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August 15th 2010
Yo Escribo Cartas y No Tengo Movil

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Esta es mi idea de “colgar” el móvil.

Llevo muchos años escribiendo y hoy, pensándolo detenidamente, me he dado cuenta de que lo que yo hago es escribir cartas. Al más puro estilo clásico y epistolar, valga la redundancia. Así de simple, aunque no sea tan sencillo explicar a quién se las escribo, o se las dirijo. Las tiro al buzón del aire, del agua, o del éter…que tampoco está muy claro a donde van a parar. Una vez que salen de la pluma y pasan al ordenador y la “red” (web), uno pierde el control de quién las lee y que piensan de ellas.

Y no es que me importe esto, ya que desde el principio decidí no aceptar comentarios al estilo “blog”. A pesar de lo cual, algunos allegados, amigos, o circunstantes, se empeñan en mandarme mensajes relativos a mis escritos. Vale, pero que no proliferen; conozco a “blogers” habituales que despilfarran su vida contestando contínuamente, y sin cesar, a comentarios sobre sus escritos. Como todo en este mundo actual se exagera la medida de la actividad, para bien y para mal, y hay demasiada metralla en este invento del Internet. Son tropezientos los que no tienen nada interesante que decir y se empeñan en colocarnos sus peñazos, a veces pestiños, grasientos y pegajosos, que no hay como quitarse de encima. Muchas veces sin gracia, o con la gracia donde las avispas pierden su honesto nombre.

Con la blogosfera del Internet ha pasado como con los teléfonos móviles, uso indiscriminado, innecesario y hasta absurdo. La gente mantiene conversaciones interminables, preñadas de lugares comunes y repeticiones sin cuento, y la mayoría de las veces sin fundamento y sin nada que decir. Naderías elevadas a la enésima potencia. Conversaciones eternas derivadas hacia ominosos silencios que agotan cualquier posibilidad de comunicación; los interlocutores ya se han dicho lo poco que tenían que decirse y, al no ser nada diferente de la conversación anterior, todo se diluye hasta la consunción.

Algo que he podido comprobar escuchando, a mi pesar, conversaciones entre orgullosos propietarios de sofisticados teléfonos móviles que no se cortan lo mas minimo en “conversar” en público, generalmente en alta voz,. Siempre lo he dicho: por mucho aparato sofisticado que se tenga, si no hay nada que decir, sobra tanta llamadita y tanta técnica. Por cierto, sinónimos aplicables a los teléfonos actuales: ostentosos, refinados, complejos, incluso ampulosos…Parafraseando a la ínclita de Avila: Vivo sin vivir en mi y tan alta llamada espero, que muero por que no…tengo un teléfono celular.

A ver cuanto tiempo puedo aguantar sin cargar con uno de ellos! Cientos de veces ya, he tenido que escuchar esta admonición: que no tienes teléfono móvil! Como puedes? Sé que es una batalla perdida, pero, aguanto como gato panza arriba, o como Custer en Little Big Horn, bandera en alto y hasta el postrer suspiro. A la fuerza ahorcan! En el último embate estoy pensando, muy seriamente, en comprarme “il telefonino”( el sarcasmo de los italianos es magnifico) para observar en su pantallita quién me llama y darme el gustazo de no contestar a las llamadas.

Cosa que por otro lado, ya hace tiempo que hago con el teléfono fijo de casa. Lo digo en el mensaje grabado: has llamado al número tal y tal, deja tu mensaje, no tengas miedo, solo es una máquina…A veces lo contesto evitando que se grabe y fingiendo mi propia voz, y hasta me permito colgarles en las narices, evitando “conversaciones” indeseadas.

Lo dicho, que si es por control…que les den, y si es por aburrimiento…que aburran a sus cabras: que uno esta muy ocupado viviendo, lo que hay y lo que le quede, y no gusta perder el tiempo en habladurias e idioteces. Ah! Y que viva la técnica y los adelantos modernos! Lo cortés no quita lo valiente…y a los telefonitos que los embreen y los emplumen, o que los “cuelguen” (de una soga), que vaya peste!

Luisma, 4 de Agosto del 2010 (Año Triunfal, futbolísticamente hablando)

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July 28th 2010
100 años y Precio Fijo

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Quién teme el paso de los años?

Rebuscar, verbo muy expresivo en idioma salmantino, significa algo más, en mi pueblo, que el mero hecho de buscar doblemente o poner mayor atención en la búsqueda. Rebuscar, allí, significa más que nada buscar sin una meta fija, sin un objetivo determinado. Es buscar por buscar, por el placer de enredar y encontrar cosas inesperadas. Se puede rebuscar de muchas maneras, y en muchas situaciones.

Y ahí andaba yo, rebuscando (gerundio delicioso) en una caja de papeles viejos, fotografías añosas y puñeterías variadas. Al pronto, me saltó a los ojos una imágen vieja, pero al mismo tiempo fresca y atractiva. Una foto, en buen estado de conservación, pese a ser centenaria. Me quedé contemplándola un rato largo, ensimismado, pensando en aquellas gentes de hace cien años y en aquellos tiempos de principio del siglo XX, mi siglo; solo si duro algunos años más, otra década, o así, podré decir que fuí a caballo entre dos siglos. Tiempos, que en muy pocos años de esa imágen, iban a cambiar tantas cosas de este planeta, y tan rápidamente.

