tipo de las que los americanos llaman: blizzard, y nosotros ventisca, se saldó con unos 70 cm. de nieve y un colapso ciudadano de los de “mírame y no me toques”. El nunca bien ponderado silencio sepulcral nos vió amanecer al día siguiente, por supuesto, estábamos sepultados en nieve! Nunca mas precisa la imagen.
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En casa, la ventana grande del salón ofrecía un aspecto desconocido, apenas se veía la balaustrada de la terraza y la nieve lo cubría todo, incluida la vista del valle, totalmente blanco, igual que las ramas de nuestro árbol que aparecían vencidas por el peso. Increíblemente, daban ganas de salir volando sobre el valle.
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Noté, además del silencio, un frío extraño, algo así como “templado”. Al abrir la puerta de la terraza me dí cuenta que no podía salir a ella, aunque la puerta se abre hacia adentro y la mosquitera se corre lateral; una barrera de “chupiteles” de hielo me lo impedia, enormes estalactitas de puntas aguzadas que se habían formado en tan solo unas pocas horas de templanza. Los canalones desbordaban lanzas de hielo a todo lo largo, como las de los cuadros de batallas medievales. Unas lanzas transparentes que anunciaban la batalla que podría llegar a ser el intentar salir de la casa.
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En ruta hacia la puerta principal, y ya pertrechado para intentar la salida, me paré a ojear la terraza de los vecinos y empecé a caer en la cuenta de lo que me esperaba fuera. Esa terraza que recordaba animada y resplandeciente en verano, con hachones ardiendo y gente tomando copas, estaba aterida e hinchada por la nieve, ireconociblemente bella. A pesar de todo, seguía manteniendo la ilusión de lo confortable, daban ganas de sentarse, lo de las copas ya no tanto.
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Abrí la puerta de casa y me encontré un espectáculo dantesco (aunque fuera de nieve y hielo), mi coche había desaparecido “entoñado” en la nieve, y malamente se podían adivinar sus formas. Al fondo de la calle, la iglesia de San Nosequé, cubierta a tope, apenas podía verse por entre la cargazón de los toldos y los múltiples cables combados por el peso de la nieve, que se sostenía en ellos milagrosamente. No se porque pensé que estaba en Moscú, sería la cúpula, y tanta nieve solo podía ser en Rusia (?!)

Me apresté a la aventura de ir andando hasta la oficina, una especie de slalom de un kilómetro en bajada, con nieve por encima de las rodillas; proveyéndome de dos bolsas de supermercado, cubriendo mis zapatos de suela gorda de goma antideslizante, atadas a media pierna. Con mi tuque de lana parecía un auténtico clochard parisino arrastrándome sobre la nevada, o un soldado napoleónico en la tundra.
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Desde las ventanas de la oficina, la belleza del paisaje combinaba con las sugerencias de los extraños efectos de acumulación de nieve en la pérgola, sillas y mesas del patio del restaurante colindante. No sé porqué me dió por pensar en un mural de una alucinante y davinciana Última Cena, blanca, fría, y desprovista de personajes.
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La otra imagen, desde la ventana de arriba, era un contraste superlativo entre la posibilidad de una playa nevada con el fondo del mural horrendo, de aguas caribeñas y botecito, con su palmera tropical y unos imaginarios ritmos de calipso. Nada parecido a Da Vinci…Al menos, la lámpara de la pared podía parecer Picassiana, o algo así.
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Volver la vista hacia la izquierda y tropezar con la perspectiva nevada de “mi” Birmingham Bridge, me hizo retornar a la realidad, este puente está presente en todos mis días. Pittsburgh, entre una tormenta que se iba y otra que se volvía. Ventiscas, y más, y más nieve, toda la nieve del mundo. Y así fue, y así continuamos dos semanas después cubiertos de nieves que empiezan a parecer perpetuas. Hoy se anuncian varios días más de nevadas. Donde vamos a poner toda esta nieve? A que planeta se referían con lo del calentamiento global? Y…Ah! Ahora entiendo porqué le pusieron Pingüinos de Pittsburgh al equipo de hockey sobre hielo, no iban tan descaminados!

Luisma, 28 de Febrero del 2010 (Fotos de S. y L.)