Ah! La foto…alrededor de 1910, Burgo de Osma, Soria, España. La tienda de telas, ferretería y productos varios de mi abuelo Z. La foto no tiene desperdicio, refleja perfectamente lo que eran aquellos años en un pueblo de Castilla, pueblo grandón pero de una provincia claramente desfavorecida. A pesar de ello, todos impecablemente vestidos; quiero pensar que la orden de venir trajeados fuera dada el día anterior por el menudo señor, de grandes bigotes y mirada perdida, en el centro de la escena y fuera del mostrador, como para distinguirse de los empleados.

Mi abuelo: todo un personaje al que llegué a conocer bastante en mi juventud y sus últimos años. “Mañana, todo el mundo de corbata, sin falta, que viene el fotógrafo!” Imagino los cuidados y la diligencia de la caterva de dependientes y aprendices a sueldo fijo, tan fijo como el precio anunciado sobre la puerta interior y repetido en la jácena principal del local. No sé, ni puedo saber, si este era el mismo sitio que yo conocí muchos años más tarde, ya con las paredes forradas de madera, y donde seguramente se forjó la vida de mi padre, como comerciante y como persona con un increíble don de gentes (algo que los modernos políticos están perdiendo); una vez que, jovencísimo, terminó su periplo en la Guerra Civil española. El mismo sitio por donde yo correteaba de niño, buscando y rebuscando…un perfecto trotamundos, ahí empezó mi carrera, mi huida hacia adelante.

Los personajes, todo ellos nacidos en el siglo XIX, a excepción de la niña de blanco que acompaña a las dos señoras (la de la derecha, quizás, mi abuela L.) componen un grupo que, no por menos en pose, parece más natural; en tiempos en que la fotografía resultaba todavía un acontecimiento. ¿Qué hubieran pensado todos los de la foto de la posibilidad de llevar un teléfono en el bolsillo, y más…que ese teléfono fuera también una minúscula cámara fotográfica? Como se reirán de mi y mis cuidados, si leen esto, los de dentro de cien años? Seguramente, igual que nos reímos nosotros de los coches de aquella época todavía decimonónica y de las primeras películas del cine!

Lástima que la tecnología actual no nos permita ver una “película” de aquella tarde en la tienda del Burgo. Seguro que los del año 2100 serán capaces de “verme” en el acto de escribir esto. Lo que no creo que puedan saber es la envidia y el ansia de vivir esos tiempos suyos; mi imaginación, con ser grande, no puede llegar hasta ese futuro…quién lo pillara! Después de todo, no pido tanto, solo 100 años más! Que sería si pidiese 500 años, a la descubierta de un auténtico Ultra Nuevo Mundo?

Esa huida hacia adelante sería objeto de un precio fijo, seguro. Por ello, pagaría el precio que fuese. Lo que no está en los escritos. Lo que la imaginación de Su Señoría guste mandar…Vellocinos de Oro u otras adoraciones, o.k… Esclavitud, vale, de ella ya tengo ahora (no seria una novedad) y en raciones consuetudinarias…Empleo de conejillo de indias eterno para testar drogas desconocidas, pues claro…Cualquier cosa, todo con tal de asistir a un futuro que ya se me escapa de las manos cada día, con cada achaque.

Luisma, 25 de Julio del 2010

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July 14th 2010
“La Mundial”, o El sueño de una noche de verano

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Algunas veces los sueños se cumplen

Anoche tuve un sueño. Un sueño que se me había repetido muchas veces, otras noches de toda una vida. Anoche soñé—que bien! —que España había ganado el Mundial, el de fútbol, claro. Que extraño, porqué me pasarán a mi estas cosas?

Con lo tranquilo que estaba yo, que me había pasado la tarde admirando otro atardecer precioso, en colores rojo y gualda, parecido al de hace dos años. Sí, aquel 29 de Junio del 2008, día triunfal, el día que los “locos bajitos” ganaron la Eurocopa. Todavía recuerdo un párrafo que escribí con ocasión de aquel fasto: “…y soñar, soñar como soñamos todos los que jugamos al fútbol. Esta noche dormiré bien y soñaré con ganar el Mundial, eso, si no hay que esperar mucho tiempo, antes de ir a criar malvas…”

El caso es que anoche el sueño era de lo más vívido, tal cual, como si estuviera pasando en realidad…”Esos locos bajitos” de la Selección, los mismos del 2008. Los de “La Roja”, vestidos esta vez todos de azul, azul España aunque no lo parezca (“…con su camisita y su canesú…”). Lo bordaban, una vez más, como tantas otras veces; desesperando a un equipo, por los colores parecía Holanda, aunque lo dudo pues se producía con dureza y zarrapastro, y no como la que uno admiraba, intentando apabullar a la “Sele”. Vano intento.

En el minuto 116 de partido, a la hora casi de los penaltis, el “Niño” pasó la pelota a un jugador holandés que, sorprendido por el regalo, la dejó a los pies del “Empanao” que se la puso a “Rostro Pálido”; este, conocido en su pueblo como “El Ini”, se quedaba por un instante eterno pensando: aquí pasa algo raro, debo estar en fuera de juego, esto no me esta pasando a mí, tiene que ser un sueño….Como el chico, aunque no lo parezca, es “avisao” y listo, decidió pegarle con todas sus ganas, por si acaso no era un sueño. Buena decisión, la mejor, “la mundial”, fue goooool!

Y con ello, se metió en todas nuestras vidas, para siempre, como Zamora y Pichichi, como Di Stéfano , como Marcelino y el Niño Torres. Cuando el chico se despertó, se quedó con la boca abierta, como millones de españoles, gritando el gol y pasando en un tris de la categoría de loco bajito, versión Serrat, a la de gigante nacional para los restos. Y todo ello de un solo navajazo, como si fuera de Albacete.

De repente, me di cuenta que yo también estaba en la terraza de casa, gritando el gol que retumbó valle de Allegheny abajo y que no era un sueño; o si que lo era? Por si las dudas, un rato más tarde miré mi televisión americana, grande y extraplana, y allí estaba Casillas levantando la Copa. Sí, esta vez sí, “habíamos” ganado el Campeonato del Mundo, “la Mundial”. Como hubiera disfrutado este momento mi padre.

Me miré al espejo, limpiándome los ojos, y solo ví a un niño, aquel del que casi ni me acuerdo. Un niño de Salamanca. El que se subía a la tapia del Campo del Calvario para ver los partidos de la “Unión Deportiva”, la UDS. El que pegaba la nariz al escaparate de Radio Andrés Hernández para ver en la tele los partidos del Madrid y los internacionales de España. El mismo que esta noche se emociona viendo el recibimiento a la Selección, en la Gran Vía y la Cibeles. Un mar de banderas y camisetas rojas que parecen el sueño de una noche de verano, o un cuadro de Jackson Pollock.
Y ahora, a esperar una canción de Sabina. Dále, Joaquín! Escríbete una; que nos la merecemos por tanta espera.

Luisma, Pittsburgh, 12 de Julio del 2010. Segundo día triunfal

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June 18th 2010
El Capitulo 5

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Andaba yo leyendo una novela, uno de los muchos libros que siempre tengo al retortero. Películas y libros, siempre alguna por ver y alguno por leer. El caso es que llevaba ya más de setenta páginas leídas y no acababa de arrastrarme la marea. Y no es que no me interesare, o que no me pareciera buena y digna del tiempo empleado.

Si un libro no consigue agarrarme, de primeras, lo voy dejando aparcado; y algunos—no muchos, la verdad—se me han muerto en las manos y duermen el sueño de los justos en mi intención. Cruzados y barrados hasta nueva revisión. Como digo, ese no era el caso de esta novela. El autor, reconocido, fuera de toda sospecha, sus libros siempre me han interesado y los he leído con fruición. Dos de ellos de corrido, de un tirón. Medalla de oro, tal cosa, en mi aprecio.

El tema y el “paisaje”, bien queridos: pintura y pintores, fotografía y fotógrafos. Y en esas setenta páginas anduve coleccionando unas buenas descripciones de colores y de su uso: “…sumar azules y grises…” y sumar algunos buenos conceptos sobre pintura e imágen literaria. Quizás la historia en si, la trama, se me antojaba un poco “traída por los pelos”…quizá era pronto, aunque ya me acercaba a un tercio de la novela.

La cosa es que, de repente, amanecí en el capitulo 5, y lo leí de un tajo y me dió por celebrarlo y escribir esto sobre ello. Magistral, sencillamente. De lo mejor que le he leído al autor. Para empezar, quiero suponer que me toca muchas fibras sensibles. Una gran historia en un solo capítulo, otra vez mi fibra romántica, con una magnífica descripción, sensaciones del mejor momento de una historia de amor: el momento inicial. Algo que siempre había tenido en mente y no había sabido concitar en lo personal.

Una magnifica forma de hacer aparecer a la heroína de la novela, envuelta en referencias coloristas y pictóricas. Arrojándola, su recuerdo, a las aguas ya revueltas del relato y consiguiendo que el retrato de una persona muerta parezca vívido y atrayente. Todo en ella me sonaba conocido, familiar, pergeñado a mi gusto y probablemente al de muchos. Un encanto común.

Olvido, así la nombra con ironía, para que nadie la pueda olvidar. La única otra Olvido que yo recordé en ese momento fue Olvido Gara, la roquera punk, de la que recordaba perfectamente el nombre familiar pero no el de guerra. Tuve que buscarlo en Google (que invento!): Alaska, la Bom de Almodóvar. Así que la recuperé por un rato y volveré sobre ella en algún momento, espero. Tenemos tan poco tiempo, como dice la Olvido de la novela!

Otro concepto larvado en el capitulo 5 me resolvió un viejo asunto de comprensión de cierto problema fotográfico. La fotografía moderna, según el autor: “su perfección técnica era tan objetiva que, a veces, resultaba falsa”. Y, para mi, aún lo sigue siendo. Refería el autor que la intensidad dramática de las fotografías de Robert Capa en la playa Omaha se debían a un error de laboratorio en el proceso de revelado.

Esa misma razón me hizo conseguir un efecto parecido en una serie de fotos con las que gané un premio, hace ya muchos años. El calentamiento excesivo del revelador, en blanco y negro, exacerbó el grano y la intensidad del contraste. Película de 400, disparada a 1200 ASA y revelada con Kodak TriX a 38º C durante 12 minutos. Una salvajada! Esto le sonará a chino a los fotógrafos digitales.

Aquello concedió, sin buscarlo en un principio, el “carácter” de abstracta apología de la libertad a unas fotos de un jardinero regando una pista de tenis, tomadas a través de las vallas metálicas. Dicho “carácter” no fue cosa mía, sino definición de los críticos. Cosas veredes. Los críticos, como todo el mundo sabe, son capaces de cualquier cosa a la hora de decirte como deberías hacer algo. Eso si, ellos no saben ni hacer la O con un canuto.

Todas estas cosas sobre fotografía, y otras muchas más sobre pintura, perfectamente trufadas en la trama de la novela. Patrimonio de los buenos escritores es el tener algo que decir y decirlo bien. Ya es tiempo de notar al autor de este magnífico capitulo 5: Arturo Pérez-Reverte, El Pintor de Batallas (Ed. Alfaguara, 2006). Bueno, seguiré leyendo la novela. A ver donde me lleva.