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February 3rd 2010
Veinte Años

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Veinte años! Quien lo iba a decir! Ya llevo veinte años viviendo en América. A veces, ni yo mismo me lo creo. Yo que vine a pasar una temporada, por ver si el sitio y la cosa me gustaban! Vine con un pasaje abierto de avión, ida y vuelta, que nunca se cerró. Incluso creo recordar que lo devolví, recuperando parte de su costo. Decidí quedarme, sine die, en una de las pocas decisiones perfectas de mi vida.

Puestos a recordar…Recuerdo la tarde que llegué a América, como si fuera hoy, nunca podré olvidarla: tarde de calor húmedo atosigante y luz dorada. En aquel momento, en el “gusano” de salida del avión, pensé, entonces no sabía que tenía razón, que así debería ser el olor tropical. Incluso pensé que iba a durar poco en aquel tipo de clima. El clima de Houston, Galveston, el golfo de México en Texas. Fueron diez años y un matrimonio fallido. De aquello me quedan los contínuos sueños de la playa de cristal, ningún remordimiento, un par de amigos que siguen allí y otro que se fue, sin que pudiera despedirme de él.

Y–que remedio–“tuve” que aprender inglés, yo que era tan francófilo! Aprender el nuevo idioma, un desafio a mis cuarenta, fue parte importante de la razón de quedarme aquí. Me fue cayendo encima la cultura anglosajona y me fue interesando más y más, conforme el estro me daba para saborear las delicuescencias idiomáticas y culturales (toma castaña!). Principalmente, el mundo del cine que, queramos o no, es en inglés y ademas, en inglés americano. Leer a Steinbeck en su idioma y escuchar la voz de Jimmy Stewart, o la de George Clooney, entre los muchos otros placeres inéditos, conseguidos a través de la nueva lengua.

Luego, en la segunda década de mi estadía, cambié de “país”, el sur por el norte, el dixie por el yankee, todo tan igual y tan diferente. Me vine a Pennsylvania, donde todavía sigo. Cambié aquel dichoso calor, casi contínuo, por la recuperación de las cuatro estaciones y la floresta de los bosques precanadienses. Una decisión que, me gusta creer, fue buena para mi salud. Han sido muchos años y muchas cosas, pero, me quedo con lo fundamental: las personas. Y sobre todas las personas, algunas magníficas; una…ella, con la que llevo ya unos cuantos años, y que parecen haberse ido en un suspiro.

Pennsylvania me permitió estar más cerca de Nueva York, ciudad clave en la cultura anglosajona y la mundial. Todo pasa en esta monstruosa metrópoli antes que en ningún otro sitio, se empeñen o no los gurus europeos en tratar de arrebatarle esa prioridad. Los reflejos nos llegan a Pittsburgh aceptablemente rápido, seis horas de coche y no en vano se le llama la pequeña Nueva York. Como siempre digo: necesito ir a la Gran Manzana, pero no podria vivir alli; demasiado espesa, solo estar cerca. Más cerca, también, de Washington, la capital y la ciudad americana más europea; en algunos de sus rincones, uno puede llegar a pensar que está en Viena. Más cerca de Chicago, la Reina del Oeste, ciudad también predilecta. Más cerca, en resumen, de mi mismo.

Hay que estar próximos a las cosas, palparlas. El Internet es solamente el espejo de todos los avatares del mundo de hoy. Hay que hacer las cosas. En la red hay muchos detalles que se pierden. La propia percepción de la realidad no puede ser igualada. Al Internet le faltan los olores, los sabores y, fundamentalmente, el tacto. Otros veinte años. Tantas cosas que faltan por venir. Tantas cosas me quedan por hacer! Eso sí, estoy haciéndolo todo mejor que nunca: pensar, pintar, soñar, escribir, querer, elucubrar, decidir, sentir, mirar, ver, comprender y sobre todas las cosas, aprender a morir. Que diablos! Quien me lo iba a decir, América!

Luisma, 20 de Enero del 2010

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January 10th 2010
El Balón de Lapislázuli

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El Balón de Lapislázuli (un trofeo personal)

En estos dias de fin de año, que es cuando se acostumbra a conceder los premios a los mejores futbolistas de la temporada, he pensado en otorgar mi balón particular y privado. Como ya existen el balón de oro y de otros metales, he decidido crear el mio propio: el balón de lapislázuli, simplemente, para separarlo de los otros. Un balón único y especial que concedo por una sola vez, y sin que sirva de precedente, un balón histórico con el que premio al mejor jugador de fútbol que he visto nunca.