P.S. El capítulo 12 es muy bueno, también.

Luisma, 15 de Junio del 2010.

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April 15th 2010
Jean Renoir en Chicago

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Cada vez que voy a Chicago, indefectiblemente, tengo que ir al Art Institute, el museo. Al igual que la ciudad, es uno de mis museos favoritos en el mundo; y a partir de este viaje, uno de mis lugares soñados para pasar el tiempo, un verdadero jardín mental. En los últimos años el AIC ha estado de obras, creando una parte nueva: The Modern Wing. Esto, en un museo que ya, de por si, era una maravilla y ahora se ha convertido en un lugar mágico. Y me dan igual las críticas, no muy benevolentes, de algunos “especialistas”; esos que siempre tienen que “encontrar” algo para, quizás, justificar su existencia. Los mismos que nunca han creado nada, al menos nada bueno.

Renzo Piano, ha conseguido algo bueno, o mejor que bueno: único y mágico. Blanco, como un lienzo imprimado en gesso, una de las mejores maneras de colgar arte pictórico y de rodear de fondos los espacios para escultura. Blancos sujetos por suaves grises, pisos de maderas rubias y ventanas de hueco completo, enmarcando la obra de arte exterior e incluyendo esa arquitectura en la propia exhibición. Sin abusar de ella, sin ser demasiado obvio, matizando la visión con unas delicadas cortinas-pantallas que dejan admirar pero no hacen “sombra” al arte del interior. Y esta nueva ala que encara los rascacielos de downtown y el “guguengemiano” Gehry del Milenio, tiene unos bancos de asiento, a la distancia adecuada de los velados ventanales; un sitial magnifico para pasar las horas muertas, hoy en día, más bien los minutos muertos. Viendo y absorbiendo belleza.
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Cada museo que conozco, tiene unas “piezas” que lo hacen singular y especial, para mi. Son las obras de arte que más fijan mi atención y me hacen volver a ellos, una y otra vez, como el que visita a viejos amigos. En el AIC, durante muchos años, ha habido una obra de arte de mi especial atracción. Algo extraño en mi, porque no hablamos de una pintura, ni una escultura, ni siquiera de una fotografía. Se trata de unas vidrieras, una obra de Marc Chagall. Su titulo: America Windows (Las Ventanas de América). Un trabajo fantástico y original, dominando los azules, en tres piezas (ventanas) estupendas.
Desgraciadamente, en las dos ultimas visitas, brillaban por su ausencia. Están en restauración, y una buena mujer, del servicio de vigilancia, me comunicó que volverán a la caída de la hoja, este mismo otoño. Albrícias!

Esta vez, decidí buscar “sustitutos” a mis vidrieras y los fui a encontrar en donde menos me iba a figurar: Renoir y Morisot. De vez en cuando, me gusta volver a beber en las fuentes del Impresionismo. Que gran época, para haber vivido en ella! Siempre mi indisimulado romanticismo! En un rincón, separados por el ángulo, descubrí dos nuevos atractivos para mi colección.
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Era una mujer de espaldas, desnuda espalda y pelo recogido, que me hizo pensar inmediatamente en la actriz Meryl Streep. Obviamente, Berthe Morisot—la autora de la pintura—no pudo conocer, ni soñar, a la actriz americana. Pero, estoy seguro que, de haberla conocido, la hubiese pintado de esa manera: una rutilante espalda, en el acto de maquillarse para cualquier película. Una espalda de museo!
Sea esto un modesto homenaje a la primera, y única original, pintora impresionista. Infravalorada durante mas de 100 años, seguramente por ser mujer y, hoy, reputada y apreciada a la altura de cualquiera de los santones impresionistas. A los veinte años de edad, Berthe era ya, de pleno derecho, una más entre ellos. Participando, incluso, en la exposición inaugural del movimiento.
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Ese retrato de Renoir, hecho a su hijo Jean en su más tierna infancia, con el pelo largo como una muchacha, y cosiendo. Le hizo varias pinturas vestido de niña, una obsesión del padre. Jean, más tarde, llegó a ser uno de los más famosos directores del cine. Idolatrado en Francia, su película “El Río” es una de mis diez mejores obras del cine de siempre. El asunto de esta pintura me recuerda los problemas de algunos amigos con sus hijos, justamente por lo contrario. Los chicos dejándose el pelo larguísimo y los padres intentando cortárselo. Viviendo en Paris, a mis veinte años, mi padre intentó, y consiguió, “comprarme” el corte de un pelo que ya me llegaba a los hombros. La vida en Paris siempre fue cara!

Otro día sacaré a colación algo más sobre el AIC,—Que gran museo! Hoy, solo evocar que,—Por fin! El “Ala Moderna” ya se puede ver, es fruta madura, y la “cáscara” y la “pulpa” merecen el viaje y la visita. Grande, Renzo Piano! Magnífico!

Luisma, 14 de Abril del 2010 (Fotos y reproducciones de S. y L.)