Despué de pensarlo un rato, y mirar lo que hay y lo que hubo, llegué a una conclusión de lo más personal. De modo que, me va a perdonar Di Stéfano, que sería el mejor profesional; y también Puskas (q.e.p.d.) con el que llegué a dar unas patadas en la hierba de Central Park, en una mañana neoyorkina que recuerdo con deleite, gracias a una común amiga húngara. Que lección me dió de como “matar” el balón! No sería tampoco Pelé, aquí en los USA idolatrado por razones que no tengo muy claras. Casi ni menciono a Maradona, al que los argentinos se preocupan de vendernos contínuamente. Tampoco Zidane y ni siquiera Guti, artista de mi devoción y paradigma de lo que el jugador de mi Real Madrid debe ser.

El que yo considero ganador de este trofeo ideal, mi premio único, era como una mezcla de Messi, pequeñito pero mas habilidoso que él, con más potencia y gambeteo que Cristiano Ronaldo y con la misma inteligencia futbolistica que Guti. Un jugador casi perfecto, que dominó mi fútbol colegial del bachillerato. El “terror” de los patios de los Maristas de Salamanca. Eran aquellos recreos de media hora, con veintinueve minutos de fútbol aperreado, en los que disputabamos el preciado tesoro de goma, aquel balón indestructible y la sonrisa del vencedor, que duraba hasta el siguiente recreo. El minuto en que no se jugaba al fútbol era el primero, el que se tardaba en escoger “campo” y los jugadores correspondientes a cada equipo. Allí surgía la figura de mi Balón de Lapislázuli: Angel Caballero Briz, alias “Angelito”, alias “Caba”.

El mejor, así de claro, el jugador genial y perfecto. Siempre el primero en ser escogido, y así durante todos los años del colegio, porque tenerle a él en el equipo garantizaba la victoria. Sus pases, sus tiros, sus infalibles regates, su visión de la jugada, su coraje y determinación. En fin, el jugador ideal, a pesar de ser bajito y de poco cuerpo, se convertía en un coloso en el rectángulo de juego.Nunca supe más de él, despues de salir del colegio. Nunca más supe de aquel héroe juvenil. Angelito, no sé si estás vivo, donde andas y si, como yo, aún sigues jugando al fútbol. No importa. Hoy solo quiero mandarte mi balón de lapislázuli y mi reconocimiento al mejor futbolista de la historia. Al fútbol se juega como tú, como los ángeles, como el Angel Caballero.

Naturalmente en este premio tendría que coincidir con alguien, algo que signifique aclamación para que el reconocimiento sea plural. Serìa aquella legión de chicos, todos los que coincidieron con nosotros en aquel colegio. No harìa falta una votacion, estoy seguro. Aunque en este caso el plural no es importante. Voy a pasar. Me importa un bledo. Yo no soy una democracia y no tengo abrazada la religión del moderno periodismo estúpido, es decir, no necesito votaciones de opinión de otros para formar o dar la mìa. Estoy hasta los émbolos de ver como el periodismo llena páginas, sobre todo “on line”, con votaciones imbéciles e inútiles sobre cualquier asunto, banal o no.

Si esa es la dirección en la que va la profesión que solìa ser tan atractiva, que me bajen de ese autobús que no huele bien. Demasiados incultos junta-letras y demasiada afición a la dictadura de gente que anda “creando” información, en vez de estar informando. Esta vez, los imitamonos de lo americano se han pasado, y…más de cuatro pueblos! Quien lo dirìa! Que iba a ser tan fácil entender lo que pasa en España, tan lejos, simplemente viviendo previamente lo que pasa aquì.