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April 13th 2010
El síndrome de la hoja en blanco

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Ponerme delante de la hoja en blanco, con la mente en blanco, también. Un ejercicio que, de vez en cuando, me gusta hacer y que representa, en mi, el mismo interés que un niño con su video-juego. Dispararle a la imaginación, de esta manera, es probablemente uno de los pocos retos que me van quedando. Como haber, habría muchos más retos que atender, de todos los colores y de todos los lunares, pero, el tiempo, el famoso juez que me (nos) corroe, se ha encargado de volverlos inasequibles. Así que uno va y, sin paracaídas, se tira desde las alturas del cerebro hasta la dichosa hoja en blanco y le empieza a administrar verborrea, línea por línea, teniendo cuidado de que no se le rebrinque lo blanco y que todo, al final, no termine como el “rosario de la aurora”, es decir, a palos; y no con otros, sino consigo mismo.

Lo mismo pasa con el lienzo en blanco, incluso aunque tengas unos cuantos bocetos preparados. Enfrentarse con el cuadro en blanco y “meterle mano” es casi tan peligroso como atacar una pintura que se ha quedado a medias por una temporada larga. Un recuerdo, aquí, a Lucio Fontana que solucionaba este problema, muchas veces, por “las bravas”, rajándole el “alma” a sus lienzos; a falta de otra cosa mejor que hacer. Y, ahí está en los museos! No solo por eso, claro.

Sin embargo, no me ocurre igual con la fotografía. No tengo síndrome del fotograma en blanco, nunca lo he tenido. A la hora de mirar por el ocular, y en las modernas cámaras de afrontar la pantallita, siempre hay una imágen previa a cualquiera de las intenciones que puedas tener. Una imágen que, casi siempre, solo hay que pelar; como si de pelar una naranja se tratase. Encuadrar algo que ya está en la vista y manipularlo. Componerlo. Jugar a hacer bidimensional lo tridimensional. Ver la foto en lo que los demás solo ven una escena. Una decisión rápida y pendiente de las mecánicas que ya están establecidas en el cerebro.

No hay, la mayoría de las veces, tiempo para pensar mucho. La pereza, o la vagancia mental, alimentan el síndrome de la hoja y el lienzo en blanco. En cualquier caso se trata de tener algo que decir y, luego, decirlo bien. Por eso me llaman la atención, y hasta me maravillan muchas veces, los escritores de blogs, más que nada los comentaristas de blogs en tiempo real. Parece que tengan un sentido especial del escribir y, casi siempre, las cosas muy claras para comentar con tanta rapidez. Incluida la velocidad de tecleo, algo en lo que tengo la categoría de tortuga de cuatro dedos.

Un mundo que ha heredado la velocidad de los tiempos primeros del chat y el messenger; que hoy se están recuperando e implementando con el Facebook y sobre todo el Twitter, gracias a la portabilidad de los aparatos. Toda esta gente, de pronto empeñada en comunicarse con otros y, las más de las veces, sin razón o con razones no muy válidas, parece haber esquivado el síndrome de la hoja en blanco. Siempre me asalta esta pregunta: tanta comunicación y tan contínua, para decirse, qué? Algo huele mal en Dinamarca! El buitre carroñero de la banalidad nos sobrevuela, me temo.

Al final, el síndrome se reduce a lo que uno tiene que decir, si es que uno tiene, realmente, algo que decir. El qué, el como, y el cuando; ah! Ese es otro cantar! Ni siquiera me planteo el porqué; aunque ya P. Reverte me lo dejó muy claro, en El Club Dumas — “[…] y a fin de cuentas, la gente escribe por diversión, para vivir más, para quererse a si misma o para que la quieran otros”.

Luisma, 10 de Abril del 2010.

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March 4th 2010
Entre tormentas

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Gazebo, en salmantino: templete. Carnegie Library South Side, Pittsburgh

Los inviernos de Pittsburgh no son excesivamente duros, claro que, según con cuales se comparen. En los diez años que llevo viviendo en esta ciudad, los inviernos han sido muy parecidos: fríos “aceptables”, algunas heladas “razonables”, y unas cuantas “nevaditas”, hasta un máximo de siete u ocho centímetros de precipitación. Y así toda la década, hasta hace tres semanas. De repente, se debieron abrir las puertas del Ártico y por ende se escaparon dos impresionantes tormentas de nieve, con un intervalo entre ellas de un “cierzo” helador . Algo que no recordaban los más viejos del lugar, ya que solo aparecían nevadas así en los grabados de la guerra civil, a mediados del siglo XIX.

La primera tormenta que duró unas veinticuatro horas seguidas, del tipo de las que los americanos llaman: blizzard, y nosotros ventisca, se saldó con unos 70 cm. de nieve y un colapso ciudadano de los de “mírame y no me toques”. El nunca bien ponderado silencio sepulcral nos vió amanecer al día siguiente, por supuesto, estábamos sepultados en nieve! Nunca mas precisa la imagen.
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En casa, la ventana grande del salón ofrecía un aspecto desconocido, apenas se veía la balaustrada de la terraza y la nieve lo cubría todo, incluida la vista del valle, totalmente blanco, igual que las ramas de nuestro árbol que aparecían vencidas por el peso. Increíblemente, daban ganas de salir volando sobre el valle.
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Noté, además del silencio, un frío extraño, algo así como “templado”. Al abrir la puerta de la terraza me dí cuenta que no podía salir a ella, aunque la puerta se abre hacia adentro y la mosquitera se corre lateral; una barrera de “chupiteles” de hielo me lo impedia, enormes estalactitas de puntas aguzadas que se habían formado en tan solo unas pocas horas de templanza. Los canalones desbordaban lanzas de hielo a todo lo largo, como las de los cuadros de batallas medievales. Unas lanzas transparentes que anunciaban la batalla que podría llegar a ser el intentar salir de la casa.
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En ruta hacia la puerta principal, y ya pertrechado para intentar la salida, me paré a ojear la terraza de los vecinos y empecé a caer en la cuenta de lo que me esperaba fuera. Esa terraza que recordaba animada y resplandeciente en verano, con hachones ardiendo y gente tomando copas, estaba aterida e hinchada por la nieve, ireconociblemente bella. A pesar de todo, seguía manteniendo la ilusión de lo confortable, daban ganas de sentarse, lo de las copas ya no tanto.
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Abrí la puerta de casa y me encontré un espectáculo dantesco (aunque fuera de nieve y hielo), mi coche había desaparecido “entoñado” en la nieve, y malamente se podían adivinar sus formas. Al fondo de la calle, la iglesia de San Nosequé, cubierta a tope, apenas podía verse por entre la cargazón de los toldos y los múltiples cables combados por el peso de la nieve, que se sostenía en ellos milagrosamente. No se porque pensé que estaba en Moscú, sería la cúpula, y tanta nieve solo podía ser en Rusia (?!)

Me apresté a la aventura de ir andando hasta la oficina, una especie de slalom de un kilómetro en bajada, con nieve por encima de las rodillas; proveyéndome de dos bolsas de supermercado, cubriendo mis zapatos de suela gorda de goma antideslizante, atadas a media pierna. Con mi tuque de lana parecía un auténtico clochard parisino arrastrándome sobre la nevada, o un soldado napoleónico en la tundra.
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Desde las ventanas de la oficina, la belleza del paisaje combinaba con las sugerencias de los extraños efectos de acumulación de nieve en la pérgola, sillas y mesas del patio del restaurante colindante. No sé porqué me dió por pensar en un mural de una alucinante y davinciana Última Cena, blanca, fría, y desprovista de personajes.
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La otra imagen, desde la ventana de arriba, era un contraste superlativo entre la posibilidad de una playa nevada con el fondo del mural horrendo, de aguas caribeñas y botecito, con su palmera tropical y unos imaginarios ritmos de calipso. Nada parecido a Da Vinci…Al menos, la lámpara de la pared podía parecer Picassiana, o algo así.
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Volver la vista hacia la izquierda y tropezar con la perspectiva nevada de “mi” Birmingham Bridge, me hizo retornar a la realidad, este puente está presente en todos mis días. Pittsburgh, entre una tormenta que se iba y otra que se volvía. Ventiscas, y más, y más nieve, toda la nieve del mundo. Y así fue, y así continuamos dos semanas después cubiertos de nieves que empiezan a parecer perpetuas. Hoy se anuncian varios días más de nevadas. Donde vamos a poner toda esta nieve? A que planeta se referían con lo del calentamiento global? Y…Ah! Ahora entiendo porqué le pusieron Pingüinos de Pittsburgh al equipo de hockey sobre hielo, no iban tan descaminados!

Luisma, 28 de Febrero del 2010 (Fotos de S. y L.)

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January 24th 2010
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Así estaba mi ventana, esta mañana…a saber porqué?

Un número, una serie de ellos, cifras, códigos, eso es lo que somos o para lo que hemos quedado, ni más ni menos que un número.Cada vez hay más gente y cada vez hay más números. En una humanidad donde la individualidad se está yendo al carajo, envuelta en cifras y todas ellas metidas en unas cajitas, cada vez más pequeñas y cada vez más complicadas. El ordenador, o computador, o como quiera que lo queramos llamar, se está adueñando de nuestro mundo. Poco a poco,o mucho a mucho, todo es según la color…Y no sería tan grave, si no fuera la última manera que se ha encontrado para perfeccionar el control, el de unos pocos (los de siempre) sobre la mayoria.

Escribir con la mano––Oh! Supremo placer!— Se está acabando…Las plumas, objeto de museo. Los bolígrafos, camino del suicidio. Los lápices, eso que es? Yo, que siempre tuve muy buena letra, y unos pocos más–-supongo–- todavía nos resistimos a escribir directamente en el ordenador y, desde luego, de momento, me niego a escribir con los dos dedos pulgares en un paquete de tabaco. Los de “a mano” hacemos ejercicios de pendolismo, que a estas alturas parecen más ejercicios sobre una cuerda y que, tambien sea dicho de paso, es algo destinado a una rápida desaparición.

Estamos haciendo funambulismo, equilibrios en la cuerda floja. No hace tanto— bueno, ya treinta años!— admiraba a un chalado francés, en el acto de cruzar el espacio en la cúspide entre mis Torres Gemelas ( R.I.P.) en Nueva York, caminando sobre una cuerda. Funanbulismo del bueno, en el mejor escenario posible; perfecto, sin previo anuncio (muera la publicidad!), o como diría la llorada revista humorística “La Codorniz” ( nunca supe el porqué del título): “Donde no hay publicidad, resplandece la verdad”. El colmo, de momento, es el ‘texting’, ahí si que me planto (por cuanto tiempo?)…Esos “gilis” afanándose con los dedos sobre una más de esas cajitas, en plena calle, absortos y casi fuera de la realidad, mandando importantes mensajes a otros “gilis” que están, quién sabe dónde, para recibirlos.

Y uno se pregunta: a que tanto mensaje? Y tanta llamadita de teléfono? Para decirse qué? De repente, todo el mundo tiene algo que decirse y no pueden esperar ni un minuto para decirlo. Muchos de ellos son los mismos que, hace menos de diez años, no tenían esos aparatitos y, por lo tanto, no tenían nada que decir. Y la publicidad–-supongo–- pagando, o cobrando por todo, es decir, dinero tirado inútilmente al éter. Aún puedo recordar, con una sonrisa sarcástica, como la del gato Garfield (quien le iba a decir al Presidente Garfield que iban a poner su nombre a un gato de tiras cómicas) que yo tuve uno de los primeros “beeper” que salieron al mercado, un antiguo socio me lo dió para controlarme. Al dia siguiente, sonaba demasiado, lo tiré al rio en un descuido por mi parte, que pena!