Luisma, 26 de Diciembre del 2009

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December 14th 2009
Misterio en Wheeling, parte II y final

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“La identidad ha sido ocultada para proteger la inocencia, o la culpabilidad”

Vivir en Wheeling, durante seis meses, fue como volver por una temporada a un siglo anterior, sin precisar cual. Mucha lectura y mucho aire libre. La única conexión con la realidad del presente era la televisión apagada, salvo honrosas excepciones, y las gasolineras, con sus subidas de precio. El resto era un continuo descubrimiento del pasado de Norteamérica, una continua situación de duda entre si cualquier tiempo pasado fue mejor, o no. Esta duda raramente se disipa, tanto ayer como hoy, aparece y desaparece como los otrora famosos Ojos del Guadiana; esos ojos que tarde o temprano, un día de estos, con los extraños cambios de clima actuales, no van a volver. Como tantas otras cosas.

No divagues, Luisma…que fue del famoso misterio del título? —Bien, aquí va. Durante estos seis meses de Wheeling, viví en una casa americana típica, clásica. Una de las llamadas: “shootgun” (escopeta), por su forma alargada y estrecha. El ancho de una habitación y el largo de cuatro o cinco, una detrás de otra, con ventanas solo a un lateral, el otro un grueso muro de separación común a la casa siguiente. Una casa de unos ciento cincuenta años de edad, o quizá más, y de claras reminiscencias victorianas, no solo en su diseño sino también en su decoración. Chimeneas o salamandras en todas las habitaciones y la duda corrosiva de que el frío, de todas maneras, se va a colar por cualquier rendija. Pisos de madera, tremendamente sonoros, que invocaban por la noche la idea de seguros fantasmas. Entubajes y registros enrejillados que traían voces difícilmente inteligibles y que parecían lamentos. Extrañas luces y reflejos en las ventanas abatibles, al caer la noche y en la madrugada. “Poltergeist”, o la seguridad de que lo único que produce miedo es aquello que se ignora.

No tengo ni idea y aunque inquirí, nadie supo decirme quien había vivido en aquella casa, años antes de que se convirtiera en un ir y venir de gente en alquiler. Yo ocupaba una buhardilla en el tercer nivel de la casa. Un par de habitaciones pequeñas al final de una empinada escalera, en la que se podían contar los pasos de quien subía. A veces se oían los pasos y no llegaba nadie. Eso era todo, un espacio mínimo pero agradable. Una noche, con poco que hacer y falta de sueño, me dió por destornillar el fondillo de uno de los armarios empotrados; no me correspondían las distancias en las paredes, y encontré un doble fondo. De allí salieron un par de mantas raídas, unas botas de montaña y una pequeña maleta de lona marrón, atada con un correaje militar.

Al cabo, la abrí, con harta curiosidad y encontré un jersey anticuado y una caja conteniendo un abanico de caña y papel, algunos calcetines anudados en mogollón,
varias balas de fusil Mauser, tres gargantillas de San Blas, una roja, otra amarilla y otra morada…y un sobre con un sello de tinta azul que decía: Penal del Dueso, Santander. Dentro había una cartilla de racionamiento del gobierno español, sin ningún signo, ni nombre que permitiera saber de su dueño. Eso si, estaba fechada en 1945, el año de mi nacimiento. Año famoso en los anales porque, en su agosto, los americanos tiraron la bomba atómica, la primera, en Hiroshima.

Pero eso no era todo. Debajo encontré una caja de color rojo, que al darle la vuelta—Oh, maravilla! Eran los Juegos Reunidos Geyper, la caja de quince juegos! Aún había más…La gran sorpresa apareció detrás de los juegos, todavía recuerdo la cara que se me quedó…Un retrato de Franco! En Wheeling, West Virginia! Un Franco joven, de los años cuarenta, el mismo retrato de los sellos de Correos. Montado sobre un panel de madera, daba la impresión de haber estado en algún momento colgado en una pared. También tenia múltiples picaduras, concentradas en el rostro y el torso y que más tarde interpreté como huellas de haber sido lanzados dardos contra él.

Mi sorpresa fue todo lo grande que se pueda imaginar y pese a haberlo intentado, con algunas investigaciones, nunca he podido saber nada de quien podía estar detrás de todo aquello. Un español? Un americano? Quizás un miembro de aquella brigada West-Virginiana? Algún tiempo más tarde, visitando un viejo cementerio que domina la colina sobre aquella casa, un lugar donde los muertos disfrutan de unas vistas maravillosas, encontré una tumba que rezaba: C. SantaEngracia, 1917-1963…una simple tumba, una lápida llena de verdín y sin ningún signo religioso. Sería este mi personaje? Y si lo fue, que historia había detrás? Fue su vida tan simple como su simple tumba?