De aquella fausta manera, perdí una inmejorable ocasión de uncirme al carro triunfal de la electrónica. Sin embargo, no es “odio” todo lo que reluce(!?) Y, posiblemente, he sido uno de los primeros españoles conectados al Internet. Lo que se va por lo que se viene, mis manias son todas muy selectivas. Eso si, al teléfono…que le den por el auricular. El simple sonido de tono y llamada tiene la virtud de ponerme del “yeyuno” y hasta creo que me cambia el humor. En cualquier caso, números, cifras, códigos…estamos invadidos. Ah! Para los curiosos, que siempre los hay (y que no falten) los números, las cifras y las letras del título de este escrito son…el número de serie e identificacion de la botella de Coca-Cola que me estoy bebiendo. Ay, Señor!

Luisma, 6 de Enero del 2010

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December 14th 2009
Misterio en Wheeling, parte II y final

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“La identidad ha sido ocultada para proteger la inocencia, o la culpabilidad”

Vivir en Wheeling, durante seis meses, fue como volver por una temporada a un siglo anterior, sin precisar cual. Mucha lectura y mucho aire libre. La única conexión con la realidad del presente era la televisión apagada, salvo honrosas excepciones, y las gasolineras, con sus subidas de precio. El resto era un continuo descubrimiento del pasado de Norteamérica, una continua situación de duda entre si cualquier tiempo pasado fue mejor, o no. Esta duda raramente se disipa, tanto ayer como hoy, aparece y desaparece como los otrora famosos Ojos del Guadiana; esos ojos que tarde o temprano, un día de estos, con los extraños cambios de clima actuales, no van a volver. Como tantas otras cosas.

No divagues, Luisma…que fue del famoso misterio del título? —Bien, aquí va. Durante estos seis meses de Wheeling, viví en una casa americana típica, clásica. Una de las llamadas: “shootgun” (escopeta), por su forma alargada y estrecha. El ancho de una habitación y el largo de cuatro o cinco, una detrás de otra, con ventanas solo a un lateral, el otro un grueso muro de separación común a la casa siguiente. Una casa de unos ciento cincuenta años de edad, o quizá más, y de claras reminiscencias victorianas, no solo en su diseño sino también en su decoración. Chimeneas o salamandras en todas las habitaciones y la duda corrosiva de que el frío, de todas maneras, se va a colar por cualquier rendija. Pisos de madera, tremendamente sonoros, que invocaban por la noche la idea de seguros fantasmas. Entubajes y registros enrejillados que traían voces difícilmente inteligibles y que parecían lamentos. Extrañas luces y reflejos en las ventanas abatibles, al caer la noche y en la madrugada. “Poltergeist”, o la seguridad de que lo único que produce miedo es aquello que se ignora.

No tengo ni idea y aunque inquirí, nadie supo decirme quien había vivido en aquella casa, años antes de que se convirtiera en un ir y venir de gente en alquiler. Yo ocupaba una buhardilla en el tercer nivel de la casa. Un par de habitaciones pequeñas al final de una empinada escalera, en la que se podían contar los pasos de quien subía. A veces se oían los pasos y no llegaba nadie. Eso era todo, un espacio mínimo pero agradable. Una noche, con poco que hacer y falta de sueño, me dió por destornillar el fondillo de uno de los armarios empotrados; no me correspondían las distancias en las paredes, y encontré un doble fondo. De allí salieron un par de mantas raídas, unas botas de montaña y una pequeña maleta de lona marrón, atada con un correaje militar.

Al cabo, la abrí, con harta curiosidad y encontré un jersey anticuado y una caja conteniendo un abanico de caña y papel, algunos calcetines anudados en mogollón,
varias balas de fusil Mauser, tres gargantillas de San Blas, una roja, otra amarilla y otra morada…y un sobre con un sello de tinta azul que decía: Penal del Dueso, Santander. Dentro había una cartilla de racionamiento del gobierno español, sin ningún signo, ni nombre que permitiera saber de su dueño. Eso si, estaba fechada en 1945, el año de mi nacimiento. Año famoso en los anales porque, en su agosto, los americanos tiraron la bomba atómica, la primera, en Hiroshima.

Pero eso no era todo. Debajo encontré una caja de color rojo, que al darle la vuelta—Oh, maravilla! Eran los Juegos Reunidos Geyper, la caja de quince juegos! Aún había más…La gran sorpresa apareció detrás de los juegos, todavía recuerdo la cara que se me quedó…Un retrato de Franco! En Wheeling, West Virginia! Un Franco joven, de los años cuarenta, el mismo retrato de los sellos de Correos. Montado sobre un panel de madera, daba la impresión de haber estado en algún momento colgado en una pared. También tenia múltiples picaduras, concentradas en el rostro y el torso y que más tarde interpreté como huellas de haber sido lanzados dardos contra él.

Mi sorpresa fue todo lo grande que se pueda imaginar y pese a haberlo intentado, con algunas investigaciones, nunca he podido saber nada de quien podía estar detrás de todo aquello. Un español? Un americano? Quizás un miembro de aquella brigada West-Virginiana? Algún tiempo más tarde, visitando un viejo cementerio que domina la colina sobre aquella casa, un lugar donde los muertos disfrutan de unas vistas maravillosas, encontré una tumba que rezaba: C. SantaEngracia, 1917-1963…una simple tumba, una lápida llena de verdín y sin ningún signo religioso. Sería este mi personaje? Y si lo fue, que historia había detrás? Fue su vida tan simple como su simple tumba?