Todavía conservo ese retrato del ínclito caudillo (!?) Lleva unos cuantos años como el arpa de Bécquer. Del rincón en el ángulo oscuro, silencioso y cubierto de polvo…detrás de la puerta, siempre abierta, de mi estudio. Nunca he sabido que hacer con él.
Me da grima.

Luisma, 11 de Diciembre del 2009

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December 1st 2009
Las vueltas del mundo

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“Grupo salvaje” Burgo de Osma, 1919

Son las tres de la mañana de un sábado cualquiera en noviembre del año 2009, año de nuestro señor, que así se le decía antes. Como no tengo nada mejor que hacer, cierro el libro que estaba leyendo y al poner la marca en la página, la sostengo en la mano, por un momento, y me quedo un rato pensando en la gente que aparece en ella. Es una foto, una de las varias de esa misma época, fotos de mi niñez y de la de mis antepasados, que utilizo para marcar libros. Es la misma que encabeza e ilustra esta croniquilla que estáis leyendo.

Y el tiempo de esta foto, no tiene pérdida porque está situada y fechada, y esto es lo primero que me da que pensar: Burgo de Osma (Soria, España, por si acaso alguien…) Quince de septiembre de 1919 (!) Anteayer, que le dicen! Dentro de poco esta foto será centenaria y, la verdad, me parece increíble tenerla en mis manos. Que poco sabían, hace noventa años, que un hijo de uno de ellos iba estar escribiendo en memoria suya, mientras contemplaba sus rostros y sus hechuras, más allá del año 2000. Y admirarme, en ellos, en los de la foto, de la certeza del molde de lo que yo, y entre otros, mis hijos y mi nieta, somos la huella. La familia.

Y como ha llegado todo a ser como es? Las vueltas que ha dado el mundo! Para empezar, ninguno de ellos está vivo, supongo. Alguno, de los de la foto, no tengo ni idea de quiénes puedan ser, posiblemente tíos mios. Los otros, los que sé, o los que adivino, me consta quién son o quiénes eran. Como ejemplo, el niño de la derecha abajo, el de los pololos y la camisita con esclavina, el que arrastra la rodilla a la John Wayne, el más guapo de todos, mi padre. Los autores no se ponen de acuerdo sobre quién era más guapo de niño, él o yo. Tengo fotos mías, a esa misma edad, que pueden apoyar convenientemente mi candidatura. Desde luego, me parecía mucho a él. Según algunas autoras, parece que demasiado!

La niña más mayorcita, la inmarcesible Tía Trini, a la que siempre echo de menos, y que en esta fotografía me descubre los rastros y el porte de mi hija y, sobre todo de mi nieta. Que gran misterio los parecidos y las herencias biológicas! La otra niña, la que soporta al niño más pequeño (El Tío Susete? Otro guapo más tarde) debe ser la Tía Marita, hermana de ella y que por esas cosas de las familias, y las vueltas que da el mundo, solo pude ver durante un par de minutos a lo largo y ancho de una vida entera; siendo tan hermana como los demás, aunque más despareja en los rasgos físicos. Los otros dos chicos tienen el aire familiar, pero ni idea de quién puedan ser. La foto indica por detrás que se trata de una colección de sobrinos.

Todas estos fotos, que uso para marcar páginas de los muchos libros que siempre tengo al retortero, me traen indefectiblemente el mismo pensamiento, recurrente una y otra vez, valga la redundancia. Dentro de cien años, cuando ya estemos, todos los de ahora, tiesos y calvos, habrá alguien que diga, en una noche cualquiera de noviembre del 2109, y a lo mejor leyendo esto mismo—mira, este Luisma que escribe, y estos de la foto, eran mi familia.Y puede que le entre un escalofrio de emoción, como a mi sosteniendo esta foto. Cuanto me gustaría ver a ese alguien y saber de él, o de ella! Como me gustaría ver y saber de las vueltas que haya dado el mundo!