Todavía conservo ese retrato del ínclito caudillo (!?) Lleva unos cuantos años como el arpa de Bécquer. Del rincón en el ángulo oscuro, silencioso y cubierto de polvo…detrás de la puerta, siempre abierta, de mi estudio. Nunca he sabido que hacer con él.
Me da grima.

Luisma, 11 de Diciembre del 2009

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December 10th 2009
Misterio en Wheeling, parte I

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El puente colgante de Wheeling (West Virginia)

El reparto de mi tiempo en E.E.U.U. ha sido muy claro: una década en Houston (Texas) y otra en Pittsburgh (Pennsylvania). Sin embargo, hay una temporada corta, de transición entre ambas ciudades, en la que viví en Wheeling (WV). Una ciudad, o más bien un poblachón de unos treinta mil habitantes, no exenta de interés y en la que no viviría más allá de los seis meses que allí estuve.

Vivir en Wheeling, en el estado de West Virginia fue mi contacto más directo con la América profunda, rural y desasistida de toda clase de fortunas. Es el estado más pobre de la Unión. Una verdadera revelación de esa otra nación, a la que no estamos acostumbrados ni siquiera los que vivimos en este país. Tradicionalmente, se refieren a West Virginia, y su gente, los chistes de paletos y gente ineducada. Como todos los estereotipos hay gran parte de falsedad en ello y en mi experiencia en esa ciudad he encontrado lo auténtico del país y gente culta y educada; probablemente, de lo mejor de la América clásica, tradicional y hoy a punto de perderse. Casi igual que en nuestra España; signo de los tiempos—supongo. No hay muchos atractivos en la vida diaria de Wheeling, aunque tiene un poquito de todo, como todos los museos americanos. Un poco de aquí, un poco de allá y—Alehop! El prodigio se ha realizado! No hay nada más parecido a una ciudad americana que…otra ciudad americana!

La oferta cultural de Wheeling es muy limitada, pero, sobresale la existencia de una curtida y decente orquesta sinfónica, con no mucha programación y de la que uno se pregunta: en que se ocuparan sus profesores el resto del tiempo, después de ensayos y conciertos? Una vez, encontré un violinista en el supermercado, trabajaba de cajero y…no ví que se le cayeran los anillos. En aquel tiempo, hace diez años, estaba dirigida por una mujer pequeña de cuerpo, pero de muchos arreos y gran carácter. Vivía un par de casas mas allá de la mía, en la misma calle, y después de los conciertos pasaba andando por delante de mi casa, lo que yo aprovechaba para “aplaudir” o criticar. Es el único director de orquesta al que he visto detener la interpretación, y dando una sonora patada en el podio, conceder un respiro a los ejecutantes, entre un silencio espeso y expectante,
y seguir el concierto. Como si no hubiera pasado nada.

Wheeling tiene algún misterio y unos cuantos hitos históricos. Por ejemplo: un puente colgante, uno de los primeros del mundo. Una de esas obras, puro arte ingenieril que, de no ser lo que es, estaría en un museo. Tal “museo” debería ser, al menos, del tamaño de dos estadios de fútbol. El puente data de 1849, es decir, es anterior a la guerra civil americana (1861) y anterior, también, a la invención del automóvil. De hecho, además de su belleza estética y de obra civil, tiene una serie de consideraciones especiales y probablemente únicas: esta pintado de color blanco rechamante, contiene un montón de invenciones en tornilleria y cableado (ingenieros de todo el mundo suelen visitarlo y estudiarlo), el silbido del aire entre sus cables tiene una música especial, no admite el paso de camiones y gradúa el numero de coches que pueden estar en él al mismo tiempo; la cosa se consigue por una ingeniosa combinación de semáforos y distancia entre los vehículos. Todo esto más de cuarenta años antes de la inauguración del puente colgante sobre la ría de Bilbao y en el estado más deprimido y pobre de los Estados Unidos!

Tiene, también, una famosa emisora de radio especializada en música country-western, lo que no es extraño dado que la mayoría de sus habitantes son gente del campo. Una visita a los estudios de esta emisora es como un viaje al pasado, cuando esta parte del país (Wheeling está a una hora de Pittsburgh, por carretera) era la frontera del Oeste. Todo el equipo técnico, mesas de mezclas, micrófonos, etc. sigue siendo el antiguo, aunque tiene incorporada toda la técnica digital y más moderna. El caso es que les gusta lo clásico y lo mantienen, aunque sea pura fachada. Se dice que España es un país de contrastes,—bién, si alguien quiere ver contrastes, que vaya a West Virginia!

Parte del misterio de este sitio es la enormidad de esos contrastes. La historia de este estado es la de grandes innovadores emergiendo de un caldo de cultivo de lo más retrógrado. Gente que ha participado en acontecimientos mundiales, en su momento signos de modernidad, saliendo prácticamente del interior de los bosques, fuera de grandes núcleos de población. Por ejemplo: como llegó a participar en la guerra civil española, en el bando republicano, un batallón de voluntarios west-virginianos? Un verdadero misterio, difícil de entender y de investigar, a estas alturas. Nada como visitar West Virginia para comprender o intentar comprender los misterios de este país.

(continuará)

Luisma, 9 de Diciembre de 2009

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