Sirva este escrito a modo de mensaje en una botella para ese personaje nonato del futuro al que ya, desde hoy, considero uno más de la familia. Ese que, quizá para entonces, ya habrá “visto cosas que [nosotros] no creeríamos, incluidos los Rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser y todos estos momentos que se perderán en el tiempo…como… lágrimas… en la lluvia.”*
_____

*I’ve seen things you people wouldn’t believe…I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All these moments will be lost in time… like… tears… in rain.

Roy Batty, Blade Runner

Luisma, 30 de noviembre del 2009

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November 26th 2009
Las ratas de Paris

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Julien Aurouze and Co. Exterminators, Rue des Halles, Paris, France.

Hace un rato estaba leyendo unos comentarios en un blog (Shakesville) sobre el asunto Polanski, con todo el revuelo que ha producido su persecución por la justicia de E.E.U.U. Por alguna razón, no me preguntéis cual, me vino a la memoria la tienda de venenos para combatir ratas, la de la “rue des Halles” en Paris, no muy lejos del museo Pompidou. Un escaparate delicioso, si es que el adjetivo es aplicable en este caso.

Mi “affaire” con las ratas francesas, especialmente con las parisinas, viene de antiguo, de los años sesenta del pasado siglo, y tengo varias historias con ellas. En aquellos años pasé una buena temporada viviendo en Paris, teóricamente estudiando Bellas Artes y seguramente aprendiendo un montón de vida y pasando una de las mejores épocas de mi existencia. Lo nuevo, lo excitante, en la más absoluta libertad, y todo ello con solo veinte años de edad y ningún problema físico, ni mental. Aquellos fueron días movidos y noches ajetreadas para mi. Viviendo a tope, todo lo que no se podía vivir en aquella España de los sesenta. Una vida que algún día contaré con más pormenor. Con todo y con eso, allí empezó mi afición a los museos, Louvre, Jeu de Paume, Picasso, Museo del Hombre… Fui, y soy, lo que se dice un ratón, no de biblioteca (que también) sino de museo.

En aquel tiempo el museo Pompidou no existía, por supuesto. En su lugar había uno de los mercados más antiguos y más acreditados de Paris, un mercado clásico y un sitio perfecto para rodar cualquier versión de Los Tres Mosqueteros. Un sitio de película, este mercado de Les Halles, que me dio tiempo a conocer y disfrutar. Todo esto antes de asistir a su última noche y a su voladura en la madrugada siguiente. Lo más famoso del mercado eran un par de casas de comidas que servían, con nocturnidad, alevosía y toda la premeditación posibles, la mejor sopa de cebolla que uno pudiera encontrar en el mundo; si excluimos la inimitable de Paul Bocusse.

La gente de la noche parisina, gentes del más variado pelaje, solía terminar sus salidas nocturnas en aquellos dos agujeros, con aquella sopa asentando los estómagos llenos de alcohol, tabaco y drogas. Allí tuve la oportunidad de coincidir alguna vez con tipos como John Lennon, la Bardot e incluso John Wayne, a más de una florida galería de personajes y personajillos de todos los colores y plumajes. Pájaros de la noche, y alguna que otra rata que debían considerar aquel lugar perfecto de necesidad. La noche antes de la voladura del mercado me fue dado asistir a un espectáculo único en los días de mi vida. La empresa encargada de montar los explosivos, para la destrucción controlada de aquel enorme conjunto, hizo una prueba explosionando una pequeña sección, unas pocas horas antes de la gran voladura.

Era noche cerrada y salíamos de la última sopa, servida en estaribeles y tenduchos en la calle. De repente sonó la explosión de prueba y, cientos, miles de ratas enormes salieron despavoridas por las calles aledañas al mercado, como si supieran lo que iba a pasar, como un sexto sentido que les previniera de la voladura. Ni siquiera pararon por la presencia humana, ni siquiera gruñían o gritaban. Solo corrían. Como vulgarmente se dice, les olía el culo a pólvora. Un espectáculo increíble, inusitado.

Más de treinta años después de aquello, lo recordaba en la última visita a Paris. Frente a ese escaparate en el que, disecadas y colgadas, están un montón de sus congéneres. Algunas de ellas fechadas en 1.925 y otras que posiblemente corrieran la noche de la voladura del mercado. Ah! Paris de la France, que país, que paisaje, que paisanaje! Y que ratas! Y yo que sigo pensando en Polanski, porqué será?

Luisma, 20 de Noviembre del 2009

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